En el Domingo XX Ordinario
Plaza
de Libertad
Castel Gandolfo, 16 agosto 2026
Queridos hermanos, ayer contemplábamos a la Virgen María en su relación indisoluble con su Hijo, en la que ni siquiera la muerte pudo interrumpir esa comunión de alma y cuerpo, que es vida eterna.
Así lo demuestra hoy la mujer cananea protagonista del evangelio proclamado en la liturgia (Mt 15,21-28). Aunque no pertenece a su pueblo y vive en una región extranjera, intenta con insistencia hablar con Jesús, siguiéndole como una discípula que ya tiene un vínculo con él. Probablemente nunca se habían encontrado, pero, misteriosamente, la fe ya había surgido en ella. No desea algo para sí misma, sino la paz para su hija atormentada, y confía en Jesús, a quien reconoce como el mesías, descendiente de David (v.22).
El evangelista no oculta los obstáculos a los que se enfrenta esta mujer. En primer lugar, los discípulos la ven como una persona molesta, y el propio Jesús se resiste a sus peticiones. De hecho, el Maestro se había retirado a aquella región (v.21) y podemos imaginar que, como en otras ocasiones, buscaba un lugar apartado donde orar y formar a los suyos.
Sin embargo, en este momento ocurre algo inesperado. Al meditar sobre ello, podemos comprender la obediencia de Jesús, que cumple su misión dejándose conmover por lo que ve y lo que oye. Al final, Jesús le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas» (v.28).
También hoy la Iglesia puede dejarse sorprender por la obra de Dios y comunicar la paz de Cristo más allá de las fronteras ya trazadas. Su misión es anticipada por la gracia divina, que actúa en lo más recóndito de las conciencias, de modo que en cada encuentro, incluso en aquellos que trastocan nuestros planes, hay que aguzar el oído, abrir los ojos y el corazón a lo que Dios quiere decirnos.
De la mujer cananea aprendemos la humildad y la determinación. Gracias a su fe, aprendemos que la mesa de Dios está preparada para todos y que a nadie le corresponden las migajas (vv.26-27), porque cada uno tiene su propio lugar junto al Padre. A la luz de esta fe, resultan insoportables las desigualdades, las discriminaciones y las barreras que pisotean la dignidad de tantos hijos e hijas de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, somos la Iglesia de Jesucristo en un mundo atormentado, en un mundo que busca la paz. A María, nuestra madre, le pedimos que interceda por nosotros. De sus labios brota «el himno más fuerte e innovador que jamás se haya pronunciado, el Magníficat» (León XIV, Magnifica Humanitas, 244). Se trata del canto de quien ya ve la realidad con la mirada de Dios, y por eso no pierde la esperanza y actúa con caridad.
León XIV
Act:
16/08/26
@ángelus
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