Al Consistorio de Cardenales
Aula
Pablo VI
Vaticano, 26 junio 2026
Queridos hermanos cardenales, les doy la bienvenida y les agradezco de corazón que hayan aceptado una vez más mi invitación. Su presencia manifiesta la solicitud por toda la Iglesia que compartimos en el servicio al pueblo de Dios y a la misión que el Señor nos ha confiado.
En el consistorio del pasado mes de enero expresé un deseo sencillo: que estos encuentros nos ayuden a aprender cada vez más a «trabajar juntos en el servicio de la Iglesia» y a proseguir «una conversación que nos ayude en el servicio de la misión de toda la Iglesia». Sigo pensando, hermanos, que ésta es una de las responsabilidades más importantes confiadas al Colegio Cardenalicio.
Los cardenales, como toda la Iglesia, aprendemos caminando. La comunión nunca es un resultado adquirido de una vez para siempre, sino que sigue siendo una conversión cotidiana, que toma forma en la oración y a través de actitudes concretas, relaciones de confianza y disponibilidad para escucharnos recíprocamente.
En estos meses he tenido ocasión de recordar varias veces que estamos llamados a ser constructores de la comunión de Cristo, de una comunión que tome forma en una Iglesia sinodal en la que todos cooperan en la misma misión, cada uno según su propio carisma y su propio ministerio.
Como dije a la Curia Romana, esta comunión «se construye, más que con las palabras y los documentos, mediante gestos y actitudes concretos que deben manifestarse en lo cotidiano, también en el ambiente laboral» (Discurso, 22-XII-2025). No somos custodios de intereses particulares, sino «discípulos y testigos del reino de Dios, llamados a ser en Cristo fermento de fraternidad universal» (Ibid).
Por este motivo, he deseado que nuestro trabajo se concentrara en cuatro temas profundamente vinculados entre sí.
En primer lugar, estamos invitados a contemplar el mundo en que la Iglesia está llamada a anunciar el evangelio. Antes de preguntarnos qué hacer, es necesario detenernos ante la realidad, mirarla con los ojos de la fe y dejarnos interpelar por la escucha de los hermanos.
Como recordé hace pocas semanas en Madrid, «Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia» (Homilía de Cibeles, 7-VI-2026). También hoy, el Señor sigue precediéndonos en la historia, y la Iglesia está llamada ante todo a reconocer su presencia.
En segundo lugar, debemos reflexionar sobre la cultura del poder y la civilización del amor. Muchos de ustedes provienen de tierras marcadas por la guerra, la violencia, la polarización social o religiosa. Ninguno de nosotros es ajeno a las muchas formas de conflicto, de abuso y de fractura que atraviesan hoy nuestras sociedades. Por eso, el discernimiento que estamos llamados a realizar nos concierne a todos, e interpela la misión de la Iglesia en cada contexto.
La encíclica Magnifica Humanitas nos ofrece algunas claves preciosas para leer este tiempo. Presten atención a cómo resuenan estas páginas en sus iglesias, qué interrogantes suscitan, qué perspectivas abren, qué pasos sugieren. En efecto, una encíclica continúa su camino cuando es acogida, interpretada y encarnada en la vida concreta de las iglesias.
La tercera sesión habrá de plantear qué tipo de contribución puede ofrecer la Iglesia en la construcción del bien común. Vivimos en un tiempo en el que crece la tentación de la fragmentación, y prevalecen fácilmente los intereses particulares.
La Doctrina social de la Iglesia nos recuerda que el bien común no nace espontáneamente, sino que exige responsabilidades compartidas. Para la Iglesia, esto asume una forma muy precisa: un estilo sinodal al servicio de la misión del Reino. Esto requiere atención al modo en que se toman las decisiones y se ejercen las responsabilidades, en la transparencia, la evaluación y la corresponsabilidad.
En cuarto lugar, dedicaremos una sesión al camino de aplicación del Sínodo. Esta última sesión no abre un tema nuevo, sino que recoge y pone en relación cuanto hemos compartido ya en las sesiones anteriores. Ante las heridas del mundo, la construcción del bien común y la misión de la Iglesia, la sinodalidad indica un modo de proceder: escuchar, discernir y asumir juntos la responsabilidad de las decisiones que el Señor nos confía.
La sinodalidad no es un conjunto de procedimientos, sino una actitud abierta y dispuesta a comprender. A veces ha sido interpretada como una disminución de la autoridad. En realidad, nos ayuda a comprender más profundamente el significado de la autoridad misma, que existe para custodiar la comunión, favorecer la participación de todos y orientar el camino común de la Iglesia.
Estas cuatro sesiones encuentran su unidad en la perspectiva misionera que compartimos en el último consistorio, y que recordé en la carta del pasado mes de abril. No estamos aquí para reflexionar sobre la vida interna de la Iglesia.
Todos los temas que afrontaremos (la mirada sobre el mundo, la paz, el bien común, la sinodalidad) convergen en una única pregunta: ¿Cómo podemos ayudar hoy a nuestras iglesias a anunciar el evangelio con mayor fidelidad, libertad y credibilidad? La misión no es una de las muchas tareas de la Iglesia, sino su razón de existir y criterio que orienta nuestro discernimiento.
Cuando aprendemos a escucharnos, a llevar juntos las responsabilidades, a reconocer la acción del Espíritu en las diversas iglesias, no estamos sólo mejorando nuestro modo de trabajar, sino llegando a ser una Iglesia más capaz de encontrarse con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo y darles testimonio de la alegría del evangelio.
El ministerio que el Señor me ha confiado no puede vivirse en soledad. Necesita de su experiencia, de su sabiduría pastoral, de su conocimiento de las iglesias y de los pueblos que les han sido confiados. Cuento con ustedes para que me ayuden a discernir lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia. Necesito su apoyo, y sentirme sostenido por ustedes como hermanos.
Les pido que me acompañen no sólo en estos días de trabajo, sino también en el servicio cotidiano a la comunión de la Iglesia universal. Ayúdenme a escuchar lo que emerge en las iglesias, a reconocer los signos de esperanza que a menudo crecen en el silencio, a no ignorar las fatigas, las incomprensiones y las resistencias que pueden ralentizar el camino. Necesito su libertad, su franqueza y su lealtad. Un consejo sincero es siempre un acto de comunión.
Les pido además que sostengan, cada uno en su propia iglesia y en su propio ministerio, este estilo de discernimiento eclesial. Sé que exige paciencia y que a veces suscita interrogantes. Sin embargo, estoy convencido de que el Señor nos está enseñando una manera más evangélica de vivir juntos la responsabilidad que nos ha confiado. De esto dependen la credibilidad de nuestro testimonio y la fecundidad de nuestra misión.
Deseo animarles a vivir con convicción el trabajo en grupos. Sé bien que, para muchos de nosotros, no es el modo habitual de desarrollar un consistorio. Sin embargo, también esto forma parte del camino por el que el Señor nos está conduciendo. Naturalmente, quedará espacio también para las intervenciones personales, y cada uno podrá hacerme llegar libremente observaciones o reflexiones reservadas.
Les pido que entren con confianza en este ejercicio eclesial. Hemos de aprender la sinodalidad practicándola, y saber que juntos crecemos en la comunión. Les agradezco desde ahora su disponibilidad, su libertad interior y su amor a la Iglesia.
Encomendemos estos días al Espíritu Santo, para que nos haga dóciles a su voz y nos conceda la gracia de buscar juntos aquello que mejor sirva al evangelio y al bien del pueblo de Dios. Gracias.
León XIV
Act:
26/06/26
@discursos
papales
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()