En el Domingo V Ordinario

Plaza San Pedro
Vaticano, 8 febrero 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Después de haber proclamado las bienaventuranzas, Jesús se dirige a quienes las viven diciendo que, gracias a ellos, la tierra ya no es la misma y el mundo ya no está oscuro. «Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5,13-14). La alegría verdadera es la que da sabor a la vida y hace surgir lo que antes no existía.

Esta alegría se irradia de un estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la tierra y de vivir juntos. Es la vida que resplandece en Jesús, el sabor nuevo de sus gestos y de sus palabras. Después de haberlo encontrado, parece insípido y opaco lo que se aleja de su pobreza de espíritu, de su mansedumbre y sencillez de corazón, de su hambre y sed de justicia, que impulsan a la misericordia y a la paz como dinámicas de transformación y reconciliación.

El profeta Isaías enumera gestos concretos que ponen fin a la injusticia: compartir el pan con el hambriento, albergar a los pobres sin techo, cubrir al desnudo, no despreocuparse de los vecinos y familiares (Is 58,7). Entonces, continúa diciendo el profeta, «despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar» (v.8). Por una parte, la luz, que no se puede esconder porque es grande como el sol de cada mañana que disipa las tinieblas; por otra, una herida, que antes ardía y ahora sana.

Es doloroso, en efecto, perder sabor y renunciar a la alegría; sin embargo, es posible tener esta herida en el corazón. Pareciera que Jesús pone en guardia a quien lo escucha para que no renuncie a la alegría. La sal que ha perdido sabor, dice, «ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por la gente» (Mt 5,13).

¡Cuántas personas (quizás nos ha sucedido también a nosotros) se sienten descartadas, fracasadas, como si su luz se hubiera escondido! Con todo, Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta, a un Padre que custodia nuestro nombre y nuestra unicidad. Cada herida, aun profunda, sanará acogiendo la palabra de las bienaventuranzas y haciéndonos regresar al camino del evangelio.

Los gestos de apertura y de atención a los demás son los que reavivan la alegría. Ciertamente, en su sencillez nos sitúan contracorriente. Jesús mismo fue tentado, en el desierto, por otros caminos: hacer valer su identidad, exhibirla y tener el mundo a sus pies. Pero él rechaza los caminos en los que hubiera perdido su verdadero sabor, aquel que hallamos cada domingo en la fracción del pan: la vida entregada, el amor que no hace ruido.

Hermanos y hermanas, dejémonos alimentar e iluminar por la comunión con Jesús. Sin exhibiciones seremos entonces como una ciudad en la cima del monte, no sólo visible sino también atrayente y acogedora. Seremos la ciudad de Dios en la que todos, en definitiva, desean vivir y encontrar la paz. A María, puerta del cielo, dirijamos ahora la mirada y la oración, para que nos ayude a ser y a permanecer como discípulos de su Hijo.

León XIV

 Act: 08/02/26    @ángelus papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A