Al Tribunal Judicial Vaticano
Salón
de la Bendición
Vaticano, 14 marzo 2026
Eminencias y excelencias, distinguidas autoridades civiles y militares, ilustres miembros de las autoridades judiciales de la Ciudad del Vaticano, me complace reunirme hoy con ustedes por primera vez, con motivo de la apertura del año judicial del Tribunal de Estado de la Ciudad del Vaticano. A cada uno de ustedes les extiendo un cordial saludo, acompañado de mi gratitud por el servicio que prestan en la delicada y valiosa tarea de administrar justicia.
Su labor discreta y silenciosa contribuye significativamente al buen funcionamiento de la estructura institucional del estado y, aún más profundamente, a la credibilidad del ordenamiento jurídico que lo rige. Sin embargo, la auténtica justicia no puede entenderse únicamente dentro de las categorías técnicas del derecho positivo. A la luz de la misión que guía la acción de la Iglesia, se manifiesta también como el ejercicio de una forma ordenada de caridad, capaz de preservar y promover la comunión.
En este, nuestro primer encuentro, quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones sobre la relación entre la administración de justicia y el valor de la unidad.
La tradición cristiana siempre ha reconocido la justicia como una virtud fundamental para la organización de la vida personal y comunitaria. En este sentido, San Agustín recordó que el orden de la sociedad surge del orden del amor, afirmando que «el amor ordinario es justicia» (Ciudad de Dios, XV, 22). Cuando el amor se ordena adecuadamente, cuando Dios ocupa el centro y nuestro prójimo es reconocido en su dignidad, entonces toda la vida personal y social encuentra su correcta orientación.
De este orden del amor surge también el orden de la justicia. El amor auténtico, en efecto, nunca es arbitrario ni desordenado, sino que reconoce la verdad de las relaciones y la dignidad de cada persona. Por ello, la justicia no es meramente un principio jurídico, sino una virtud que contribuye a construir la comunión y a estabilizar la vida comunitaria.
La reflexión teológica y jurídica de la tradición cristiana ha profundizado aún más esta perspectiva. Santo Tomás, basándose en el derecho romano, define la justicia como «constans et perpetua voluntas ius suum unicuique tribuendi». Es decir, la voluntad constante y perpetua de dar a cada persona lo que le corresponde (Suma Teológica, II-II, q.58, a.1).
Con esta definición, el doctor angélico subraya el carácter estable y objetivo de la justicia, que no depende de intereses contingentes, sino que se fundamenta en la verdad de cada persona y en la búsqueda del bien común. No es casualidad que también afirme que «iustitia ad bonum commune ordinatur» (Suma Teológica, II-II, q.58, a.5).
A la luz de esta tradición, comprendemos también la profunda conexión entre justicia y caridad. La sabiduría teológica ha expresado esta relación con la afirmación de que «caritas perfecta, perfecta iustitia est» (San Agustín, Naturaleza y Gracia, LXX, 84), porque en la plenitud de la caridad la justicia encuentra su más auténtica realización. De ello se deduce que, donde no hay verdadera justicia, tampoco puede haber ley auténtica, puesto que la ley misma surge del reconocimiento de la verdad del ser y de la dignidad de cada persona.
La justicia, así concebida, es la virtud cardinal que nos llama a «respetar los derechos de cada individuo y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad hacia los individuos y el bien común» (CIC, 1807). En este reconocimiento se abre el camino a la caridad, pues solo cuando las relaciones se ordenan según la verdad se hace posible esa comunión que es el fruto supremo del amor.
La restauración de la justicia se convierte así en condición para la llegada de la caridad, que es don del Espíritu y principio de unidad en la Iglesia. Desde esta perspectiva comprendemos también cómo el amor y la verdad son inseparables. Sólo amando podemos conocer la verdad, y el amor a la verdad conduce al descubrimiento de la caridad como su plenitud.
La justicia, cuando se ejerce con equilibrio y fidelidad a la verdad, se convierte en uno de los factores más importantes de unidad en la comunidad. No divide, sino que fortalece los lazos que unen a las personas y contribuye a construir la confianza mutua que posibilita una convivencia ordenada.
En el contexto del estado de la Ciudad del Vaticano, la administración de justicia adquiere una importancia particular. Esta no se limita a la resolución de controversias, sino que contribuye a la protección del ordenamiento jurídico y la credibilidad de las instituciones. El cumplimiento de las garantías procesales, la imparcialidad de los jueces, la eficacia del derecho a la defensa y la duración razonable de los juicios no son meros instrumentos técnicos del proceso judicial, sino que constituyen las condiciones que otorgan al ejercicio de la función judicial una autoridad especial y contribuyen a la estabilidad institucional.
En un ordenamiento jurídico como el del estado de la Ciudad del Vaticano, fundamental para la misión del sucesor de Pedro al salvaguardar la independencia de la Santa Sede, incluso en el ámbito internacional (Tratado de Letrán, preámbulo), esta función adquiere una importancia aún mayor. La administración de justicia, de hecho, contribuye también a salvaguardar ese valor de unidad que constituye un elemento esencial de la vida eclesial.
Desde esta perspectiva, el juicio no representa simplemente el lugar de conflicto entre pretensiones opuestas, sino que se convierte en un espacio ordenado en el que, mediante la confrontación regulada entre las partes y la intervención imparcial del juez, la disidencia se reintegra a un horizonte de verdad y justicia. Desde esta perspectiva, conviene recordar una vez más la enseñanza de San Agustín:
«Sin justicia no puede administrarse el estado, pues es imposible tener ley en un estado donde no hay verdadera justicia. El acto que se realiza conforme a la ley se realiza ciertamente conforme a la justicia, y es imposible que el acto que se realiza contra la justicia se realice conforme a la ley. El estado donde no hay justicia no es un estado. La justicia, en efecto, es la virtud que distribuye a cada uno lo que le corresponde. Por lo tanto, la justicia que separa al hombre del verdadero Dios no es justicia del hombre» (San Agustín, Ciudad de Dios, XIX, 21).
Queridos hermanos y hermanas, su servicio adquiere así un valor profundamente eclesial, además de institucional. Mediante el discernimiento cuidadoso de los hechos, la escucha respetuosa de los involucrados y la correcta aplicación de las normas para representar fielmente los principios del ordenamiento jurídico, participan en una misión que es a la vez jurídica y espiritual.
La justicia en la Iglesia no es meramente un ejercicio técnico de la ley, sino un ministerio al servicio del pueblo de Dios. Por ello requiere, además de conocimientos jurídicos, sabiduría, equilibrio y una búsqueda constante de la verdad en la caridad. Toda decisión, todo juicio y toda sentencia están llamados a reflejar esa búsqueda de la verdad que yace en el corazón de la vida de la Iglesia.
Cuando la justicia se ejerce con integridad y fidelidad a la verdad, se convierte en un factor de estabilidad y confianza en la sociedad, generando unidad como consecuencia natural. Por lo tanto, continuemos desempeñando este servicio con integridad, prudencia y espíritu evangélico.
Que la justicia esté siempre iluminada por la verdad y acompañada de misericordia, pues ambas encuentran su plenitud en Cristo. Así, la ley, aplicada con rectitud y espíritu eclesial, se convierte en un valioso instrumento para edificar la comunión y fortalecer la unidad del pueblo de Dios.
Encomiendo su trabajo a la intercesión de la Virgen María, madre de la Iglesia, para que les acompañe con su protección. Les imparto cordialmente mi bendición apostólica, prenda de comunión y paz para ustedes y para su servicio a la justicia, la verdad y la unidad. Gracias.
León XIV
Act:
14/03/26
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