A la Universidad Sapienza de Roma
Universidad
la Sapienza
Roma, 14 mayo 2026
Magnífica rectora, autoridades políticas y civiles, distinguidos profesores, investigadores y personal técnico-administrativo y queridos estudiantes, he acogido con gran alegría la invitación a encontrarme con la comunidad universitaria de la Sapienza de Roma.
Su universidad se caracteriza por ser un centro de excelencia en diversas disciplinas, así como por su compromiso a favor del derecho a la educación de quienes cuentan con menos recursos económicos, de las personas con discapacidad, de los reclusos y de quienes han huido de zonas de guerra. Por ejemplo, valoro mucho que la diócesis de Roma y la Sapienza hayan firmado un convenio para la apertura de un corredor universitario en la franja de Gaza.
Es importante para mí, como obispo de Roma desde hace poco más de un año, poder reunirme con ustedes. Con corazón de pastor, quisiera dirigirme primero a los estudiantes, y luego a los profesores.
Las avenidas de la ciudad universitaria, que he recorrido para llegar hasta aquí, son atravesadas a diario por miles de jóvenes, llenos de sentimientos contrapuestos. Me los imagino a veces despreocupados, felices de su propia juventud que, incluso en un mundo atribulado y marcado por terribles injusticias, les permite sentir que el futuro aún está por escribir y que nadie se lo puede robar.
Los estudios que imparten, las amistades que surgen en estos años, y el encuentro con diversos maestros del pensamiento, son una promesa de lo que puede cambiarnos para mejor a nosotros mismos, incluso antes que la realidad que nos rodea. Cuando el deseo de verdad se convierte en búsqueda, nuestra audacia en el estudio testimonia la esperanza de un mundo nuevo.
Saben que estoy vinculado espiritualmente a San Agustín, que fue un joven inquieto, e incluso graves errores, en medio de su pasión por la belleza y la sabiduría. A este respecto, me ha agradado recibir de ustedes un gran número de preguntas, hasta ¡cientos! Obviamente, no es posible responder a todas, pero las tengo presentes, deseando a cada uno que busque más oportunidades para dialogar. También por eso existen en la universidad las capellanías, donde la fe se encuentra con sus preguntas.
Su inquietud tiene también un rostro triste, y nos recuerda que no debemos olvidar que muchos jóvenes están mal. Para todos hay temporadas difíciles, e incluso algunos pueden tener la impresión de que nunca terminan. Hoy en día, esto depende cada vez más del chantaje de las expectativas y de la presión por el rendimiento. Es la mentira omnipresente de un sistema distorsionado, que reduce a las personas a números, exacerba la competitividad y nos abandona en espirales de ansiedad.
Este malestar espiritual de muchos jóvenes nos recuerda que no somos la suma de lo que tenemos, ni una materia ensamblada al azar de un cosmos mudo. ¡Somos un deseo, no un algoritmo! Precisamente esta nuestra dignidad especial me lleva a compartir con ustedes dos preguntas.
A ustedes, jóvenes, este malestar les hace preguntar: ¿Quién soy yo? Sí, ser nosotros mismos es el compromiso característico de la vida de cada hombre y cada mujer. ¿Qué soy? Ésa es la pregunta que nos hacemos unos a otros, y la pregunta que silenciosamente planteamos a Dios. Es la pregunta a la que sólo nosotros podemos responder, por supuesto, pero ha de ser una pregunta a la que nunca hemos de responder solos.
A quien es más adulto, el malestar juvenil le pregunta: ¿Qué mundo me está dejando? Efectivamente, les están dejando un mundo desfigurado por las guerras, la contaminación de la razón, la invasión geopolítica que invade toda relación social, la simplificación que construye enemigos. Queridos universitarios, ¡cuidado con esta complejidad y el sabio ejercicio de la memoria!
En particular, no debe olvidarse el drama del siglo XX. El grito ¡nunca más la guerra! de mis predecesores, tan en consonancia con el rechazo a la guerra sancionado en la constitución italiana, nos impulsa a una alianza espiritual con el sentido de la justicia que habita en el corazón de los jóvenes, con su vocación de no encerrarse entre ideologías y fronteras nacionales.
En el último año, por ejemplo, el aumento del gasto militar en el mundo, y en particular en Europa, ha sido enorme. Estimados políticos, ¡no llamen defensa a lo que es un rearme propenso a aumentar las tensiones y la inseguridad, empobreciendo con ello las inversiones en educación y salud. Este rearme desmiente la confianza en la diplomacia y enriquece a élites a las que nada les importa el bien común.
Además, queridos alumnos, es necesario vigilar el desarrollo y la aplicación de las inteligencias artificiales en los ámbitos militar y civil, para que no desresponsabilice las decisiones humanas ni agrave la tragedia de los conflictos.
Lo que está ocurriendo en Ucrania, en Gaza, en Líbano y en Irán describe la inhumana evolución de la relación entre la guerra y las nuevas tecnologías en una espiral de aniquilación. ¡Que el estudio, la investigación y las inversiones vayan en la dirección opuesta, que sean un sí radical a la vida! Sobre todo, un sí a la vida inocente, a la vida joven y a la vida de los pueblos que invocan la paz y la justicia.
Un segundo frente de compromiso común se refiere a la ecología. Como nos dijo Francisco I, «existe un consenso científico muy sólido que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático» (Laudato Si, 23). Ha transcurrido más de una década desde entonces y, más allá de las buenas intenciones y de algunos esfuerzos orientados en esa dirección, la situación no parece haber mejorado.
En este escenario, ánimo especialmente a ustedes, queridos jóvenes, a no ceder a la resignación, transformando en cambio la inquietud en profecía. Quien cree también sabe que la historia no cae sin remedio en manos de la muerte, sino que siempre está custodiada, ocurra lo que ocurra, por un Dios que crea vida de la nada, que da sin tomar, que comparte sin consumir.
Hoy en día, la implosión de un paradigma posesivo y consumista abre el camino a lo nuevo que ya está brotando. Así pues, queridos universitarios, ¡estudien, cultiven, custodien la justicia! Junto a mí y a tantos hermanos y hermanas, sean artesanos de la paz verdadera, desarmada y desarmante, humilde y perseverante, trabajando por la concordia entre los pueblos y la custodia de la Tierra.
Se necesita toda su inteligencia y audacia, queridos alumnos. Ustedes pueden ayudar a quienes les han precedido a restablecer un auténtico horizonte de sentido, para no quedarnos en la enésima y fugaz fotografía de la situación en la que nos encontramos. Es necesario pasar de la hermenéutica a la acción. Ustedes son poco considerados, por una sociedad con cada vez menos hijos. Así pues, den testimonio de que la humanidad es capaz de un futuro, cuando lo construye con sabiduría.
Queridos profesores, su universidad, que lleva un nombre divino, es un lugar de estudio y sede de experimentación, que desde hace siglos forma al pensamiento crítico. En particular, ustedes pueden cultivar un contacto fructífero con las mentes y los corazones de los jóvenes. Se trata de una responsabilidad exigente, sin duda, pero apasionante. Por eso es de extrema importancia creer en sus estudiantes, y pregúntense a menudo: ¿Tengo confianza en ellos?
Enseñar es una forma de caridad, tanto como socorrer a un inmigrante en el mar, a un pobre en la calle o a una conciencia desesperada. Se trata de amar siempre y en todo caso la vida humana, de valorar sus posibilidades, de hablar al corazón de los jóvenes sin apuntar únicamente a sus conocimientos. Enseñar es dar testimonio de los valores con la vida, es cuidar la realidad, es acoger lo que aún no se comprende, es decir la verdad. ¿Qué sentido tendría, por ejemplo, formar a un investigador, si no cultiva su propia conciencia y el respeto por lo que no se puede ni se debe dominar?
El saber no sirve sólo para alcanzar objetivos laborales, sino para discernir quiénes somos. A través de las clases, las prácticas, la interacción con la ciudad, las tesis y los doctorados, cada estudiante puede encontrar siempre nuevas motivaciones, poniendo orden entre el estudio y la vida, entre los instrumentos y los fines.
Queridísimos, mientras les ánimo a este ejercicio cotidiano, mi visita quiere ser signo de una nueva alianza educativa entre la Iglesia de Roma y su prestigiosa universidad, que precisamente en el seno de la Iglesia nació y creció. Les aseguro a todos ustedes mi recuerdo en la oración, e invoco de corazón sobre toda la comunidad de la Sapienza la bendición del Señor. ¡Gracias!
León XIV
Act:
14/05/26
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