A los ciudadanos de Nápoles

Plaza del Plebiscito
Nápoles, 8 mayo 2026

Hermanos y hermanas, ¡gracias por su cálida bienvenida! Este abrazo, esta plaza, se parece a la Columnata San Pedro de Roma, concebida para acoger con calidez. Agradezco al alcalde las palabras que me dirigió, saludo a todas las autoridades civiles y militares presentes, y reitero mi gratitud a todos ustedes aquí reunidos.

Con el telón de fondo de la escena evangélica de los discípulos camino a Emaús, varias voces se alzan, presentándonos este hermoso encuentro. Son las voces de Nápoles, la perla del Mediterráneo, contempladas desde lo alto por el Vesubio.

Estas voces hacen eco de la antigua belleza de esta ciudad, bañada por el mar y besada por el sol, pero a menudo cansada de caminar y desorientada como los discípulos de Emaús, hasta que encontraron la cercanía que Jesús les ofreció. Son las voces de un pueblo que, aún hoy, siente la necesidad de detenerse y preguntarse: ¿Qué es lo que realmente importa?

Hermanos y hermanas, en esta ciudad fluye un anhelo de vida, justicia y bondad que no puede ser aniquilado por el mal, el desaliento o la resignación. Por lo tanto, debemos (no solos, sino juntos) preguntarnos: ¿Qué es lo verdaderamente importante? ¿Qué es necesario para retomar el ímpetu de nuestro compromiso? ¿Cómo superar ese cansancio de la indiferencia? ¿Qué valor nos vendrá bien para hacer el bien sin temer el mal? ¿Cómo sanar las heridas de este último?

Nápoles se enfrenta hoy a una dramática paradoja. Por un lado, el considerable aumento del turismo sigue la estela del dinamismo económico, que por sí mismo es capaz de involucrar plenamente a toda la ciudad. Por otro lado, la ciudad sigue marcada por una división social que ya no separa el centro de la periferia, sino que se acentúa dentro de cada zona, con periferias existenciales hasta en el mismo corazón del casco histórico.

En el mundo actual, en efecto, se observa una auténtica geografía de desigualdad, alimentada por problemas persistentes. Desigualdad de ingresos, de perspectivas laborales, de infraestructuras y servicios adecuados, de delincuencia generalizada, de abandono escolar y de otras situaciones que lastran la vida de muchos. Ante esta realidad, que en ocasiones adquiere proporciones preocupantes, la presencia y la acción del estado son más necesarias que nunca, a la hora de brindar seguridad y confianza a los ciudadanos y erradicar la delincuencia organizada.

En este contexto, muchos napolitanos albergan el anhelo de una ciudad redimida del mal y sanada de sus heridas. Estos napolitanos son verdaderos héroes sociales, que cumplen diariamente sus deberes (sin hacer ruido) y que luchan para que la justicia, la verdad y la belleza se abran paso por las calles, las instituciones y las relaciones. Estas personas no deben permanecer aisladas, y con ellos necesitamos crear conexiones y redes para que su compromiso impregne el tejido mismo de la ciudad.

La Iglesia en Nápoles está a favor de esta iniciativa de colaboración, deseosa de unir los esfuerzos de las personas y conectar las energías, los talentos y las aspiraciones de muchos. Lo ha hecho ya con su promoción del Pacto Educativo, que ha recibido una generosa respuesta de las instituciones (el municipio, la región, el gobierno) y de numerosas organizaciones sin ánimo de lucro.

Napolitanos, quisiera hacer un llamamiento a todos. No rompan esta red que les une, no apaguen esta luz que han comenzado a encender en la oscuridad, no pierdan su brillo, ¡sueñen con seguir haciendo realidad una Nápoles mejor y más bella! Sigan impulsando este pacto, junten fuerzas, trabajen juntos, caminen todos en la misma dirección (instituciones, Iglesia y sociedad civil). Háganlo para enaltecer la ciudad, proteger a sus hijos de las trampas del mal y devolver a Nápoles su vocación de ser capital de la humanidad y la esperanza.

La vocación ancestral de Nápoles ha sido la de puente natural entre las orillas del Mediterráneo. Por tanto, Nápoles no debe quedarse en una simple postal para los visitantes, sino convertirse en una obra en construcción abierta, palpable en el día a día de sus habitantes.

La paz nace en el corazón humano, se manifiesta a través de las relaciones, echa raíces en los barrios y suburbios, se expande para abarcar toda la ciudad y el mundo. Por ello, traigamos dicha paz al corazón de nuestra ciudad, en los gestos cotidianos y promoviendo una cultura alternativa a la violencia.

No hay paz sin justicia, y ésta, para ser auténtica, jamás puede separarse de la caridad. Desde esta perspectiva, en Nápoles han surgido experiencias como la Casa de la Paz (que acoge a niños y madres necesitadas), la Casa Bartimeo (un lugar de apoyo para jóvenes y adultos en situación de vulnerabilidad), y toda otra serie de signos que abrazan la hospitalidad, el cuidado y la posibilidad de redención.

La comunidad eclesial y la comunidad civil han de trabajar conjuntamente para convertir Nápoles en una plataforma para el diálogo intercultural e interreligioso. Mediante conferencias, premios internacionales y programas de acogida para jóvenes de zonas de conflicto (como Gaza), se puede seguir dando voz, desde la base, a una cultura de paz, contrarrestando la lógica de la confrontación y el uso de la fuerza armada como supuesta solución a los conflictos.

En este punto, Nápoles sigue demostrando su profunda solidaridad, a la hora de acoger inmigrantes y refugiados en un puerto que ya no es un simple punto de desembarque, sino un símbolo vivo de acogida, integración y esperanza.

Hermanos y hermanas, Nápoles necesita esta energía explosiva de bondad, de coraje evangélico y de renovación total. Que éste sea el compromiso de todos. Asumámoslo y ¡adelante con él, todos juntos! Hagámoslo realidad con los jóvenes, que no son sólo receptores sino también agentes de cambio. No los involucremos, sino reconozcamos su espacio, confiando plenamente en su responsabilidad.

En un mundo marcado por la desconfianza y la falta de oportunidades, los jóvenes representan un recurso vibrante y sorprendente. Esto se demuestra con la experiencia del Museo Diffuso, donde muchos de ellos están comprometidos en la preservación y la difusión del patrimonio cultural de la ciudad, utilizando lenguajes nuevos y accesibles.

En otro tipo de centros, los jóvenes se dedican apasionadamente a la educación de los más pequeños (convirtiéndose en referentes creíbles y testigos de relaciones sanas), o en apoyo para personas con discapacidad. Estas experiencias no son marginales, sino que son signos concretos de una ciudad joven y capaz de regenerarse con audacia, pasión y entusiasmo.

Les agradezco, queridos hermanos, su cálida bienvenida, y loes encomiendo a la intercesión de María Santísima y San Genaro. ¡Que el Señor les mantenga siempre fieles al evangelio y bendiga la ciudad de Nápoles!

León XIV

 Act: 08/05/26    @discursos papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A