José
Luis Martín Descalzo:
Yo he llegado a cura
No,
yo no he sido secretario de Hitler, ni he descubierto una isla desconocida, ni
he ido a la Luna, ni he atravesado el Atlántico en un cascarón de nuez. He
hecho una cosa mucho más difícil y, sobre todo, más importante que ésas: yo
he llegado a cura. Sí, hace dieciocho días que dije mi primera misa, y veinte
que fui ordenado sacerdote; es decir, hace exactamente cuatrocientas ochenta
horas soy uno de los hombres más importantes de la tierra. ¿Que exagero? Veréis.
Nací en el mes de agosto de 1930, y tenía, por tanto, en aquel invierno de
1942 doce estupendos años. Porque lo que voy a contaros sucedió en la noche
del 27 al 28 de diciembre. Mi padre era escribiente en el Ayuntamiento de León,
y aprovechando sus vacaciones de Navidad nos habíamos ido a pasar las fiestas
con don Cosme, hermano de mi madre y cura de San Cebrián de Arriba. El buen
cura nos escribía siempre antes de Navidades, quejándose de que estaba muy
solo, y todos los años acababa enterneciendo a mi madre, y allí nos íbamos
los cinco –mis padres, mis dos hermanitas y yo–, aunque a mi padre le
fastidiase la cosa, pues el día 27 tenía que dejarnos y pasar solo, en León,
los cuatro últimos días del año, para volver después a recogernos. Esto
cuando no teníamos la suerte de que la nieve nos aislase y mi padre no pudiese
bajar a su trabajo, con un disgusto, fuerte en intensidad aunque corto en duración,
por parte de don Fabián, el secretario. No sucedió así aquel año, y aquella
mañana había salido mi padre hacia la capital en el coche de línea. El coche
patinaba medianamente sobre la nieve, pero no por eso había dejado de pasar.
Recuerdo que quedé algo mustio con su marcha, porque mi padre, que en León era
serio, parecía empequeñecerse en cuanto llegaba a San Cebrián. Quizá fuera
el no tener trabajo lo que le hacía acercarse a mí hasta pasarse el día haciéndome
casas y figuras de corcho para el Nacimiento, que crecía de año en año.
Así, pues, me pasé aquel día 27 bastante aburrido, y menos mal que por la
tarde tuve el entretenimiento de ver caer la nieva. Era éste un espectáculo
que me alucinaba y me hacía pasar horas y horas con la nariz aplastada contra
los cristales, sin tener noción del tiempo.
Cuando llegó la noche me sentía desilusionado de aquel 27 de diciembre, que
tan pocas novedades había traído. Tenía necesidad casi física de vivir
alguna aventura, de que pasase algo, aunque sólo fuese por desentumecer las
piernas, que me pedían una carrera.
Les presento a tío cura
En el viejo cuarto de estar golpeaba un reloj que marchaba más de prisa que los
pase le mi tío, que resonaban en el despacho. Mi tío era un hombre de esos a
quienes hay que querer en cuanto se les conoce. Tenía el pelo gris y dos
grandes arrugas surcaban la frente, sin que ninguna de estas dos cosas
consiguieran hacer menos brillante su mirada ni apagar su sonrisa constante. Yo
escuchaba sus pasos lentos y sabía que de un momento a otro abriría la puerta
y diría: «Qué, ¿está la cena?»
En el cuarto de estar, mis hermanas hacían comiditas en un rincón. Yo jugaba
con Laurel, un canelo de dos años a quien habíamos tenido que meter en casa
porque la nieve casi taponaba la puerta de su caseta. El animal jadeaba, cansado
ya de saltar inútilmente a la caza del terrón que yo levantaba en la mano. De
pronto, Laurel se puso rígido, estiró las orejas y lanzó un ladrido agudo,
que hizo que mis hermanas levantaran a un tiempo la cabeza. Fue entonces cuando
oímos que un caballo se acercaba calle abajo, se paraba a nuestra puerta.
Llamaban.
Mi madre tiró de la soga, y al tiempo se abrieron la puerta de la calle y la
del despacho de mi tío, que apareció en ella con el breviario en la mano.
Abajo había un hombre mal afeitado y con la pelliza salpicada de nieve. Dijo:
–¿El señor cura?
Y cuando vio a mi tío:
–En Roblavieja, que se ha puesto muy mala la señora Juliana. Me dijo el médico
que le avisase, que a lo mejor no pasa de la noche. Yo bajo a San Esteban a
buscar medicinas.
Cuando la puerta de abajo se cerró y oímos alejarse los cascos del caballo, mi
tío dijo:
–Las botas, Matilde.
–¿Vas a ir? –mi madre temblaba al decirlo.
–Debo ir.
Mi tío dijo esto con naturalidad, sin forzar siquiera el tono. Mi madre se
mordió los labios y se fue a la cocina sin contestar. Sabía que protestar era
inútil. Luego, mientras mi tío cenaba de prisa, oyó que mi madre lloraba.
–No seas tonta –dijo–, son cuatro kilómetros. Estoy allí en una hora.
–Pero es de noche, y con esta nieve...
–Conozco esto de sobra. Son treinta años haciendo este camino.
A mí me parecía que el reloj de la sala golpeaba ahora más fuerte. Y hasta
notaba la habitación más fría, tal vez por el viento que había entrado
mientras la puerta había estado abierta.
Cómo me vi metido en la aventura
–Cosme –dijo mi madre.
–¿Qué?
Mi tío no volvió la cabeza al contestar.
–¿Por qué no va contigo el niño?
Fue ahora cuando el cura volvió con violencia la cabeza. –¿Estás loca?
dijo.
–Me quedo más tranquila.
Mi madre era así, le gustaba hacer las locuras completas, o tal vez es que,
simplemente, presagiaba lo que iba a ocurrir. Y ya no hubo manera de convencerla
de lo contrario, y así fue cómo aquella noche me encontré caminando sobre la
nieve al lado de mi tío.
Había dejado de nevar y el aire estaba tibio. Había salido la luna, que daba a
la nieve una luz extrañamente blanca. Cuando salimos del pueblo, el reloj de la
torre dio las diez de la noche. Estaban cerradas todas las puertas y las últimas
luces temblaban detrás de las ventanas. Mi tío iba embozado en su manteo, bajo
el que ocultaba la caja de los sacramentos. Yo iba físicamente embutido en el
abrigo y la bufanda y caminaba a saltos para no helarme los pies.
La primera parte del camino fue fácil; pero cuando llevaríamos andados cerca
de tres cuartos de hora se ocultó la luna y comenzó otra vez a nevar. Se
levantó un frío que cortaba y que hacía llorar. La noche se había puesto muy
oscura y no había más luz que la que despedía el brillo de la nieve. Fue
entonces cuando yo comencé a tener miedo de veras, porque noté que mis pies se
hundían más que antes, y tuve la sensación de que nos habíamos salido del
camino. Miré a mi tío sin atreverme a hablar, y vi en sus ojos idéntico
temor. Nos detuvimos. Sí, realmente, el suelo fallaba y la profundidad del
suelo donde poníamos el pie era diferente a cada pisada. Se veían ya algunas
luces de Roblavieja y el pueblecito se dejaba ver como una mancha más oscura.
Pero ¿y el camino? No había posibilidad de adivinarlo, ya que la nieve estaba
tendida como una capa, que no permitía adivinar dónde estaba el suelo firme y
liso.
Los leños en el fuego
Seguimos andando a la ventura, y ahora el pavor estaba ya en mi corazón. Y
entonces fue cuando sucedió lo que tenía que suceder, lo que estaba señalado
para esta fecha desde la eternidad. Y todo fue sencillo, como una lección bien
aprendida. Mi tío perdió tierra y cayó, dando un grito. Yo corrí hacia él e
intenté ayudarle a ponerse en pie. Pero fue inútil. No podía ponerse en pie y
ya no volvería a caminar más.
–Vete –me dijo–. Corre al pueblo y avisa que vengan a buscarme.
–¿Cómo voy a dejarle a usted aquí?
ion estar tú conmigo no se gana nada. Anda, vete corriendo, no pierdas más
tiempo. Corre cuanto puedas.
Lo demás todo fue muy rápido. Corrí como un loco hacia el pueblo, sin atender
en absoluto al peligro que también yo corría. Aporreé la puerta de la primera
casa hasta hacerme daño en los nudillos. La noticia corrió de casa en casa, y
poco después unos veinte hombres y varios perros me acompañaban al lugar donde
había dejado a mi tío. Mientras, seguía nevando, y los ladridos de los perros
eran secos y parecía que hicieran daño en el silencio. Mi tío estaba sin
sentido, pero vivo todavía. Cuando le levantaron quedó en medio de la nieve
removida una mancha de sangre que chillaba entre la blancura. Envuelto en una
manta le llevaron hacia el pueblo. Abrió los ojos y pidió que le llevaran a
casa de la enferma.
–De morir, morir haciendo bien –dijo.
Le arrimaron al fuego y se fue reanimando, mientras el médico vendaba la
pierna, toda roja. Cuando estuvo un poco más repuesto pidió que le acercaran a
la cama de la enferma, que era una viejecita arrugada que hablaba con rápidos
chillidos. Había mucha gente en el cuarto, y yo noté que todos apretaban los
labios como queriendo contener el llanto. Yo me quedé junto al fogón, sin
acabar de comprender lo que
pasaba; era demasiado grande aquello para mi pequeña cabeza. Me entretuve en
contemplar las llamas amarillas y rojas que subían y bajaban en los leños. Ponía
los ojos en un tronco y le veía prenderse, llenársele de fuego las entrañas y
luego irse doblando, crujir con un chasquido de cansancio, y poco a poco
convertirse en ceniza. Cuando los troncos consumidos se habían hecho polvo, venía
una muchacha con una brazada de leña y rellenaba el fogón. Yo perdí la noción
del
tiempo, porque mi tío y la vieja parecían no cansarse de hablar. Sólo sé que
la chica de la leña rellenó por lo menos tres veces el fogón con leña nueva.
Yo oía desde lejos la respiración ahogada de mi tío –una respiración
irregular, como una máquina estropeada–, y entonces, no sé cómo, le vi como
uno de aquellos troncos que iban desfalleciendo en el fogón. Le veía doblarse
lentamente hasta que al fin cayera. Pero veía su sonrisa clara, que tampoco
ahora se apagó; su alegría de morir en un acto de servicio, morir calentando a
los demás y agotarse para dar puesto a otro leño que vendría tras él, para
morir también en el fogón. Fue entonces cuando se me ocurrió de repente –¿cómo?–
que por qué no iba a ser yo el leño que le sustituyera. No sé, nunca se sabe
cómo se ocurren las grandes ideas.
A1 día siguiente las campanas de los dos pueblos tocaron a muerto, ¡aunque
parecía que tocaban a gloria! Yo estaba como abstraído, como fuera de mí. La
gente pensaba que era tristeza por la muerte de mi tío; pero ¿cómo iba a
entristecerme una muerte tan estupenda? Me parecía tan terriblemente hermosa
aquella muerte, que empecé desde entonces a soñarla para mí. Y era este sueño
lo que obsesionaba mi cerebro infantil.
Pocos días después volvía con mi madre a León, y en el coche iba con
nosotros una Comisión a pedir al obispo un nuevo cura. Me llevaron con ellos al
Palacio. El obispo era viejo, pequeño y arrugado, y yo noté que le temblaban
los labios cuando le conté la escena de la caída. Luego, el alcalde dijo que
tenía que mandar dos curas –uno para cada pueblo–, «para que aquello no
volviese a suceder». El obispo levantó entonces una mirada triste. Se levantó
de la mesa y nos llevó hasta un mapa que tenía a la derecha de su mesa. Dijo.
–Miren: todos estos puntos negros son pueblos sin sacerdote. Lo que ha pasado
en San Cebrián puede pasar en otros cien pueblos. Pero, ¿cómo arreglarlo? ¿a
dónde vamos por los sacerdotes?
Fue entonces cuando yo sentí que todo mi corazón temblaba. El obispo me había
puesto la mano en la cabeza. Dije:
–Yo... Yo... –y luego, con más valor–: quiero llenar el puesto de mi tío.
Así; todo tan sencillo. Al obispo se le llenaron los ojos de sonrisa. Dijo:
–Dios te bendiga, hijo mío.
Un cura de juguete
En octubre entré en el Seminario. De esto hace ahora doce años. ¡Oh, no, no
fue todo fácil! El sueldo de mi padre era corto, y hubo que estirarlo para
pagar la pensión. A mí no me lo decían; pero yo supe más tarde que mi padre
tuvo que hacer horas extraordinarias para poder pagármela, y que desde que yo
entré en el Seminario no supieron en casa qué era el postre. Pero, sin
embargo, nuestra alegría era cada día mayor. Yo me sentía en mi sitio en el
Seminario, y estaba orgulloso de mi destino de ser un leño que diese calor a
los demás, al mundo, que tanto lo necesitaba, y mis padres eran felices al
verme feliz y al saberme escogido por Dios para aquella cosa estupenda de ser
ministro suyo.
Mi madre decía: «Doce años.., ¿tú sabes lo que es eso?» A mí también me
parecía que no se iban a acabar nunca. Pero el tiempo avanzaba. Recuerdo ahora
mi primera sotanita y lo que Pili y Conchi se rieron cuando me vieron con ella.
–Eres un cura de juguete, eres un cura de juguete –repetían.
Y yo me reía también y sentía una alegría inexplicable al pensar que aquel
juego se acabaría un día. Sí, había horas largas y aburridas –¡oh,
aquellas declinaciones griegas, aquellos verbos irregulares latinos!–; pero ¿y
las horas estupendas? ¿Y los partidos de fútbol de todas las tardes, y, sobre
todo, aquella ordenación solemne de fin de curso? ¡Qué envidia me daba cada año
el ver salir una nueva hornada de compañeros, y al ver que para mí los años
avanzaban tan despacio!... Y, sin embargo, la verdad era que el tiempo corría
desaforadamente y que los cinco años de Latín en primero de Filosofía me
parecieron cortísimos, como me parecieron insignificantes los tres de Filosofía
cuando empecé la Teología. Y luego los cuatro últimos..., aquello era ya
cuesta abajo.
Yo recordaba siempre a mi tío en cada sacerdote que veía, y aquella noche de
nieve cada vez que nuestro patio aparecía blanqueado; recordaba sobre todo
aquel fogón en que los leños iban consumiéndose. Y pensaba: «Dentro de
cuatro años me tocará a mí arder y también calentar y alumbrar. ¿Qué sería
de nosotros sin este fuego vivificador?> « En los pueblos sin sacerdote
–pensaba– deben tener un invierno perpetuo».
El juego va de veras
Y he aquí que también los cuatro años de Teología se fueron en un vuelo y
llegó esa fecha soñada en que a mi corazón bajaría el gran fuego, el día en
que yo sería convertido en ministro de Cristo. ¿Cómo queréis que os describa
esto? ¿Es que se puede contar?
Éramos ocho. Recuerdo cómo avanzábamos temblorosos, sabiendo que la gran hora
había llegado. El obispo nos ungió las palmas de las manos, y yo sentí en
aquel momento que mis manos ya eran iguales que las de mi tío y que ya podía
yo ir a llenar su puesto en la brecha. Sentí el tremendo misterio de la entrada
de Cristo por mis venas. De pronto yo cesaba de ser el niño de siempre, dejaba
de ser el cura de juguete que decían mis hermanas, para ser ya de veras el
ministro de Cristo, el hombre que con media docena de palabras haría los más
prodigiosos milagros.
Mis padres me abrazaron. Mi madre tenía dos surcos rojos en la cara y sólo sabía
decirme: « ¡Hijo, hijo, hijo!» Mi padre, ni eso. Apretaba los labios y se
notaba que hacía fuerza para no llorar. Pili y Conchi me miraban con admiración
y casi con respeto.
Invadido por Dios
Dos días después fue la primera misa. Y éste sí que fue día. Vino toda la
familia, hasta los tíos de Barcelona que aún no conocía. Yo subí tembloroso
al altar. Comprendía que mi vida había llegado a su meta. Tanto soñar esta
hora, y ya había llegado. Yo sentía entonces una alegría como nunca había soñado
que pudiera sentirse. Me sentía tan lleno de Dios, tan misteriosamente invadido
por su presencia, que hubiera querido volverme a contárselo a todos, salir a la
calle y detener a la gente para explicárselo. Yo sabía que mis manos ya no
eran mías, ni eran míos mis labios, porque bastaba con que yo pronunciara seis
palabras para hacer el más grande de todos los milagros: convertir un pedazo de
pan en el Cuerpo de Cristo.
Y entonces venía a mi memoria toda mi vida. Aquellos años infantiles de romper
zapatos en el fútbol y jugar a las canicas –¡y mis manos, Señor, aquellas
manos...!– Recordaba, sobre todo, aquella noche de diciembre y me parecía que
ahora yo estaba repitiéndola. Tanto, que cuando subí al altar tuve la sensación
de oír el reloj que aquella noche había dado las diez campanadas. Y cuando me
acercaba a la Consagración me parecía como si me hundiese en tierra, igual que
aquella noche en la nieve. Me temblaba el corazón como entonces, aunque esta
vez no de miedo, sino de gozo.
Oía desde el altar el sonido de las bocinas de los coches que pasaban por la
calle, el metralleo de las motos que tomaban la curva, y pensaba: «El mundo
sigue rodando, los obreros trabajan en sus fábricas, los oficinistas se
inclinan sobre las máquinas de escribir, las amas de casa acercan los pucheros
a la lumbre y nadie de ellos conoce esta cosa estupenda que aquí está
sucediendo. Pero Dios sí lo sabe. Dios está ahora pendiente de mis labios,
olvidándose de todo el resto de la tierra. Porque cuando yo digo las palabras
–las seis milagrosas palabras...–, Él vendrá a mis manos para que yo me
vuelva y le distribuya a los hombres».
Demasiada, demasiada alegría
Cogí el pan entre mis manos –pan ya por pocos instantes– y dije lentamente
las misteriosas palabras. Sentí al hacerlo un gozo intenso, algo como si en
aquel instante me hubieran vaciado por dentro y me hubieran metido un alma
distinta, el mismo Ser de Cristo. Me arrodillé ante el misterio que acababa de
realizar. Y no puedo deciros si temblaba o si reía. Aquello pasó en un mundo
que hoy no consigo recordar. Creo que en el coro sonaba suave el órgano,
supongo que sonó la campanilla, me imagino que fueron muchos los que se
estremecieron cuando elevé la Hostia, pienso que mis manos temblarían al
hacerlo. Pero todo esto pasaba en un mundo que en aquellos instantes no era el mío.
Lo que verdaderamente pasaba entre mis manos quedaba más allá, mucho más allá
de cuanto yo pueda deciros.
Luego elevé la Sangre. ¡La Sangre! ¡La Sangre que redime y cambia el curso de
la Historia! La Sangre que nos hizo hijos de Dios. Apretaba el cáliz por miedo
a derramarla, y casi se me cae con el afán de asegurarle bien.
Después de arrodillarme por segunda vez ante el cáliz, me detuve un instante
como abrumado por el peso de cuanto acababa de hacer. No tenía ni fuerzas para
levantar los brazos, me había quedado sin respiración. Y no era miedo, no, lo
que sentía; era una sensación de alegría aplastante la que me llenaba, algo
absolutamente distinto de cuanto había sentido hasta este momento, algo que no
podré describir porque nunca acabaré de comprenderlo.
Doy la Comunión a mis padres
Al llegar la Comunión me volví con el Señor entre mis dedos. En el
reclinatorio me esperaban mis padres.
Corpus Domini Nostri... «Madre, que es el Cuerpo de Cristo lo que te doy a
cambio de mi cuerpo». Pensé: «¡Qué contrastes! Yo doy a quien me hizo, el
Cuerpo de Quien la hizo». Y después: «¿Recuerdas aquella noche nevada de
diciembre? Aquella muerte de entonces nos mereció esta vida, madre. ¿Recuerdas
la despedida de cada año al ir al Seminario? Segundo ya, tercero...> Y
luego: «Faltan siete, y cuatro, y dos». Y luego, llorar a cada misa nueva que
veías y pensar: «Dentro de nueve meses, de seis, de tres...» Y ahora, madre,
ahora todo. Ahora, sí, tu hora. Ya merece vivir para ver esto. Que el Cuerpo de
Nuestro Señor Jesucristo custodie tu alma para la vida eterna, madre mía. Así,
deja que pase la Hostia blanca que yo he consagrado, entre dos ríos de lágrimas,
las más dulces lágrimas de tu vida.
Corpus Domini Nostri... –dije–. «Padre, tú, sin llorar, pero con los
labios prietos, serenando la emoción; tú siempre un poco al fondo de la casa,
silencioso, pero todos sabiendo que tú estabas allí, que tu mano estaba allí
para cuando fuera necesaria. Tú, lejos de la casa, pero sabiendo que la casa
vive gracias a ti. Tú, escribiendo siempre, pero sabiendo que ahora más que
nunca estaba Dios entre tus papeles. No tiembles ahora, padre mío; abre los
ojos bien. Sí, es tu hijo el que pone la Hostia sobre tu lengua, sobre tu
lengua temblorosa».
¿Para qué sirven los curas?
Cuando acabó la misa me senté en un rincón de la iglesia y allí estuve largo
rato, como intentando explicarme a mí mismo lo que había sucedido. Todo en mi
vida era distinto, comenzaba a sentirme útil y mi existencia empezaba a servir
para algo. Me veía entre los hombres con las manos llenas de amor y siendo como
un canal entre ellos y Dios, un canal por el que bajarían las gracias del
Cielo, por el que subirían las oraciones de la tierra. Me veía derramando el
agua santa sobre la frente de los niños, y acompañando los últimos minutos de
los moribundos; perdonando a los jóvenes sus pecados– ¡ah, y viéndoles
marcharse contentos, con una nueva alegría!– y bendiciendo los nuevos hogares
en que se perpetuaría la vida. Veía a los niños arrodillados, puros y
angelicales, ante el altar, y yo bajaba hasta ellos y les ponía el Cuerpo del
Señor sobre la lengua. Yo rezaba también sobre los muertos, y mi bendición
era lo último que descendía sobre sus tumbas entre las paletadas de tierra. Yo
bendecía las casas, y los animales, y los frutos, y hablaba a los hombres de
Dios, y por ellos, por todos ellos, levantaban en las manos la Hostia blanca, en
la que Cristo se nos mostraría y vendría a vivir entre nosotros. < Sí
–pensé–; mi vida comienza a servir para algo».
Y aunque pasó este maravilloso día, puedo aseguraros que no pasó del todo,
porque aquella alegría de la misa primera ha comenzado a repetirse cada mañana,
si cabe, más profunda y más serena, ya sin nervios. Y, sobre todo, he
comprendido más, cada minuto que ha ido pasando, que esta alegría no se me
daba sólo para mí; que el sacerdocio no era una cosa para mi uso personal; que
aquel fuego se me había dado para que yo lo repartiera a los demás.
Un pueblecito
Por eso la gran alegría cuando aquella carta con sobre azul llegó a mis manos.
Temblaba antes de abrirla. Me marcaba mi destino: un pueblecito en la montaña.
Y aquí estoy. Llegué tarde, y desde el primer momento comprendí con una emoción
inexplicable que es igual que San Cebrián de Arriba. Recostado en la ladera de
los Picos de Europa, con una iglesia pequeña y pobre, pero clara, que tiene un
sagrario de madera dorada y una Virgen de escayola con túnica rosa y manto
azul. Con 180 casas apretadas las unas con las otras, como para defenderse
mutuamente de la nieve. Y con gente sencilla que a mi paso se quita la gorra y
dice: «Ave María purísima». Esta mañana dije mi primera misa entre ellos, y
al volverme a decirles: « El Señor esté con vosotros», me daba la impresión
de conocerles de antiguo, de haber visto sus caras en otro sitio. Y de pronto
comprendí que les había visto en mi corazón, de tantas veces como había soñado
por ellos.
Tengo también otro pueblecito encargado a cinco kilómetros; un tenue caminito
los une, un camino que la nieve borra en el invierno. Pienso que ya estoy
ardiendo, que soy el leño en el fuego, el fuego que ilumina, que calienta; que
ése es mi destino: consumirme en un acto de servicio, en un glorioso acto de
servicio a los hombres. ¡Y estoy tan orgulloso con este destino!
¿Cuánto durará? ¡Qué importa eso! Quizá sean muchos años, como mi tío;
quizá sólo unos meses, puede que unos días; quién sabe si esta misma noche
no nevará y estará borrado el camino que lleva a Castales y llegará uno a
caballo a llamar a mi puerta. Por eso tengo que darme prisa, tengo que buscar en
seguida alguien que me sustituya, que siga en la brecha si yo muero. Este fuego
no puede –¡no puede!– extinguirse, porque con él se apagaría el mundo.
¿No oís? ¡Callad! ¿No oís un caballo que se acerca en la noche? Sí, ya está
ahí. Se ha parado a mi puerta. Va a llamar. Necesito buscar urgentemente –ur-gen-te-men-te–
un niño que venga esta noche conmigo, que se disponga a llenar mi vacío si yo
muero. Porque el caballo se ha detenido y van a llamar. ¿No lo oís? Se ha
detenido, sí, a mi puerta. Va a llamar. Va a llamar...
Tomado de "Relatos de un cura joven", Edibesa, Madrid, 1997, p. 95.
Publicado originalmente en febrero de 1957