A los ciudadanos de Pavía

Plaza de la Victoria
Pavía, 20 junio 2026

Excelencia, señor alcalde, distinguidas autoridades, queridos hermanos y hermanas, les agradezco su cálida bienvenida y sus amables palabras.

A través del obispo y del alcalde, Pavía se presenta hoy ante sí, dando voz a la belleza de su ciudad. Esta es una belleza exigente, y representa el valioso legado de un pasado que se convierte en un compromiso para el presente. La ciudad es, en efecto, un don y un deber para quienes la habitan. Desde esta plaza, eso es algo que todos comprendemos, al ver cómo la vida de sus ciudadanos se refleja en los edificios y piedras que la rodean.

Nos encontramos ante monumentos que hablan de ustedes y que, por tanto, les hablan. Me refiero no sólo a los antiguos, sino también a los hogares, escuelas, universidades, hospitales y centros parroquiales. Todos ellos son lugares significativos, estructuras con significado propio, que dan testimonio de la hospitalidad, la educación y la cultura. En sus diferentes formas, atestiguan el mismo cuidado por el individuo en la comunidad, con su dignidad y valores, aquellos que os unen como pueblo y que son también el fundamento de la Constitución italiana.

Al pasear por el centro histórico de Pavía, las calles y plazas desprenden una belleza impregnada de historia para nada superficial. Esta es una característica distintiva de las ciudades europeas. En éstas, si bien reconocemos el ingenio y el espíritu cívico de quienes las construyeron, también comprendemos cómo el valor del tejido urbano sustenta su vida cotidiana, y el papel singular que cada una desempeña a nivel nacional e internacional.

El término ciudad, del latín civitas, no sólo indica un lugar, sino también una condición humana. Sí, la ciudad es para todos, singulares y plurales. Sus habitantes constituyen una sociedad, u organismo que debe regirse por el orden en sus relaciones y leyes. Sus sociedad implica ser solidarios, y actuar como verdaderos socios (motivados por el bien común y no por intereses partidistas). ¡Los ciudadanos son siempre conciudadanos! De hecho, el órgano democrático que vela por la ciudad, y promueve el bienestar de sus habitantes, se denomina municipio.

Dado que la ciudadanía es responsable del espacio público, y ante los desafíos actuales, preguntémonos esto: ¿Qué fortalece y qué debilita nuestros hogares? ¿Qué estabiliza y qué perjudica nuestra sociedad? De lo contrario, lo que pertenece a todos corre el riesgo de no pertenecer a nadie.

Cuando la indiferencia parece desintegrar nuestra comunidad, debemos renovar la participación activa de todos en la vida de la ciudad. Frente a las formas de degradación y el analfabetismo cívico, estamos llamados a compartir lenguajes de dedicación y servicio que preserven plazas, parques y calles como lugares de encuentro por excelencia. Esta buena ciudadanía sabe cultivar la armonía a través del diálogo y los encuentros constructivos entre las personas y las culturas que animan Pavía.

Hoy y aquí, les invito a todos a repetirse, y a decir: ¡Me importa esta ciudad! Me importa la salud de quienes me rodean, me importa la belleza del lugar donde vivo, me importa la calidad de vida en los lugares donde trabajo y paso mi tiempo libre, me importa esta fértil llanura, donde cada campo y cada acequia lleva la huella del paciente trabajo de quienes durante siglos han escuchado el ritmo de la creación, sintiéndose en armonía con la naturaleza.

Recordando su ilustre tradición académica, pienso especialmente en los jóvenes y estudiantes que asisten a la universidad de la ciudad. En este centro cultural, experimentan no sólo una mera acumulación de conocimiento, sino un sistema capaz de formar personas sin explotar su trabajo. Promover las ciencias, en efecto, significa promover la humanidad, que siempre debe ser la protagonista de su propia investigación.

Desde esta perspectiva, toda forma de conocimiento corresponde a una forma de cuidado. Así como la medicina atiende al cuerpo humano, la jurisprudencia se ocupa del cuerpo social, y la filosofía considera el pensamiento, del cual el hombre desarrolla todas sus artes. Todo lo que aprendemos sobre el mundo nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos, y nos lleva a cuestionar nuestra existencia de nuevo, sedientos de verdad y justicia. El alma de San Agustín también estaba llena de esta sed, y de esa sana inquietud que impulsa a quienes investigan, estudian y educan. Su figura, al encarnar el arduo y constante diálogo entre fe y razón, atestigua su mutua pertenencia.

Hermanos, no se puede creer sin pensar, ni es posible iluminar las más elevadas cuestiones de la razón sin fe. Con esta apertura confiada, la razón humana cuestiona y planifica. No se encierra en la lógica del lucro ni de la dominación, sino que descubre nuevas formas de cuidarse a sí misma y al mundo. En la medida en que cree, el ser humano no se resigna al fin, o a un fragmento histórico que culmina en la muerte. La fe misma nos recuerda que no somos sujetos de un destino anónimo, sino que sostiene la certeza de que Dios es el creador y salvador de la vida.

En este sentido, incluso en la ciudad de Pavía, la Iglesia actúa como un hogar acogedor para todos, generando una nueva humanidad. Aún hoy, la institución más antigua de la ciudad está llamada a evangelizar como un hogar de fe y una casa de caridad al servicio de los más jóvenes, los más pobres, los más solitarios y los ancianos.

Este compromiso involucra a todos los voluntarios, a quienes expreso mi estima y gratitud, en este cuidado de la humanidad. Gracias a su compromiso, Pavía prospera, y no sólo en riqueza sino también en virtud, al honrar siempre la dignidad de toda vida humana.

La cruz, que figura en el escudo de armas de Pavía, es mucho más que un símbolo heráldico. Es una síntesis cultural, que nos recuerda que la historia de Pavía se fundamenta en el valor universal del amor cristiano. Es una historia que se escribe juntos, ejercitando la memoria creativa en el entendimiento entre ciudadanos y asociaciones, entre la Iglesia y los organismos públicos, entre generaciones y culturas.

Queridos hermanos y hermanas, al invitarles a dar lo mejor de sí mismos por el bien común, les imparto cordialmente mi bendición a ustedes, a sus hogares y a sus familias. ¡Gracias!

León XIV

 Act: 20/06/26    @discursos papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A