A la Academia Eclesiástica Pontificia
Academia
Eclesiástica
Vaticano, 28 abril 2026
Eminencia, excelencias, estimados superiores y alumnos de la Academia Eclesiástica Pontificia, me complace realizar mi primera visita como romano pontífice a esta antigua y noble institución, con motivo del Jubileo del 325 aniversario de su fundación.
Ya hace algunos años, cuando vine aquí para compartir mi testimonio como prefecto del Dicasterio para Obispos durante los encuentros organizados para los estudiantes, tuve la oportunidad de reflexionar sobre la misión esencial que lleva a cabo la alma mater de los diplomáticos pontificios. Hoy, casi un año después del inicio de mi ministerio petrino, acompañado por el diligente compromiso de la Secretaría de Estado y las representaciones pontificias, esos sentimientos se han confirmado. Por lo tanto, contemplo con profunda gratitud la historia de dedicación y servicio que este gozoso aniversario celebra.
Esta historia, arraigada en la propia catolicidad de la Iglesia, ha visto a lo largo de los siglos una cadena ininterrumpida de sacerdotes, procedentes de diversas partes del mundo, contribuir con sus humildes esfuerzos a la construcción de esa unidad en Cristo que, en medio de la diversidad de orígenes, hace de la comunión una característica fundamental del servicio diplomático de la Santa Sede.
Las reformas (la más reciente de las cuales fue impulsada por mi inmediato predecesor, de venerable memoria) siempre han tenido como objetivo preservar este rasgo distintivo y constitutivo de nuestra actividad diplomática, llamada diariamente a orar y trabajar «ut unum sint» (Jn 17,21).
En particular, los recientes cambios en diversos aspectos de la formación académica e intelectual han otorgado a la Institución la independencia necesaria para reformar el currículo de derecho, historia, ciencias políticas y economía, así como los idiomas utilizados en las relaciones internacionales.
Sin embargo, quisiera destacar que la reforma más importante que se exige a quienes cruzan el umbral de esta comunidad es la de un ejercicio constante de conversión, orientado a cultivar la cercanía, la escucha atenta, el testimonio, la fraternidad y el diálogo combinados con la humildad y la mansedumbre (Francisco I, Carta, 25-III-2025): virtudes que deben impregnar todo su ministerio sacerdotal.
La reunión de hoy, en esta Casa que ha contribuido al crecimiento intelectual, humano y espiritual de varios santos y beatos (incluidos algunos de mis ilustres predecesores), es para mí una oportunidad de esbozar con ustedes algunas características del cuerpo diplomático pontificio que, al participar en el ministerio del sucesor de Pedro, abraza y cultiva una vocación especial al servicio de la paz, la verdad y la justicia.
Debe ser, ante todo, mensajero de la proclamación pascual: «¡La paz sea con vosotros!» (Jn 20,19). Incluso cuando las esperanzas de diálogo y reconciliación parecen desvanecerse y la paz «tal como la ofrece el mundo» es pisoteada y puesta a prueba, estás llamado a seguir llevando la palabra de Cristo resucitado a todos. «La paz os dejo; mi paz os doy» (Jn 14,27).
Aun antes de intentar construirla con nuestras propias y modestas fuerzas, en presencia de quienes no la buscan como un don de Dios, su misión les llama a ser «puentes» y «canales» para ella, para que la gracia que viene del cielo encuentre su camino a través de las vicisitudes de la historia.
El diplomático papal, además (que opera en los más diversos contextos culturales y dentro de organizaciones internacionales), tiene la misión específica de dar testimonio de la verdad que es Cristo, llevando su mensaje al foro de las naciones y convirtiéndose en signo de su amor por esa parte de la humanidad confiada a su misión como pastor, incluso antes que a la de diplomático.
Como tuve la oportunidad de señalar a principios de este año al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, hoy es urgentemente necesario que «las palabras vuelvan a expresar realidades distintas y claras de manera inequívoca», ya que «solo así se puede reanudar un diálogo auténtico sin malentendidos» (Discurso, 9-I-2026). Por esta razón, también es importante que lleven al mundo la palabra de vida, que se reveló no mediante la afirmación de principios e ideas abstractas, sino encarnándose.
Finalmente, se preparan para emprender un ministerio singular, que no se limita a salvaguardar el bien de la comunidad católica, sino que se extiende a toda la humanidad que vive en una nación determinada o participa en la labor de diversas organizaciones internacionales. Esto les exige ser promotores de todas las formas de justicia que contribuyan a reconocer, reconstruir y proteger la imagen de Dios impresa en cada persona.
En defensa de los derechos humanos (entre los que destacan el derecho a la libertad religiosa y a la vida), les exhorto a seguir marcando el camino, no hacia la confrontación y las exigencias, sino hacia la protección de la dignidad humana, el desarrollo de los pueblos y las comunidades, y la promoción de la cooperación internacional. Estos son los únicos medios que nos permiten emprender auténticas sendas de paz.
Estimados superiores y estudiantes, en un mundo marcado por las tensiones, que parece considerar el conflicto como la única vía para abordar las necesidades y demandas, nuestra capacidad para dedicarnos al diálogo, la escucha y la reconciliación puede parecer insuficiente, a veces incluso inútil. ¡Esto no debe desanimarnos!
Sigamos invocando con confianza el don de la paz de Cristo, sin temor. Y tengan la seguridad de que su generoso ministerio, en todo momento y lugar, siempre será un instrumento para promover y salvaguardar la dignidad de cada hombre y mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, y para el avance del bien común.
Con estos deseos y con afecto paternal, invoco sobre cada uno de ustedes, y sobre el futuro camino de la Academia Eclesiástica Pontificia, por la intercesión de la Santísima Virgen María y de San Antonio Abad, su patrono, la bendición apostólica.
León XIV
Act:
28/04/26
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