A los afectados de Crans Montana

Sala Clementina
Vaticano, 15 enero 2026

Queridos hermanos, buenos días a todos y bienvenidos.

Estoy profundamente conmovido al encontrarme con ustedes. Cuando supe que ustedes habían solicitado esta audiencia, inmediatamente dije: Sí. Quiero compartir este momento con ustedes, en medio de tanto dolor y sufrimiento. Esto es una prueba de nuestra fe, y de aquello en lo que creemos. Muchas veces uno se pregunta: ¿Por qué, Señor?

Estos son momentos de gran dolor y sufrimiento. Las personas más queridas y amadas por ustedes han perdido la vida en una catástrofe de extrema violencia, o se encuentra hospitalizada por un largo período, a consecuencia del terrible incendio que impactó al mundo entero. Todo esto ocurrió en el momento más inesperado, en un día en el que todos se alegraban y celebraban, intercambiándose deseos de alegría y felicidad.

¿Qué decir en esta circunstancia semejante? ¿Qué sentido dar a acontecimientos como estos? ¿Dónde encontrar un consuelo que esté a la altura de lo que sienten, un alivio que no se reduzca a palabras vacías y superficiales, sino que toque lo más profundo y reavive la esperanza? Quizás sólo haya una palabra que sea adecuada: la del Hijo de Dios en la cruz (a quien hoy están tan cercanos), que desde lo más hondo de su abandono y dolor gritó al Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46).

La respuesta del Padre a la súplica del Hijo se hace esperar tres días, en el silencio. Pero luego, ¡qué respuesta! Jesús resucita glorioso, viviendo para siempre en la alegría y en la luz eterna de la Pascua.

Yo no puedo explicarles, hermanos y hermanas, por qué a ustedes y a sus seres queridos se les ha pedido afrontar una prueba tan dura. El afecto y las palabras humanas de compasión que hoy les dirijo parecen muy limitados e impotentes. Sin embargo, el sucesor de Pedro, a quien han venido a encontrar hoy, les afirma esto con fuerza y convicción: su esperanza no es vana, porque ¡Cristo ha resucitado verdaderamente!

La santa Iglesia es testigo de ello, y lo anuncia con certeza. San Pablo, que lo había visto vivo, decía a los cristianos de Corinto: «Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos» (1Cor 15,19-20).

Queridos hermanos y hermanas, nada podrá jamás separarlos del amor de Cristo (Rm 8, 35), así como tampoco a sus seres queridos que sufren o que han perdido. La fe que habita en nosotros ilumina los momentos más oscuros y más dolorosos de nuestra vida con una luz insustituible, que nos ayuda a continuar con valentía el camino hacia la meta.

Jesús nos precede en este camino de muerte y resurrección, que exige paciencia y perseverancia. Estén seguros de su cercanía y de su ternura. Él no está lejos de lo que están viviendo, sino que lo comparte y lo carga con ustedes. De la misma manera, toda la Iglesia lo carga con ustedes. Tengan la certeza de la oración de toda la Iglesia (y de mi oración personal) por el descanso de sus difuntos, por el alivio de aquellos que aman y que sufren, y por ustedes mismos, que los acompañan con su ternura y su amor.

Hoy su corazón está traspasado, como lo estuvo el de María al pie de la cruz. María, junto a la cruz, que veía a su hijo. María está cerca de ustedes en estos días, y es a ella a quien los encomiendo. Confíenle sin reservas sus lágrimas y busquen en ella el consuelo materno que quizá solo María sabrá darles y que sin duda podrá darles. Como María, sabrán esperar con paciencia, en la noche del sufrimiento, y la certeza de la fe, que un nuevo día amanezca; y volverán a encontrar la alegría.

Como signo de consuelo y cercanía, y de querer compartir también con ustedes este momento, les invito a orar juntos, y les imparto a cada uno de ustedes, así como a todos sus seres queridos que sufren, la bendición apostólica. Que la paz y el consuelo de la fe les acompañen siempre.

León XIV

 Act: 15/01/26    @audiencias papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A