A la Ayuda a las Iglesias Orientales
Sala
Clementina
Vaticano, 18 junio 2026
Eminencia, excelencias, queridos sacerdotes, hermanos y hermanas, me complace reunirme con ustedes al término de su asamblea plenaria anual. Saludo al prefecto (el card. Gugerotti), a los demás superiores, a los funcionarios del Dicasterio para Iglesias Orientales y a ustedes, miembros de las agencias de la ROACO.
Además del trabajo en los proyectos de Ayuda a las Iglesias Católicas Orientales, que constituye el motivo principal de su encuentro, sé que en esta ocasión han centrado sus reflexiones en un tema específico: la formación de los clérigos y monjes en los seminarios y colegios orientales.
Creo que ha sido una elección muy acertada. De hecho, socorrer a una Iglesia no significa sólo proporcionarle medios materiales de subsistencia, sino también ayudarla a crecer en su identidad y en su fuerza evangelizadora, que se basan en la formación de los ministros, llamados a difundir sus riquezas espirituales.
Las comunidades católicas orientales atesoran muchas de esas riquezas, compartiéndolas con los hermanos y hermanas de las iglesias ortodoxas. Sí, las iglesias católicas orientales tienen un gran don que ofrecer a toda la comunidad católica, que a menudo ignora que en su seno conviven diversas tradiciones eclesiales.
Nuestra madre la Iglesia está unida, pero no es uniforme. Su seno fecundo ha dado a luz diversas tradiciones espirituales y teológicas, ritos y disciplinas diferentes, que se enriquecen mutuamente. Nos hace bien profundizar en esos tesoros junto con los millones de hermanos y hermanas católicos orientales, al tiempo que anhelamos avances hacia la plena unidad con todas las Iglesias orientales.
Todas las antiguas iglesias orientales nos remiten a los orígenes de la fe, hacen resplandecer la luz de la gracia a través de liturgias llenas de sacralidad, manifiestan en el culto de alabanza el misterio de Dios a quien hay que adorar, dan testimonio del poder de la oración de intercesión y ofrecen contenidos espirituales que llenan el corazón de asombro y admiración agradecida por la belleza que revelan.
Además, las iglesias orientales inducen a los fieles a expresar su oración de acuerdo con las características teológicas y antropológicas que mejor se adaptan a cada uno, hasta tal punto que el Concilio Vaticano II observó, al referirse al Oriente y al Occidente cristianos:
«No es de extrañar, pues, que algunos aspectos del misterio revelado sean a veces percibidos de manera más adecuada y presentados bajo una luz más favorable por uno que por el otro, de modo que se puede decir que esas diversas fórmulas teológicas no pocas veces se complementan, en lugar de oponerse» (Unitatis Redintegratio, 17).
El Oriente cristiano sólo se preserva si se conoce, y perder este conocimiento significa empobrecer a la Iglesia. Para aprenderlo y amarlo es necesario invertir en la formación. Ya hace más de 30 años, Juan Pablo II señaló esta necesidad, reiterando con firmeza la necesidad de «conocer la liturgia de las Iglesias de Oriente, profundizar en el conocimiento de las tradiciones espirituales de los padres del Oriente cristiano, ofrecer en los seminarios y en las facultades de teología una enseñanza adecuada sobre estas materias» (Orientale Lumen, 24).
Por ello, la decisión de contribuir a promover la formación de los ministros sagrados, al escuchar a algunos especialistas que se dedican a ello, tal como lo han hecho en estos días, es un hermoso signo de atención concreta hacia estas Iglesias.
Este vínculo entre el conocimiento y la caridad, entre mentes abiertas y manos trabajadoras, requiere, sin embargo, también espíritu: un corazón no solo generoso, sino también habitado por la gracia, inflamado por el Espíritu Santo. Por eso, para que su labor, realizada con gran compromiso y dedicación, tenga un buen resultado, me permito recomendarles que cultiven siempre la vida espiritual, sobre todo mediante la constancia en la oración y en la vida sacramental.
Las obras de bien no dan frutos duraderos si no se alimentan de la fuente del bien, la fuente que es Dios. Si es cierto que «la fe sin obras está muerta» (Sant 2,26), también es cierto que las obras, sin una fe viva, son estériles.
Queridísimos, al observarles y pensar en el servicio silencioso y benéfico que realizan, así como en los numerosos benefactores que, a través de ustedes, destinan recursos a quienes los necesitan, no puedo dejar de pensar en cuánto dinero, en este oscuro momento histórico, se desperdicia para matar, malgastado por tantos que fomentan las guerras.
Mientras ustedes generan vida, ellos siembran muerte. Mientras ustedes tienden la mano al hermano, ellos encontrarán enemigos a quienes aplastar. Mientras ustedes crean diálogos, ellos buscarán monólogos. Mientras ustedes abren caminos de esperanza, ellos encierran a los pueblos en el miedo. Mientras ustedes construyen el futuro, ellos destruyen el presente.
¿Cómo no pensar en la dolorosa hemorragia de cristianos orientales que abandonan sus propios territorios, ante todo por una guerra que no resuelve problemas, sino que crea tragedias que caen en el olvido? Como hija de la guerra, hay una plaga de la que quisiera hablar hoy y que sigue desangrando sobre todo a las iglesias orientales. La defino con una sola palabra: precariedad.
Cuando un visitante se dirige a un país que ha vivido conflictos sobre los que luego ha caído el silencio, las cosas pueden parecer, en general, tranquilas, aunque estén profundamente marcadas por los dramas del pasado. Sin embargo, esas sociedades se ven debilitadas por la inestabilidad de las instituciones, por la presencia de bandas armadas que se reparten el territorio, por una política condicionada y, no pocas veces, manipulada por agentes e intereses externos, que no opera con libertad, sino que se las arregla entre mil subterfugios, acuerdos secretos e intereses partidistas. Así se genera una precariedad perenne, que sofoca las posibilidades de desarrollo y siempre recae sobre los pobres.
En muchos países, el miedo y la inseguridad dominan en todas partes, el trabajo parece precario, el pago de los salarios es irregular, la atención médica, cuando funciona, es intermitente, y la educación es provisional. Y todo ello en detrimento de la gente común, de las familias, de los niños y los jóvenes, de los adultos mayores y de los enfermos. Esto es un drama que pesa sobre el corazón de todos, devora la esperanza e impide la construcción del futuro y fomenta la necesidad imperiosa de marcharse, como sucede a tantos de nuestros hermanos en la fe, especialmente en el Medio Oriente.
Quisiera hacer, una vez más, una llamada a reflexionar sobre las consecuencias de la guerra y la precariedad, y a prevenirlas con inteligencia y responsabilidad. Todo esto no es fruto de un destino inevitable, sino de decisiones libres y de responsabilidades moralmente imputables. La historia demuestra cómo las tramas de la violencia y la prepotencia, del poder y el dominio, de las ganancias obtenidas sin justicia y sin escrúpulos, se vuelven no sólo contra quienes las sufren, sino también contra quienes las persiguen.
Oremos a Jesús, Señor de la paz, y exhortemos a las conciencias para que sean sensibles a la indignación y ¡se despierte el respeto por la humanidad y un debido sentido de la civilización!
A ustedes y a tantos donantes que, en nombre del evangelio, siguen comprometiéndose a poner remedio a tanta inhumanidad, les doy las gracias desde lo más profundo de mi corazón. Les bendigo y les animo a perseverar en la caridad sin desanimarse, animados por la esperanza de Cristo. ¡Gracias!
León XIV
Act:
18/06/26
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