Al encuentro Cátedra de Acogida

Sala Clementina
Vaticano, 12 marzo 2026

Excelencias, queridos hermanos y hermanas, me complace encontrarme con ustedes y compartir algunas reflexiones sobre el tema que están abordando como Cátedra de Acogida, nacida de la experiencia espiritual de la asociación Domus con el apoyo concreto de otras realidades eclesiales y sociales.

Sus jornadas están animadas por la conciencia de que la vocación cristiana está orientada a generar comunión entre las personas, y la comunión nace de la capacidad de acoger a los demás, ofreciéndoles escucha, hospitalidad y asistencia. Una posible etimología de la palabra acoger (centro de toda su actividad) se remonta al latín accipere, que significa recibir o "tomar consigo".

En el centro de toda acogida auténtica hay una relación que nace de la gracia de un encuentro. Experimentamos muchos tipos de encuentro y acogida, como el encuentro con las personas que nos aman, con los familiares, con los compañeros de trabajo, e incluso con personas desconocidas, a veces hostiles. Cuando un encuentro es verdadero, a partir de la experiencia personal puede transformarse y, progresivamente, llegar a involucrar a los demás, dando vida a una experiencia comunitaria.

En esta dinámica de encuentro se inscribe su decisión de dedicar la IV edición de la Cátedra a los jóvenes. En una época marcada por profundas transformaciones culturales y sociales, los jóvenes, que son naturalmente el futuro de la sociedad y de la Iglesia, constituyen en realidad ya su presente vivo y generativo.

Sus preguntas y sus inquietudes nos invitan a renovar el estilo de nuestras relaciones. Acoger a los jóvenes significa escuchar sus voces, cruzar sus miradas y reconocer que, en sus vidas y en sus lenguajes, el Espíritu sigue actuando y sugiriéndonos caminos renovados de presencia y custodia.

Me gustaría detenerme precisamente en dos palabras (presencia y custodia), que contribuyen a iluminar el sentido cristiano de la acogida.

Cada uno de nosotros, desde el primer instante de vida, crece en una realidad social. La familia, la parroquia, la escuela, la universidad, el trabajo representan modelos de sociedad en los que se entrelazan diferentes dimensiones (psicológica, jurídica, moral, pedagógica, cultural). Son espacios de elección identitaria cuya tarea principal está definida precisamente por la presencia. Estar presente en la vida de los demás significa compartir tiempo, experiencias, significados, ofreciendo puntos de referencia estables en los que los demás puedan reconocerse y crecer.

Mirando a la Sagrada Familia de Nazaret, en cuyo modelo se inspira la fraterna Domus, cada comunidad acogedora puede redescubrir su vocación y aprender a orientarse en el camino del servicio. El episodio evangélico de María y José que pierden a Jesús y, angustiados, lo encuentran después de tres días en el templo (Lc 2,39-52) nos enseña que la presencia del otro no es un automatismo, sino el resultado de una búsqueda constante. Nos ha pasado a cada uno de nosotros perder a alguien o algo a lo que estábamos muy unidos. En ese momento nos dimos cuenta de lo valiosa que era esa presencia.

Lo mismo ocurre en la vida de fe, cuando damos por sentada la presencia de Jesús en nuestra existencia hasta que de repente parece que ya no está donde lo dejamos. Sentimos una sensación de desorientación. En realidad, no es él quien se ha perdido, sino nosotros quienes nos hemos alejado.

Cuando esto ocurre, estamos llamados a buscarlo con confianza, con el valor de recorrer caminos inexplorados, mirando el mundo con ojos nuevos, llenos de esperanza. De este modo, se dejará de buscar un Dios a propia medida para encontrarlo donde él habita. Buscar a Jesús significa, por tanto, pasar de la seguridad de nuestras convicciones a la responsabilidad del encuentro, aprendiendo a ver y a acoger la presencia de Dios que siempre está "más allá".

Esto es precisamente lo que hizo San José, al custodiar la familia que le había sido confiada por el Señor. En él reconocemos que acoger, además de presencia, es también custodia. Custodiar significa estar al lado del otro con atención, respetar sus elecciones y cuidar de él. Esta actitud pertenece ante todo a Dios, a quien la Biblia muestra como el guardián de su pueblo. Recordemos el salmo que dice: «No duerme ni dormita el guardián de Israel. El Señor es tu guardián» (Sal 121,4-5).

Desde esta perspectiva, comprendemos que también la familia humana está llamada a preservar lo que se le ha confiado (las relaciones, la creación y la vida de las hermanas y los hermanos, sobre todo de los que sufren y son más frágiles). Así, José nos muestra que la presencia y la custodia son dimensiones inseparables. Sí, no se cuida sin estar presente, y no se está presente sin asumir la responsabilidad del otro.

Estas dos palabras pueden representar dos lámparas en su camino hacia una acogida capaz de abrir caminos de santidad, en una perspectiva nunca autorreferencial, siempre relacional y fraterna, como nos recuerda la encíclica Fratelli Tutti, donde se afirma: «Sólo una cultura social y política que incorpore la acogida gratuita podrá tener futuro» (Francisco I, Fratelli Tutti, 141) para las nuevas generaciones.

Queridísimos, les agradezco su compromiso silencioso y discreto. Les animo a ser educadores y educadoras de la acogida. Cultiven el carisma de la acogida escuchando al Espíritu Santo, cuyo fruto, nos dice San Pablo, «es amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo» (Gál 5,22). Así podrán seguir generando juntos ambientes capaces de promover el bien y la fraternidad en la comunidad cristiana y en la sociedad.

Que María Santísima y San José les custodien e intercedan por ustedes. Les bendigo de corazón. ¡Gracias!

León XIV

 Act: 12/03/26    @discursos papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A