A los nuevos movimientos eclesiales

Aula del Sínodo
Vaticano, 21 mayo 2026

Queridos hermanos, es un placer encontrarme con ustedes esta mañana, compartir algunas reflexiones y transmitirles la importancia de los carismas del Espíritu Santo, especialmente en estos días previos a Pentecostés.

Ustedes son responsables, a nivel internacional, de diversas realidades laicales, y han sido convocados por el Dicasterio para Laicos para fortalecer la comunión entre ustedes y reflexionar juntos sobre el tema del gobierno de una comunidad eclesial.

En toda entidad social se percibe la necesidad de contar con personas y estructuras adecuadas que se ocupen de guiar y coordinar la vida en común. En su raíz, el término gobernar remite a la acción de "sostener el timón" o "pilotar un barco". Se trata, por tanto, de marcar un rumbo seguro, de modo que la comunidad sea un lugar de crecimiento para las personas que la integran.

En la Iglesia hay quienes tienen en sus manos ciertos grados de gobierno. Sin embargo, dicho gobierno no surge en la Iglesia de la simple exigencia de coordinar las necesidades religiosas de sus miembros. La Iglesia fue instituida por Cristo como signo perenne de su voluntad salvífica universal, y es el lugar donde todos los seres humanos pueden recibir los frutos de la redención y experimentar la vida nueva que Cristo nos ha donado.

Como se ve, la naturaleza de la Iglesia es sacramental. Ciertamente, la Iglesia tiene una dimensión exterior, institucional y estructural. No obstante, todo eso no existe sino para ser un signo eficaz de la comunión, a través de la cual participamos de la misma vida trinitaria.

Estas características peculiares de la Iglesia están presentes también en su gobierno, que nunca es meramente técnico sino que posee una orientación salvífica (es decir, debe tender al bien espiritual de los fieles). De hecho, San Pablo lo incluye entre los carismas, al decir: «Hay milagros y carismas, y también está el don de asistir y gobernar» (1Cor 12,28).

Partiendo de estas premisas, dirijamos la mirada hacia las asociaciones de fieles y movimientos eclesiales. En éstos, el gobierno se confía generalmente a los laicos, expresa la participación en el munus regale de Cristo recibido en el bautismo, se pone al servicio de los demás fieles, parte de la vida asociativa y es fruto de elecciones libres (que deben entenderse como expresión de un discernimiento común, y de permitir que la voz de todos se exprese libremente).

Si el gobierno es un don particular del Espíritu Santo, los miembros de una comunidad han de poder reconocer a éste presente en sus dirigentes, sobre todo a través de tres consecuencias.

La primera consecuencia es que debe ser para el bien de todos (1Cor 12,7). Es decir, para promover el bien de la comunidad, de la asociación y de toda la Iglesia. El gobierno, por lo tanto, nunca puede ser aprovechado para intereses personales o formas mundanas de prestigio y poder.

La segunda consecuencia es que nunca puede ser impuesto desde arriba, sino que debe ser un don reconocible en la comunidad y libremente acogido. De ahí la importancia de las elecciones libres para hacerlo efectivo.

La tercera consecuencia es que, como todo carisma, también el gobierno de una asociación está sujeto al discernimiento de los pastores, quienes velan por la autenticidad y el ejercicio razonable de los carismas (Vaticano II, Lumen Gentium, 12).

Hay algunas características que deben estar también presentes en el gobierno: la escucha recíproca, la corresponsabilidad, la transparencia, la cercanía fraterna y el discernimiento comunitario (León XIV, Audiencia, 19-II-2026). Además de esto, quisiera recordar que «un buen gobierno, en lugar de concentrarlo todo en sí mismo, promueve la subsidiariedad y la participación responsable de todos los miembros de la comunidad» (Ibid). Se trata de indicaciones sencillas, pero que deben tenerse siempre presentes en el ejercicio de la autoridad.

Queridísimos, sus asociaciones y movimientos tienen orígenes diversos y cuentan con una historia, identidad e ideales bien definidos. Quienes los dirigen, por lo tanto, asumen una tarea delicada. Por un lado, están llamados a custodiar y valorizar la memoria de un patrimonio vivo. Por otro lado, tienen un papel profético, que implica estar atentos a las urgencias pastorales actuales para comprender de qué manera responder a los nuevos desafíos y a las sensibilidades culturales, sociales y espirituales de nuestro tiempo. Sólo así se puede ser cristiano, discípulo y misionero en la sociedad y la Iglesia de hoy.

Una parte de la tarea profética de quienes gobiernan consiste en favorecer la apertura de la asociación, y de cada uno de sus miembros, a las situaciones históricas. De hecho, dicha asociación es auténtica y fecunda cuando no se agota en sus actividades internas de grupo, sino que interpreta los signos de los tiempos y se proyecta hacia el exterior, dirigiéndose a la cultura de la época y a los campos de misión aún no explorados.

Otro elemento de vital importancia es la comunión. Quien gobierna está llamado a tener una sensibilidad particular por la salvaguardia, el crecimiento y la consolidación de la comunión. Esto vale tanto para la vida interna de la asociación como para la comunión con las demás realidades eclesiales y la Iglesia en su conjunto.

Quien ejerce una misión de gobierno en la Iglesia debe aprender a escuchar y acoger opiniones diversas, orientaciones culturales y espirituales diferentes, temperamentos personales distintos. Ha de hacerlo, y además procurando conservar el bien superior de la comunión. Esto exige un testimonio de mansedumbre, de desapego y de amor desinteresado hacia los hermanos y la comunidad, que sea ejemplo para todos.

Quisiera subrayar aquí la importancia de esta dimensión comunitaria para con toda la Iglesia. ¿Por qué? Porque a veces encontramos grupos que se encierran en sí mismos, y piensan que su realidad específica es la Iglesia, y no saben que la Iglesia son los demás.

Nuestros movimientos deben buscar verdaderamente cómo vivir en comunión con toda la Iglesia, a nivel diocesano. Por ello, el obispo es una figura de referencia importantísima, y si un grupo dice "con ese obispo no, y con otro sí" está saliéndose de la comunión eclesial. Debemos tratar de vivir en comunión con toda la Iglesia, tanto a nivel diocesano como a nivel universal.

Desde esta perspectiva podemos comprender mejor el sentido de fidelidad al carisma fundacional, que constituye una referencia imprescindible para el gobierno de una realidad eclesial. Todo carisma auténtico incluye ya, en sí mismo, la fidelidad y la apertura a la Iglesia.

Gobernar de manera fiel al carisma fundacional significa encontrar en él la inspiración para abrirse al camino que la Iglesia recorre en el presente, sin limitarse a los modelos del pasado y dejándose interpelar por las nuevas realidades y desafíos del cuerpo eclesial.

Queridísimos, les agradezco todo lo que son y lo que hacen. Las asociaciones de fieles y los movimientos eclesiales son un don inestimable para la Iglesia. Hay una gran riqueza entre ustedes, muchas personas bien formadas, buenos evangelizadores, muchos jóvenes y diversas vocaciones a la vida sacerdotal y matrimonial.

La variedad de carismas, dones y métodos de apostolado les permite estar presentes en los ámbitos de la cultura, del arte, de lo social y del trabajo, llevando a todas partes la luz del evangelio. ¡Cuiden y, con la gracia de Dios, hagan crecer todos estos dones! La Iglesia les sostiene y les acompaña.

Les bendigo de corazón, invocando para todos ustedes la intercesión de la Virgen María, madre de la Iglesia. Gracias.

León XIV

 Act: 21/05/26    @discursos papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A