Al Congreso Universitario Internacional

Aula Pablo VI
Vaticano, 22 octubre 2026

Eminencia, excelencias, queridos hermanos y hermanas, me alegra saludarles al comienzo de este congreso sobre la pastoral universitaria.

Agradezco al prefecto del Dicasterio para la Educación, a los secretarios y a los oficiales, así como a quienes tendrán la tarea de promover la reflexión y la profundización. Acojo con alegría a todos ustedes, que han venido de tantas partes del mundo. Les felicito por el trabajo que realizan en las instituciones educativas y académicas en favor del anuncio del evangelio y de la dignidad de la persona.

Es fundamental que la pastoral universitaria sepa responder al deseo que cada uno lleva en su interior y recorrer juntos un camino humano y cristiano. Los destinatarios de su ministerio se distinguen por el entusiasmo, la generosidad y el espíritu de servicio tan propios de los jóvenes.

¡Cuántos estudiantes viven también en condiciones de sufrimiento existencial! Familias heridas, soledades digitales, sentimientos de inadecuación o de temor ante un futuro que se presenta incierto. Muchos transitan por los pasillos de nuestros institutos y de nuestras universidades, y tal vez se sienten anónimos.

¡Qué importante es que las escuelas y las universidades católicas sean, ante todo, un hogar, un lugar familiar donde se es esperado! El primer anuncio, a menudo, pasa a través de un estilo de acogida, con alguien que te mira a los ojos, recuerda tu nombre, nota tu ausencia y se alegra de tu regreso regreso.

En un ambiente acogedor, el estudiante puede manifestar su profundo deseo de comprender, de dar sentido a la realidad. Aquí encontramos la vocación propia de las universidades: la búsqueda común de la verdad. Por eso, les aliento a estimular la inteligencia de los jóvenes, a valorar sus preguntas. Que su pasión sea hacer que los jóvenes experimenten la belleza del encuentro con Cristo y la fecundidad de la sinergia entre fe y razón, entre el saber de la fe y los diversos campos del conocimiento.

La pastoral universitaria está llamada a acompañar la lenta germinación del pensamiento, a enseñar a discernir y a buscar con perseverancia. Los procesos educativos «necesitan tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente». Debemos «proteger a nuestros jóvenes de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita» (León XIV, Magnifica Humanitas, 140).

Hoy en día, no pocos jóvenes están como paralizados por el miedo a equivocarse, a no estar a la altura, a ser malinterpretados, a no responder a las expectativas. Vivimos en una cultura del rendimiento que compara y clasifica continuamente, a veces de manera despiadada. Una meritocracia mal entendida termina por no respetar a las personas. Por eso, muchos acaban renunciando incluso antes de intentarlo.

Ayuden a los jóvenes que encuentran a ser protagonistas de una nueva manera de habitar el mundo, constructores de fraternidad y de una sociedad más justa. El valor nace de un pacto de confianza: de la experiencia de alguien que cree en ti antes de que tú mismo creas en ti. Jesús no eligió a los apóstoles porque fueran valientes, sino que los llamó y los hizo capaces. A nuestros jóvenes debemos poder repetirles las palabras que los discípulos dirigieron al ciego Bartimeo: «¡Ánimo! Levántate, que te llama» (Mc 10,49).

Los jóvenes se construyen corazas para no sufrir, escondiendo bajo ellas el deseo de amar y de ser amados. La pastoral universitaria será tanto más fecunda cuanto más se concentre en la educación del corazón. Educar el corazón en la compasión, en la gratitud, en la capacidad de dejarse conmover por el dolor de los demás; educarlo en la alabanza y en el deseo de Dios.

Queridos hermanos, falsos maestros y mensajes engañosos prometen responder rápidamente a las preguntas de los jóvenes. Ustedes, en cambio, han elegido hacer algo más grande: caminar con ellos por el camino, hasta que descubran los dones que Dios ya ha depositado en ellos.

Que su Santo Espíritu ilumine y sostenga siempre su servicio. Que María Santísima, sede de la sabiduría, les acompañe, junto con mi bendición. Gracias.

León XIV

 Act: 22/10/26    @discursos papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A