Al Consistorio de Cardenales
Salón
del Sínodo
Vaticano, 27 junio 2026
Queridos hermanos cardenales, llegamos al final de estos días con un sentimiento de profunda gratitud. Les agradezco la libertad, la fraternidad y el espíritu eclesial con que han participado en nuestro trabajo. Llevo conmigo el contenido de sus reflexiones, y la experiencia que las hizo posibles.
En estos días hemos buscado juntos la voluntad del Señor, convencidos de que Cristo sigue obrando en su Iglesia, de que es él quien nos precede, nos reúne, nos habla (a través de nuestros hermanos y hermanas) y nos guía en nuestra misión. Todo procede de él y todo vuelve a él.
Comenzamos estos días guiados por la imagen del buen samaritano, un hombre que se detiene ante su hermano herido, profundamente conmovido, y lo cuida. Quisiera concluir ahora con otro icono evangélico: el de los discípulos de Emaús. Ellos también emprenden un camino marcado por la tristeza y la decepción, pero el Señor se convierte en su compañero, escucha sus preguntas, les abre las Escrituras, enciende su corazón y transforma su camino.
Lo que hemos vivido estos días lleva algo de esta experiencia. Hemos caminado juntos, nos hemos escuchado unos a otros, hemos abierto espacio al Señor. Por su parte, él ha reavivado la esperanza en nuestros corazones, y ahora nos envía de regreso a nuestras iglesias para retomar el camino con una nueva perspectiva.
La reflexión final sobre el camino sinodal nos ha ayudado a reconsiderar lo vivido en estos días. Me parece que la cuestión de la sinodalidad no se centra principalmente en quién tiene el poder de decidir, sino en cómo salvaguardar juntos el don que el Señor ha confiado a su Iglesia.
Cuando esta pregunta se convierte en el centro de nuestro discernimiento, las cuestiones de autoridad, corresponsabilidad y decisiones también encuentran su lugar, iluminadas por la misión y la fidelidad compartida al evangelio. Por ello, deseo confiarles una vez más el camino de la implementación del Sínodo. Les pido que lo acompañen con convicción en las iglesias a las que sirven, fomentando una comprensión auténtica y animando a todos a participar: se trata de ayudar a nuestras iglesias a crecer de manera cada vez más evangélica.
Les recuerdo, como nos dijo el cardenal Grech, que la sinodalidad no es una colección de reuniones ni un método de trabajo, sino un estilo espiritual que nace del encuentro, crece a través de la escucha y madura mediante el discernimiento.
La verdadera cuestión no es cuántas conversaciones podremos organizar, sino qué calidad evangélica tendrán nuestras reuniones. Cuando nos escuchamos con humildad y libertad, dando cabida al Espíritu, nuestras conversaciones no se quedan en un intercambio de ideas y sí que se convierten en un espacio de conversión, en el que crecemos juntos en fidelidad al Señor.
Me llevo conmigo, ante todo, la mirada con la que contemplaron el mundo en la primera sesión. Muchos hablaron del sufrimiento causado por la guerra, la violencia, la pobreza y las numerosas injusticias que marcan la vida de las personas, y no se limitaron a describirlas.
Detrás de estas tragedias, reconocieron un sufrimiento aún más profundo: la soledad, la crisis de las relaciones, la pérdida de la esperanza, la dificultad de reconocerse como hermanos y hermanas. Es una mirada que no aparta la vista de las heridas del mundo, que busca sus raíces, que reconoceen ellas un renovado anhelo de sentido, autenticidad, espiritualidad y comunidad. Muchos, hoy en día, buscan esperanza y relaciones auténticas.
Me impresionó especialmente la forma en que se ha hablado de los jóvenes. En sus preguntas, pero también en el sufrimiento que a veces los lleva a la desesperación (y a veces a quitarse la vida), ustedes reconocieron una de las heridas más profundas de nuestro tiempo. También han reconocido la obra del Espíritu, pues su búsqueda de autenticidad, de relaciones verdaderas, y de sentido, nos recuerda que el evangelio sigue respondiendo a los anhelos más profundos del corazón humano. Escucharlos a ellos y a sus familias es también una manera para que el Señor continúe transformando a la Iglesia.
Muchos de ustedes también mencionaron a la familia. Donde se la apoya y acompaña, crece una escuela de relaciones, solidaridad y esperanza. Donde se la hiere o se la aísla, toda la sociedad sufre las consecuencias. En octubre tendremos una reunión con los líderes de las iglesias orientales y los presidentes de las conferencias episcopales para evaluar las medidas adoptadas desde Amoris Laetita. Algunas familias también participarán para compartir sus experiencias. Su presencia es esencial, pero espero que todos los asistentes se preparen escuchando atentamente y aportando la experiencia de las familias de sus Iglesias.
Habéis procurado escuchar lo que las heridas del mundo revelan sobre el corazón humano. Es precisamente allí, en el corazón, donde también se decide la paz. Antes de manifestarse en la historia, la guerra surge en nuestro interior, cuando la sospecha reemplaza la confianza, el miedo la esperanza y el otro se percibe como una amenaza. Pero es en ese mismo corazón donde Cristo continúa encontrándonos, hablándonos y transformándonos. De un corazón reconciliado pueden nacer palabras desarmadas, nuevas relaciones y una paz capaz de alcanzar incluso a los pueblos más distantes.
La segunda sesión nos llevó a dar un paso más, y a darnos cuenta de que la guerra no es simplemente un conflicto entre estados, sino que surge mucho antes. En concreto, de una cultura del poder que impregna nuestra forma de pensar, de vivir las relaciones, de ejercer el poder, de utilizar la economía, la tecnología e incluso la religión.
Si esta es la raíz de la crisis, la respuesta exige reconstruir una cultura de cooperación y diálogo, capaz de dar nueva fuerza al multilateralismo, para que los pueblos aprendan de nuevo a buscar juntos el bien común de toda la humanidad.
En este camino, la contribución de los fieles laicos, comprometidos con la vida pública, es esencial. Por ello, necesitan la cercanía y el apoyo de la comunidad eclesial, para practicar la "caridad política" que ustedes han mencionado. La cultura de la cooperación crece a través del diálogo ecuménico e interreligioso, que no debilita nuestra identidad cristiana, sino que la capacita para servir juntos al bien común y a la paz.
También me pareció particularmente valiosa la forma en que algunos de ustedes abordaron el tema de la respuesta no violenta a las múltiples formas de violencia. Esta es una manera profundamente evangélica de vivir la historia, fruto de la contemplación del modo de actuar de Jesús. No consiste en renunciar al conflicto ni en una actitud pasiva, sino en elegir enfrentarlo sin reproducir su lógica. No renuncia a la verdad ni silencia el mal, sino que se niega a defenderlo con violencia y a transformar al otro en enemigo: comienza por desarmarse.
Así, esta respuesta revela la lógica de la Pascua, en la que el amor se manifiesta más fuerte que el odio y el perdón rompe la espiral de venganza. Esta es la fuerza del Crucificado y Resucitado, una fuerza que no destruye al enemigo sino que permite redescubrir al hermano.
Desde esta perspectiva, diversos grupos han enfatizado la necesidad de profundizar en el tema de la autodefensa a la luz de las profundas transformaciones que se han producido en la naturaleza de los conflictos contemporáneos. Esta reflexión merece un mayor desarrollo con el rigor teológico y pastoral necesario.
También acogí con especial interés su insistencia en la Doctrina Social de la Iglesia. Ustedes expresaron el deseo de que se convierta cada vez más en un patrimonio vivo de nuestras comunidades, y un criterio fundamental para la formación de la conciencia y el discernimiento pastoral. No ofrece soluciones preestablecidas, sino que educa a la Iglesia en una manera evangélica de habitar la realidad, interpretarla y guiar la acción con responsabilidad.
Muchos de ustedes señalaron que, hoy en día, el bien común no es tanto una meta a alcanzar cuanto una realidad que debemos redescubrir juntos. En efecto, vivimos en una época en que resulta difícil incluso reconocer lo que es verdaderamente bueno para todos.
Arraigada en Cristo, la Iglesia está llamada a salvaguardar espacios de encuentro, escucha y diálogo, donde pueda florecer una cultura renovada del bien común. Esto requiere una labor educativa paciente, que nos ayude a reconocer la dignidad inviolable de toda persona y la responsabilidad que nos une. En este camino, los pobres no sólo han de recibir nuestra atención, sino ser protagonistas de la esperanza que Dios sigue inspirando en la historia.
Otra convicción surgió con fuerza de muchas de sus reflexiones. Al cuestionar las responsabilidades de la Iglesia en el mundo actual, ustedes enfatizaron continuamente la importancia del testimonio, la cercanía, la formación de conciencias y la construcción de comunidades fraternas y creíbles.
Este testimonio nace del encuentro con Cristo, de su palabra y de los sacramentos, en los que el Señor sostiene a su pueblo y lo capacita para servir al mundo con el poder del evangelio. La Iglesia está llamada a ser aquello que proclama, y sobre este fundamento pueden dar fruto las reformas necesarias de estructuras, instituciones y procesos.
Estos días fortalecen mi esperanza, por lo que hemos compartido y por la manera en que lo hemos hecho. En un tiempo marcado por la polarización, la forma en que la Iglesia escucha y dialoga es parte de su mensaje. Si podemos seguir buscando juntos la voluntad del Señor, dejándonos guiar por el Espíritu Santo, estoy seguro de que nuestra comunión será cada vez más fructífera para la misión de la Iglesia y para el servicio a toda la humanidad.
Creo que, poco a poco, estamos redescubriendo el verdadero significado del consistorio: la reunión del Colegio Cardenalicio en torno al sucesor de Pedro para que el Espíritu Santo guíe a su Iglesia. Esto no es un parlamento, ni un congreso donde prevalecen opiniones o intereses, sino una experiencia de comunión al servicio de la misión.
Lo que estamos aprendiendo a vivir en estos días es un estilo de vida, que los cardenales estamos llamados a promover en toda la Iglesia. Ojalá que cada persona bautizada, según su vocación y responsabilidad, participe en la construcción de esta civilización del amor y servicio al bien común.
Promovamos espacios donde el pueblo de Dios pueda escucharse, orar, discernir y caminar juntos. Éste será el espíritu de la próxima reunión dedicada a Amoris Laetitia, y de muchas otras iniciativas que el Señor nos pedirá emprender. Lo importante no es multiplicar nuestras reuniones, sino aprender a vivir encuentros en los que aprendamos juntos a escuchar al Señor.
Antes de concluir, quisiera acoger con beneplácito el llamamiento unánime surgido de este consistorio, y hacerlo mío. De hecho, quisiera que lo hiciéramos juntos, a través de estas palabras. Digámoslo a nuestros hermanos obispos, a las iglesias confiadas a nuestro ministerio y a todos los pueblos de la tierra: ¡Dios desea la paz para todas las naciones y para todos los pueblos! ¡No nos resignamos a la violencia! La violencia no tendrá la última palabra, y Dios seguirá abriendo caminos de reconciliación y paz a lo largo de la historia. Tenemos la responsabilidad de recorrerlos con valentía, y ayudar al mundo a reconocerlos.
Hermanos, les agradezco de todo corazón su contribución, así como a los oradores, moderadores y a todos aquellos que, con generosidad y discreción, hicieron posible estos días de trabajo y confraternidad. Gracias por ayudarme a reconocer la obra que Cristo continúa realizando entre su pueblo y en el mundo. Encomendamos los frutos de este consistorio a la intercesión de la Virgen María, madre de la Iglesia. Que ella nos enseñe a preservar la unidad en la diversidad, y a servir al evangelio con humildad, valentía y esperanza. ¡Gracias!
León XIV
Act:
27/06/26
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