A las instituciones bancarias italianas
Sala
Clementina
Vaticano, 16 mayo 2026
Queridos hermanos y hermanas, extiendo un cordial saludo a todos ustedes. Me complace enormemente celebrar esta reunión, que nos brinda la oportunidad de reflexionar juntos sobre el papel de los bancos y las cooperativas de crédito en nuestra sociedad.
Las instituciones que usted representa tienen orígenes diversos, unidas por la necesidad de apoyar el emprendimiento y las finanzas públicas y privadas en distintos momentos y contextos a lo largo de la historia de Italia. Sus inicios, caracterizados por la valentía y la creatividad, dan testimonio de la complementariedad entre el ahorro y la inversión, tanto públicos como privados, para la consecución del bien común y un crecimiento económico sólido.
Sus instituciones financieras han promovido, de diversas maneras, una justa distribución de la riqueza entre individuos, empresas e instituciones, haciendo que sus beneficios sean más accesibles para todos y valorando la contribución de cada uno. Esta es una función social que se ajusta perfectamente a la misión que Dios ha confiado a la humanidad de ser administradores de la creación, por la cual «toda actividad humana está llamada a dar fruto, a usar con generosidad y equidad los dones que Dios concede a todos, y a nutrir con viva confianza las semillas de bondad sembradas en toda la creación como promesa de abundancia» (Dicasterio para el Desarrollo, Oeconomicae et Pecuniariae Quaestiones, 4).
Gracias a esta capacidad constructiva, el sistema bancario se ha situado, a lo largo de los siglos, en el centro de importantes procesos de desarrollo económico y social, convirtiéndose en una entidad cada vez más compleja y multifacética, capaz de influir en la vida de las personas. La concentración de capital y la disponibilidad de personal cualificado les han proporcionado vastos recursos económicos, con la consiguiente doble posibilidad de convertirse en promotor de una distribución equitativa para el bien común o, por el contrario, en defensor de la acumulación egoísta, fuente de desigualdad y miseria.
Su historia demuestra cómo quienes participan en el mercado financiero no sólo pueden hacer el bien actuando con rectitud, sino también informando y educando a las personas y comunidades en las que operan sobre el uso prudente y moralmente apropiado de los recursos (donde se combinan sensibilidad, inteligencia, honestidad y caridad) y promoviendo «estándares humanistas en los que el beneficio y la solidaridad ya no son antagónicos» (Ibid, 11). Así mismo, muestra cómo esta forma de actuar garantiza, con el tiempo, el crecimiento saludable y duradero de estructuras, modelos sociales y relaciones.
El espíritu de sus fundaciones nos recuerda que lo que ingresa a un banco no es capital, sino personas, y que detrás de los números hay hombres y mujeres, familias que necesitan ayuda. Por ello, en un contexto donde la alta informatización de las herramientas impone intermediarios cada vez más complejos y artificiales en las relaciones interpersonales, ustedes están llamados a garantizar que quienes acceden a sus servicios no se sientan abandonados a la frialdad de los sistemas algorítmicos (por muy eficientes y matemáticamente precisos que sean), sino que perciban, tras las herramientas técnicas, la presencia de personas dispuestas a escuchar y con ganas de hacer el bien.
Los bancos pueden ejercer una gran influencia en la evolución estructural de una sociedad, así como en su desarrollo cultural. Por lo tanto, su presencia es valiosa. Lo es para recordar a quienes se refugian con demasiada facilidad en valores puramente materiales, confundiendo fines y medios en la vida, que incluso en asuntos financieros debemos siempre poner a la persona en el centro y «sobre ese pilar construir las estructuras sociales alternativas que necesitamos» (Francisco I, Laudato Si, 189).
Su compromiso es vibrante y relevante, como lo demuestran los numerosos proyectos humanitarios y culturales que promueven. Les animo a seguir trabajando de esta manera, manteniendo viva su vocación como organizaciones de apoyo mutuo y orientando siempre su compromiso hacia una ética de solidaridad. Esta es la semilla de la que nacieron y la raíz sólida y profunda (aunque a menudo esté oculta) gracias a la cual el árbol de sus organizaciones continúa creciendo y floreciendo.
Fieles a sus orígenes, no olviden jamás la caridad. Al contrario, ¡que sea cada vez más el principio rector de sus decisiones estratégicas! Gracias por lo que hacen. Les recuerdo en mis oraciones y les encomiendo a la intercesión de María, bendiciéndoles de corazón. Gracias.
León XIV
Act:
16/05/26
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M U R C I A
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