Miércoles de Ceniza

Basílica Santa Sabina
Roma, 18 febrero 2026

Queridos hermanos y hermanas, al inicio de cada tiempo litúrgico redescubrimos con una alegría siempre nueva la gracia de ser Iglesia, comunidad convocada para escuchar la palabra de Dios.

El profeta Joel nos alcanza con su voz, que saca a cada uno de su aislamiento y hace de la conversión una urgencia personal y pública al mismo tiempo, sobre todo cuando dice: «Convoquen a la asamblea, congreguen a los ancianos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho» (Jl 2,16). Como se ve, Joel menciona a las personas cuya ausencia no sería difícil de justificar: las más frágiles y menos aptas para las grandes muchedumbres.

Más adelante, el profeta nombra al esposo y a la esposa. Parece sacarlos de su intimidad, pero lo que pretende es que se sientan parte de una comunidad más grande. Después le toca el turno a los sacerdotes, que ya se encuentran (casi por obligación) «entre el vestíbulo y el altar» (v.17), y les invita a llorar y encontrar las palabras adecuadas para todos: «Perdona, Señor, a tu pueblo» (v.17).

La cuaresma, también hoy, es un tiempo fuerte de comunidad. Sabemos cuán difícil resulta hoy en día reunir a las personas y sentirse pueblo, y no de manera agresiva sino en la comunión en la que cada uno encuentra su lugar. Es más, aquí toma forma un pueblo que reconoce sus propios pecados. Es decir, que el mal no proviene de supuestos enemigos, sino que ha entrado en los corazones, está en el interior de la propia vida y debe asumirse con valiente responsabilidad.

Tenemos que admitir que se trata de una actitud contracorriente, impotente ante un mundo que arde. Pero por eso mismo constituye una alternativa auténtica, honesta y atractiva. Sí, la Iglesia existe también como profecía de comunidades que reconocen sus propios pecados.

Ciertamente, el pecado es personal, pero toma forma en los entornos reales y virtuales que frecuentamos, en las actitudes con las que nos condicionamos mutuamente, no pocas veces dentro de verdaderas "estructuras de pecado" de orden económico, cultural, político e incluso religioso.

Oponer el Dios vivo a la idolatría, como nos enseña la Escritura, significa osar la libertad y reencontrarla a través de un éxodo, de un camino. No ya paralizados, rígidos o seguros en nuestras posiciones, sino reunidos para ponerse en movimiento y cambiar. ¡Qué raro es encontrar adultos que se arrepienten, personas, empresas e instituciones que admiten haber cometido un error!

Hoy, entre nosotros, es precisamente esta posibilidad la que está en juego. Tampoco es casualidad que muchos jóvenes, incluso en contextos secularizados, sientan más que en el pasado, el llamamiento de este día, miércoles de ceniza. Son los jóvenes, de hecho, los que perciben que es posible una forma de vida más justa y que existen responsabilidades por aquello que no funciona en la Iglesia y en el mundo.

Hermanos, hay que empezar por donde se pueda, y con quien esté dispuesto a hacerlo, pues «este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación» (2Cor 6,2). Percibamos el alcance misionero de la cuaresma, abrámosla a tantas personas inquietas y de buena voluntad, que buscan caminos para una auténtica renovación de la vida, en el horizonte del reino de Dios y de su justicia.

«¿Por qué se ha de decir entre los pueblos: ¿Dónde está su Dios?» (Jl 2,17). La pregunta del profeta es como un aguijón, y nos recuerda aquellos pensamientos que nos conciernen y surgen entre quienes observan al pueblo de Dios desde afuera. Como se ve, la cuaresma nos exhorta a esos cambios de rumbo (conversiones) que hacen nuestro anuncio más creíble.

Hace 60 años, y pocas semanas después de la conclusión del Concilio Vaticano II, Pablo VI quiso celebrar públicamente el Rito de la Ceniza, haciendo visible para todos, durante una catequesis en la Basílica de San Pedro, el gesto que hoy estamos a punto de realizar.

Pablo VI habló de él como de una «ceremonia penitencial tan severa e impresionante» (Catequesis, 23-II-1966), que impacta al sentido común e intercepta las preguntas de la cultura. Decía: «Los modernos nos preguntan si esta pedagogía sigue siendo comprensible. Respondemos a esto afirmativamente, y que ésta es una pedagogía realista, y una severa llamada a la verdad que nos devuelve a la visión correcta de nuestra existencia y nuestro destino» (Ibid).

Esta pedagogía penitencial, decía Pablo VI, «sorprende al hombre moderno bajo dos aspectos: el de su inmensa capacidad de ilusión y autosugestión, y el de engaño sistemático a sí mismo sobre la realidad de la vida y sus valores».

El segundo aspecto es el pesimismo fundamental que el papa Montini encontraba en todas partes, y de ahí que dijera: «La mayor parte de la documentación humana que nos ofrecen hoy la filosofía, la literatura y el espectáculo concluye proclamando la ineludible vanidad de todas las cosas, la inmensa tristeza de la vida, la metafísica de lo absurdo y de la nada. Esta documentación es una apología de las cenizas». Hoy en día, podemos reconocer la profecía que contenían estas palabras. 

En efecto, hoy podemos sentir, en las cenizas que se nos imponen, el peso de un mundo que arde en llamas, de ciudades desintegradas completamente por la guerra. Podemos sentir las cenizas del derecho internacional y de la justicia entre los pueblos, las cenizas de ecosistemas enteros y de la concordia entre las personas, las cenizas del pensamiento crítico y de la sabiduría local ancestral, las cenizas de ese sentido de lo sagrado que habita en toda criatura.

"¿Dónde está su Dios?", nos preguntan los pueblos. Sí, queridos hermanos, la historia nos lo pregunta, y por eso hemos de llamar a la muerte por su nombre, y llevar sus marcas en nosotros, y dar testimonio de la resurrección.

Reconocer nuestros pecados, para convertirnos, es ya un presagio y un testimonio de resurrección. Significa no quedarnos entre las cenizas, sino levantarnos y reconstruir. Entonces, el Triduo Pascual, que celebraremos como culminación del camino cuaresmal, desplegará toda su belleza y su significado. Lo hará habiéndonos involucrado, a través de la penitencia, en el paso de la muerte a la vida, de la impotencia a las posibilidades de Dios.

Los mártires antiguos y contemporáneos brillan como pioneros de nuestro camino hacia la Pascua. La antigua tradición romana de las estaciones cuaresmales (de las cuales, la de hoy es la primera) es educativa, y remite tanto al movimiento como peregrinos cuanto a la parada (statio) ante las memorias de los mártires, sobre las que se levantan las basílicas de Roma. ¿No es acaso una invitación a seguir las huellas de los admirables testimonios que ahora se encuentran diseminados por todo el mundo?

Sí, es una invitación, sobre todo a reconocer los lugares, las historias y los nombres de quienes eligieron el camino de las bienaventuranzas, y llevaron sus consecuencias hasta el final. Es una invitación a reconocer esa miríada de semillas que, incluso cuando parecían perdidas y enterradas, prepararon la abundante cosecha que nos toca recoger.

La cuaresma, como nos sugiere el evangelio, nos libera del deseo de ser vistos a toda costa (Mt 6,2.5.16), nos enseña a ver lo que nace, crece y nos impulsa a servir a Dios. Es la profunda sintonía que se establece con el Dios de la vida, nuestro Padre y el de todos, en el secreto de quien ayuna, ora y ama. A él reorientamos, con sobriedad y con gozo, todo nuestro ser, todo nuestro corazón.

León XIV

 Act: 18/02/26    @homilías papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A