Para la LXIII Jornada de Vocaciones
Despacho
Papal
Vaticano, 16 marzo 2026
I
El descubrimiento interior del don de Dios
1. Guiados y custodiados por Jesús resucitado, en el IV domingo de Pascua, llamado Domingo del buen Pastor, celebramos la LXIII Jornada Mundial por las Vocaciones. Se trata de un momento de gracia, que nos anima a compartir algunas reflexiones sobre la dimensión interior de la vocación, entendida como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros. Recorramos juntos, pues, el camino de una vida verdaderamente hermosa, que el Pastor nos muestra.
II
El camino de la belleza
2. En el evangelio de Juan, Jesús se define literalmente como el "pastor bello" (Jn 10,11). La expresión hace referencia a un pastor perfecto, auténtico, ejemplar, en cuanto está dispuesto a dar la vida por sus ovejas, manifestando de ese modo el amor de Dios. Es el Pastor que cautiva, y quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue. Para conocer esta belleza no son suficientes los ojos del cuerpo o criterios estéticos, sino que se necesita contemplación e interioridad. Sólo quien se detiene, escucha, reza y acoge su mirada, puede decir con confianza: Me fío, con él la vida puede ser verdaderamente hermosa, quiero recorrer el camino de esta belleza. Lo más extraordinario es que, convirtiéndonos en sus discípulos, a su vez nos volvemos bellos, pues su belleza nos transfigura. Como escribe el teólogo Pavel Florenski, «la ascética no hace al hombre bueno, sino al hombre bello» (Columna y Fundamento de la Verdad, Salamanca 2010, p. 113). El rasgo que distingue a los santos, además de la bondad, es la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo. Así, la vocación cristiana se revela en toda su profundidad: participar de su vida, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza.
3. Esta comunicación interior de vida, de fe y de sentido fue también la experiencia de San Agustín, el cual declara y confiesa sus pecados y errores juveniles, reconoce a Dios «más interior que lo más íntimo mío» (Confesiones, III, VI, 11). Más allá de la conciencia de sí mismo, descubre la belleza de la luz divina que lo guía en la oscuridad. Agustín atisba la presencia de Dios en lo más interior de su alma, y eso implica haber comprendido y vivido la importancia del cuidado de la interioridad como espacio de relación con Jesús, como camino para experimentar la belleza y la bondad de Dios en su propia vida.
4. Dicha relación se construye en la oración y en el silencio y, si se cultiva, nos abre a la posibilidad de acoger y vivir el don de la vocación, que nunca es una imposición o un esquema prefijado al que simplemente hay que adherir, sino un proyecto de amor y de felicidad. En la pastoral vocacional y en el compromiso siempre nuevo de la evangelización es urgente volver a partir del cuidado de la interioridad.
5. En este espíritu, invito a todos (familias, parroquias, comunidades religiosas, obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, educadores y fieles laicos) a comprometerse cada vez más a crear contextos favorables con el fin de que este don pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado para dar fruto abundante. Sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada uno de nosotros y para el mundo. Recorriendo el camino que Jesús, el "pastor bello", nos indica, aprendemos entonces a conocernos mejor a nosotros mismos y a conocer más de cerca a Dios que nos ha llamado.
III
Conocimiento mutuo
6. «El Señor de la vida nos conoce e ilumina nuestro corazón con su mirada de amor» (León XIV, Una Fidelidad que genera Futuro, 5). Toda vocación, en efecto, surge de la conciencia y la experiencia de un Dios que es amor (1Jn 4,16). Él nos conoce profundamente, ha contado los cabellos de nuestra cabeza (Mt 10,30) y ha pensado un camino único de santidad y de servicio para cada uno. Este conocimiento debe ser siempre mutuo, pues estamos llamados a conocer a Dios por medio de la oración, de la escucha de la Palabra, de los sacramentos, de la vida de la Iglesia y de la entrega a los hermanos y a las hermanas. El joven Samuel oyó durante la noche y quizás de manera inesperada, la voz del Señor, y aprendió a reconocerla con la ayuda de Elí (1Sm 3,1-10). De igual manera, también nosotros debemos crear espacios de silencio interior para intuir lo que el Señor tiene en su corazón para nuestra felicidad. No se trata de un saber intelectual abstracto o de un conocimiento académico, sino de un encuentro personal que transforma la vida (Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 1). Dios habita en nuestro corazón; la vocación es un diálogo íntimo con él, que nos llama (a pesar del ruido en ocasiones ensordecedor del mundo) y nos invita a responder con verdadera alegría y generosidad.
7. «Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas, no quieras derramarte fuera, sino entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad» (San Agustín, Sobre la Verdadera Religión, XXXIX, 72). Una vez más, San Agustín nos recuerda lo importante que es aprender a detenerse y a construir espacios de silencio interior para poder escuchar la voz de Jesucristo.
8. El Señor nos invita a vivir una vida plena, realizada, haciendo fructificar los propios talentos (Mt 25,14-30) y clavando en la cruz gloriosa de Cristo los propios límites y debilidades. Por lo tanto, dediquemos tiempo a la adoración eucarística, meditemos asiduamente la palabra de Dios para vivirla cada día, participemos activa y plenamente en la vida sacramental y eclesial. De este modo conoceremos al Señor y, en la intimidad propia de la amistad, descubriremos cómo entregarnos a los demás, en el camino del matrimonio, o del sacerdocio, o del diaconado permanente, o en la vida consagrada, religiosa o seglar. Toda vocación es un don inmenso para la Iglesia y para quien la acoge con alegría. Conocer al Señor significa sobre todo aprender a confiar en él y en su providencia, que sobreabunda en toda vocación.
IV
Confianza mutua
9. Del conocimiento nace la confianza, actitud que es hija de la fe, esencial tanto para acoger la vocación como para perseverar en ella. La vida, en efecto, se revela como un continuo confiar y encomendarse al Señor, aun cuando sus planes cambien los nuestros.
10. Pensemos en San José, y cómo a pesar del inesperado misterio (de la maternidad de la Virgen) confió en el sueño divino y acogió a María y al niño con corazón obediente (Mt 1,18-25; 2,13-15). José de Nazaret es un icono de confianza total en el designio de Dios. José confió incluso cuando todo a su alrededor parecía ser tiniebla y negatividad, cuando las cosas parecían andar en dirección opuesta a lo previsto. José se fió y confió, seguro de la bondad y la fidelidad del Señor. «En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su fiat, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní» (Francisco I, Patris Corde, 3).
11. Como nos ha enseñado el Jubileo de la Esperanza, es necesario cultivar una confianza firme y estable en las promesas de Dios, sin ceder nunca a la desesperación, superando miedos e incertidumbres, con la certeza de que el Resucitado es Señor de la historia del mundo y de nuestra historia personal. Él no nos abandona en las horas más oscuras, sino que viene a disipar todas nuestras tinieblas con su luz. Gracias a la luz y a la fuerza de su Espíritu, y también atravesando pruebas y crisis, podemos ver madurar nuestra vocación, reflejar cada vez más la belleza de Aquel que nos ha llamado, una belleza hecha de fidelidad y confianza, a pesar de las heridas y las caídas.
V
Maduración personal
12. La vocación no es una meta estática, sino un proceso dinámico de maduración, favorecido por la intimidad con el Señor. Estar con Jesús, dejar actuar al Espíritu Santo en los corazones y en las situaciones de la vida, y releer todo a la luz del don recibido, significa crecer en la vocación.
13. Como la vid y los sarmientos (Jn 15,1-8), así toda nuestra existencia debe constituirse como un vínculo fuerte y esencial con el Señor, para convertirse en una respuesta cada vez más plena a su llamada, a través de las pruebas y las podas necesarias. Los lugares donde se manifiesta mayormente la voluntad de Dios y se hace experiencia de su amor infinito son a menudo los vínculos auténticos y fraternos que somos capaces de instaurar durante nuestra vida. ¡Qué valioso es tener un buen guía espiritual que acompañe el descubrimiento y el desarrollo de nuestra vocación! ¡Qué importantes son el discernimiento y el seguimiento a la luz del Espíritu Santo, para que una vocación pueda realizarse en toda su belleza!
14. La vocación no es una posesión inmediata, algo dado de una vez por todas. Más bien, es un camino que se desarrolla análogamente a la vida humana, en el cual el don recibido, además de ser cuidado, debe alimentarse de una relación cotidiana con Dios para poder crecer y dar fruto. Esto es valioso, porque «sitúa toda nuestra vida de cara al Dios que nos ama, y nos permite entender que nada es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor, que tiene un precioso plan para nosotros» (Francisco I, Christus Vivit, 248).
15. Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes, les animo a cultivar su relación personal con Dios a través de la oración cotidiana y la meditación de la Palabra. Deténganse, escuchen, confíen. De ese modo, el don de su vocación madurará, les hará felices y dará frutos abundantes para la Iglesia y para el mundo. Que la Virgen María, modelo de acogida interior del don divino y maestra de la escucha orante, les acompañe siempre en este camino.
León XIV
Act:
16/03/26
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