La Iglesia, realidad visible y espiritual
Plaza
San Pedro
Vaticano, 4 marzo 2026
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy seguimos profundizando en la constitución conciliar Lumen Gentium, constitución dogmática sobre la Iglesia. En el cap. 1, en el que se procura principalmente responder a la pregunta sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja» (LG, 8).
¿En qué consiste tal complejidad? Alguien podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es complicada y difícil de explicar. Algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con 2.000 años de historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa.
En latín, la palabra compleja indica más bien la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad. Por eso, la Lumen Gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina sin separación y sin confusión.
La primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el evangelio y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida.
Este aspecto (que se manifiesta también en la organización institucional) no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia, porque ésta posee también una dimensión divina.
Esta última no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo. Por eso, la Iglesia es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo (LG, 8).
La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.
Para iluminar dicha condición eclesial, la Lumen Gentium remite a la vida de Cristo. Efectivamente, quien se encontraba con Jesús por los caminos de Israel experimentaba su humanidad, percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación.
Al mismo tiempo, siguiendo a aquel hombre, los discípulos se abrían al encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.
A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia. Cuando la miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas concretas que unas veces manifiestan la belleza del evangelio y otras veces se cansan y se equivocan, como todos. Sin embargo, precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la presencia de Cristo y su acción salvadora.
Como decía Benedicto XVI, no existe oposición entre el evangelio y la institución, es más, las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción del evangelio en nuestro tiempo» (Audiencia, 9-XI-2006). No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.
En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el "método de Dios", en que él se hace visible en la debilidad de las criaturas, manifestándose y actuando. De ahí que Francisco I exhortara a todos a que aprendan a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (Evangelii Gaudium, 169).
Esto nos permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día. No solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre nosotros.
La caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. Como decía San Agustín, «quiera el cielo que todos piensen solo en la caridad, pues sólo ella vence todo y, sin ella, de nada vale todo lo demás. Dondequiera que se halle, ella atrae todo hacia sí» (Homilías, CCCLIV, 6).
León XIV
Act:
04/03/26
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