A los ciudadanos de Asís
Basílica
de Porciúncula
Asís, 6 agosto 2026
Queridos hermanos de Asís, ¡buenos días a todos ustedes! Un saludo también a los jóvenes que ya están dentro de la basílica y que, creo, nos siguen asimismo a través de las pantallas. ¡Me siento realmente contento de estar aquí con ustedes!
Pregunta 1: ¿Qué consejo nos daría a los jóvenes que crecimos en la espiritualidad franciscana?
Gracias, Karolina, por esta pregunta. Creo que muchos, al escucharla, han notado que ya contenía parte de la respuesta, porque has dado testimonio del estilo de sencillez, fraternidad y cercanía que te ha convencido y te ha permitido madurar en la fe, formando parte de una comunidad, pero abierta a todos.
Esto ha sucedido en una región de Europa que, hace tan solo 30 años, vivió la guerra y la peligrosa mezcla entre confesión religiosa y nacionalismo. La presencia de los franciscanos había inspirado durante siglos el diálogo y había contribuido a la convivencia pacífica entre católicos, ortodoxos y musulmanes. Hoy en día, ser fieles a esta tradición de cercanía significa ir a contracorriente, trabajando por la purificación de la memoria y cultivando la reconciliación.
A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación de identidades. Ser testigos de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque abre la mente y el corazón más allá de las fronteras artificiales, es decir, más allá de los miedos provocados por la desinformación y los muros del prejuicio.
Alejarse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato. De San Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos. No es fácil, pero da mucha alegría.
Intenten ahora imaginar, por un momento, cómo era el lugar en el que nos encontramos, hace ocho siglos. Aquí, en pleno campo, se habían reunido con Francisco cientos de jóvenes hermanos de toda Europa. Traten de visualizarlos, tal y como relata Francisco, «viendo en la explanada, sentados a los hermanos por grupos, todos a una ocupados en razonar de Dios. Unos llorando de consuelo, otros en oración, otros en ejercicios de caridad; y en un ambiente tal de silencio y de modestia que no se oía el menor ruido» (Florecillas, XVIII).
Ese silencio es lo contrario de la guerra, con su violencia, sus gritos y su crueldad. Las esteras de aquellos frailes, al igual que hoy los sacos de dormir de ustedes, hablan de paz. Esta es la Iglesia: una asamblea de hermanos y hermanas, a la que todos están invitados.
Queridos jóvenes, ¡qué bonito es estar juntos para "razonar sobre Dios" y de esta manera, juntos en su luz, en su vida misma, en su belleza, en su misterio, en su seriedad! Den testimonio de este estilo en todas partes, especialmente en un tiempo en el que la tecnología hace que sea más difícil que las personas de carne y hueso compartan entre sí.
San Francisco descubrió que elegir la pobreza puede acercar a los alejados, fomenta el encuentro e invita al intercambio de dones. Así, intuyó que el evangelio no se puede separar de las decisiones de Jesucristo, quien se hizo pobre para enriquecernos (2Cor 8,9). El evangelio es su vida, su camino, su confianza inquebrantable en el Padre. Si nos reunimos en su nombre, él viene en medio de nosotros (Mt 18,20) y la alegría que nos llena el corazón es libre y sincera (Jn 20,20). Esta alegría evangeliza más que las palabras, y no se puede ocultar.
Pregunta 2: ¿Cómo podemos dar un sí pleno y valiente a Dios, evitando "poner la mano en el arado y luego mirar atrás"?
Gracias, Giovanni, por esta pregunta que, diría yo, es valiente, llena del anhelo por lo que perdura. Hoy en día tendemos a hablar negativamente de lo provisional. Sin embargo, antes era la Iglesia la que educaba con insistencia en el sentido de lo provisional. Este mundo pasa, el tiempo corre, las cosas terrenales son cambiantes, y sólo Dios permanece, porque Dios es eterno. Debemos preguntarnos, pues, qué ha cambiado, para no estar entre aquellos que añoran el pasado y, por ello, no afrontan el presente ni asumen responsabilidades para el futuro.
En casi todo el mundo está desapareciendo la estabilidad de las sociedades tradicionales; aquella, gracias a la cual, generaciones enteras sólo podían ver cambios mínimos a lo largo de una vida. En su seno, todo estaba muy regulado y predeterminado. Entonces, el testimonio de la Iglesia invitaba a no acomodarse en un destino ya escrito, a discernir el valor de cada gesto individual en relación con la eternidad.
Hoy, en cambio, con una interpretación a veces confusa de la libertad, nos ilusionamos pensando que la vida nunca se resuelve de una vez por todas, porque el contexto en el que vivimos cambia rápidamente y nosotros también cambiamos mucho. Con ello, sin embargo, aumentan asimismo el miedo y la posibilidad de perderse. En este contexto, el valor de tomar una decisión definitiva es quizás el acto más revolucionario.
Tomar una decisión para siempre no nos encierra en una jaula, sino que nos abre a un dinamismo mayor. Amar es un éxodo, un camino por descubrir, un recorrido en el que Dios anda con nosotros, y este es el verdadero sentido de toda vocación.
La Biblia nos inspira a vivir así, como quienes están llamados a levantarse, a recorrer su propia historia como un don del Señor, recibiendo de él la orientación y el sentido, amando sus designios (1Cor 13; 1Jn 4). La fe, la confianza y la fidelidad revelan aquí su indisoluble entrelazamiento.
De este modo, en la fe desmontamos la ilusión de que los problemas se resuelven huyendo, traicionando o intentando dar unos pocos pasos por caminos siempre diferentes, sin llegar nunca muy lejos. De hecho, se pueden multiplicar las experiencias, los contactos y el consumo, pero permaneciendo siempre en el mismo punto.
El coste humano es elevado y el vacío interior es profundo. No es raro que se llegue a utilizar a las personas y a ser utilizados por ellas. El "para siempre", entonces, es una gracia a la que Dios mismo nos ayuda a responder con nuestra fidelidad, para alcanzar la plenitud de la vida (Jn 10,10).
Desde la adolescencia es importante aprender a conocerse a sí mismo, a tomar decisiones y a arriesgarse sin dejar de hacerlo en la edad adulta, tanto en las decisiones ya tomadas como ante las que aún quedan por tomar. Es una aventura en la que nadie debe sentirse solo y que, al igual que la fe, durará hasta el último instante.
Por mi propia experiencia, puedo decir que el Señor nunca me ha abandonado, y que siempre me ha acompañado regalándome personas con quienes caminar juntos. Así, en mi vocación a ser sacerdote, miembro de la comunidad agustina y misionero, he encontrado una especie de luz que me ha guiado hasta hoy, hasta el momento en que tuve que decir sí también a una llamada muy especial: la de ser papa.
En la adhesión al proyecto único que Dios manifiesta para cada uno de nosotros, la llamada fundamental, inscrita en cada corazón, es una llamada a la comunión y no se escucha una sola vez, sino cada día. El pecado enturbia la claridad sobre este punto introduciendo, en los vínculos fundamentales, desconfianza, rivalidad y recelo.
Gracias a Dios, toda vocación es también un camino de redención y sanación. La invitación de Jesús, que nos llama a seguirle, ilumina nuestra dignidad y nos hace honrar la de los demás, sintiendo confianza y depositándola en los demás. Esta dinámica es tan liberadora que merece toda nuestra pasión.
Pregunta 3: ¿Cómo podemos permanecer en el amor reparador? ¿Por qué resulta difícil ver a la Iglesia como una madre dispuesta a acogernos y a amarnos?
Gracias, Luigi. Tu pregunta es una pregunta de actualidad, que nos lleva al corazón de la experiencia de San Francisco. Abordarla significaría compartir un deseo: el deseo del Señor Jesús respecto a la Iglesia. Francisco lo escuchó mientras contemplaba al Crucificado.
Deberíamos volver siempre a este deseo. Muchas personas a lo largo de la historia, y también ahora, no han podido experimentar la Iglesia tal y como Jesucristo quiere que ella sea. Esto causa sufrimiento, deja heridas y decepciones, y para algunos puede llegar incluso a convertirse en un obstáculo para creer.
En el evangelio, Jesús nos alerta sobre este tipo de tropiezo. Es decir, sobre el escándalo que sus discípulos pueden causar a los demás, especialmente a los pequeños. El deseo de Jesús es reunir a un pueblo en el que se supere aquello que suele dividir a los seres humanos. Alrededor de Jesús se convierten en hermanos y hermanas hombres y mujeres que, de otro modo, nunca se habrían conocido o tratado.
Cuando este milagro de la Iglesia sigue ocurriendo, gracias a Dios, sigue siendo sorprendente incluso hoy en día en nuestras ciudades, llenas de muros invisibles que nos separan unos de otros. ¡Cuántas discriminaciones y desigualdades podrían acabar de inmediato, en cuanto nos reconozcamos como hermanos y hermanas!
Hay, además, otro aspecto de esta revolucionaria unidad. Jesús dice: «¡Que no sea así entre ustedes!» (Mc 10,43). Es decir, que no sea como entre los grandes de la Tierra y los poderosos del mundo, que buscan protagonismo y se imponen sobre los demás.
Por el contrario, Jesús nos dice: «El que quiera ser importante que se haga servidor de los demás, y el que quiera ser el primero que se haga esclavo de todos» (Mc 10,43). El deseo de Jesús para la Iglesia es claro: que nos convirtamos en su cuerpo y manifestemos su vida, siguiendo su ejemplo y ejerciendo un tipo diferente de fuerza, que no humilla sino que levanta.
La palabra de Dios, los sacramentos, y la práctica del amor fraterno, son caminos de transformación para hacer realidad en nosotros la imagen de Cristo. Francisco los recorrió, y no para dominar sino para servir, no para aferrarse sino recibiendo, no reteniendo sino devolviendo. Como dijo el propio Señor a Francisco, «¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala» (TC, V,13).
Cada uno de nosotros tiene un papel en esta obra siempre en marcha. Tenemos diferentes responsabilidades y vocaciones, pero caminamos juntos, inspirándonos, ayudándonos y corrigiéndonos mutuamente. Es importante colaborar con nuestra parte.
Entonces hablaremos de la Iglesia con el cariño con el que se habla de una madre, porque reconoceremos que le pertenecemos. Será una forma sincera de amar a esas personas, y a esa historia en la que Jesucristo viene a nosotros y permanece con nosotros «todos los días, hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20).
Con humildad, éste es el evangelio que anunciamos. Para compartir el deseo del Señor no hace falta que aparentemos ser mejores de lo que somos. Es necesario reconocer y dejar que Jesús resucitado actúe en nuestra vida, en la historia de todos nosotros. Gracias.
León XIV
Act:
06/08/26
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