A los empleados del Vaticano
Salón
de los Papas
Vaticano, 5 octubre 2026
Queridos hermanos y hermanas, me alegra recibirles, les agradezco su visita y, aún más, la dedicación y el espíritu de servicio con que desempeñan su trabajo cotidiano en los diversos organismos de la Santa Sede, colaborando así en el ministerio pastoral del papa. Queridos amigos, ustedes pertenecen a dos asociaciones diferentes, pero que tienen en común el ámbito de trabajo del Vaticano.
Ante los desafíos actuales que se plantean al mundo del trabajo, particularmente a causa de los avances de la IA, es más decisivo que nunca mantener viva la atención sobre la centralidad insustituible de la persona humana y sobre la dignidad inalienable del trabajo; este, en efecto, «no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. Es una necesidad inherente a la condición humana, un camino habitual hacia la madurez, el desarrollo y la realización personal» (León XIV, Magnifica Humanitas, 149).
Mediante el trabajo «contribuimos al progreso de la sociedad y a la construcción del bien común, ponemos en práctica las capacidades recibidas, mejoramos y embellecemos el mundo, sostenemos a nuestras familias, entablamos relaciones de cooperación y aprendemos a construir juntos, en la escucha y el diálogo, algo que nadie podría realizar por sí solo» (Ibid, 148).
Mis predecesores, en sus enseñanzas dedicadas a la naturaleza del trabajo en la Santa Sede, han puesto en el centro dos conceptos de valor fundamental: el de comunidad y el de unidad, que también son muy importantes para mí.
Todos aquellos que, por diversos motivos y con distintas responsabilidades, están llamados a colaborar con su trabajo en el ministerio del papa, constituyen una comunidad eclesial partícipe, con espíritu de fe y de unidad, de la única y universal misión que el Señor Jesús confió al apóstol Pedro y a sus sucesores.
Con igual dignidad, todos contribuyen, cada uno desde su función y con su compromiso laboral, a la misma misión, manifestando esta conciencia y responsabilidad ante todo «en la escrupulosa fidelidad a todas las tareas y deberes encomendados, así como en el celo, la laboriosidad y la profesionalidad que deben distinguir a cuantos participan en las actividades de la misma sede apostólica» (Juan Pablo II, Carta, 20-XI-1982).
Juan Pablo II reconoció que «para promover este espíritu pueden desempeñar una tarea valiosa de colaboración las asociaciones de trabajadores, como la Asociación de Empleados Laicos del Vaticano», precisando que «no responde a la doctrina social de la Iglesia la derivación de este tipo de organizaciones al terreno de los conflictos a oltranza o de la lucha» (Carta, 20-XI-1982).
El camino del diálogo, por tanto, sigue siendo la vía maestra por la que también yo los exhorto a caminar siempre, con confianza y creatividad, en la búsqueda común de soluciones adecuadas a los problemas que juntos debemos afrontar y en la edificación cotidiana de nuestra comunidad de trabajo.
Relanzar el diálogo en todos los niveles es lo que he querido proponer a toda la Iglesia y a todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, como «parte integrante de la vocación de la Iglesia» (Magnifica Humanitas, 2), «principal instrumento de la convivencia entre las personas» (Ibid, 219) y «la vía habitual para afrontar los conflictos» (Ibid, 221).
En particular, la Asociación de los Empleados Laicos Vaticanos es definida, en el vigente Marco Normativo que la regula, como «una estructura de diálogo de sus asociados con la Oficina del Trabajo de la sede apostólica» (Secretaría de Estado, N. 343.814/A, del 16-IV-1994).
Por su parte, la Asociación de Mujeres del Vaticano puede contribuir a hacer crecer en nuestros ambientes el estilo de la colaboración, de la escucha recíproca y de la atención a las situaciones de dificultad. La presencia de las mujeres constituye una riqueza que debe ser reconocida y valorada cada vez más.
Estas dos asociaciones aportan, además de una particular sensibilidad hacia las personas y las relaciones, el conjunto de los talentos humanos, profesionales e intelectuales propios de la experiencia y del pensamiento. Su competencia, capacidad de discernimiento, creatividad y sentido práctico enriquecen la vida de las instituciones y contribuyen a adquirir una mirada más amplia sobre la realidad y sobre los problemas que se presentan.
Recorriendo juntos este camino, nos comprometeremos a construir cada vez más una comunidad de trabajo donde las personas no sean utilizadas ni pasadas por encima, donde nos ayudemos mutuamente, se reconozca a cada uno su propio valor y competencia, evitando generar insatisfacciones y rencores (León XIV, Discurso, 22-XII-2025).
Con estos sentimientos de aprecio y confianza, les bendigo de corazón a ustedes, a sus seres queridos y a su trabajo. Gracias.
León XIV
Act:
05/10/26
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