Al Partido Popular Europeo
Sala
Clementina
Vaticano, 25 abril 2026
Distinguidos parlamentarios, señoras y señores, les doy a todos una cálida bienvenida. De una manera especial, saludo a su presidente, el señor Weber y la señora McGuinness, la enviada especial de la UE responsable de promover la libertad de religión o creencias fuera de la UE.
Nuestro encuentro se celebra en la estela de los que se tuvieron lugar con mis predecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI, así como el mensaje que Francisco I les envió en junio de 2023, cuando no pudo recibirles personalmente por su hospitalización. Por ello, me complace continuar este diálogo con el Partido Popular Europeo, que toma su inspiración política de figuras como Adenauer, De Gasperi y Schuman, ampliamente considerados los padres fundadores de la Europa moderna.
Como Benedicto XVI hace 20 años, yo también «aprecio el reconocimiento que hace vuestro grupo de la herencia cristiana de Europa» (Audiencia, 30-III-2006). El proyecto europeo, que surgió de las cenizas de la II Guerra Mundial, nació de la necesidad práctica de evitar que tal conflicto volviera a ocurrir. Sin embargo, está igualmente impregnado de una visión ideal. Es decir, el deseo de fomentar una cooperación que supere siglos de división y permita a los pueblos del continente redescubrir el patrimonio humano, cultural y religioso que comparten.
Los padres fundadores se inspiraron en su fe personal, y consideraban los principios cristianos como un elemento común y unificador que podía ayudar a poner fin al espíritu de venganza y conflictivo que había conducido a la II Guerra Mundial.
Francisco I acuñó una expresión hermosa y sencilla que resume esta idea: que «la unidad es superior al conflicto» (Evangelii Gaudium, 228), ya que la búsqueda de la unidad tiene el valor de ir más allá de la superficie del conflicto, y ver a los demás con su más profunda dignidad (Ibid). De este modo, se hace posible crear algo nuevo y constructivo, mientras que el conflicto exalta las diferencias, fomenta la búsqueda y afirmación del poder y, en última instancia, conduce a la destrucción.
La tarea principal de cualquier acción política es ofrecer una visión ideal, ya que la política requiere una visión amplia del futuro, sin temer tomar decisiones difíciles e incluso impopulares cuando sea necesario para el bien común. En este sentido, la política es la «forma más elevada de caridad» (Pío XI, Audiencia, 18-XII-1927), porque puede comprometerse completamente con la construcción del bien común.
Sin embargo, perseguir un ideal no significa glorificar una ideología. De hecho, la ideología es siempre el resultado de una distorsión de la realidad y de una especie de violencia impuesta sobre ella. Cada ideología retuerce ideas y subyuga al ser humano a su propio proyecto, sofocando sus verdaderas aspiraciones, su deseo de libertad, de felicidad y de bienestar personal y social. La Europa moderna surgió al reconocer el fracaso de los proyectos ideológicos que la habían destruido y dividido.
Como señaló De Gasperi, perseguir un ideal significa situar a la persona humana en el centro, «con su espíritu de fraternidad evangélica, con su reverencia por la ley heredada de la antigüedad, con su aprecio por la belleza refinada a lo largo de los siglos y con su compromiso con la verdad y la justicia, agudizado por milenios de experiencia» (Discurso a la CPE, 21-IV-1954).
Este es el marco dentro del cual la política aún puede practicarse hoy y al que es necesario reconducir la actividad política. Su partido se llama Partido Popular Europeo. El pueblo está en el corazón de su compromiso, y no puede dejarlo de lado. No son ustedes, pues, meros receptores pasivos de propuestas y decisiones políticas, sino que están llamados a ser participantes activos que compartan la responsabilidad de cada acción política.
Estar presentes entre el pueblo e involucrarlos en el proceso político es el mejor antídoto contra el populismo, que sólo busca una aprobación fácil, y contra el elitismo, que tiende a actuar sin consenso. Ambas son tendencias generalizadas en el panorama político actual. Una política auténticamente popular requiere tiempo, proyectos compartidos y amor por la verdad.
Uno de los principales problemas de la política en los últimos años ha sido el declive constante de la sintonía, de la cooperación y el compromiso mutuo entre el pueblo y sus representantes. Es necesario recrear un sentido genuino de pueblo, que implique contacto personal entre ciudadanos y sus representantes, para responder eficazmente a los problemas concretos del pueblo a la luz de una visión ideal. Podríamos decir metafóricamente que en la era del "triunfo digital", la acción política verdaderamente orientada al bien común requiere un retorno al analógico.
Quizás sea éste el verdadero antídoto contra una política que a menudo grita, compuesta únicamente de eslóganes e incapaz de responder a las necesidades reales de las personas. Además, para superar cierta desafección con la política, es necesario recuperar a las personas acercándolas personalmente y reconstruyendo una red de relaciones en las zonas donde viven, para que todos puedan sentir que pertenecen a una comunidad y compartir su futuro.
¿Qué significa esto en términos prácticos para quienes basan sus acciones en valores cristianodemócratas? Ante todo, significa redescubrir y abrazar la herencia cristiana de la que provienen, manteniendo al mismo tiempo la necesaria línea de demarcación entre el testimonio religioso profético (reservado a la comunidad eclesial) y el testimonio cristiano expresado a través de elecciones políticas concretas (De Gasperi, A; Diario, Bolonia 2018, p. 24).
Ser cristiano en política no significa ser abiertamente confesional, sino permitir que el evangelio guíe las decisiones que deben tomarse, incluso aquellas que no parecen obtener un consenso fácil. Significa trabajar para preservar la conexión entre la ley natural y la ley positiva, y entre las raíces cristianas y la acción política.
Ser cristianos comprometidos en la política requiere una perspectiva realista que empiece con las preocupaciones concretas de las personas. Esta perspectiva debe fomentar las condiciones laborales dignas que fomenten el ingenio y la creatividad de las personas, frente a un mercado cada vez más deshumanizante e insatisfactorio.
Ser cristianos comprometidos en la política significa ayudar a las personas superar el miedo a formar una familia o a tener hijos, especialmente en Europa. También debe abordar las causas profundas de la migración, cuidar a quienes sufren, teniendo en cuenta las verdaderas capacidades para acoger e integrar a los inmigrantes en la sociedad. Así mismo, requiere afrontar de manera no ideológica los grandes retos de nuestro tiempo, como el cuidado de la creación y la inteligencia artificial. Esta última ofrece grandes oportunidades, pero también está llena de peligros.
Ser cristianos comprometidos en la política significa invertir en la libertad. No en una libertad trivializada reducida a meras preferencias personales, sino una basada en la verdad, que salvaguarda la libertad religiosa así como la libertad de pensamiento y de conciencia en todos los lugares y circunstancias. Al mismo tiempo, fomentar un cortocircuito de los derechos humanos (León XIV, Discurso, 9-I-2026) debe evitarse, porque acaba cediendo ante la fuerza y a opresión.
Les dejo con estos breves puntos, con la esperanza de que puedan constituir un punto de partida para su compromiso. Al expresar mis mejores deseos para su servicio a los pueblos europeos, les imparto de buen grado mi bendición apostólica.
León XIV
Act:
25/04/26
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M U R C I A
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