A los Oblatos de la Inmaculada
Sala
Clementina
Vaticano, 21 febrero 2026
Queridos hermanos, ¡buenos días y bienvenidos!
Me complace saludar al superior general y a la superiora general presentes, así como a todos vosotros. Me complace encontrarme con vosotros en estos dos momentos especiales en la vida de vuestras congregaciones: el 200 aniversario de la aprobación papal de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada y el 150 aniversario de la fundación de las Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles.
A pesar de sus diversas historias, vuestros institutos religiosos comparten muchos rasgos: sus años de fundación, su patria y su vocación misionera. «Me ha enviado a predicar el evangelio a los pobres» (Is 61,1; Lc 4,18). Ése fue el lema que San Eugenio de Mazenod eligió para los oblatos, que fundó con gran valentía en un momento en que Europa se veía sacudida por acontecimientos complejos y dramáticos que acentuaban la urgencia de anunciar el evangelio a los últimos.
Las palabras y acciones de Mazenod, en defensa de la dignidad de los pobres, obreros y campesinos, explotados como recursos productivos e ignorados en las necesidades más profundas de su humanidad, son contundentes y provocativas. Y la audacia con la que él, como ex obispo de Marsella, no dudó en responder a la petición de ayuda de su hermano en el episcopado (el arzobispo Bourget de Montreal), enviando religiosos primero a Canadá y luego a otras partes del mundo (África y Asia) es contundente y provocadora.
Esta generosidad de Mazenod se vio recompensada por un impresionante florecimiento misionero y vocacional. Esto testimonia cómo la docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo, y la atención a las urgencias de la caridad, son para toda fundación fuente de fecundidad y fermento de crecimiento.
Hoy en día, con más de 3.000 religiosos repartidos por 70 países, seguís ejerciendo vuestro ministerio con la misma apertura preferencial hacia los más desfavorecidos, enriquecidos por el precioso don de una extensa familia carismática y una creciente interculturalidad. Acoged esta vitalidad como un don y un signo que os impulsa a mantener vivo y actual el espíritu de vuestros orígenes.
Como ya os indicó Francisco I hace no muchos años, «a esta Iglesia, que el fundador os enseñó a amar como madre, ofreced vuestro celo misionero y vuestra vida, participando en su éxodo hacia las periferias del mundo amado por Dios, y viviendo un carisma que os acerque a los más alejados, a los más pobres, a los marginados» (Audiencia, 3-X-2022), bajo la protección de María y con su apoyo maternal.
En esto, providencialmente, hoy todos recibimos un recordatorio de las hermanas con las que compartimos este encuentro: las Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles, cuyo lema está inspirado en las palabras de Lucas en Hechos de los Apóstoles: “Con María, madre de Jesús” (Hch 1,14).
Es ésta una frase que se refiere a la presencia de la Santísima Virgen entre los apóstoles, en el Cenáculo y en la primera comunidad cristiana. Os fue confiada este lema por el padre Planque, quien hace siglo y medio fundó su congregación para asegurar la indispensable presencia de las mujeres en las obras de la Sociedad de Misiones Africanas.
Muchas mujeres han respondido a su llamada, desde Francia y muchos otros países, aceptando el reto de estar con María para ser, como ella, testigos de Cristo entre los apóstoles y en el mundo. Para muchas de ellas, ese sí les costó la vida, debido a la dureza del trabajo misionero, la exposición a enfermedades y el martirio.
Incluso ahora, muchas estáis presentes en contextos difíciles, donde ofrecéis vuestro servicio con fe y respeto por todos. Os animo, queridas hermanas, a proseguir esta misión, siendo cada vez más, allí donde trabajáis, testigos de fraternidad y de paz (Juan Pablo II, Homilía, 2-II-2002).
Quisiera concluir recordando un último aspecto carismático que une la inspiración de vuestros fundadores: la familia. De hecho, ambos instaron a sus hijos e hijas espirituales a preservar un espíritu de familia sincero y generoso en sus comunidades.
Para los consagrados y consagradas, y para los laicos cristianos verdaderamente comprometidos, este espíritu de familia surge ante todo del encuentro con Dios, de la eucaristía, de la oración y la adoración, de la escucha de la Palabra y de la celebración de los sacramentos. Desde allí, desde el altar y el sagrario, esta familia crece en los corazones, llenándolos de esos sentimientos de compartir y afecto, de cuidado y cercanía paciente, que siempre deben caracterizarnos y que nos convierten en un espejo del amor de Dios en el mundo.
Queridos, gracias por todo el bien que hacéis. Os aseguro mi apoyo en la oración y os imparto cordialmente mi bendición apostólica a vosotros y a vuestras congregaciones.
León XIV
Act:
21/02/26
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