En el Domingo XXX Ordinario

Plaza San Pedro
Vaticano, 25 octubre 2026

Queridos hermanos, en el evangelio de hoy (Mt 22,34-40) el Señor nos conduce una vez más al corazón de nuestra fe. Un doctor de la ley, para poner a prueba a Jesús, le pregunta: «¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?» (v.36).

El Maestro responde citando un pasaje del Deuteronomio: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5). Cristo indica como elemento central de la relación con Dios la dimensión del amor. No es suficiente saber que Dios existe, que es único o que es omnipotente, sino que el Señor nos pide una relación personal: el único y verdadero Dios quiere ser nuestro Dios.

En el encuentro con Jesús, el mandamiento del amor no es una obligación ni una imposición. No se puede amar "por mandato". El amor a Dios es la exigencia propia del deseo del hombre, que halla su cumplimiento en la comunión con él. Por eso, nuestro amor puede ser auténtico cuando es respuesta a su amor, que siempre nos precede. De allí la necesidad de una totalidad que involucre a toda la persona: corazón, alma y mente.

Al primer mandamiento, el Señor une un segundo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (v.39). Esta regla de vida surge de una misma fuente. Por eso, dice Jesús, es semejante a la primera. De la relación íntima con Dios somos capaces de mirarnos a nosotros mismos y al prójimo con la misma mirada de Cristo, según su perspectiva. De este modo, se vence el egoísmo y también el amor por uno mismo se hace caridad; nuestra existencia se dirige hacia el otro y se hace don para quien está a nuestro lado.

Santa Teresa de Lisieux lo comprendió bien, cuando dijo: “Sólo el amor puede hacer actuar a los miembros de la Iglesia. Si este amor llegara a apagarse, ya no se anunciaría más el evangelio” (Obras Completas, Burgos 2006, p. 261). Sin él, en efecto, nuestra fe se vería privada de su contenido, nuestras buenas obras se reducirían a moralismo, nuestra esperanza sería vana.

Queridos amigos, no podemos amar verdaderamente a Dios sin que ese amor se desborde hacia los hermanos y las hermanas. Y no podemos amar realmente a nuestro prójimo sino como hijos de un mismo Padre que nos amó primero en su Hijo Jesús.

Pidamos al Señor la gracia de un corazón nuevo, capaz de acoger y de vivir el gran mandamiento. Que interceda por nosotros la Virgen María, en cuyo corazón inmaculado no hay más que amor.

León XIV

 Act: 25/10/26    @ángelus papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A