A la comunidad de Villa Nazaret

Sala de la Bendición
Vaticano, 30 mayo 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas noches y bienvenidos!

Al comienzo de esta reunión, quisiera recordar a varias figuras significativas en su historia. En particular, al cardenal Tardini (su fundador), al cardenal Samoré (su primer sucesor) y al cardenal Silvestrini (un fructífero y autorizado intérprete del proyecto inicial). Mi agradecimiento se extiende también a los numerosos estudiantes, ex-alumnos, amigos y familiares que han realizado contribuciones invaluables.

Villa Nazaret fue fundada en 1946, tras finalizar la II Guerra Mundial, como símbolo e instrumento de educación y paz. Su fundador comprendió que, para promover una paz duradera, era necesario formar a jóvenes líderes que hicieran el bien, brindándoles las herramientas para vivir los valores del evangelio en sus familias, en sus estudios, en su tiempo libre y en su práctica profesional.

Por ello, su fundador inauguró en Villa Nazaret un programa educativo integral (espiritual, intelectual y moral) con el objetivo específico de hacer accesible esta oportunidad a quienes, ricos en talento y buena voluntad, carecían de los medios necesarios para cursar estudios superiores.

Villa Nazaret tiene como objetivo ofrecer programas educativos inspirados en una profunda inspiración cristiana y humana, con un método específico (o camino comunitario) acompañado por educadores expertos e implementado mediante la participación de todos, como se aboga en la constitución apostólica Veritatis Gaudium (VG, 4).

Sé cuánto influyó el cardenal Silvestrini como maestro y guía en la formación de muchos de ustedes, y cómo su enseñanza sigue inspirando numerosos proyectos de la comunidad de Villa Nazaret. Su programa formativo, que en última instancia contiene las directrices para cada uno de sus caminos humanos y espirituales, incluye varios iconos bíblicos. ¡Que éstos sean siempre su fuente de inspiración para sus acciones!

En particular, el relato evangélico del Lavatorio de los Pies, y la Parábola del Buen Samaritano, nos ayudan a comprender cómo debe ser el estilo de vida de un discípulo del Señor: llamados a servir, atentos a cada persona que encontremos en el camino, ofrecer gestos concretos de amor. Desde esta perspectiva, conviene recordar lo que escribió Francisco I: «Nos convertimos en seres plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando permitimos que Dios nos guíe más allá de nosotros mismos para alcanzar la parte más auténtica de nuestro ser» (Evangelii Gaudium , 8).

Como quise destacar en la encíclica publicada recientemente, «lo que nos salva no es una mayor autosuficiencia, sino una relación que libera, una comunión que transforma» (León XIV, Magnifica Humanitas, 128). Hoy, la humanidad se encuentra «ante una elección decisiva: erigir una nueva Torre de Babel o construir la ciudad donde Dios y la humanidad conviven en la que se salvaguarda la dignidad de cada persona, se promueve la justicia y se hace posible la fraternidad» (Ibid, 1). En estos dos iconos se simbolizan las dos formas tan diversas de responder a los desafíos que enfrentamos.

En vista de todo esto, quisiera destacar un último aspecto de su trabajo: el de convertir Villa Nazaret en un foco de actividad y un semillero de pensamiento cristiano, donde la convergencia de los esfuerzos (intelectuales, morales y económicos) de hombres y mujeres (de diferentes generaciones y ámbitos de la vida) contribuya a la profundización, el crecimiento y la difusión de una cultura cada vez más iluminada por las enseñanzas del evangelio.

Con motivo del 50 aniversario de la fundación de Villa Nazaret, Juan Pablo II les animó a asimilar y transmitir esa sabiduría que «purifica, integra y lleva a su plenitud los más nobles esfuerzos de la inteligencia y la laboriosidad humanas, liberándolos de la prisión del orgullo y de la lógica de la dominación y abriéndolos a la perspectiva del amor y del servicio» (Audiencia, 8-VI-1996).

Unos años más tarde, Benedicto XVI reiteró su invitación en Villa Nazaret a «formar a sus jóvenes en el valor de tomar decisiones, en una actitud de apertura al diálogo, con referencia a la razón purificada en el crisol de la fe» (Audiencia, 11-XI-2006). Recordando la conversación entre el diácono Felipe y el etíope, relatada en Hechos de los Apóstoles (Hch 8,26-40), el papa les añadió:

«Es importante que alguien acompañe a quienes están en el camino y les anuncie la buena noticia de Jesús, como lo hizo Felipe. Aquí se vislumbra la diaconía que la cultura cristiana puede llevar a cabo para ayudar a las personas en su búsqueda a descubrir a Aquel que está oculto en las páginas de la Biblia como en los acontecimientos de la vida de cada persona. Ninguna cultura puede estar satisfecha consigo misma hasta que descubra que debe estar atenta a las necesidades reales y profundas del hombre, de cada hombre" (Ibid).

Estos llamamientos son hoy más válidos que nunca, en un momento en que los jóvenes tienen maravillosas oportunidades y medios de conocimiento y crecimiento. También tienen una gran necesidad de luz y orientación, especialmente para crear unidad entre la mente y el espíritu, entre la fe, el estudio, la profesión y la vida.

Hermanos, me uno a mis predecesores, exhortándoles a continuar su labor con renovado entusiasmo. Les agradezco de todo corazón a todos ustedes (educadores, estudiantes, colaboradores, ex-alumnos y amigos) el bien con que enriquecen a la Iglesia y a la sociedad cada día. Les encomiendo a María, madre de la sabiduría y estrella en nuestro camino, mientras les imparto de todo corazón mi bendición apostólica a todos. Gracias.

León XIV

 Act: 30/05/26    @audiencias papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A