Vigilia de Oración por la Paz

Basílica San Pedro
Vaticano, 11 abril 2026

Queridos hermanos y hermanas, les agradezco que hayan aceptado esta invitación a reunirse hoy aquí, junto a la tumba de Pedro, así como en otros tantos lugares del mundo para invocar la paz.

La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, y una pizca de fe, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia.

En este contexto, la oración no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, ni un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es la respuesta más gratuita, universal y disruptiva ante la muerte, porque somos un pueblo que resucita y nuestra oración es expresión de esa fe que, según la palabra de Jesús, mueve montañas ( Mt 17,20).

En cada uno de nosotros, en cada ser humano, el Maestro interior educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. ¡Alcemos entonces la mirada! ¡Volvamos a levantarnos de entre los escombros! Nada puede encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las tumbas parecen no ser suficientes y se sigue crucificando y aniquilando la vida, sin derecho y sin piedad.

Juan Pablo II, incansable testigo de la paz, dijo conmovido en el contexto de la crisis iraquí de 2003: «Yo pertenezco a la generación que vivió la II Guerra Mundial y sobrevivió. Por ello, siento el deber de decir a los más jóvenes que yo, que no tienen esa experiencia: ¡Nunca más la guerra! ¡No es posible la paz a toda costa!, y todos sabemos cuán grande es esta responsabilidad» (Angelus, 16-III-2003). Esta tarde, hago mío su llamamiento, igual de actual que entonces.

La oración nos educa para actuar. Las limitadas posibilidades humanas se unen en la oración a las infinitas posibilidades de Dios. De este modo, pensamientos, palabras y obras rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del reino de Dios, un reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino sólo dignidad, comprensión y perdón. Tenemos en esto una barrera contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo a nuestro alrededor.

Los equilibrios en la familia humana están gravemente desestabilizados. Incluso el santo nombre de Dios (el Dios de la vida) es arrastrado en discursos de muerte. Desaparece así un mundo de hermanos y hermanas con un solo Padre en los cielos. Como en una pesadilla nocturna, la realidad se llena de enemigos. Por todas partes se perciben amenazas, en lugar de llamadas a la escucha y al encuentro.

Hermanos y hermanas, el que reza es consciente de sus propios límites, pero no mata ni amenaza con la muerte. En cambio, sí está sometido a la muerte quien ha dado la espalda a Dios para hacer de sí mismo y de su propio poder un ídolo mudo, ciego y sordo (Sal 115,4-8), al cual sacrifica todo valor y pretende que el mundo entero se doblegue ante él. ¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida.

Juan XXIII, con sencillez evangélica, escribió que la paz beneficia «a cada persona, a los hogares, a los pueblos, a la entera familia humana». Y repitiendo las palabras categóricas de Pío XII, añadía: «Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra» (Pacem in Terris, 116).

Hermanos, unamos las energías morales y espirituales de miles de millones de hombres y mujeres, de ancianos y jóvenes, que hoy creen en la paz, y eligen la paz, y curan las heridas y daños causados por la locura de la guerra. Recibo muchas cartas de niños en zonas de conflicto. Al leerlas, percibo todo el horror y la inhumanidad de acciones de las que algunos adultos se jactan con orgullo. ¡Escuchemos la voz de los niños!

Queridos gobernantes, ustedes tienen responsabilidades ineludibles, y por eso les gritamos: ¡Deténganse! ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación, y no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte!

Convirtámonos a un reino de paz que se construye día a día en los hogares, en las escuelas, en los barrios, en las comunidades civiles y religiosas. Quitémosle terreno a la polémica y a la resignación, con la amistad y la cultura del encuentro. Volvamos a creer en el amor, la moderación y una política sana. Formémonos y comprometámonos en primera persona, cada uno respondiendo a su propia vocación. ¡Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz!

El rosario, al igual que otras formas de oración muy antiguas, nos ha unido esta tarde en su ritmo regular, basado en la repetición. Así se abre paso la paz, palabra tras palabra, gesto tras gesto, como una roca se va esculpiendo gota a gota, como en un telar el tejido avanza movimiento tras movimiento. Son los tiempos largos de la vida, signo de la paciencia de Dios.

Hermanos, no nos dejemos arrastrar por la aceleración del mundo, porque éste no sabe qué persigue. Volvamos al ritmo de la vida, a la armonía de la creación, y curemos sus heridas. Como nos ha enseñado Francisco I, «se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia» (Fratelli Tutti, 225). Sí, hermanos, construyamos «una arquitectura de la paz donde intervengan las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia» (Ibid, 231).

Queridos hermanos y hermanas, regresemos a casa con este compromiso de orar siempre, sin cansarnos, y con una profunda conversión del corazón. La Iglesia es un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz, que avanza sin vacilar, aun cuando el rechazo de la lógica bélica puede costarle incomprensión y desprecio. Ella anuncia el evangelio de la paz y educa a obedecer a Dios antes que a los hombres, especialmente cuando se trata de la dignidad infinita de otros seres humanos, puesta en peligro por las continuas violaciones del derecho internacional.

En todo el mundo es deseable que cada comunidad se convierta en una "casa de paz", donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón. Hoy, más que nunca, es necesario mostrar que «la paz no es una utopía» (León XIV, LIX Jornada Mundial de la Paz, 1-I-2026).

Hermanos y hermanas de todas las lenguas, pueblos y naciones, somos una sola familia que llora, que espera y que se levanta. Por ello, «nunca más la guerra, aventura sin retorno. Nunca más la guerra, espiral de lutos y de violencia«» (Juan Pablo II, Oración por la Paz, 2-II-1991).

Queridos hermanos, ¡la paz esté con todos ustedes! Es la paz de Cristo resucitado, fruto de su sacrificio de amor en la cruz. Por eso a él dirigimos nuestra súplica, diciendo:

Señor Jesús, tú venciste a la muerte sin armas ni violencia, tú disolviste su poder con la fuerza de la paz. Concédenos tu paz, como a las mujeres asombradas en la mañana de Pascua, como a los discípulos escondidos y asustados. Envía tu Espíritu, aliento que da vida, que reconcilia, que convierte en hermanos y hermanas a los adversarios y enemigos. Inspíranos la confianza de María, tu madre, que con el corazón desgarrado estaba al pie de tu cruz, firme en la fe de que resucitarías. Que la locura de la guerra llegue a su fin y que la tierra sea cuidada y cultivada por quienes todavía saben engendrar, saben custodiar y saben amar la vida. ¡Escúchanos, Señor de la vida!

León XIV

 Act: 11/04/26    @homilías papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A