Al Camino Neocatecumenal
Sala
de la Bendición
Vaticano, 19 enero 2026
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y un cordial saludo. Me alegra mucho poder conocer a tantos de ustedes. Saludo a los miembros del equipo internacional del Camino Neocatecumenal, a Kiko Arguello, María Ascensión Romero y al padre Mario Pezzi, así como a los obispos y sacerdotes que les acompañan.
Dirijo un pensamiento especial a las familias aquí presentes, que son expresión de vuestro anhelo misionero y del deseo que debe animar siempre a toda la Iglesia: anunciar el evangelio a todo el mundo, para que todos conozcan a Cristo. Este mismo deseo siempre ha animado y sigue alimentando la vida del Camino Neocatecumenal, su carisma y sus obras de evangelización y catequesis, que constituyen una valiosa contribución a la vida de la Iglesia.
Ustedes ofrecen a todos, especialmente a quienes se han alejado o cuya fe se ha debilitado, la posibilidad de un camino espiritual que les permita redescubrir el significado del bautismo, para que reconozcan el don de la gracia recibida y, así, su llamada a ser discípulos del Señor y sus testigos en el mundo.
Inspirados por este espíritu, han reavivado el fuego del evangelio allí donde parecía apagado y han acompañado a muchas personas y comunidades cristianas, despertándolas a la alegría de la fe, ayudándolas a redescubrir la belleza de conocer a Jesús y favoreciendo su crecimiento espiritual y su compromiso de testimonio.
Quisiera expresar especialmente mi gratitud no sólo a los formadores y catequistas, sino también a las familias que, siguiendo el impulso interior del Espíritu Santo, abandonan la seguridad de la vida cotidiana y se lanzan a la misión, incluso a territorios lejanos y difíciles, con el único deseo de anunciar el evangelio y dar testimonio del amor de Dios.
Los equipos itinerantes, compuestos por familias, catequistas y sacerdotes, participan en la misión evangelizadora de toda la Iglesia y, como afirmó Francisco I, contribuyen a despertar la fe de los no cristianos que nunca han oído hablar de Jesucristo, pero también de muchas personas bautizadas que, siendo cristianas, han olvidado quién es Jesucristo (Discurso, 6-III-2015).
Vivir la experiencia del Camino Neocatecumenal, y continuar esta misión, exige también de vosotros vigilancia interior y una sabia capacidad de evaluación crítica, para discernir algunos de los peligros que siempre acechan en la vida espiritual y eclesial.
Ustedes ofrecen un camino para redescubrir el bautismo, y este sacramento, al unirnos a Cristo, nos convierte en miembros vivos de su cuerpo, su único pueblo, su única familia. Debemos recordar siempre que somos la Iglesia, y que si el Espíritu se revela de manera especial a cada persona, esto sucede «para el bien común» (1Cor 12,7) y, por lo tanto, para la misión misma de la Iglesia.
Los carismas deben servir siempre al reino de Dios y a la única Iglesia de Cristo, en la que ningún don de Dios es más importante que otro (excepto el amor, que los perfecciona y armoniza a todos) y ningún servicio puede convertirse en motivo de superioridad sobre los demás ni en la exclusión de quienes piensan diferente.
Animo a quienes han encontrado al Señor y viven siguiéndolo en el Camino Neocatecumenal, a ser testigos de esta unidad. Su misión es especial, pero no exclusiva. Su carisma es específico, pero fructifica en comunión con los demás dones presentes en la vida de la Iglesia. El bien que hacen es grande, pero su propósito es que las personas conozcan a Cristo, respetando siempre el camino de la vida y la conciencia de cada persona.
Les animo, como guardianes de esta unidad en el Espíritu, a vivir su espiritualidad sin separarse jamás del resto del cuerpo de la Iglesia, como parte viva de la pastoral parroquial ordinaria y sus diversas realidades, en plena comunión con sus hermanos y hermanas, especialmente con los sacerdotes y obispos. Avancen con alegría y humildad, sin cerrarse, como constructores y testigos de comunión.
La Iglesia les acompaña, les apoya y les agradece lo que hacen. Al mismo tiempo, les recuerda a todos que «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2Cor 3,17). La proclamación del evangelio, la catequesis, y las diversas formas de actividad pastoral, deben estar siempre libres de toda forma de coerción, rigidez y moralización, para que no generen inadvertidamente sentimientos de culpa y miedo en lugar de liberación interior.
Queridos amigos, les agradezco su compromiso, su alegre testimonio y el servicio que prestan en la Iglesia y en el mundo. Les animo a continuar esta labor con entusiasmo y los bendigo, invocando la intercesión de la Virgen María para que les acompañe y les proteja. ¡Gracias!
León XIV
Act:
19/01/26
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