A los ciudadanos de Acerra

Plaza Calipari
Acerra, 23 mayo 2026

Queridos hermanos y hermanas, saludo a las autoridades y agradezco a todos los que trabajaron para preparar la reunión de hoy. ¡Gracias a todos por estar aquí!

Me complace pasar esta mañana de sábado con ustedes, para reencontrarme con una región cuya belleza ninguna injusticia puede borrar. En la vida, comprendemos que, cuanto más frágil es la belleza, más exige cuidado y responsabilidad.

Éste, queridos míos, es el principal sentido de mi presencia hoy en Acerra. Estoy aquí para confirmar y alentar ese impulso de dignidad y responsabilidad que todo corazón honesto siente cuando la vida brota y se ve repentinamente amenazada por la muerte. Quienes poseen el don de la fe comprenderán que este impulso proviene de Dios Creador, que busca en cada hombre y mujer colaboradores en sus planes de vida.

Hace poco, en la catedral, me reuní con algunos familiares de las víctimas de la contaminación que, en las últimas décadas, ha convertido tristemente esta zona en la Tierra de Fuegos. Se trata de un término que no hace justicia al bien que existe y perdura, pero que sin duda ha fomentado una mayor conciencia sobre la gravedad de la corrupción y la indiferencia que han permitido que se cometan crímenes.

Quise agradecer a todos los que acogieron el mensaje de la encíclica Laudato Si y la constante invitación de Francisco I a ser una Iglesia abierta, misionera y sinodal. Caminar juntos, superar el ensimismamiento, atreverse a profetizar a pesar de la resistencia y las amenazas... esto es lo que el Señor nos pide y lo que su Espíritu inspira. En esta tierra, la vida existe y se opone a la muerte, así como la justicia existe y se hará valer. Por supuesto, debemos elegir la vida y liberarnos de las ataduras de la muerte.

Siempre hay una sutil ventaja en la resignación, o en posponer decisiones necesarias y valientes. No obstante, dicho fatalismo, o la queja y el culpar a otros, son el caldo de cultivo de la anarquía y la desertificación de las conciencias. Por ello, quisiera decirles a todos: que cada uno asuma su propia responsabilidad. ¡Elijamos la justicia, sirvamos a la vida! El bien común está por encima de los intereses de unos pocos, y de los intereses creados por grandes o pequeños que sean.

Esta tierra ha pagado un alto precio, ha sepultado a muchos de sus hijos, ha presenciado el sufrimiento de niños e inocentes. El valor y el peso de ese dolor nos exigen esforzarnos juntos para ser testigos de un nuevo pacto. Ustedes están en camino hacia un tiempo de renacimiento, que no es un tiempo de olvido sino de acción ética y memoria activa. Es el momento de la mirada contemplativa, aquella a la que la encíclica Laudato Si llama a todos los seres humanos, partiendo cada uno de sus responsabilidades.

La cultura ecológica, escribió Francisco I, «no puede reducirse a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas emergentes de degradación ambiental, el agotamiento de los recursos naturales y la contaminación. Necesita una perspectiva distintiva, una forma de pensar, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que pueda forjar resistencia al avance del paradigma tecnocrático» (Laudato Si, 111).

Hermanas y hermanos, este paradigma está en la raíz de la proliferación de conflictos, tras los cuales subyace la carrera por el acaparamiento de recursos. Lo vemos resistiéndose cada vez que, quienes ocupan cargos políticos e institucionales se muestran débiles ante los poderosos. Lo encontramos en un desarrollo tecnológico que apunta a las ganancias desorbitadas de unos pocos y es indiferente a las personas, su trabajo y su futuro. Por tanto, si estamos llamados al cambio, éste debe comenzar por nuestra propia perspectiva.

Algunos dicen que dejar un mundo mejor a nuestros hijos se ha convertido en una ambición elevada. Muy bien, pero lo que sí podemos es dejar al mundo mejores hijos e hijas. Nuestro compromiso con la educación está a nuestro alcance, y es una prioridad. La educación de los jóvenes, y la de los niños, y la de los ciudadanos y sus líderes, y la de los trabajadores y empresarios... toda ella tiene todavía mucho que aprender.

Todos tenemos algo que dar, sí. No obstante, primero debemos aprender a recibir. Este es el comienzo del futuro, como una puerta que se abre a aquello en lo que hasta ahora no habíamos pensado. Seguir aprendiendo es lo que nos hace una comunidad.

Queridos hermanos, será un verdadero cambio de mentalidad en lo económico, lo civil, e incluso lo religioso, lo que construirá el bien que sanará esta tierra y el planeta entero. Entre las personas, las instituciones y las organizaciones (públicas y privadas) debemos consolidar y ampliar el pacto que ya está dando sus primeros frutos en los ámbitos educativo y social. Este pacto no sólo contrarrestará y desmantelará las alianzas criminales, sino que conectará y multiplicará positivamente las mejores fuerzas y las grandes ideas que ya están presentes en sus corazones.

Quisiera agradecer aquí a aquellos pioneros que, con su valiente compromiso, fueron los primeros en denunciar los males de esta tierra y llamaron la atención sobre la realidad oculta y negada de su envenenamiento. En particular, pienso en los miembros de las asociaciones ambientalistas.

Todos debemos velar por la salud de la creación como velamos por la de nuestra propia casa, rechazando las tentaciones de poder y enriquecimiento vinculadas a las prácticas que contaminan la tierra, el agua, el aire y la convivencia. De hacerlo, crearemos una economía menos individualista y un sistema menos consumista.

¡Cuánto desperdicio, cuánto veneno ha generado un modelo de crecimiento que nos ha embrujado, dejándonos enfermos! Aprendamos a ser ricos de otra manera. En concreto, más atentos a las relaciones, más enfocados en promover el bien común, más apegados a la comunidad local, más agradecidos al acoger e integrar a quienes vienen a vivir con nosotros.

A partir de esta conversión es como podemos construir buenas prácticas comunitarias. Sí, y a través de personas y empresas que cultiven un sentido de los límites (no de la violación irresponsable), que tengan gusto por la recuperación (no por la lógica de la invasión; hambre y sed de justicia en lugar de posesión) y que estén cerca del corazón humano. Esto es lo que significa desear una comunidad más inclusiva, más unida y menos afectada por la marginación y la polarización.

El camino a seguir es estrecho, porque comienza con nosotros y en que seamos capaces de corregir el rumbo, actuar cada día sobre los hábitos, desarraigar los prejuicios forjados y ver más allá de nuestras vallas. A veces, éste es un camino cuesta arriba y mal señalizado.

Un ejemplo concreto lo tenemos en el nombre Tierra de Fuegos, que se refiere a los incendios surgidos en las afueras de las ciudades, a veces provocados por minorías rechazadas y marginadas a quienes pocos conocen y respetan. La marginación siempre engendra inseguridad, y por eso el camino a seguir es luchar contra la marginación y no contra los marginados. Lo que se trata es de romper la cadena, y no sólo atacar el último eslabón. ¡Lo saben muy bien!

En este año jubilar de San Francisco, patrono de Italia, el poverello de Asís nos recuerda que la paz se fundamenta en el cuidado de los demás. Todos hemos sido colocados en un hogar común, para aprender a vivir juntos. Los problemas de este hogar son nuestros problemas, y su belleza es nuestra belleza. Tenemos la tarea de velar como centinelas en la noche, y podemos estar entre quienes contemplarán el nuevo amanecer.

Hermanas y hermanos, muchísimas gracias, porque esta visita es muy valiosa para el papa. Les tengo presentes en mis oraciones, encomendando a cada uno de ustedes, a sus familias, y al presente y futuro de sus comunidades, a nuestra madre María, la estrella de la mañana. ¡Gracias!

León XIV

 Act: 23/05/26    @discursos papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A