Asunción de María al Cielo

Parroquia Santo Tomás
Castel Gandolfo, 15 agosto 2026

Queridos hermanos, con gran alegría celebro también este año con ustedes la Solemnidad de la Asunción.

El magisterio de la Iglesia nos enseña que «María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria Celeste» (Pío XII, Munificentissimus Deus) y nos indica, en este misterio, el cumplimiento de la plenitud de gracia que Dios le ha dado en su concepción inmaculada (Ibid).

Por eso, muchas obras de arte la representan, al final de su vida terrena, como una joven hermosa que se eleva físicamente desde la tierra hacia el cielo. Se inspiran en la escena descrita en el pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado en la primera lectura: «Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies» (Ap 12,1), para significar que en el corazón de María se encuentran el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad.

Esta imagen aparentemente contrasta con la experiencia de lo que produce en nosotros el paso de los años. Con la edad, de hecho, nuestro cuerpo no se hace más ágil sino más pesado, y la piel no se vuelve más fresca, sino más arrugada, y el cabello no toma color sino que se vuelve blanco. Entonces, ¿qué tenemos en común con la joven maravillosa que encontramos pintada en nuestros retablos?

Para comprender esto debemos mantener unidos los dos signos que hemos mencionado: el cuerpo incorrupto de la madre de Dios, y su corazón inmaculado. Es la pureza del alma, en efecto, que en María (como en nosotros) por gracia de Dios ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del cielo.

La glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin (1Cor 13,8). También nos invita a revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone, y que corren el riesgo de aprisionarnos en condicionamientos pesados (haciéndonos desperdiciar energías valiosas en lo que no es realmente importante ni dura para siempre).

En la experiencia común se pueden encontrar personas con el rostro marcado por los años y los sufrimientos, pero capaces de irradiar serenidad, benevolencia y paz a su alrededor. También se pueden observar otras exteriormente atractivas, pero duras y frías en su interior. Es fácil entender, por tanto, dónde está la verdadera belleza y dónde hay todavía necesidad de conversión, perdón y curación.

Si de verdad deseamos descubrir y cultivar la belleza divina que nos rodea, y para la que hemos sido creados, así como difundirla a nuestro alrededor, debemos aprender a leerla tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano, en la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto, en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y en las herramientas de trabajo. Debemos escuchar las historias de amor únicas que cada una de estas realidades nos cuenta, reconociéndolas como pequeños destellos en el cielo.

El amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida.

Pablo VI, al meditar sobre el misterio de la asunción de la Virgen, decía que para comprender su significado «debemos convertir en superlativos y absolutos los términos que usamos en el lenguaje terrenal, para imaginarnos, a pequeña escala, lo eterno» (Homilía, 15-VIII-1969). A propósito de este encuentro, en la madre de Dios, entre lo infinito y lo finito, Francisco I escribía: «María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura» (Evangelii Gaudium, 286).

El milagro que María, la doncella de Nazaret, vivió en su corazón inocente, y que la llevó a la gloria del cielo, es el encuentro de extremos, como ella misma da testimonio en las palabras inspiradas del Magníficat (Lc 1,46-55).  En este cántico, a través de las humildes expresiones de su fe, la madre del cielo nos habla de modo sencillo de grandes misterios.

Entre estos misterios relatados por María, está que Dios se hace hombre en ella (para salvar a los hombres), que el Eterno se manifiesta en el tiempo en ella (para abrirnos también a nosotros el camino de la eternidad), y que su condición de "humilde sierva" es la "pequeña dimensión" por la que también nosotros podemos encontrar al Señor, como decía Pablo VI.

La sublimidad del misterio que celebramos no ha de ser buscada desde la lejanía. Podemos encontrarla en los ojos de un padre y una madre )que vuelven a casa después de una jornada de trabajo, cansados pero felices de estar con sus hijos), en los rostros de los abuelos y las abuelas (que, a pesar de las dificultades de la edad, se reactivan con energías inesperadas al cuidar a los nietos), en el compromiso de jóvenes (que se esfuerzan por crecer limpios y honestos, listos también para ir contra la corriente respecto a "lo que todos hacen") y en la obra de tantos hombres y mujeres que diariamente, con fe y dedicación, contribuyen a llevar un poco de cielo sobre la tierra y la tierra hacia el cielo.

Queridos hermanos, el rostro bellísimo de la Asunción es único (porque supera toda representación posible) y sobradamente conocido. Es el de las personas que están a nuestro lado, incluso en este momento, de los hermanos y hermanas con quienes compartimos, en la fe, la ofrenda diaria de nuestra vida.

En la mujer del Apocalipsis, la comunidad de los creyentes se ve a sí misma, y ve a María como «imagen y principio de la Iglesia, signo de esperanza cierta y de consuelo» (Vaticano II, Lumen Gentium, 68). En su humanidad santa, por gracia de Dios, está también la nuestra, estamos llamados a vivir su misma plenitud de vida y a compartir su misma gloria.

San Agustín, hablando de la resurrección de Cristo, invitaba a los cristianos de su tiempo a hacer de ella la brújula y el punto de referencia de su existencia. Decía: «Resucitó Cristo, y ya no morirá. Cambia de parecer, sigue a tu luz; levántate con la que resucitó» (Comentario del Salmo126, VII).

Hagamos nuestra su invitación. Sigamos la luz del Resucitado, cambiando de rumbo si es necesario. Hagámoslo, particularmente hoy, mirando a María, que Dios coronó de gloria en alma y cuerpo, y que nos ha dado como madre, guía, compañera de viaje y protectora en el camino del cielo.

León XIV

 Act: 15/08/26    @homilías papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A