En el Domingo XVIII Ordinario
Plaza
San Pedro
Vaticano, 2 agosto 2026
Queridos hermanos, cuando se proclama el evangelio, con frecuencia escuchamos el relato de los signos realizados por Jesús. Se trata de gestos que manifiestan su especial entrega por nosotros, y la salvación que él trae al mundo. El Señor se presenta como aquel que da sentido a la vida, liberándola del mal y del pecado.
Cristo, al dar la vista a los ciegos y hacer oír a los sordos, no sólo realiza acciones prodigiosas, sino que anuncia a todos que el reino de Dios está cerca. Por eso el evangelio de hoy (Mt 14,13-21) da testimonio de que Jesús no se limita a dar los sentidos a quien carece de ellos, sino que hace gustar a nuestros sentidos. Al sordo, que vuelve a oír, el Señor le dirige la buena noticia para que escuche. Al ciego, que ve nuevamente, le muestra la espléndida obra de la redención que se realiza en él.
Del mismo modo, Jesús da de comer al que tiene hambre. El episodio de la multiplicación de los panes significa que el encuentro con el Señor es una experiencia que nos alimenta. En el desierto, es decir, en el lugar de nuestras necesidades, Cristo es el pan de vida. Con él, lo esencial es sobreabundante pues «comieron todos y se saciaron» y sobraron «doce cestos llenos» (v.20). Este número demuestra que el don del Señor es universal, y que su providencia hacia nosotros nunca falla.
Queridos hermanos, Cristo sacia realmente el hambre de la humanidad, nuestra hambre de verdad y de vida. Al mismo tiempo, su gesto nos enseña que nada se pierde cuando se comparte. La acumulación y el descarte, en cambio, son las dos caras de un mismo mal: la avaricia.
Esta enfermedad del alma lleva a perder los sentidos porque embriaga de riquezas, hasta el punto de olvidar a aquellos que lloran de hambre y gritan de sed. De este modo, ante la opulencia de las cosas que se corrompen, están las manos tendidas de quienes no tienen qué comer, las casas destruidas de quienes no tienen paz.
En el desierto de la guerra y de la arrogancia, vemos con cuánta bondad el Señor, «alzó la mirada al cielo», «pronunció la bendición», «partió los panes y se los dio» a los discípulos, para que los repartieran a la gente (v.19). En este milagro de la caridad reconocemos las acciones típicas de Jesús, que encuentran su punto culminante en la Última Cena, donde el Hijo de Dios nos entrega su misma vida como nuestro hermano en humanidad.
Al saborear la gracia de la eucaristía, comprometámonos a testimoniar su belleza en nuestros gestos cotidianos, comenzando por la bendición de la mesa, cuando compartimos el pan en familia y entre los amigos. En compañía de Jesús, también las vacaciones pueden convertirse en tiempo de serena fraternidad, incluyendo a quienes están a nuestro lado y pasan necesidad.
Pidamos pues a la Virgen María, madre premurosa, que nos haga crecer en la caridad, para que a nadie le falte el pan cotidiano.
León XIV
Act:
02/08/26
@ángelus
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M
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R C A B A
M U R C I A
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