En el Domingo de Pentecostés

Plaza San Pedro
Vaticano, 24 mayo 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En esta solemnidad de Pentecostés estamos llamados a contemplar el don del Espíritu Santo, derramado en abundancia sobre la Iglesia naciente y hoy nuevamente dispensado a sus miembros, como luz y fuerza que los acompaña en cada momento de la vida.

Podemos detenernos en una imagen del Espíritu que nos da la liturgia de hoy: la del Espíritu que abre las puertas. En efecto, el evangelio nos dice que estaban «cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos» (Jn 20,19). Al mismo tiempo, el libro de Hechos de los Apóstoles nos narra que el Espíritu llegó como una ráfaga de viento (Hch 2,2) que, abriendo las puertas, impulsó a los discípulos a salir y anunciar la buena noticia de Cristo resucitado.

Hoy también nos podemos preguntar: ¿Qué puertas abre el Espíritu Santo?

La primera puerta es la del mismo Dios, en el sentido en que nos abre el acceso al misterio de Dios revelado en Jesucristo. Con el don de su Espíritu, Dios nos concede la verdadera fe, nos hace comprender el sentido de las escrituras, se nos muestra cercano y nos permite participar de su misma vida. El Espíritu Santo nos ayuda a tener una experiencia de Dios personal, a encontrarlo en Jesús (y no sólo en la observancia de una ley), a reconocerlo en nosotros y a descubrir los signos de su presencia en la vida ordinaria.

La segunda puerta es la del cenáculo o Iglesia. Sin el fuego del Espíritu, la Iglesia permanece prisionera del miedo, temerosa ante los desafíos del mundo, cerrada en sí misma, incapaz de entrar en diálogo con los tiempos que cambian. El Espíritu abre las puertas de la Iglesia para que pueda acoger y recibir a todos, incluso a aquellos que le han cerrado las puertas a Dios, a los demás, a la esperanza, a la alegría de vivir. Como recordaba Francisco I, estamos llamados a ser «una Iglesia que bendice y anima con las puertas abiertas para todos» (Homilía, 4-X-2023).

La tercera puerta es la de nuestros corazones, ayudándonos a vencer las resistencias, egoísmos, desconfianzas y prejuicios, y haciéndonos capaces de vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. Donde está el Espíritu del Señor nace la fraternidad entre las personas, los grupos, los pueblos de la tierra, y todos hablan el único lenguaje del amor que une y armoniza las diferencias.

Hermanos y hermanas, en nuestros días debemos invocar al Espíritu Santo, para que abra todas las puertas que aún permanecen cerradas. Necesitamos redescubrir a Dios como Padre que nos ama, edificar una Iglesia en la que todos se sientan en casa, crecer un mundo fraterno en el que reine la paz entre todos los pueblos.

Como los primeros discípulos, nos confiamos a la intercesión de la Virgen María, morada del Espíritu Santo y madre de la Iglesia.

León XIV

 Act: 24/05/26    @ángelus papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A