En el funeral del cardenal Ruini

Altar de la Cátedra
Vaticano, 18 junio 2026

Queridos hermanos y hermanas, celebramos esta eucaristía encomendando a la misericordia del Señor a nuestro hermano, el cardenal Ruini, pastor sabio y solícito del rebaño de Cristo.

Durante muchos años, Ruini sirvió a la Iglesia, desempeñando con la misma dedicación tanto los cargos más humildes como aquellos más cargados de responsabilidad que el Señor quiso confiarle, como sacerdote, obispo y cardenal. Lo hizo en la enseñanza, en el estudio y la profundización teológica, en el servicio pastoral, en la animación juvenil, en el ámbito cultural, en el cuidado del laicado y de las vocaciones, en el ejercicio de la autoridad.

La Iglesia en Italia le debe muchísimo, ya que la sirvió durante aproximadamente 17 años como presidente de la Conferencia Episcopal. Lo mismo ocurre con la diócesis de Roma, en la que desempeñó el ministerio de vicario del papa durante 17 años. Ruini supo guiar al pueblo de Dios, y a sus hermanos en el episcopado, en momentos importantes y delicados, enfrentando múltiples desafíos con entusiasmo, discernimiento y valentía.

A él se deben intuiciones e iniciativas que han dejado una huella profunda en el camino de la comunidad eclesial y también de la civil. Pensemos en su proyecto cultural, y en sus esfuerzos dedicados a promover el aporte del mundo católico en los más diversos ámbitos de la civil y política italiana. Pensemos en la gran labor del sínodo diocesano, y en su en su presencia activa y abierta al diálogo en los distintos niveles de la vida de la Iglesia.

Mientras lo recordamos y lo encomendamos a los brazos del Padre celestial, nos dejamos iluminar por la palabra de Dios que acabamos de escuchar, y también por algunos pensamientos que él mismo dejó por escrito.

En la primera lectura resonaron las vibrantes palabras del apóstol Pablo: «Ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni el presente ni el futuro, ni las potestades, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios» (Rm 8,38-39). En efecto, el amor de Dios es fiel, y nada puede vencerlo ni separarnos de él, porque es un don suyo, proviene de él y nos es derramado más allá de todo nuestro mérito y debilidad. En esta caridad invencible del Señor, y en la respuesta de fe a este don, es donde debemos buscar la raíz de la fuerza para afrontar las cosas.

En su Testamento Espiritual, y al referirse a las numerosas personas a quienes sentía gratitud por el bien que le habían brindado, el cardenal Ruini escribió: «De ellos he recibido no menos de lo que he tratado de dar». Creo que son palabras que también pueden ayudarnos a vivir nuestras responsabilidades y servicios con la misma humildad y con la misma confianza en Dios.

De hecho, el propio Camillo dio testimonio de que uno de los recursos que más le acompañaron a lo largo de su larga vida, desde la infancia, fue la oración, una oración sencilla, sentida y fresca en sus años más tiernos, y luego madurada con el paso del tiempo, hasta la etapa de la fragilidad y la enfermedad.

Otra frase de la Escritura que la liturgia nos ha ofrecido, y que puede ayudarnos a vivir con fruto este momento de gracia, son las palabras de Jesús que hemos escuchado en el evangelio: «Padre, quiero que aquellos que me has dado estén también conmigo donde yo estoy» (Jn 17,24).

En estas palabras encontramos resumido el programa, la dirección y el fin último de una vida dedicada al bien de los hermanos y vivida en la búsqueda constante de los designios de Dios para la propia salvación y la de ellos. A este respecto, el cardenal Ruini escribió en su Testamento Espiritual: «Espero, Señor, haber actuado no por intereses personales, sino por los objetivos que se me habían confiado y que compartía de todo corazón».

Es hermoso recordar la realidad que animó en lo más profundo, más allá y por encima de cualquier otra preocupación, el corazón de Camillo. Mientras lo acompañamos con la oración, y con la ofrenda de la eucaristía, hagamos nuestro su deseo de llegar allí donde el Señor nos espera y nos desea, en la alegría eterna, y de caminar hacia la meta, cada uno con el anhelo de participar en ella junto con los demás, unidos en él y entre nosotros, para siempre.

El cardenal Ruini tuvo la gracia de conocer y trabajar con algunos grandes santos de los últimos tiempos, como Pablo VI y Juan Pablo II. En particular, sobre su relación con el papa Wojtyła, de quien fue colaborador durante tantos años, escribió: «En Juan Pablo II experimenté tu presencia, Señor, y pude sentir de cerca la inseparabilidad de la oración, la vida y el apostolado, el valor de la fe que guía la historia, la capacidad de amar y de perdonar» (Ibid).

Considero que el cardenal supo aprender mucho del ejemplo de unidad de vida del gran Pontífice, pues también en él podemos reconocer muchos de los rasgos con los que describe al papa; y creo que esa consonancia de sentimientos puede animarnos también a nosotros en nuestro camino.

Como lema de su episcopado, nuestro hermano había elegido una frase inspirada en el evangelio de Juan: "Veritas liberabit nos", inspirada en Jn 8,32.

Estas palabras resumen la profunda concepción de la persona y de la libertad que Cristo nos ha revelado y que la Iglesia enseña: estamos hechos para la verdad y para el bien, y sólo en ello encontramos unidad, paz y plena realización, tanto en la vida terrenal como para la eternidad. Nos recuerdan con claridad un mensaje particularmente significativo para nuestra época, en la que uno puede sentirse desorientado por las corrientes relativistas y por visiones totalmente fluidas de la realidad y del ser humano.

Al contemplar la vida del cardenal Ruini, la forma en que vivió y cómo dejó este mundo, podemos percibir un signo de la fuerza y la solidez con las que el hombre crece y madura cuando encuentra en la Verdad que proviene de Dios el centro y el eje de su propia existencia.

Para concluir, deseo dirigir unas palabras de agradecimiento a las personas que, como ya se ha mencionado, han acompañado, colaborado y apoyado al cardenal en su labor, durante su servicio pastoral y especialmente en los años de su vejez y enfermedad. En particular, quisiera agradecer a quienes estuvieron a su lado hasta el final con devota dedicación. Que el Señor les recompense a todos, brinde consuelo a sus familiares y seres queridos, y a él le conceda el premio de una paz que no tiene fin.

León XIV

 Act: 18/06/26    @homilías papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A