La liturgia, en el misterio de la Iglesia
Plaza
San Pedro
Vaticano, 20 mayo 2026
Queridos hermanos, hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (SC).
Al elaborar esta constitución, los padres conciliares quisieron no sólo emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el misterio de Cristo. La liturgia, en efecto, toca el corazón mismo de este misterio, y a la vez es el espacio, tiempo y contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, «se ejerce la obra de nuestra redención» (SC, 2), que nos convierte en linaje elegido, sacerdocio real, nación santa y pueblo adquirido por Dios (1Pe 2,9).
Como ha puesto de manifiesto la triple renovación (bíblica, patrística y litúrgica) que ha atravesado la Iglesia a lo largo del siglo XX, el misterio en cuestión no designa una realidad oscura, sino el designio salvífico de Dios, según San Pablo oculto desde la eternidad y revelado en Cristo (Ef 3,3-6).
He aquí, pues, el misterio cristiano, o acontecimiento pascual de la pasión, muerte, resurrección y glorificación de Cristo, que precisamente en la liturgia se nos hace sacramentalmente presente, de modo que cada vez que participamos en la asamblea reunida «en su nombre» (Mt 18,20) estamos inmersos en este misterio.
Cristo es el principio interior del misterio de la Iglesia o pueblo santo de Dios, nacido de su costado traspasado en la cruz. En la santa liturgia, con el poder de su Espíritu, él sigue actuando, él santifica y asocia a la Iglesia (su esposa) a su ofrenda al Padre, él ejerce su sacerdocio absolutamente único, él está presente en la palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la eucaristía (SC, 7).
Al celebrar la eucaristía, la Iglesia «recibe el cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe» (San Agustín, Homilías, CCLXXVII), así como se convierte en «morada de Dios» (Ef 2,22). Esta es «la obra de nuestra redención», que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión.
En la santa liturgia, dicha comunión se realiza «por medio de los ritos y de las oraciones» (SC, 48). La ritualidad de la Iglesia expresa su fe (según el célebre dicho "lex orandi, lex credendi") y plasma la identidad eclesial. Lo hace a través de la palabra proclamada, la celebración sacramental, los gestos, los silencios y el espacio. Todo ello representa y da forma al pueblo convocado por el Padre, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu Santo. Cada celebración se convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración, como recordó Juan Pablo II (Vicesimusquintus Annus, 9).
Si la liturgia está al servicio del misterio de Cristo, se comprende por qué se la ha definido como «la cumbre a la cual tiende la actividad» de la Iglesia y «la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC, 10). Por supuesto, la acción de la Iglesia no se limita a la liturgia, pero todas sus actividades (la predicación, el servicio a los pobres, el acompañamiento de las realidades humanas) convergen hacia esta cumbre.
En sentido inverso, la liturgia sostiene a los fieles, sumergiéndolos de nuevo en la pascua del Señor. A través de la proclamación de la palabra, la celebración de los sacramentos, y la oración común, estos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y de misión. En otras palabras, la participación de los fieles en la acción litúrgica es al mismo tiempo interior y exterior.
Esto significa que la liturgia está llamada a ser desarrollada a lo largo de la vida concreta y cotidiana, en una dinámica ética y espiritual. Sí, la liturgia celebrada se traduce en vida y exige una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración. Así es como nuestra vida se convierte en «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios», realizando nuestro «culto espiritual» (Rm 12,1). Así es como «la liturgia edifica día a día a los que están dentro de la Iglesia para ser templo santo en el Señor» (SC, 2), y forma una comunidad abierta y acogedora para con todos.
La liturgia está habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida y cuerpo de Cristo, y en todas sus dimensiones representa un signo de la unidad de todo el género humano. Como decía Francisco I, «el mundo todavía no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del Cordero» (Desiderio Desideravi, 5).
Queridísimos, dejémonos moldear interiormente por los ritos, símbolos y gestos litúrgico. Sobre todo, dejémonos moldear por la presencia viva de Cristo en la liturgia, que tendremos ocasión de profundizar en las próximas catequesis.
León XIV
Act:
20/05/26
@catequesis
papales
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()