En el Domingo XIII Ordinario

Plaza San Pedro
Vaticano, 28 junio 2026

Hermanos y hermanas, en el evangelio de hoy (Mt 10,37-42) escuchamos algunas exhortaciones de Jesús para seguirlo y ser testigos de su reino. No se trata de actos exteriores, sino de comprometer todo nuestro ser en una relación de amor con él. Para dar fruto, el amor requiere al menos tres cosas: el desprendimiento, la pérdida y la hospitalidad.

Ante todo, hace falta desprendimiento. A este respecto, Jesús dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (v.37). En el momento en que comienza a enviar en misión a sus apóstoles, el Señor los quiere libres de cualquier atadura. También vale aquí el hecho de que los afectos más importantes encuentran su plenitud gracias al amor que Cristo nos da.

Pensemos, por ejemplo, en la vida matrimonial, que sólo se puede vivir plenamente dejando la casa de los padres (Mt 19,6) para comprometerse en la relación conyugal. Pensemos también en el crecimiento de los hijos: se les ayuda a realizarse y a ser felices educándolos para valerse por sí mismos y tomar sus decisiones. A este respecto, dice San Agustín que «es triste perder lo que amas, pero también el agricultor pierde lo que siembra» (Homilías, CCCXXX, 2). En efecto, sólo perdiendo esa semilla, arrojada en la tierra, podrá verla florecer.

En este sentido, el amor es pérdida. Esto es algo que cuesta comprender, especialmente en un mundo en el que perder parece ser una debilidad, y se vive obsesionado por tener y poseer. Sin embargo, el amor da fruto cuando estamos dispuestos a perder un poco de nuestro yo para hacer espacio al otro, a perder un poco de tiempo para escuchar a un amigo, a perder un poco de comodidad para compartir una situación de dificultad.

Quien retiene la vida sólo para sí mismo, dice el evangelio, en realidad la pierde (v.39), porque ésta no se abre a la alegría del amor y se vuelve estéril. Por eso Jesús nos invita a abrazar la cruz. Él se ofreció y se perdió a sí mismo, y  por eso nosotros hemos podido recibir su vida en abundancia. Del mismo modo, si vivimos en la lógica del don, también nosotros seremos capaces de engendrar vida nueva en nuestras relaciones.

Y finalmente, la hospitalidad. El amor se expresa en elecciones y acciones concretas, en un compromiso hecho de pequeños gestos cotidianos, como el de ofrecer un vaso de agua a quien tiene sed (v.42). Jesús, al enviar a sus discípulos delante de él, les pide que vayan sin provisiones (es decir, necesitados), porque de este modo podrán suscitar hospitalidad en aquellos que encuentren a su paso. Así, recibiendo a quien viene en nombre de Jesús, lo recibe a él y al Padre celestial que lo ha enviado. El amor al Señor pasa siempre por la manera fraterna en que acogemos a los demás.

Queridos amigos, recemos a la Virgen María, que amó a su Hijo y también supo perderlo. Que ella nos ayude a ser testigos humildes y alegres del amor de Cristo.

León XIV

 Act: 28/06/26    @ángelus papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A