A los nuevos obispos

Aula del Sínodo
Vaticano, 10 septiembre 2026

Me complace sinceramente encontrarme con ustedes al concluir estos días de formación destinados a los nuevos obispos, y agradezco al Dicasterio para Obispos, y al Dicasterio para la Evangelización (sección de Nuevas Iglesias Particulares) su preparación. Algunos de quienes trabajaron en la organización se encuentran aquí, y les doy las gracias, ya que he podido conocer un poco lo que significa organizar este programa.

Han vivido una experiencia singular de fraternidad: juntos han escuchado, orado, celebrado la eucaristía y compartido las esperanzas y los sueños que llevan en el corazón para las Iglesias que el Señor acaba de confiar a su cuidado como pastores. Todo esto les ayudará a recordar algo muy sencillo y valioso: ningún obispo camina solo.

Queridísimos, sepan que están presentes en mi oración, y con ustedes sus Iglesias: los sacerdotes, los diáconos, los consagrados y las consagradas, los seminaristas, las familias, los jóvenes, los ancianos, los pobres, quienes sufren y quienes aún esperan encontrar la alegría del evangelio. Todos deben encontrar un lugar en el corazón del obispo, porque todos ya tienen un lugar en el corazón de Cristo. Por eso, quisiera compartir ahora con ustedes algunas reflexiones sobre el tema "obispos, servidores de la comunión en la Iglesia y en el mundo de hoy".

En primer lugar, permanecer con Jesús. Entre las muchas cosas que estarán llamados a hacer como obispos, ésta es la más importante. Somos obispos, pero ante todo somos discípulos. Para hablar de él, necesitamos estar con él; para guiar a su pueblo, debemos dejarnos guiar por él cada día, cada día. «instituyó doce (nos dice el evangelio de Marcos), a quienes llamó apóstoles, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14).

Éste es el orden del evangelio: estar con él, y por él ser enviados. No lo olvidemos jamás. Por eso, tengan siempre muy presente el tiempo que pasan con el Señor, en la eucaristía, en la palabra de Dios, en la oración y en esos momentos en los que pueden estar en su presencia con el. Háganlo con el corazón sencillo del discípulo, que se deja amar por su Señor. Nuestro ministerio nace de aquí, y cuando permanece cerca de él se vuelve más sereno, más libre y más fecundo.

Un segundo aspecto es tener el corazón de Jesús, el buen Pastor, un corazón completamente orientado al Padre y, precisamente por eso, totalmente entregado a los hermanos. Jesús dice: «Yo soy el buen pastor, que da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). He aquí nuestro modelo. El obispo es un hombre que aprende cada día más a amar a su pueblo: a conocer las alegrías y los dolores de su gente, a compartir sus sueños, a regocijarse al ver crecer a las comunidades.

Ordenarán sacerdotes y diáconos, se encontrarán con jóvenes llenos de entusiasmo, verán la generosidad silenciosa de tantos religiosos, religiosas, misioneros, catequistas y familias, y descubrirán cada vez más cuán hermoso es el pueblo de Dios. Amen a las personas que el Señor les ha confiado. Aprendan sus nombres, escuchen sus historias, entren, cuando puedan, en sus hogares, recen con ellos.

En las iglesias jóvenes, la presencia del obispo dice muchísimo, incluso antes que las palabras. Una visita, una bendición, el tiempo dedicado a un sacerdote, escuchar a una familia, el diálogo con un joven... son pequeños gestos, pero pueden permanecer en el corazón de una persona toda la vida.

Otra característica del obispo es lo que la tradición denomina sollicitudo pastoralis o solicitud pastoral. Esto no significa tener muchas responsabilidades, sino algo más profundo: llevar al pueblo en el corazón. San Pablo llamaba a esta preocupación por todas las iglesias su "carga de cada día" (2Cor 11,28). Así, la Iglesia a la que han sido enviados se vuelve cada vez más parte de su vida, casi parte de ustedes mismos.

Esto es propio de la paternidad episcopal: tener un corazón grande, lo suficientemente grande como para dar cabida a todos, llevando en sí a sus hijos y presentándolos cada día al Señor en la oración. Francisco I recordaba que «la cercanía es uno de los rasgos de Dios con su pueblo» (Homilía, 18-V-2020), y al dirigirse a los obispos del curso de formación, decía: «Existimos para hacer palpable esta cercanía» (Discurso, 12-IX-2019). ¡Qué palabras tan valiosas para nosotros! ¡Que la gente pueda sentir, a través de nuestra presencia, algo de la ternura y de la paternidad de Dios! Y esto vale de manera especial para los sacerdotes.

Al respecto, queridos hermanos, les recomiendo que amen a sus sacerdotes. Que ellos encuentren en cada uno de ustedes a un padre y a un hermano. Escúchenlos, anímenlos, oren por ellos, regocíjense por el bien que hacen y acompáñenlos con confianza en su ministerio. Presten especial atención a los que son mayores y están enfermos. Hágales sentir que son valiosos, que la Iglesia les está agradecida y que el obispo no los olvida. A veces basta con una llamada telefónica, una visita o una palabra afectuosa de su parte.

Otro rasgo de nuestro ministerio que quisiera recordar es, según la hermosa expresión de San Agustín, el de ser un amoris officium (Comentario de Juan, CXXIII, 5) o servicio de amor. Nuestra predicación es un acto de amor, al igual que la escucha, la oración, el discernimiento, el tiempo dedicado a las personas y la presencia. Es la caridad pastoral la que permite que Cristo, buen Pastor, llegue al pueblo que él ama a través de nuestra humilde persona.

Vivimos en una época de cambios rápidos. Los avances en las tecnologías de la comunicación y la IA han abierto posibilidades que, hasta hace unos pocos años, ni siquiera hubiéramos imaginado. Pero ciertamente no pueden liberar a la humanidad del pecado y de sus consecuencias. Así lo demuestran trágicamente las crisis que está atravesando.

En un escenario complejo, y en ciertos aspectos inquietante, como el actual, la Iglesia celebró el año pasado el Jubileo de la Esperanza. ¿Acaso porque vive fuera del mundo? Todo lo contrario. Es decir, porque es enviada por Cristo, y está llamada a anunciar a todos el evangelio de la salvación.

Nosotros, los obispos, somos los primeros destinatarios de este mandato. Con la encíclica Magnifica Mumanitas, considero haber ofrecido a los pastores de las iglesias, in primis, una visión y un método para enfrentar el gran desafío de la custodia de lo humano en la era de la IA. Les animo a promover en sus diócesis procesos de reflexión y diálogo, para formar y apoyar a quienes desean comprometerse al servicio de la civilización del amor.

Muchos de ustedes provienen de iglesias jóvenes. Conocen la belleza y también el esfuerzo de la misión, de una Iglesia que tal vez posee poco, pero que es rica en una gran fe. Por eso los invito a conservar un corazón misionero. Es un don precioso que el Señor ha puesto en sus manos y que puede volverse aún más grande en su ministerio episcopal.

El obispo misionero tiene un corazón abierto a todos: no solo a quienes frecuentan nuestras parroquias, sino también a los cristianos de otras confesiones, a los creyentes de otras religiones, a las personas que no profesan ninguna fe, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. A todos los escucha y respeta, a todos se acerca y sabe reconocer el bien presente en el corazón de cada persona.

San Agustín, al dirigirse a su pueblo, decía: «Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano» (Homilías, CCCXL, 1). Caminemos con nuestro pueblo: oremos con ellos, escuchemos con ellos la Palabra, celebremos con ellos la eucaristía. Busquemos con ellos cada día el rostro del Señor.

Queridísimos hermanos, al regresar a sus iglesias, lleven consigo esta certeza: que el Señor les ha llamado, y él es fiel. Él les precederá en el camino, les acompañará en su camino y, con el don de su Espíritu Santo, les dará luz cada día. Que María, madre de la Iglesia, les custodie siempre, a ustedes y al pueblo que les ha sido confiado. Gracias.

León XIV

 Act: 10/09/26    @discursos papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A