En el bautizo de catecúmenos
Capilla
Sixtina
Vaticano, 11 enero 2026
Queridos hermanos y hermanas, cuando el Señor entra en la historia, sale al encuentro de la vida de cada uno con el corazón abierto y humilde. Él busca nuestra mirada con la suya, llena de amor, y dialoga con nosotros revelándonos al Verbo de la salvación. Hecho hombre, el Hijo de Dios abre para todos una posibilidad sorprendente, que inaugura un tiempo nuevo e inesperado incluso para los profetas.
Juan el Bautista se da cuenta enseguida y le dice a Jesús: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mt 3,14). Como luz en las tinieblas, el Señor se deja encontrar allí donde no lo esperamos. Él es el Santo entre los pecadores, que no quiere habitar en medio de nosotros manteniendo las distancias, sino asumiendo plenamente todo lo que es humano. «Ahora déjame hacer esto», responde Jesús a Juan, porque «conviene que así cumplamos todo lo que es justo» (v.15).
¿A qué justicia se refiere Jesús? Por supuesto, a la de Dios, que en el bautismo de Jesús obra nuestra justificación, y en su infinita misericordia nos hace justos por medio de su Hijo, el único salvador de todos. ¿Cómo sucede esto? Así mismo: cuando éste hace de este gesto del Jordán un signo nuevo de muerte y resurrección, de perdón y de comunión. Éste es el sacramento que hoy celebramos, y que nos recuerda que Dios nos ama, nos convierte en cristianos, nos hace hermanos y hermanas.
Queridos padres, los hijos que ahora tienen en brazos se van a convertir en criaturas nuevas. Así como de ustedes han recibido la vida, ahora reciben también el sentido para vivirla: la fe. Cuando sabemos que un bien es esencial, enseguida lo buscamos para aquellos a quienes amamos. ¿Quién de nosotros, en efecto, dejaría a los recién nacidos sin ropa o sin alimento, esperando que de mayores elijan cómo vestirse y qué comer? Queridos, si el alimento y el vestido son necesarios para vivir, la fe es más que necesaria, porque con Dios la vida encuentra la salvación.
El amor providente de Dios se manifiesta en la tierra a través de ustedes, mamás y papás, que piden la fe para sus hijos. Ciertamente, llegará el día en que serán pesados para llevarles en brazos; y llegará también el día en que serán ellos quienes los sostengan a ustedes. El bautismo, que nos une en la única familia de la Iglesia, santifique en todo momento a todas sus familias, otorgando fuerza y constancia al afecto que los une.
Los gestos que dentro de poco realizaremos son bellísimos testimonios de ello. El agua de la fuente es el baño en el Espíritu, que purifica de todo pecado. La vestidura blanca es el traje nuevo que Dios Padre nos concede para la fiesta eterna de su reino. La vela encendida del cirio pascual es la luz de Cristo resucitado, que ilumina nuestro camino.
Les deseo que continúen este camino con alegría, a lo largo del año que acaba de comenzar y durante toda la vida, seguros de que el Señor siempre acompañará sus pasos.
León XIV
Act:
11/01/26
@homilías
papales
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()