A la fundación Centesimus Annus
Sala
Clementina
Vaticano, 30 mayo 2026
Queridos hermanos y hermanas en Cristo, me complace darles la bienvenida esta mañana, presidente y miembros de la fundación Centesimus Annus Pro Pontifice, así como a quienes participaron en la asamblea general y conferencia internacional de 2026.
Su presencia aquí se debe a su constante dedicación al estudio y la aplicación de la DSI en la sociedad actual. No es un secreto que este es un tema que me resulta particularmente cercano, además de ser una parte esencial de la misión de la Iglesia en este mundo. Su reunión anual ha coincidido con la reciente publicación de Magnifica Humanitas, y creo que esta encíclica puede brindarles orientación para desarrollar y evaluar los numerosos temas que han explorado durante la conferencia y su preparación.
En este sentido, el tema elegido para este año ("un mundo fragmentado en busca de espiritualidad; libertad y pluralismo desde la DSI") invita a la reflexión. En primer lugar, reconoce la lamentable situación en la que se encuentra la humanidad, marcada por guerras, una creciente polarización y divisiones culturales y sociales.
Sin embargo, en medio de la fragilidad, surge una nueva esperanza. Aun cuando la división parece aumentar, aparece un denominador común que indiscutiblemente nos une: nuestra humanidad compartida. De hecho, es precisamente ante las adversidades cuando la persona humana se ve llamada a reconsiderar las preguntas fundamentales que han impulsado a innumerables generaciones a una reflexión más profunda: «¿Adónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué rumbo debemos elegir como pueblo y como comunidad humana?» (León XIV, Magnifica Humanitas, 6).
Estas preguntas son una clara manifestación de la búsqueda de la verdad por parte de la humanidad y dan lugar a un anhelo de algo más, a una sed de Dios y a un sentido duradero. También dan testimonio de los dos aspectos esenciales de nuestra humanidad: la razón y la libertad, mediante los cuales podemos conocer la verdad y adherirnos al bien.
Si bien la libertad suele entenderse como la capacidad de hacer lo que uno quiere, es imperativo recuperar un significado auténtico que nos permita descubrir su dimensión relacional, pues es precisamente ahí donde podemos hablar de la plenitud de la persona, tanto a nivel individual como social.
Juan Pablo II nos recordó que esta plenitud se encuentra cuando la libertad se vive como un «don de sí mismo y una apertura a los demás» (Evangelium Vitae, 19). Es decir, cuando la libertad se usa para amar. Por el contrario, «cuando la libertad se absorbe de manera individualista, se vacía de su contenido original y se contradicen su propio significado y dignidad» (Ibid).
Aquí descubrimos las dos ciudades descritas por San Agustín, que siguen caracterizando no sólo el corazón humano, sino también las civilizaciones que creamos. La Ciudad del Hombre, edificada sobre el orgullo y el amor propio, se caracteriza por un individualismo egoísta. La Ciudad de Dios, edificada sobre el amor a Dios, es lo que hace posible construir una civilización del amor. Desde esta perspectiva, podemos descubrir que, tras la crisis de las democracias contemporáneas, y el debilitamiento del multilateralismo, subyace una crisis antropológica derivada de haber olvidado en gran medida al Creador.
Lejos de desesperar, hermanos, estamos llamados a poner de nuestra parte, recordando que «la civilización del amor no surgirá de un gesto único o espectacular, sino de la suma total de pequeños y constantes actos de fidelidad que sirvan de baluarte contra la deshumanización» (León XIV, Magnifica Humanitas, 213).
Otro aspecto fundamental para fomentar y construir una auténtica civilización del amor es el diálogo. En concreto, un diálogo fundamentado en la verdad que reconoce y valora la humanidad compartida de cada persona.
Tener presente la dignidad intrínseca de cada individuo permite superar el egoísmo y los intereses particulares en aras del bien común. Esta misma dignidad proporciona, además, el contexto en el que podemos hablar de un pluralismo sano que reconoce la riqueza de las contribuciones de personas de diversos orígenes y que conduce a una convivencia pacífica.
Con estas breves reflexiones, les agradezco su presencia hoy aquí y sus esfuerzos por promover la DSI. Les aseguro mis oraciones y les imparto cordialmente mi bendición, la cual extiendo con gusto a sus familias y seres queridos. Gracias.
León XIV
Act:
30/05/26
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R C A B A
M U R C I A
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