En la Solemnidad de la Ascensión

Plaza San Pedro
Vaticano, 17 mayo 2026

Queridos hermanos y hermanas, en muchos países del mundo se celebra hoy la solemnidad de la ascensión del Señor.

La imagen de Jesús que, elevándose desde la tierra sube al cielo (Hch 1,1), puede hacernos percibir este misterio como un acontecimiento lejano. En realidad, no es así. Nosotros, de hecho, estamos unidos a Jesús como los miembros a la cabeza, en un solo cuerpo, y su ascensión al cielo nos atrae también, con él, hacia la plena comunión con el Padre. San Agustín decía a este propósito que «la cabeza va delante, y eso es garantía para los miembros» (Homilías, CCLCV, 1-2).

Toda la vida de Cristo es un dinamismo ascendente, que abraza y envuelve, a través de su humanidad, todo el escenario del mundo, elevando y redimiendo al hombre de su condición de pecado, llevando luz, perdón y esperanza allí donde había tinieblas, injusticia y desesperación, para llegar a la victoria definitiva de la Pascua, en la que el Hijo de Dios «muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida» (Prefacio de Pascua, I).

La ascensión, entonces, no nos muestra una promesa lejana, sino un vínculo vivo que nos lleva también a nosotros a la gloria celestial, ampliando y elevando (ya desde esta vida) nuestro horizonte y acercando cada vez más nuestro modo de pensar, de sentir y de actuar a la medida del corazón de Dios.

Nosotros conocemos el camino de este itinerario ascendente (Jn 14,1-6). Lo encontramos en Jesús, en la entrega de su vida, en sus ejemplos y en sus enseñanzas, como también vemos sus huellas en la Virgen María, en aquellos que la Iglesia ofrece como modelo universal (los santos) y en aquellos "de la puerta de al lado" (Francisco I, Gaudete et Exsultate, 7), con los que vivimos cada día (papás, mamás, abuelos, personas de todas las edades y condiciones) y con alegría y compromiso se esfuerzan sinceramente por vivir según el evangelio.

Con ellos, con su apoyo y gracias a su oración, podemos aprender también nosotros a subir día a día hacia el cielo, haciendo objeto de nuestros pensamientos «todo lo que es verdadero, justo, amable» (Flp 4,8), poniendo en práctica «lo que hemos «oído y visto» (Flp 4,9), haciendo crecer en nosotros y en nuestro entorno la vida divina que recibimos en el bautismo, impulsándonos constantemente hacia lo alto (hacia el Padre) y difundiendo en el mundo frutos preciosos de comunión y de paz.

Que nos ayude la Virgen María, reina del cielo, que en todo momento ilumina y guía nuestro caminar.

León XIV

 Act: 17/05/26    @ángelus papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A