A los focolares

Sala Clementina
Vaticano, 21 marzo 2026

Me complace reunirme con ustedes esta tarde, tras su participación en la asamblea general del Movimiento de los Focolares. Saludo a la presidenta Margaret Karram, reelegida para un segundo mandato, y al nuevo copresidente Roberto Almada. ¡Que el Señor bendiga su servicio!

Todos ustedes se han sentido atraídos por el carisma de la sierva Chiara Lubich, que ha marcado su vida personal y el estilo de su vida comunitaria. Cada carisma en la Iglesia expresa un aspecto del evangelio que el Espíritu Santo pone de relieve en un período histórico específico, para el bien de la Iglesia misma y del mundo entero. Para ustedes, es el mensaje de la unidad: la unidad entre los seres humanos, fruto y reflejo de la unidad de Cristo con el Padre, cuando dijo: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti» (Jn 17,21).

Ustedes viven este espíritu de unidad, ante todo entre ustedes, y lo proclaman en todas partes como una nueva posibilidad para una vida fraterna, reconciliada y alegre entre personas de diferentes edades, culturas, lenguas y creencias religiosas. Es ésta una semilla sencilla, pero también poderosa porque atrae a miles de mujeres y hombres, inspira vocaciones, genera un impulso evangelizador y numerosas obras sociales, culturales, artísticas y económicas, como levadura del diálogo ecuménico e interreligioso.

Esta levadura de unidad es sumamente necesaria hoy, porque el veneno de la división y el conflicto tiende a contaminar los corazones y las relaciones sociales, y debe ser contrarrestado con el testimonio evangélico de unidad, diálogo, perdón y paz. A través de ustedes, en las últimas décadas, Dios ha preparado para sí un gran pueblo de paz, que, en este preciso momento de la historia, está llamado a actuar como contrapeso y barrera contra tantos sembradores de odio que arrastran a la humanidad de vuelta a formas de barbarie y violencia.

Además de este importante testimonio de unidad y paz, ustedes, queridos hermanos, también tienen la responsabilidad de mantener vivo el carisma de su movimiento en la etapa posterior a la fundación, una etapa que no termina con la primera transición generacional tras la muerte de la fundadora, sino que se extiende más allá.

Durante este tiempo, ustedes están llamados a discernir juntos qué aspectos de su vida común y de su apostolado son esenciales. Por ello, deben mantenerse, y cuáles son las herramientas y prácticas que, aunque arraigadas, no son esenciales para el carisma, o que han presentado aspectos problemáticos y, por lo tanto, deben abandonarse.

Esta fase también exige un firme compromiso con la transparencia por parte de quienes ocupan puestos de responsabilidad en todos los niveles. De hecho, la transparencia es tanto un requisito previo para la credibilidad como una exigencia, ya que el carisma es un don del Espíritu Santo del que todos los miembros son responsables.

Ustedes tienen el derecho y el deber de sentir que pertenecen a la Obra a la que se han unido con total entrega. Recuerden, además, que la participación de los miembros siempre aporta valor añadido, que estimula el crecimiento (tanto individual como colectivo), que saca a relucir los recursos y el potencial latentes de cada persona, que potencia y promueve la contribución de todos.

La responsabilidad del discernimiento común, confiada a todos ustedes, abarca también cómo traducir el carisma de la unidad en estilos de vida comunitarios que resalten la belleza de la novedad del evangelio y, al mismo tiempo, respeten la libertad y la conciencia de las personas, valorando los dones y la singularidad de cada una.

Jesús, en su Oración Sacerdotal, después de decir «que todos sean uno», añadió «que también ellos estén en nosotros» (Jn 17,21), refiriendo así la unidad entre los discípulos a una unidad superior: la del Padre y el Hijo.

Esto significa que la unidad que buscan vivir y de la que dan testimonio se realiza principalmente "en Dios", en el cumplimiento de su santa voluntad y en el compromiso compartido con la comunión y la vida comunitaria, apoyado y guiado por quienes tienen este servicio a su cargo. La unidad es un don y, a la vez, una tarea y una vocación que interpela a todos.

Todos estamos llamados a discernir la voluntad de Dios, y cómo realizar la verdad del evangelio en las diversas situaciones de la vida comunitaria o apostólica. En este camino de discernimiento, todos debemos practicar la fraternidad, la sinceridad, la apertura y la humildad, liberándonos de nosotros mismos y de nuestras propias perspectivas. La unidad de todos en Dios es un signo evangélico que constituye una fuerza profética para el mundo.

La unidad no debe entenderse como uniformidad de pensamiento, opinión y estilo de vida, lo cual podría llevar a una devaluación de las propias convicciones, en detrimento de la libertad personal y la capacidad de escuchar la propia conciencia. Chiara Lubich afirmó que la premisa de toda norma es la caridad.

Es necesario que la unidad se nutra y se mantenga siempre mediante la caridad mutua, que exige magnanimidad, benevolencia y respeto. Esta caridad no se jacta, no se enorgullece, no busca su propio interés ni toma en cuenta las ofensas recibidas, sino que se regocija únicamente en la verdad (1Cor 13,4-6).

Queridos hermanos, demos gracias juntos al Señor por la gran familia espiritual nacida del carisma de Chiara Lubich. Demos gracias por los jóvenes presentes en sus grupos, que ven con claridad la belleza del llamado a ser instrumentos de unidad y paz en el mundo. Demos gracias por las familias, que se han renovado y fortalecido por la presencia de Jesús en medio de su vida familiar.

Demos gracias por los obispos, sacerdotes y personas consagradas que han visto renovado el don de su ministerio y su vida religiosa a través del contacto con su movimiento y su espiritualidad. Demos gracias por los muchos hombres y mujeres focolarinos que, a menudo con heroica dedicación, continúan viviendo una vida de oración, trabajo, diálogo y evangelización en todo el mundo, siguiendo el modelo de vida apostólica de las primeras generaciones cristianas.

Demos gracias por los innumerables frutos de santidad, conocidos y desconocidos, que el retorno al evangelio, promovido por ustedes, ha traído a la Iglesia a lo largo de todos estos años.

Les animo a continuar su camino y les bendigo de corazón, invocando la intercesión de la Virgen María por todos ustedes, para que les proteja y les acompañe siempre con su ayuda maternal. Gracias y mis mejores deseos.

León XIV

 Act: 21/03/26    @audiencias papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A