Al Dicasterio para la Doctrina de Fe
Sala
Clementina
Vaticano, 29 enero 2026
Señores cardenales, queridos hermanos en el episcopado, queridos hermanos y hermanas, les acojo con alegría con ocasión de su sesión plenaria. Saludo y doy las gracias cordialmente al prefecto del dicasterio, a los superiores y a los oficiales.
Conozco bien el valioso servicio que desarrollan, con la finalidad de «ayudar al romano pontífice y a los obispos a proclamar el evangelio en todo el mundo, promoviendo y tutelando la integridad de la doctrina católica sobre la fe y la moral, sobre la base del depósito de la fe y también buscando una comprensión cada vez más profunda de esta ante los nuevos interrogantes» (Francisco I, Praedicate Evangelium, 69).
Su misión es ofrecer aclaraciones sobre la doctrina de la Iglesia, mediante indicaciones pastorales y teológicas acerca de cuestiones a menudo bastante delicadas. Con este fin, en los dos últimos años, el dicasterio ha publicado diversos documentos. Recuerdo los principales:
-la
nota Gestis Verbisque, sobre la validez de los sacramentos, que ha
presentado instrucciones claras para resolver los casos dudosos relativos a su
administración;
-la declaración Dignitas Infinita, sobre la dignidad humana, que
reafirma la infinita dignidad de todo ser humano, que hoy corre grave peligro,
especialmente a causa de las guerras en curso y de una economía que pone en
primer lugar el lucro;
-el Protocolo para Fenómenos Sobrenaturales, que ha permitido resolver
casos relativos a tales eventos, entre ellos el de la experiencia espiritual de
Medjugorje (a la que se ha dedicado específicamente la nota A Rainha da Paz;
-la nota Antiqua et Nova, elaborada en colaboración con el Dicasterio
para Cultura, que ofrece una consideración amplia y precisa sobre la relación
entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana;
-la nota doctrinal Mater Populi Fidelis, sobre algunos títulos marianos
referidos a la cooperación de María en la obra de la salvación, que alienta
la devoción popular mariana (ahondando en sus fundamentos bíblicos y teológicos)
y brinda aclaraciones precisas e importantes para la mariología;
-la nota doctrinal Una Caro, Elogio a Monogamia, sobre el valor del matrimonio
como unión exclusiva y pertenencia recíproca, que profundiza de manera
original en la propiedad de la unidad del matrimonio entre un hombre y una mujer.
Tanto trabajo será ciertamente muy beneficioso para el crecimiento espiritual del santo y fiel pueblo de Dios. Efectivamente, en el contexto del cambio de época que estamos viviendo, ofrece a los fieles una palabra inmediata y clara de la Iglesia, especialmente por lo que se refiere a los numerosos fenómenos nuevos que se asoman al escenario de la historia. Así mismo, proporciona valiosas orientaciones a los obispos para el ejercicio de su acción pastoral; y a los teólogos, para su servicio de estudio y de evangelización.
Aprecio, en especial, que en esta asamblea plenaria hayan iniciado una provechosa discusión sobre el tema de la transmisión de la fe, argumento de gran urgencia en nuestro tiempo.
No podemos ignorar que, en las últimas décadas, «se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico» (Francisco I, Evangelii Gaudium, 70), y que en los contextos de antigua evangelización aumenta el número de quienes ya no consideran el evangelio como un recurso fundamental para su propia existencia, especialmente entre las nuevas generaciones.
No son pocos, en verdad, los jóvenes y las jóvenes que viven sin ninguna referencia a Dios y a la Iglesia y, si por una parte esto nos provoca dolor a los creyentes, por otra debe llevarnos a redescubrir la «dulce y confortadora alegría de evangelizar» (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 80), que está en el centro mismo de la vida y de la misión de la esposa de Cristo.
Como recordé con ocasión del reciente consistorio extraordinario, «queremos ser una Iglesia que no se mira sólo a sí misma, que es misionera, que mira más allá, a los demás» (León XIV, Discurso, 8-I-2026). Queremos ser una Iglesia que anuncia el evangelio a través de la fuerza de la atracción, como reiteró en diversas ocasiones Benedicto XVI (Homilía,13-V-2007).
El fundamento de la vida del cuerpo de Cristo es el amor del Padre, que se nos ha revelado en el Hijo hecho hombre, presente y operante en nosotros por el don del Espíritu. Por eso, «no es la Iglesia la que atrae, sino Cristo, y si un cristiano o comunidad eclesial atrae es porque, a través de ese canal, lega la savia vital de la caridad que brota del corazón del Salvador» (León XIV, Discurso, 7-I-2026).
La Iglesia anuncia a Cristo, sin protagonismos ni particularismos, y en ella cada uno es y debe reconocerse siempre y solamente «un simple y humilde trabajador de la viña del Señor» (Benedicto XVI, Discurso, 19-IV-2005).
Quisiera referirme, antes de concluir, a otro servicio suyo por el que les estoy agradecido y que encomiendo a su cuidado: el de acoger y acompañar, con benevolencia y buen juicio, a los obispos y superiores generales llamados a tratar casos de delitos reservados al dicasterio. Se trata de un ámbito ministerial muy delicado en el que es fundamental actuar de manera que sean siempre honradas y respetadas las exigencias de la justicia, la verdad y la caridad.
Queridísimos, renuevo finalmente mi agradecimiento a cada uno de ustedes por su valiosa aportación a la vida y a la obra del dicasterio y de toda la Iglesia, sobre todo cuando esa aportación se ofrece de manera humilde y no ostentosa. Signo de mi gratitud es la bendición apostólica que les imparto de corazón a todos ustedes y a sus seres queridos. Gracias.
León XIV
Act:
29/01/26
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