En el Domingo I de Cuaresma
Plaza
San Pedro
Vaticano, 22 febrero 2026
Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz domingo!
Hoy, Domingo de I Cuaresma, el evangelio nos habla de Jesús que, guiado por el Espíritu, va al desierto y es tentado por el diablo (Mt 4,1-11). Después de ayunar durante 40 días, Jesús siente el peso de su humanidad, el hambre a nivel físico y las tentaciones del diablo a nivel moral. Jesús enfrenta la misma dificultad que todos experimentamos en nuestro camino y, resistiendo al demonio, nos muestra cómo vencer sus engaños y sus trampas.
La liturgia, con esta palabra de vida, nos invita a considerar la cuaresma como un itinerario resplandeciente en el que, con la oración, el ayuno y la limosna, podemos renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible. Se trata de permitirle eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido causar en ella, y de comprometernos a hacerla florecer con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera.
Es verdad, se trata de un camino exigente, y existe el riesgo de que nos desanimemos o de que nos dejemos seducir por caminos de satisfacción menos agotadores, como la riqueza, la fama y el poder (Mt 4,3-8). Estas tentaciones, que también fueron las de Jesús, no son más que pobres sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos.
Enseñaba Pablo VI que la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte «que tiene como término el amor y el abandono en el Señor» (Paenitemini, 1). De hecho, la penitencia, al tiempo que nos hace conscientes de nuestras limitaciones, nos da la fuerza para superarlas y vivir, con la ayuda de Dios, una comunión cada vez más intensa con él y entre nosotros.
En este tiempo de gracia, practiquémosla generosamente, junto con la oración y las obras de misericordia; demos espacio al silencio, apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphone. Meditemos la palabra de Dios, acerquémonos a los sacramentos, escuchemos la voz del Espíritu Santo que nos habla al corazón, escuchémonos unos a otros en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades.
Dediquemos tiempo a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos. Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario. Entonces, como dice San Agustín, «nuestra oración, hecha con humildad y caridad, acompañada del ayuno y las limosnas, de la templanza y del perdón; practicando el bien y no devolviendo mal por mal, alejándonos del mal y entregándonos a la virtud, llegará al cielo y nos dará la paz» (Homilías, CCVI, 3).
A la Virgen María, madre que siempre asiste a sus hijos en la prueba, le confiamos nuestro camino cuaresmal.
León XIV
Act:
22/02/26
@ángelus
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