Capítulos 14-15

La salida de Egipto

13,17-22

Llegamos finalmente al momento decisivo del Exodo. Después de tantas incertidumbres, por fin escuchamos: «Los israelitas salieron...»

Se nos da también la clave: «El Señor iba al frente de ellos». La salida de Egipto, después de tantas dificultades y obstáculos, va a ser obra enteramente suya. El Señor camina con ellos; más aún, dirige las operaciones. Su presencia guiadora es real y, sin embargo, misteriosa, inasible: esto es lo que simboliza la nube. Y esta presencia los acompaña de día y de noche, es decir, siempre: la totalidad del Camino y de la vida de este pueblo, con todas sus peripecias, se realiza bajo la guía de esta nube, de esta presencia invisible... Lo mismo que la nuestra.

14,1-4: De nuevo, el plan de Dios

Como en todos los acontecimientos anteriores la palabra del Señor da las instrucciones sobre lo porvenir, con todo detalle y precisión. La palabra de Dios dirige la historia.

Esta palabra nos asoma al designio de Dios. Nos indica que aún aparecerán dificultades. Pero ya hemos comprobado ampliamente que su palabra se cumple siempre y que su designio es irrevocable. «El Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos, pero el plan del Señor subsiste por siempre...» (Sal 33,10-11).

Podemos mirar las dificultades con serenidad: Dios las conoce, las tiene previstas, forman parte de su plan; más aún, nos dice su sentido: «Manifestaré mi gloria a costa del Faraón y de todo su ejército». Todos los obstáculos para que se realice el plan de Dios en realidad son permitidos en función de esto: para que Dios manifieste más nítidamente su gloria, para que se ponga más de relieve quién es El y cuán grande es su poder salvador, su bondad, su sabiduría... Encontramos un eco de esta afirmación en las palabras de Jesús a propósito del ciego de nacimiento: «Ni pecó éste ni sus padres; es para que se manifiesten en él la obras de Dios» (Jn 9,3).

14,5-14: La hora de la fe

Una vez situados en el plan de Dios, el autor sagrado continúa el relato del éxodo. Y lo hace presentando una dificultad para la realización de este plan que parece ser definitiva. El texto se detiene ampliamente a considerar el alcance de la oposición que plantea el Faraón: «Tomó seiscientos carros escogidos, y todos los carros de Egipto, montados por sus combatientes...» «Los egipcios los persiguieron: todos los caballos, los carros del Faraón, con las gentes de los carros y su ejército...»

Hasta ahora el Faraón había respondido con su palabra, con sus órdenes; ahora responde con su ejército, desplegando todo su poder militar; más aún interviene él mismo en persona. (v.6).

Es importante resaltar este aspecto: precisamente cuando Dios ha empezado a actuar de manera decisiva, el Faraón pone en juego todo su poder para poner en jaque al pueblo de Dios. Es algo que contemplamos en toda la historia de la salvación. Lo vemos también en la vida de Cristo: justo en el momento de realizar la redención de la humanidad, Jesús exclama: «Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22,53). Lo vemos en el Apocalipsis, que pone de relieve el combate entre Cristo y Satanás, el adversario de Dios y de sus planes. Lo vemos en la historia de la Iglesia, pues cada vez que surge un verdadero santo, un hombre de Dios, todos los poderes del infierno se desatan contra él para impedir que se realicen los planes de Dios. Es ésta precisamente la razón última de las persecuciones...

Deberíamos ser más realistas, deberíamos tener más en cuenta la acción de Satanás y del Anticristo que actúan ya en este mundo (Ap 12,17; 1Pe 5,8; 1Jn 4,1-3). Deberíamos ser más realistas, para luchar con las armas de Dios (Ef 6,11ss), las únicas que pueden vencerle. Deberíamos ser más realistas para entender que toda esta situación es misteriosamente permitida por Dios para manifestar su gloria a costa de Satanás y de todo su ejército (cfr. v.4), pues todo ese poder Cristo lo aniquilará con el soplo de su boca (2Tes 2,8). Deberíamos ser más realistas para comprender toda la grandeza y todo el alcance del combate en que estamos embarcados.

Finalmente leemos: «Y les dieron alcance mientras acampaban junto al mar». Conviene caer bien en la cuenta de la situación: los israelitas se encuentran encerrados, sin salida, entre el enorme ejército del Faraón que viene en su persecución y el mar que les cierra el paso. La situación es ciertamente desesperada, sin salida... En este sentido tienen razón los israelitas cuando exclaman: «¿Acaso no había sepulturas en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto?» (vv.11-12). En este sentido son realistas: humanamente hablando no hay solución, la única perspectiva es la muerte.

En esta situación reniegan de haber hecho caso a Moisés y haber salido de Egipto. Por eso le echan en cara: «¿Qué has hecho con nosotros sacándonos de Egipto? ¿No te dijimos claramente en Egipto: Déjanos en paz, queremos servir a los egipcios?». Se sienten defraudados, engañados. Por otra parte, el pueblo que clamaba por su liberación ahora prefiere la esclavitud; aún habiendo experimentado que la esclavitud era peor que la muerte, la situación desesperada les hace exclamar: «Mejor nos es servir a los egipcios que morir en el desierto». La falta de esperanza conduce a la esclavitud e impide ser libres.

La historia se repite. Cuando Dios interviene (como en la primera actuación de Moisés en el cap.5) los cosas parecen ir a peor. Pero es que al Señor le agradan las situaciones-límite. Le gusta que el hombre compruebe por experiencia sus límites, su incapacidad, su nada de criatura. Sólo entonces puede percibirse que la obra es suya, que quien salva es El (Lc 5,4-7; Jn 21,1-8). Pero ¡cuidado!: si en esas situaciones-límite es donde Dios más visiblemente manifiesta su gloria, también en ellas es más grande que nunca el peligro de volver atrás, de volver a Egipto; ante esa situación que se experimenta como muerte es fuerte la tentación de tornar a la esclavitud con tal de vivir en paz.

Sobre todo, contrasta la postura del pueblo con la de Moisés (vv.13-14). Parece que estuvieran contemplando situaciones distintas y sin embargo la escena que está ante sus ojos es la misma. Estaríamos tentados de considerar a Moisés un iluso y acusarle de poco realista si no fuera porque el narrador nos ha situado de antemano en el plan de Dios (vv.1-4). Pues bien, en ese plan de Dios se encuentra situado Moisés, hasta el punto de que ve la salvación como ya realizada. Parece como si estuviera ya en la otra orilla...

¿Cuál es, por tanto, la diferencia entre Moisés y el pueblo? Una sola, pero decisiva. Mientras el pueblo se queda en Moisés (y por eso le acusan de haberles sacado de Egipto y traído a morir en el desierto), Moisés cuenta con la presencia, invisible pero todopoderosa, del Señor: «El Señor peleará por vosotros, que vosotros no tendréis que preocuparos». Mientras el pueblo «ve» sólo a los egipcios (v.10), Moisés «ve» la salvación que el Señor está a punto de realizar: «Veréis la salvación que el Señor os otorgará en este día, pues los egipcios que ahora véis no lo volveréis a ver nunca jamás». La grandeza de Moisés está en que «ve» de antemano lo que el pueblo sólo verá después de realizarse (vv.30-31). En consecuencia, mientras los israelitas «temieron mucho» (v.10), Moisés está tranquilo: «No temáis, estad firmes».

Atinadísimamente, aludiendo a este pasaje, la carta a los Hebreos comenta: «Por la fe, [Moisés] salió de Egipto sin temer la ira del rey; se mantuvo firme como viendo al Invisible» (Hb 11,27). Nos ha dado así la clave última de la postura de Moisés: «Como viendo al Invisible». Moisés aparece así como el hombre de la fe. Dios permanece invisible a los ojos humanos; pero la verdadera fe, cuando es intensa «casi» le ve, detecta su presencia, percibe su acción... Es esta fe la que causa la firmeza de Moisés y le libra del miedo. Es esta fe la que sostiene su esperanza y la proyecta hacia el futuro. Es esta fe la que le lleva a vencer las dificultades (1Jn 5,4: «Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe»).

Moisés, que tantas dudas y vacilaciones había experimentado, es ahora el hombre de la fe. Dios le ha ido preparando por medio de pruebas y dificultades, por medio de signos y prodigios, para guiar al pueblo en nombre suyo. Ahora es el hombre de la fe, y gracias a esa fe se produce el milagro del éxodo: un milagro que realiza el Señor, pero que es hecho posible por la fe de Moisés.

Y ahí brilla también el «realismo» de Moisés. Vistas las cosas superficialmente el pueblo parecía realista, Moisés parecía ingenuo. Ahora vemos que Moisés tenía razón: los hechos se la han dado. Vemos que Moisés era realista y el pueblo no; en efecto, el pueblo veía con lucidez las dificultades, pero nada más, y ellas le conducían a la desesperanza total; Moisés, en cambio, veía ante todo a Dios, y las dificultades desde El, desde su presencia protectora y todopoderosa. En consecuencia, Moisés era el realista, pues veía la realidad total. Y gracias a ese realismo se produce el milagro de la liberación. En cambio, el «realismo» del pueblo sólo habría conducido a la muerte y al fracaso, en el mejor de los casos, en un volver a Egipto, a la esclavitud, a una opresión probablemente más dura que la anterior...

14,15-31: De la muerte a la vida

Una vez más es la palabra del Señor la que pone la historia en marcha (vv.15-18). Son sus imperativos eficaces («di a los israelitas... alza tu cayado, extiende tu mano... divide el mar...») los que desencadenan la acción. La iniciativa de la salvación permanece suya de principio a fin. Y es su palabra la que da a conocer esta iniciativa y la realiza, la que da a conocer su plan y lo realiza. Una palabra eficaz...

Dios es así el protagonista de esta obra de salvación. Ya le habíamos visto ponerse «al frente» de su pueblo (13,21) como pastor, como jefe. Ahora, en el momento crítico y decisivo, se nos repite: «Se puso en marcha el Angel del Señor que iba al frente del ejército de Israel» (v.19). Y lo mismo simboliza la columna de nube... Más aún, se coloca entre los egipcios y los israelitas (v.20), como para impedir a Israel volver a Egipto, a la esclavitud (vv.11-12). El Señor no abandona a su pueblo, lo guía y lo conduce siempre... especialmente en los momentos más críticos, aunque su presencia siga siendo invisible.

De este modo, el pueblo pasa de la muerte a la vida. Se supera de la situación en que se encontraban y que ellos mismos consideraban de muerte inevitable (vv.11-12). Dios ha creado, literalmente, a su pueblo. No sólo lo ha arrancado de la esclavitud: lo ha sacado de la muerte, de la muerte inevitable, de la nada, de una situación humanamente insuperable.

Israel surge del fondo del mar. Sale de la muerte. La salvación del pueblo de Dios es verdadera creación, nueva creación. El éxodo ha sido un acto del Dios Creador. Israel ha sido creado como pueblo de Dios, ha pasado de la muerte a la vida.

Esta dinámica de muerte-vida aparece también en el símbolo de las aguas: aguas a derecha e izquierda es símbolo de situación agobiante, de amenaza de muerte. Y aparece también en el simbolismo tinieblas-luz. El aspecto de creación aparece apuntada también por diversas conexiones de vocabulario con el relato de la creación (mar, tierra seca, viento... cfr. Gen.1,9-10).

También para nosotros todo esto significa mucho. La salvación no es «echar una mano»; no se trata de una «pequeña ayuda». La salvación es arrancar de la muerte. Hemos sido salvados porque hemos sido sacados literalmente de las garras de la muerte (Col 1,13; Hch 26,18), de la condenación, del infierno. Esto es lo que pone de relieve el bautismo con su simbolismo de muerte y vida. Como Israel de las manos del Faraón, nosotros hemos sido liberados del poder de Satanás. Y ello ha sucedido a través del agua por el poder del Dios Creador. El cántico exultante de Israel (c.15) lo pondrá de relieve: no han sido librados de un peligro cualquiera, sino de la muerte misma. Nuestro canto no debería ser menos exultante ni menos victorioso: hemos sido liberados del Mal absoluto y de la muerte eterna al ser liberados del dominio de Satanás.

Estos aspectos que están en la liturgia del bautismo y -de modo más expresivo- en las catequesis bautismales de los Padres de la Iglesia deberían ser recordados más ampliamente para que todo creyente apreciase más el don de la salvación y la grandeza de su vocación cristiana. Es necesario apreciar de dónde hemos sido sacados...

Pues bien, una consecuencia de esta creación es la nueva actitud del pueblo de Israel, que pasa del miedo al gozo exultante. Los mismos de quienes se nos había dicho que «temieron mucho» (v.10), ayudados por la palabra y la fe de Moisés que les exhorta a «no temer» (v.13), son los que finalmente «temieron al Señor» (v.31). Y como consecuencia prorrumpen en cantos de júbilo y de victoria (c.15). Una vez más comprobamos que la fe en el Señor y en su palabra libera del miedo a la muerte, de la tristeza, de la desesperanza. Y todo ello gracias a la intervención del mediador...

Por el contrario, los egipcios quedan hundidos en el mar. Su arrogancia queda humillada y hasta ridiculizada. Se cumple también que el Señor «humilla a los soberbios» (Lc 1,51). Todas sus pretensiones se demuestran vanas e inconsistentes. Sus planes fracasan. Su actitud opresora manifiesta su verdadera cara, pues caen en su propias redes (Sal 9,16-17). Es la hora de la verdad, la hora del juicio de Dios.

Más aún, las palabras de los egipcios en el v.25 («el Señor pelea por ellos») son un verdadero acto de fe (cfr. v.14), y muestran que se cumple la palabra de Moisés (v.14) y la del mismo Dios (v.4.18). Por fin los egipcios reconocen que Dios es el Señor, el único Señor (cfr.5,2). Lo reconocen forzados por los hechos, por la realidad que se les impone. Pero ya es demasiado tarde, sus oportunidades de conversión han terminado (cfr. historia de las plagas) y el juicio de Dios se cierne sobre ellos implacable. Sólo ahora comprendemos toda la gravedad del endurecimiento del corazón...

Ahora comprobamos con toda evidencia que Moisés tenía razón, que el Señor tenía razón, y el Faraón y los egipcios no. La verdad triunfa siempre, pero al final. La hora del juicio último y definitivo es la hora de la verdad. Mientras tanto, la mentira, la injusticia parecen triunfar. Y corremos el peligro de dejarnos llevar por la apariencia, por lo que se ve, por lo que parece más real... Vale la pena vivir ya desde ahora cada momento y cada acción con la mirada puesta en la hora de la verdad, en el juicio de Dios. Lo demás se disipará como el humo (Sal 37,20).

15,1-21: El gozo de la salvación experimentada

Se trata de un cántico triunfal, un canto que brota de la fe (14,31) y de la experiencia «en propia carne» de la acción del Señor. Es el canto de los nuevos nacidos, de los que palpaban la angustia de la muerte y ahora experimentan la dicha de la vida. Es un canto de gozo exultante por la victoria. Es un canto al Señor de las victorias, que es «un guerrero» (v.3). Es un canto de admiración ante el Señor y ante sus obras («¿Quién como tú, Señor...?: v.11).

Toda la atención queda acaparada por el Señor, que con esta acción increíble, insospechada, ha manifestado su gloria, más aún, «se ha cubierto de gloria» (v.1). Todo -el enemigo, las dificultades, el pasado, el reto del futuro...- todo se desvanece ante la figura sublime y majestuosa del Señor. Incluso las difíciles etapas del camino aún por realizar (el desierto, la conquista de la tierra) se ven ya como un hecho (vv.13-17) ante esta acción fulgurante del Señor. El es Señor y reinará por siempre jamás (v.18).

El pueblo canta, alaba, exulta... La salvación no es una teoría. Es una realidad, y una realidad experimentada. El que se experimenta alcanzando por la salvación de Dios desborda de gozo y de gratitud... Si la alegría y la alabanza no brillan en nuestra vida, deberemos preguntarnos si la salvación ha entrado en nosotros. Pues la acción de Dios en el mar Rojo es poca cosa al lado de la resurrección del Señor, y la liberación de la esclavitud de Egipto es sombra en comparación con los bienes que nos ha aportado la redención de Cristo.

Capítulos 16-18

El camino por el Desierto

15,22-27: La fe, probada

Estos versículos finales del c.15 introducen la marcha por el desierto. El pueblo liberado de la servidumbre, que ha experimentado las maravillas, las obras grandes del Señor, inicia su camino hacia la Tierra prometida. Pero antes de llegar a ella está el camino por el desierto. Camino largo, duro, difícil...

Sorprende enormemente que después de la experiencia del éxodo y del canto triunfal nos encontremos esta reacción: «El pueblo murmuró contra Moisés diciendo: «¿Qué vamos a beber?». Contrasta fuertemente con la confianza exultante expresada en el canto de Moisés y con lo afirmado en 14,31: «Viendo Israel la mano fuerte que el Señor había desplegado contra los egipcios temió el pueblo al Señor y creyeron en el Señor y en Moisés su siervo». Apenas experimentada «la mano fuerte» del Señor en la situación crítica del Mar Rojo, ante la primera nueva dificultad el pueblo se queja, se revela, se manifiesta duro de cerviz.

El contraste es grande, y la sorpresa comprensible. Sin embargo, conviene fijarnos con detenimiento. Estas quejas del pueblo parecen estar justificadas: el camino por el desierto es agotador, con sed, con hambre, con cansancio, con dificultades de todo tipo. ¿No tendrá razón el pueblo? ¿No será que Dios le pide demasiado?

Ciertamente las dificultades están ahí, son pruebas terribles. Pero el pueblo hace mal con quejarse y protestar. Con ello está manifestando su falta de fe. Al quejarse manifiesta que no se fía del Dios que les ha hecho libres y ahora les guía: también ahora son conducidos por la «mano fuerte», aunque invisible, del Señor. Al protestar dan a entender que no ven las dificultades presentes bajo el dominio de su Dios, que se ha mostrado Señor de la historia. No acaban de creer que el Señor seguirá sosteniéndolos en medio de todo tipo de pruebas y dificultades. No aceptan la voluntad de Dios que en su providencia permite estas dificultades ni creen en su poder que puede librarlos de ellas.

El texto bíblico nos da la clave de esta situación: El Señor «puso a prueba» a Israel (v.25). «Probar» es «poner a prueba», examinar en la práctica en situaciones-límite para ver hasta dónde el esfuerzo es posible y de qué la persona probada es capaz (Gen 22,1; Ex 20.20; Dt 8,2.16; 13,4). Se trata de una situación que no tiene solución fuera de la fe: ante la carencia de todo apoyo natural, Dios pide una confianza incondicional. Cuando Dios nos prueba nos está empujando a arrojarnos en sus brazos, a abandonarnos a su protección. Ante lo extremo de la dificultad, en la que se pierde pie, sólo quedan dos salidas: la confianza en Dios o la desesperación. Las situaciones de pruebas grandes son oportunidades preciosas para dar de lado apoyos falsos y apoyarse sólo en Dios, pero es grande también el peligro de renegar de Dios y hundirse en la desesperación. Dios, por su parte, manda o permite la prueba por amor, para sacarnos de la instalación, de los falsas seguridades, y hacernos vivir colgados de El.

Dios mismo apunta la solución (v.26): «Si de veras escuchas la voz del Señor, tu Dios...» En el camino del desierto, en medio de las pruebas y dificultades, nuestro agarradero, nuestra única garantía es la palabra del Señor. Se trata de permanecer atentos a su voz, pendientes de su palabra. Es ella la que guía, la que sostiene en medio de las pruebas. A través de su palabra es Dios mismo quien nos conduce y nos fortalece. Su palabra ilumina nuestra fe, conforta nuestra esperanza, enardece nuestro corazón...

16: El don del maná

El pecado del pueblo es siempre el mismo: bajo distintos aspectos y en diversas circunstancias es siempre su falta de fe lo que se pone de relieve. Aquí se manifiesta en que reniegan de la situación en que el Señor les ha colocado, lamentándose de no haber muerto en Egipto (v.3) y en que han perdido de vista que toda la aventura en que están embarcados tiene a Dios mismo como iniciador y protagonista (dicen a Moisés y Aarón: «Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea»). Y el pecado es tanto más grave cuanto más son reiteradas las pruebas que Dios da de su providencia amorosa: llega entonces a ser un pecado de obstinación, de rebeldía, de endurecimiento.

El salmo 106, una meditación sobre el pasado de Israel, presentará así los reiterados pecados del pueblo: «Hemos pecado como nuestros padres... Nuestros padres, en Egipto, no comprendieron tus prodigios. No se acordaron de tu inmenso amor, se rebelaron contra el Altísimo... Pronto se olvidaron de sus obras, no tuvieron en cuenta su consejo... A Dios tentaban en la estepa... Olvidaban a Dios que les salvaba, el autor de cosas grandes en Egipto, de prodigios en el país de Cam, de portentos en el mar Suf... En su palabra no tuvieron fe, murmuraron dentro de sus tiendas, no escucharon la voz del Señor...» He ahí el fondo de todo pecado: «olvidar» las grandes obras realizadas por el Señor, «no comprender» lo que hay detrás de ellas (su amor, su poder, su sabiduría), «no fiarse» de la palabra del Señor, «quejarse» de El (Parecidas reflexiones en el Sal 78).

A pesar de todo, Dios condesciende y da a su pueblo una nueva prueba de su cuidado paternal. A través de sus dones es Dios mismo quien se manifiesta: «Sabréis que es el Señor» (v.6), veréis la gloria del Señor» (v.7). Dios da sus dones para que le conozcamos a El, para que entremos en comunión con El por la fe y la gratitud. Pero ésta es nuestra tragedia: nos quedamos en los dones de Dios sin reparar en el que nos los da y en el amor que está detrás de ese don.

Moisés insiste: «No van contra nosotros vuestras murmuraciones, sino contra el Señor». Dios se identifica con su enviado. Cada vez que nos quejamos de algo o de alguien es en el fondo de Dios mismo de quien nos quejamos. Puesto que El es el Señor de la historia y conduce todo con su poder y su sabiduría, El es el responsable último de todo: «Ni un cabello de vuestra cabeza cae sin el permiso de vuestro Padre» (Mt 10,29-30). Toda queja es siempre, implícita o explícitamente, una queja contra el Señor.

«Este es el pan que el Señor os da por alimento». Independientemente de cual sea la explicación del maná, el texto subraya claramente que se trata de una intervención especial de Dios en favor de su pueblo. Se trate o no de una intervención especial de Dios en favor de su pueblo. Se trate o no de un milagro en sentido estricto, lo cierto es que el pueblo ha experimentado una vez más la mano providente de su Dios. Sirviéndose tal vez de un fenómeno natural de aquella región Dios ha dado a los suyos un alimento con el que no contaban. Inesperadamente, el don de Dios ha venido en socorro de su pueblo. Como siempre, en el último momento. Dios no abandona a su pueblo, pero tampoco le hace nadar en la abundancia. Cuida de su pueblo, pero le hace pasar escasez, para que recurra a su Dios y confíe en El. Dios nos da lo que necesitamos: sea cual sea el medio, es siempre don suyo, don «bajado del cielo».

La providencia de Dios se manifiesta también en que cada uno recibe justo lo que necesita: «Ni los que recogieron mucho tenían de más ni los que recogieron poco tenían de menos; cada uno había recogido lo que necesitaba para su sustento». Dios es «detallista»: da a cada uno lo que necesita. Y esto en todo: los dones y cualidades que cada uno recibe son aquellos que necesita para cumplir la misión que Dios mismo le ha encomendado dentro de su plan de salvación, ni más ni menos. Y como no todos tenemos la misma misión, tampoco todos recibimos los mismos dones, que son siempre en favor de los demás. Otra cosa son las injusticias sociales: cuando alguien carece de lo que realmente necesita, no es culpa de Dios, sino nuestra: alguien se ha apropiado del sustento del hermano.

Por otra parte, la verdadera confianza en la providencia de Dios está frontalmente en contra de la actitud de acumular: «Que nadie guarde nada para el día siguiente» (v.19). Acumular es no fiarse del Señor, que da lo que necesitamos justo en el momento en que lo necesitamos. ¡Cómo resuenan aquí tantas palabras de Jesús en el evangelio! «No andéis preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber? ¿Con qué vamos a vestirnos? Por todas esas cosas se afanan los gentiles, pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso... Así que no os preocupéis del mañana...» (Mt 6,31-34). Más aún, el texto del Exodo nos dice que algunos guardaron algo para el día siguiente, pero eso se pudrió (v.20). El evangelio nos exhorta a no acumular tesoros que se corrompen, sino a dar limosna y acumular tesoros en el cielo (Lc 12,33-34).

La tradición cristiana (cfr. sobre todo Jn 6) ha visto en el maná la prefiguración de la eucaristía. Ella es el verdadero pan bajado del cielo con el que Dios alimenta y sustenta a su pueblo. Los que por el bautismo han salido del Egipto de pecado atraviesan ahora el desierto hacia la Tierra prometida, hacia la Casa del Padre. En este camino deben afrontar pruebas de todo tipo, dificultades y tentaciones; el camino, como en el caso de Elías, es superior a sus fuerzas (1Re 19,7-8). Pero precisamente el don de la Eucaristía, alimento de los fuertes, viene a sostener y a vigorizar para este camino; es el viático que hace posible soportar las pruebas y vencer las tentaciones...

17,1-7: Tentar a Dios

La historia se repite. Nuevas dificultades, nuevas quejas, nuevos pecados... Ante todo llama la atención que Dios socorre a su pueblo, pero no le ahorra la dificultad. Le hace permanecer en el desierto y permite que le acosen nuevas pruebas. A la prueba del agua amarga y del hambre, sucede ahora la de la sed... Ello es iluminador para nosotros que muchas veces suplicamos a Dios para que nos saque de la prueba. El, sin embargo, frecuentemente no quiere sacarnos de la prueba -en su sabiduría y en su amor providentes sabe que es para nuestro bien-, sino sostenernos en ella, darnos fuerza para no decaer, para no ser dañados por ella, sino salir de ella victoriosos, purificados, crecidos...

El pecado del pueblo consiste en «tentar al Señor» (v.2). La expresión significa querer obligarle a que dé pruebas, exigir su intervención como si fuera un derecho; prácticamente es un desafío, un obligarle a decidirse como si tuviera que obedecer a los hombres. Tentar a Dios significa en el fondo endurecer el corazón (cfr. Sal 95,8-9) y dudar de Dios: «¿Está o no está el Señor entre nosotros?» (v.7). En el fondo siempre la misma falta de fe: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed...?» (v.3).

Sin embargo, Dios demuestra que su providencia no conoce límites. Puesto a cuidar de su pueblo, puede hacer surgir agua incluso de una roca. A mayores dificultades, mayores respuestas del Señor. Realmente, «para El nada hay imposible» (Lc 1,37). Con ello contesta a la pregunta: «¿Está o no está el Señor entre nosotros?». Responde con los hechos, con obras, que son elocuentes por sí mismas. La existencia de Dios no se «demuestra» con razones, sino con el testimonio de sus obras, aquellas que sólo El puede realizar, aquellas que son humanamente inexplicables...

17, 8-16: La victoria es del Señor

A continuación nos encontramos con otra prueba del desierto: además del hambre y la sed, el pueblo sufre el ataque de los amalecitas. Será otra ocasión de experimentar el cuidado amoroso de su Dios, que además del pan y el agua les da la fuerza para combatir y vencer.

La tradición cristiana ha visto en este pasaje la eficacia inmensa de la intercesión. Moisés no está en el campo de batalla; se encuentra en lo alto del monte, con las manos alzadas a su Dios en favor de su pueblo que combate allá abajo en la llanura: su misma ubicación física resalta su papel de mediador. Y su intercesión es tan decisiva que el texto subraya que «mientras Moisés tenía alzadas las manos vencía Israel, pero cuando las bajaba vencía Amalec».

Moisés es figura de Cristo, nuestro perfecto y definitivo mediador, a quien la carta a los Hebreos presenta subido al cielo, donde «está siempre vivo para interceder en nuestro favor» (Hb 7,25). La Iglesia se apoya en esta intercesión continua y eficaz de Cristo y vive de ella. Pero también la actitud de Moisés es modelo para los miembros de esta Iglesia, pastores y fieles, que además de combatir han de orar, más aún, deben sobre todo orar, conscientes de que la victoria es obra de Dios. Cuando en estos tiempos la Iglesia sufre tantas derrotas a manos de sus enemigos, ¿no será porque hemos bajado las manos? Porque la afirmación del texto bíblico sigue siendo verdad: con las manos alzadas se logra la victoria, porque es una guerra del Señor (cfr. 1Sam 17,47), con las manos caídas sólo se cosechan derrotas.

Otros, en cambio, apoyados en el hecho de que se alude al «cayado de Dios» que está en la mano de Moisés (v.9), piensan que no se trata de una postura de oración, sino que es la postura del pastor, del jefe militar, que, cayado en mano, dirige el combate de su pueblo. En este caso, aunque varíen algunos aspectos, el sentido básico sigue siendo el mismo: para que el pueblo venza, el pastor debe estar «puesto en alto» (cfr. Ez 3,17), cerca de Dios; más aún, debe pastorear «con el cayado de Dios», es decir, en nombre de Dios, con su poder y su fuerza. Sólo así se logrará la victoria, que es don de Dios, pues los soldados deben combatir, pero la victoria es del Señor, que combate con ellos.

Capítulos 19-24

La Alianza

En realidad, aquí está el centro y el corazón de todo el libro. La liberación estaba en función del encuentro de Dios con su pueblo y del pacto o alianza entre ambos. «Ya habéis visto... Cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí» (19,4). Todo está en función de esta alianza, de este pacto de amor, de esta comunión entre Dios y su pueblo. Ahora Israel será «propiedad personal» del Señor (19,5), es decir, especialmente querido y ligado a El. Y será «pueblo santo» (es decir, totalmente y exclusivamente dedicado a su servicio, a la escucha de su palabra, al cumplimiento de su voluntad) y «reino de sacerdotes» (o sea, lo que los sacerdotes israelitas son para sus hermanos, eso será todo Israel para el rersto del mundo: representante de todos los pueblos ante Yahveh, adorando e intercediendo en nombre de todos): 19,6. Todo ello a condición de «escuchar su voz» y «guardar su alianza» (19,5).

Dios se manifiesta de manera perceptible y a la vez velada, estrepitosa y secreta (19,16-24; 20,18-21). Desciende «a la vista de todo el pueblo» (19,11) y sin embargo hay que «mantener las distancias» (19,12): Dios es cercano e inaccesible a la vez; se revela, pero permanece en su misterio.

Finalmente, se sella la alianza (24,1-18). La iniciativa es totalmente de Yahveh (24,3a), pero el pueblo debe comprometerse, asintiendo libremente a la propuesta divina: «Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh» (24,3b.7). La alianza es una comunión entre personas, y una comunión de vida: por eso se sella asperjando con la sangre -símbolo de la vida- a las dos partes, al altar que representa a Dios y al pueblo reunido (24,6 y 8). Es la «sangre de la alianza».

Como respuesta a esta alianza de vida, a este pacto de amor, cobran sentido todas las leyes y normas que aparecen en estos capítulos; no sólo el decálogo (20,1-17), sino todo el Código de la alianza (20,22-23,33) e incluso las normas sobre el culto (cap. 25-35). Cada minúsculo detalle no es una norma impersonal, sino expresión de la voluntad amorosa de Yahveh para el pueblo que ha liberado de la esclavitud y al que se ha unido en alianza. Del mismo modo, el cumplimiento de esas normas por parte de los israelitas no es algo mecánico y rutinario, sino adhesión libre y responsable y entrega de amor que ratifica la alianza y conduce a una comunión cada vez más viva y personal con el Dios de la alianza y con su voluntad: «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh» (24,7).

Mediante estas leyes y normas, la alianza impregna toda la vida de la comunidad y de cada uno de sus miembros, protegiendo ante todo la vida humana y defendiendo los derechos de los pobres y los derechos de Dios. Las normas sobre el culto (cap. 25-31), en particular, están indicando que la liturgia es el servicio más alto que los hombres libres pueden ofrecer a su Dios; lejos de ser ritos vacíos y formalistas, constituyen el lugar y el momento de comunión con el Dios vivo con el que han entrado en alianza; en ellos se adora al Dios liberador y se le agradece el don de la liberación, a la vez que, por la comunión con El, se crece en la verdadera libertad.

También nosotros cristianos -y más que el antiguo pueblo de Dios- somos «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las albanzas de Aquel que nos ha llamado a salir de las tinieblas y a entrar en su luz admirable» (1Pe 2,9). Somos el pueblo de la nueva alianza. Para nosotros la «sangre» de la alianza» nueva y eterna -la sangre de Cristo- es la mejor prueba del amor que Dios nos tiene y de la fidelidad con que se ha comprometido con nosotros (Rom 5,8-10; 8,32; Jn 3,14-16). Y esta sangre es también la mayor exigencia de respuesta fiel a la alianza nueva y eterna: «¡Habéis sido comprados a buen precio!» (1Cor 6,20); «habéis sido rescatados no con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo» (1Pe 1,17-20).

 

Capítulo 20

El Decálogo

Conviene que profundicemos en este texto tan rico y tan denso, que tanto influjo ha tenido en la historia de la humanidad. Intentaremos captar toda su hondura teológica y espiritual para superar las interpretaciones superficiales o puramente moralizantes.

Una ley de alianza

Para su interpretación nos ayuda antes que nada considerar el contexto en que está situado. En efecto, las «Diez Palabras», se encuentran en el corazón mismo de la revelación de la alianza.Situado entre el anuncio de la alianza (c.19) y su celebración (c.24), el décalogo se nos presenta como la ley de la alianza. Además, antes de enumerar los mandamientos el Señor se presenta: «Yo, el Señor, soy tu Dios»: Se trata de la formula típica de la alianza que expresa la vinculación mutua, la pertenencia recíproca entre Dios y su pueblo en virtud del pacto establecido («Seréis mi pueblo-seré vuestro Dios»: 6,7). Por un lado, los mandamientos son promulgados por el Dios de la alianza que se ha vinculado irrevocablemente a su pueblo por amor; por otro lado, el cumplimiento de los mandamientos es el modo como el pueblo «guarda la alianza» (19,5), es decir, responde a la elección de que ha sido objeto y se adhiere a su Dios en la fidelidad de la vida. Al darle a conocer sus mandamientos (v.1), Dios ofrece a su pueblo el medio de entrar en comunión con su voluntad, de responder a su iniciativa y, por tanto, de amarle.

Todo esto tiene una gran importancia, pues presenta tanto el don de los mandamientos por parte de Dios como su cumplimiento por parte del hombre como un pacto de amor. Aunque el contenido de los mandamientos coincide con lo que se suele llamar «Ley Natural» (es decir, los principios morales básicos inscritos en el corazón de todo hombre), el autor sagrado subraya su carácter personal. No se trata de un código frío e impersonal. Los mandamientos han sido dados por el Dios vivo y personal que se ha revelado en la historia y que ha elegido a su pueblo, entrando en comunión de alianza con él (v.2). Por tanto, el cumplimiento de los mandamientos sólo puede entenderse en clave también personal: es la respuesta personal de cada miembro de este pueblo, que sabiéndose elegido, ratifica personalmente ese pacto de amor con la fidelidad a los mandamientos. Cumplir los mandamientos es decir «sí» a Dios.

En este sentido, es significativo también que el decálogo esté redactado en forma de interpelación directa y personal. Todo él está en segunda persona del singular. Dios se dirige a cada uno con un «Tú» vivo e interpelante. No es un código inerte, sino una serie de imperativos con que Dios mismo habla a cada uno de manera incisiva en el momento presente, manifestándole su voluntad divina e invitándole a responder, más aún, comprometiéndole, ungiéndole y suscitando su respuesta. Los mandamientos sólo se pueden entender en esta clave de diálogo de amor entre Dios y el hombre, de llamada y respuesta, de invitación a entrar en comunión con él y con su voluntad.

Una ley de libertad

Puede parecer paradójico que el Dios que ha liberado a su pueblo de la esclavitud le imponga ahora toda una serie de claúsulas que parecen constreñir su libertad.

Sin embargo, si nos fijamos con atención, es todo lo contrario. En realidad, los mandamientos vienen a poner en guardia al pueblo que acaba de estrenar la libertad contra la ilusión de que, por el hecho de haber escapado de la opresión de Egipto, ya son plena y definitivamente libres. En efecto, existe el riesgo de permanecer esclavos o volver a serlo sirviendo a dioses falsos, dejándose llevar por la avaricia, haciéndose daño unos a otros... En realidad, los mandamientos son dados para conquistar la verdadera libertad y para preservarla de todo engaño. En realidad tienen un sentido totalmente positivo, son una ley de libertad.

Esto se pone de relieve claramente en el encabezamiento (v.2): «Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de la servidumbre». Estas palabras fundan el derecho del Señor a imponer esta ley a su pueblo: puesto que ha rescatado a un pueblo esclavo, este pueblo le pertenece. Pero a la vez indican el sentido más profundo del decálogo: el Dios que ha arrancado a su pueblo de la esclavitud siempre actuará en el mismo sentido y de la misma manera, y los mandamientos que impone ahora son liberadores; lejos de constreñir la libertad, los mandamientos hacen verdaderamente libre, son una ley de libertad.

Precisamente por esto la mayor parte de los mandamientos están formulados de manera negativa: «no harás...» En realidad, la formulación negativa es más positiva de lo que parece, pues pone en guardia frente al camino falso que conduce a la ruina y cierra el paso a las tendencias malas y a las debilidades del hombre. Además, si se dice «toma este camino», los demás quedan prohibidos; mientras si se dice «no tomes este camino», todos los demás quedan permitidos; más aún, la formulación negativa es más precisa (decir «sé honesto» es vago, pero no lo es decir «no robes, no mientas»), y por consiguiente deja menos margen a la posibilidad de equivocarse.

Una ley de comunidad

Sin dejar de lado el carácter personal de los mandamientos, es cierto al mismo tiempo que no se dirigen a cada uno aisladamente. Los mandamientos son la ley de la comunidad de la alianza, de esta comunidad que se reúne para dar culto al Señor y que permanece unida entre sí precisamente en virtud de esta alianza. El cumplimiento de los mandamientos constituye una de las claves de la identidad de esta comunidad. Aglutinado por la fe en el único Dios y por el servicio al Señor que les ha liberado, el pueblo de Dios se une también por la fidelidad a los mismos mandamientos.

Por otra parte, son ley de la comunidad también en el sentido de que los mandamientos protegen la vida y el bien de todos y cada uno de los miembros de esta comunidad. En efecto, los mandamientos referidos al prójimo (que son la mayor parte) antes que ser una prohibición son una afirmación: por ejemplo, al decir «no matarás» se esta defendiendo la vida humana de todos y cada uno; al decir «no robarás» se protegen los bienes materiales de los diversos miembros de la comunidad; al decir «no cometerás adulterio» se tutela el matrimonio y la familia, etc. Por tanto, al afirmar los deberes de cada uno se ponen de relieve los derechos de todos y se protege la dignidad de cada persona y el bien de toda la comunidad.

Encontramos otra formulación del decálogo, con pequeñas diferencias, en Dt 5,6-18. Esta parece ser más antigua. En cuanto al origen, es probable que Moisés haya redactado el decálogo en su forma más simple (20,13-16) y que posteriormente hayan sido añadidos los desarrollos en forma de motivación. La catequesis de la Iglesia latina ha suprimido la prohibición de hacer imágenes y ha dividido en dos el último mandamiento, manteniendo así el número de diez.

3: «No tendrás otros dioses...»

Este es el mandamiento primero y principal. Al cumplirlo, el hombre se adhiere plenamente a Dios como el único Absoluto. Dios se presenta a sí mismo como «un Dios celoso» (Dt 6,14-15; Ez 34,14) que exige la adhesión incondicional del hombre entero, que por amor al hombre no tolera que este malgaste su vida y sus energías poniendo su corazón en lo que no es Dios. Como el corazón del hombre tiende a buscar absolutos que no son el Unico Absoluto, este mandamiento es una llamada de Dios al corazón y a la voluntad del hombre para que no se engañe: nada ni nadie tiene derecho a hacerse dios, a ocupar el puesto del verdadero Dios, ni en el corazón del hombre ni en la sociedad. Este mandamiento proclama el «Sólo Dios» y por consiguiente reclama la fidelidad total por parte del hombre. A Dios sólo se le puede servir con el corazón entero. Dejar que algo o alguien ocupe -aunque sólo sea en parte- el puesto que sólo a Dios corresponde es recaer en la esclavitud. «Nadie puede servir a dos Señores» (Mt 6,24). «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser» (Dt 6,5).

4-6: «No te harás escultura ni imagen alguna...»

El segundo mandamiento pone el acento sobre la invisibilidad de Dios. El Dios de la Biblia es invisible. Se da a conocer por sus obras (Rom 1,20) y por su voz, su palabra (Dt 4,15), pero a El «nadie lo ha visto jamás» (Jn 1,18). El Dios infinito no puede ser limitado en representaciones concretas.

Además, el mandamiento prohíbe «postrarse» antes esas imágenes y «darles culto». Y lo motiva por el hecho de que es un Dios «Celoso». Es ésta una expresión «pasional», es decir, que refleja la pasión de Dios por el hombre en toda su fuerza e intransigencia: Dios no quiere que el hombre se engañe sirviendo a un Dios imaginario y por tanto irreal.

El pueblo de Israel interpretaba este mandamiento en toda su literalidad. Es significativo que en el templo de Jerusalén no había ninguna imagen o representación de Yahveh: el arca, con los dos querubines, representaba el trono donde se sentaba el Invisible. De este modo se subrayaba más la realidad de la presencia del Señor (pues normalmente se representa -por ej., una fotografía- a un ausente, no a un presente).

En cambio, desde el momento de la encarnación las cosas son distintas: Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre (Jn 1,14), es de manera perfecta «la imagen (lit. "icono") del Dios invisible» (2Cor 4,4; Col 1,15). El podrá decir con plena verdad: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Por eso la Iglesia -desde sus mismos orígenes- aceptará las imágenes y representaciones.

Sin embargo, este mandamiento sigue siendo sustancialmente válido para nosotros cristianos. Quizá hoy no tengamos tanto peligro de confundir a Dios con determinadas representaciones plásticas (esculturas, pinturas...), pero sí que es fácil confundirlo con determinadas representaciones intelectuales o imaginativas nuestras. En este sentido, el segundo mandamiento nos recuerda que Dios es siempre más, que sobrepasa infinitamente lo expresado por toda imagen, que no tenemos derecho a reducir a Dios a lo que nosotros podemos entender, imaginar y experimentar de El. Esta es la razón por la que todos los místicos insistirán en que no debemos apoyarnos en nuestras ideas o imaginaciones acerca de Dios, que han de ser trascendidas y matizadas continuamente, pues Dios es siempre más, infinitamente más... En este sentido el mandamiento sigue siendo válido: «No te harás escultura ni imagen alguna... No te postrarás ante ellas ni les darás culto...» De lo contrario, nos haremos un Dios a la medida de nuestra corta inteligencia o a la medida de nuestros deseos e inclinaciones, un Dios ficticio, completamente distinto del Dios vivo y verdadero, una creación de nuestra fantasía...

Por otra parte, la Escritura nos hace entender que la verdadera imagen de Dios es una imagen viviente. Si Cristo es la imagen perfecta, todo hombre, creado a su imagen y semejanza (Gen 1,27) y modelado por la gracia del Hijo encarnado, está llamado a transformarse en una imagen cada vez más perfecta de Dios (2Cor 3,18; Col 3,10).

7: «No tomarás en falso el nombre del Señor...»

«En vano» significa «inútilmente», «falsamente», «por nada», «mintiendo». El mandamiento prohibe pronunciar el nombre divino con sentido supersticioso o mágico. Puesto que el nombre significa la persona, el tercer mandamiento pone freno a la frecuente tentación de dominar y utilizar a Dios para los propios fines. Con él se subraya que Dios no está a disposición de los hombres, que no se somete a sus esquemas. El Dios de la Biblia es inmensamente cercano a los hombres, pero permanece siempre libre, no se deja manipular; es el soberano, el absoluto, y nadie se puede servir de El. Dios da, se da, infinitamente más de lo que el hombre es capaz de imaginar (1Cor 2,9), pero siempre y solamente por iniciativa suya. Más que servirse de El, el hombre debe servir, alabar y bendecir su nombre (Sal 99,33; 1; 106,47). Cuando alguien pretende dominarlo o utilizarlo, Dios no acepta el juego, no se entrega; en cambio, a los humildes y sencillos se da y se revela plenamente (Mt 11,25).

La prohibición incluye la blasfemia (Lev 24,10-16). El juramento está permitido, pero hecho a la ligera sería una profanación del nombre de Yahveh (Lev 19,12).

8-11: «Recuerda el día del Sábado para santificarlo»

«Santificar» el sábado es consagrar al Dios Santo este séptimo día de la semana. En la mentalidad bíblica todo lo que existe pertenece a Dios, que lo da a los hombres para que lo administren y se sirvan de ello. Pero para poner de relieve que Dios sigue siendo el dueño de todo, una parte se sustrae al uso de los hombres y se consagra a Dios, se «sacrifica». Dedicar a Dios el día del sábado es reconocer explícitamente que el tiempo pertenece al Señor, que es don suyo, e implícitamente que ha de ser vivido según su voluntad (de modo semejante a como se le ofrecen las primicias de la cosecha para significar que toda la cosecha es don de Dios o los primogénitos del ganado para poner de relieve que la vida pertenece a Dios y es un regalo hecho al hombre). De este modo se ilumina el significado de la semana y del trabajo que durante ella se realiza: toda la semana desemboca en el sábado, de manera que el trabajo no debe convertirse en un fin por sí mismo, no debe ser una esclavitud, sino que ha de ser vivido en gratitud al Señor y en servicio y consagración a El (la misma palabra «Shabat» no incluye tanto la idea de descanso cuando la de «cumplimiento», la de «llegar al fin de una actividad» al estilo del Creador) (cfr. 31,13-17).

Dt 5,14-15 pone en relación la observancia del Sábado no con la creación sino con la liberación de Egipto: con ello se subraya más que el sábado es el memorial de la cesación de la esclavitud y del acto salvador de Dios, que es un día de comunión en la alegría de la pertenencia a Dios. El sábado es manifestación o signo de la alianza. Al celebrar el sábado se recuerda eficazmente lo que Dios ha hecho por su pueblo y el pueblo reafirma también eficazmente su condición de pueblo de la alianza, ratifica su fidelidad al pacto que Dios selló con sus padres.

Nuestro domingo cristiano recoge sustancialmente este significado del Sábado, pero añade algo esencialmente distinto: el «día del Señor» (Ap 1,10) conmemora la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre el mal y el pecado, sobre la muerte y el demonio (cfr. Ap 19,1ss.); ya no es el último día de la semana sino «el primer día de la semana» (cfr. 1Cor 16,2) el que inaugura una era nueva, la de la nueva creación.

12: «Honra a tu padre y a tu madre»

«Honrar» significa poner en su lugar lo que cuenta, lo que se manifiesta a los ojos de todos, lo que debe ser reconocido a causa de su valor eminente. La vida, dada por Dios, es transmitida por los padres (Gen 1,28). Por consiguiente, «honrar» a los padres significa darles toda la importancia que tienen como instrumentos de Dios en la transmisión de la vida. Son instrumentos de Dios también en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones (Sal 78,3-8). Son de manera muy particular representantes de Dios, reflejos de Dios, que es padre (Os 11,1-4) y tienen corazón de madre (Is 49,15).

Todo ello nos hace entender la importancia especial de este mandamiento, que incluye el respeto, la obediencia (Dt 21,18-21) y el amor filial (Si 3,2-16) y cuya transgresión merece los más severos castigos (Ex 21,17; Lev 20,9). Por lo demás nada se dice de la edad: los padres son para toda la vida.

El N.T. mantendrá básicamente estas indicaciones, dándoles toda la fuerza de la motivación cristiana («hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor»: Col 3,20; Ef 6,1-3), a la vez que advertirá a los padres que no abusen de su autoridad (Col 3,21; Ef 6,4), la cual es dada para construir, no para destruir (cfr. 2Cor 13,10).

13: «No matarás»

La razón más profunda de este mandamiento es que, siendo el hombre imagen de Dios (Gen 1,27), el homicidio es un atentado contra la semejanza divina (Gen 9,6) y, por tanto, contra Dios mismo. La misma enseñanza está sobreentendida cuando se habla de la sangre (Lev 17,11- 14): la sangre, que se identifica con la vida, pertenece sólo a Dios; Dios es el dueño único de la vida y ningún hombre puede disponer de ella, ni de la vida de los demás ni de la suya propia.

Este mandamiento se refiere en primer lugar al asesinato en sentido estricto, a la muerte de un semejante provocada injustamente. Pero incluye también todo tipo de agresividad y violencia, aunque sea meramente interior; por eso San Juan llegará a decir «Todo el que odia a su hermano es homicida» (1Jn 3,15); aunque no llegue a ejecutarlo, lleva en su corazón el germen del asesinato y al obrar así está poniendo de relieve que «es del Maligno» (cfr. 1Jn 3,12). Existe también la violencia de las palabras: «La lengua viperina mata» (Prov). Más aún, el mandato de «no matar» incluye no dejar morir cuando se dispone de un modo o de otro de la vida de los demás: «Mata a su prójimo quien le arrebata su sustento» (Si 34,20-22).

Por otra parte, es éste uno de los campos en que la novedad aportada por Cristo se hace más patente: ya no se trata sólo de no atentar positivamente contra la vida del prójimo, sino de hacer el bien a todos, amando incluso a los enemigos, a semejanza del Padre de los Cielos que es misericordioso (Lc 6,27-38; Mt 5,21-26; etc.). Basados en esta novedad de la caridad traída por Cristo, algunos Padres de la Iglesia llegarán a afirmar que el que no da de comer al pobre lo mata.

14: «No cometerás adulterio»

El matrimonio es una ley fundamental (Gen 1,28; 2,24) que implica la fidelidad recíproca de los esposos. Esta fidelidad no sólo es necesaria para que se forme y mantenga la familia, sino que forma parte de la naturaleza misma del matrimonio: la unión conyugal nace del amor y el amor no puede no ser fiel (Ct 8,6-7). Más aún, puesto que el matrimonio humano es reflejo de la alianza, del pacto amoroso y fiel de Dios con su pueblo (Os 1-2; 11-14), debe poseer sus mismas características.

Por otra parte, la Biblia toma en serio el amor y el matrimonio, la vida y la fecundidad. Todo lo que está en relación con la vida y con su origen tiene un carácter sagrado, pues está en relación estrecha con Dios. De ahí que todo lo que daña al matrimonio o lo altera sea considerado «bestialidad», «abominación», y que la infidelidad conyugal sea severamente castigada (Lev 20,10; Dt 22,22).

Por consiguiente, este mandamiento quiere poner en guardia contra las inconstancias y debilidades, contra las pasiones que se camuflan como amor. Busca proteger la santidad del matrimonio y salvaguardar la dignidad de la propagación de la vida.

Como las demás realidades humanas, la venida de Cristo perfeccionará y embellecerá el matrimonio haciéndolo signo del amor de Cristo a su Iglesia (Ef 5,25-33). En consecuencia, como también ocurre con los demás mandamientos, Jesús radicalizará las exigencias del «no cometerás adulterio» llevándolas hasta sus últimas consecuencias (Mt 5,2-32).

15: «No robarás»

También este mandamiento está puesto a favor de la vida: lo que cada uno posee es necesario para la vida o es un medio de vida.

La razón fundamental es que nadie es dueño de las cosas: «La tierra es mía y vosotros huéspedes de paso» (Lev 25,23). El hombre es administrador, no dueño absoluto. Su obligación es administrar para sí mismo y para los demás los bienes que Dios ha dado para todos los hombres. Por consiguiente, es responsable ante Dios de esos bienes que se le han confiado y jamás tiene derecho a apropiarse de lo que Dios ha dado para otros como medio de subsistencia.

Este mandamiento incluye la prohibición de raptar a un hombre para esclavizarle (Ex 21,16), de robar un terreno (Dt 19,14); prohíbe la deshonestidad en el comercio (Am 8,4-6), el retener el salario del obrero (Dt 24,15), la usura (Ex 22,24), la opresión del pobre (Am 2,6-7; Jer 22,13-17; Ez 22,25-29). Será éste precisamente uno de los temas en que la fina sensibilidad de los profetas más frecuente e intensamente gritará su indignación.

También aquí la predicación de Jesús resultará profundamente novedosa: «Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto... A quien te pida, dale...» (Mt 5,40-42). Por eso San Pablo se sorprenderá de que algunos de la comunidad de Corinto tengan pleitos entre sí: sería preferible soportar la injusticia y dejarse despojar (1Cor 6,1-8).

16: «No darás testimonio falso»

Se refiere ante todo al testimonio dado en un proceso judicial. Pero también se puede aplicar a toda palabra mentirosa que compromete de manera culpable la vida de los demás dañando su fama o sus intereses.

La gravedad del testimonio falso y de toda forma de mentira consiste en que destruye el fundamento mismo de la alianza. En efecto, el atributo esencial del Dios de la alianza es la fidelidad, la lealtad. Toda mentira es un mal terrible, pues mina ese fundamento de la alianza de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Jesús, venido para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37) pondrá de manifiesto el carácter diabólico y homicida de la mentira (Jn 8,44; cfr. 1Jn 2,21-22).

17: «No codiciarás...»

«Desear» tiene sentido de movimiento interior, no necesariamente seguido de un acto. Este mandamiento no se refiere a actos externos sino que ahonda hasta las disposiciones más profundas del corazón (sede de la inteligencia y de la voluntad). Codiciar es un acto interior, y el autor sagrado nos ha conducido a la raíz de todo: todo se juega en el corazón humano. El robo, el adulterio o el asesinato se fraguan en el interior del hombre (Mc 7,20-23). Antes de ser hechos externamente ejecutados son deseos internamente anhelados. Este mandamiento pone de relieve que la verdadera esclavitud está dentro del hombre. Y Dios, que quiere un hombre plenamente libre, no se conforma con los actos: desea penetrar hasta este corazón del que todo depende y en el que se realizan las opciones decisivas. Dios quiere liberar al hombre de la codicia que encadena. De ahí que se invite a vigilar el propio corazón (Pr 4,23).

Por lo demás, la enumeración de los objetos de esta codicia no es exhaustiva. Podríamos añadir otros muchos...

Capítulo 32

El Becerro de Oro

Después de los cc.25-31, consagrados a diversas normas referentes al culto, el presente capítulo prosigue con el conocido episodio del becerro de oro.

1-6: El pecado de Israel

En primer lugar se nos relata el pecado de Israel. Ante todo hay que notar que no es un pecado de apostasía: el pueblo no reniega de su Dios (vv.4-5). Tampoco es un pecado de apego a las riquezas o de culto al dinero: más bien se desprenden de las propias joyas para fabricar el becerro (vv.2-3).

Si nos fijamos bien, notamos que el pecado del pueblo va contra el 2º mandamiento del decálogo, que decía tajantemente: «No te harás escultura ni imagen alguna... No te postrarás ante ellas ni le darás culto...» (20,4-6). El pueblo se cansa de vivir de la fe, de seguir a un Dios invisible. Por eso piden: «Haznos un dios que vaya delante de nosotros». Quieren seguridades visibles, palpables.

Cuando Moisés estaba con ellos, era él quien les manifestaba los planes y los deseos de Dios, les transmitía su palabra. Pero ahora, en su ausencia se quejan; más aún, olvidando que era el instrumento e intérprete de la voluntad divina, se han quedado en él y en él buscan su seguridad: «no sabemos qué ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto». Por eso buscan otras seguridades, otros agarraderos. No son capaces de vivir «colgados» del Dios que les sacó de Egipto pero que permanece invisible. Prefieren controlar. Quieren seguridades. No se atreven a confiar del todo en su Dios. No les basta la seguridad que viene de El y de la fe en El.

Deberemos reconocer que éste es también demasiado frecuentemente nuestro pecado. No renegamos de Dios, pero queremos un Dios a nuestro alcance, a nuestra medida. Queremos un Dios «domesticado». Nos da vértigo vivir de la pura fe y buscamos asegurarnos en lo que sea. Nos asusta abandonarnos del todo al Señor, a su acción, a sus planes. Por eso Jesús se quejará: «Si no veis signos y prodigios, no creéis» (Jn 4,48), y proclamará después de resucitado: «Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20,29).

Por otra parte, es significativo que el pueblo, siempre apegado a los bienes materiales, acepte fácilmente despojarse de sus joyas para construir el becerro: cuando se trata de sacrificios que van en el sentido de los deseos naturales o los halagan el hombre no carece de «generosidad». No todo desprendimiento indica la presencia de una gran virtud: hay «desprendimientos» muy interesados...

7-10: El juicio de Dios

Dios mismo expresa su juicio contra este pecado del pueblo. Puesto que ellos «han pecado», «se han apartado del camino» que el Señor mismo les había prescrito, se han hecho una imagen de Dios y la han adorado, puesto que se han hecho un Dios falso y se han apartado de Dios, el Señor ya no es su Dios; el Señor mismo se distancia de ellos: hablando a Moisés le dice «tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto...»

Esta reacción de Dios muestra que El toma las cosas en serio. No se puede andar con ambigüedades o medias tintas... Dios es un Dios celoso (20,5): se le toma o se le deja. No acepta componendas.

Por otra parte, esta reacción es completamente normal y necesaria: la alianza es cosa de dos; si el pueblo ha roto la alianza, la alianza queda rota; Dios no puede disimular la situación creada actuando como si no hubiera pasado nada. Dios toma en serio la alianza. Lo cual no quiere decir que no está dispuesto a perdonar y a restablecer la alianza; pero sí indica que el pecado crea una ruptura real entre el hombre y Dios y que, para que se dé el perdón, el pecado ha de ser reconocido. Puesto que la alianza es cosa de dos, es comunión de personas, no puede ser restablecida mecánicamente, sino rehaciendo la relación entre las personas -Dios y el pueblo, Dios y cada uno, dos personas humanas entre sí-, lo cual supone actitudes personales, de perdón por un lado, pero de arrepentimiento por otro.

La ira de Dios (v.10) es siempre justificada. Es su reacción ante el pecado de los hombres. Indica que Dios no es indiferente ante el pecado de los hombres. Por otra parte, Dios no reacciona con la ira ante la simple debilidad de los hombres, sino ante la «dureza de cerviz» (v.9), es decir, ante la falta de docilidad a su palabra y a sus mandamientos, ante la obstinación de no querer «agachar la cabeza» para acatar las indicaciones de la voluntad divina...

11-14: La intercesión de Moisés

El pecado de Israel ha llevado a una situación crítica. La amenaza ha sido rota. Y todo queda paralizado. Más aún, pesa la alianza de un castigo divino, de que la ira de Dios destruya todo (v.10: «los devore»). Es la situación creada por todo pecado...

Pues bien, en esta situación interviene Moisés. El, que aparece habitualmente como el mediador, se nos presenta ahora en un aspecto de esta mediación: la intercesión por el pueblo, y más concretamente por el pueblo pecador. Estamos ante una de las más bellas oraciones de la Biblia.

Moisés trata de «aplacar», de suavizar a Dios, justamente airado contra su pueblo. Y lo primero que llama la atención es que no justifica al pueblo, no presenta excusas; ni quita importancia al pecado cometido, ni quita responsabilidad al pueblo pecador. En todo momento parte de la gravedad de la situación creada por la culpa -y sólo por ella- del pueblo. Hermosa enseñanza: interceder por los pecados -propios o de los demás- no es excusarse, no es disimular los pecados. Sólo se puede interceder con eficacia estando en la verdad, reconociendo toda la cruda y dolorosa realidad del pecado... El evangelio nos dirá que sólo el hombre que confesó sincera y humildemente sus pecados ante Dios, sólo ese, salió justificado (Lc 18,9-14)...

Eso nos esta indicando además que la fuerza de la intercesión no se apoya en los méritos del que suplica o de aquellos por quienes suplica, sino sólo en Dios. Ello se pone de relieve si prestamos atención a los motivos que Moisés aduce ante Dios para ser escuchado por El.

En primer lugar (v.11), su oración se apoya en lo que Dios ya ha realizado en favor de su pueblo. Las maravillas operadas al sacarlo de Egipto pueden y deben tener continuidad, pues Dios es infinitamente coherente. Lo que Dios ha hecho «con gran poder y mano fuerte» garantiza el que siga actuando en el mismo sentido y de la misma manera, es decir, salvando, liberando. Pide que Dios actúe salvando a un pueblo que, evidentemente, no lo merece. Lo que Dios ha realizado en el pasado fundamenta la confianza en el presente, pues testimonia que El es capaz. Sus obras pasadas son prenda de sus obras futuras. Por eso, los Salmos, para alimentar la confianza ante la dificultad presente y fundar la petición y la esperanza en el futuro, meditarán con frecuencia las grandes obras del Señor (Sal 80,9ss). Por la misma razón, la memoria de los Santos y de lo que el Señor ha realizado en la historia de la Iglesia y en nuestra propia vida no debería desaparecer jamás de nuestra conciencia, pues es fuente de fe (cf. Hb 13,7-8: «Acordaos de vuestros dirigentes que os anunciaron la Palabra de Dios... Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre»). Por el contrario, olvidar las obras de Dios es pecado y fuente de pecado (Sal 106,7.13.21).

Además, añade el motivo de la reputación de Dios (v.12). Si Dios ha iniciado una obra de salvación y no la lleva a término, quien queda mal en realidad es El mismo. A los ojos de los hombres da la impresión de que ha fracasado, de que no ha logrado lo que se proponía, de que no ha sido capaz de introducir a su pueblo en la tierra prometida. O bien parece que ha actuado con mala intención, actuando con malicia, para exterminarlos. En todo caso, el Señor queda mal. Por eso, Moisés apela a la gloria de Dios: es su honor, su fama, lo que está en juego. Es como decir: «Ellos no lo merecen (al contrario, merecen un castigo severo), pero hazlo por tí mismo, Señor». También los Salmistas acudirán a esta motivación para fundamentar su petición (Sal 79,10). Y Dios mismo dirá por el profeta: «No hago esto (repatriarlos cuando están en el exilio) por consideración a vosotros, sino por mi Santo nombre, que vosotros habéis profanado entre las naciones adonde fuisteis» (Ez 36,22; cfr. Is 48,11; Sal 115,1). No puede haber un apoyo más desinteresado ni más firme para nuestra petición.

Finalmente, apela a las promesas hechas a los padres (v.13). Dios mismo se ha comprometido bajo juramento y no puede fallar, porque Dios es fiel (1Tes 5,24); incluso cuando el hombre es infiel, Dios permanece fiel (2Tim 2,13). El que la historia de la salvación siga adelante y llegue a su cumplimiento es obra de la fidelidad de Dios a sí mismo y a su palabra. Si de nosotros dependiera, todo habría fracasado definitivamente. ¡Pero es la fidelidad de Dios la que está en juego! Y es ella la que nos asegura que «el que comenzó la obra buena la llevará a término» (Fil 1,6). Ello debe fundamentar nuestra esperanza y nuestra oración ante la tarea de nuestra santificación, ante las dificultades actuales de la Iglesia, ante los inmensos problemas del mundo que nos rodea, ante la conversión de las personas...

Finalmente, leemos: «El Señor renunció a lanzar el mal con que había amenazado a su pueblo». Es cierto que Dios propiamente no cambia, es inmutable; pero esta forma de hablar dice mucho: dada la situación a que conduce el pecado, el hombre no podría cambiar (no podría convertirse) si no es porque Dios «cambia» primero. Porque Dios «se arrepiente» del mal que justamente el pueblo merecía, éste podrá arrepentirse. La conversión es siempre respuesta a la acción de Dios que «nos amó primero» (1Jn 4,19).

15-29: La ira de Moisés y de los levitas

Curiosamente, el Moisés que ha suplicado a Dios que aplaque su ira (v.11), y lo ha conseguido (v.14), no logra contener ahora la suya propia (v.19). Podríamos pensar que -como también a nosotros nos ocurre- es más fácil pedir misericordia que ejercitarla nosotros mismos...

Pero el desarrollo del relato del texto parece sugerir otra cosa. Moisés «arde de ira» (v.19), exactamente la misma expresión que en el v.10 encontraremos referida a Dios. Esto es muy iluminador: la ira de Moisés está en sintonía con la de Dios mismo. No se trata de la ira descontrolada de Moisés que se enfada por cuenta propia, sino de la ira del hombre de Dios que arde de celo por los intereses de Dios, porque su alianza ha sido rota y sus mandamientos conculcados. Representante de Dios ante el pueblo, también hace presente al pueblo la ira de Dios, significada en la suya propia. Por eso rompe las tablas de la alianza, que eran obra de Dios (v.16), significando que se ha quebrantado la alianza, de manera semejante a como Dios mismo se había distanciado de su pueblo (v.7 ss)... Moisés arde de celo por el Señor, como un día lo harán otros hombres de Dios, como Elías (1Re 19,10) o como el mismo Jesús (Jn 2,14-17), a quien también nos presentan los evangelios reaccionando con ira (Mc 3,5).

Sin embargo, choca todavía más que esta ira la manifieste después de haber implorado el perdón de Dios y de que Dios haya «cambiado» renunciando a castigar a su pueblo. Pero si profundizamos en los textos vemos que el pecado, aún siendo perdonado, tiene consecuencias. Dios renuncia a ejecutar el castigo merecido, pero el pecado tiene un dinamismo propio, inmensamente dañino. Esto es lo que parece significar el v.20, donde los israelitas -por así decir- beben «su propio pecado»: no se trata de un castigo arbitrario como venido de fuera, sino la consecuencia de su pecado (cfr. Sal 9,16: «cayeron en la fosa que hicieron, su pie quedó prendido en la red que escondieron»).

El celo parece también la explicación de la conducta de los levitas (vv.25-29). El texto da a entender que el asunto del becerro de oro no era un caso aislado, sino que el ejemplo había cundido y el pueblo se había «entregado a la idolatría» (v.25). La reacción de los levitas -dejando fuera de consideración otros aspectos- es la del celo de quien está «por el Señor» (v. 26). En consecuencia, proceden a una verdadera limpieza, introduciendo el bisturí sin piedad -incluso entre los propios familiares- para arrancar de raíz el mal e impedir que siga creciendo. Aunque nos choque la forma violenta y sanguinaria de actuar, la actitud de fondo que refleja es una enseñanza válida también para nosotros: el mal no debe ser tolerado, pues «un poco de levadura fermenta toda la masa» (1Cor 5,6). El mal debe ser llamado por su nombre y el que lo causa debe ser señalado con el dedo y expulsado fuera de la comunidad, en espera de que se convierta y para que no contamine al resto de la comunidad (cfr. el texto aludido de 1Cor 5,1-13).

Por otra parte, resulta ridícula la disculpa de Aarón, el Sacerdote y responsable del pueblo en ausencia de Moisés (vv.2-24): como si él no formase parte de este pueblo inclinado al mal, como si todo hubiera sucedido como fruto de circunstancias inevitables y él no hubiera podido y debido oponerse al pueblo...

30-35: Nueva intervención de Moisés

En su primera intercesión Moisés reconocía implícitamente el pecado de su pueblo; ahora lo hace de manera totalmente explícita: «Este pueblo ha cometido un gran pecado».

Lo más notable de estos versículos es que Moisés intercede por su pueblo sintiéndose solidario de ellos. En lugar de hacer distinciones entre el pueblo pecador y él, el hombre de Dios, se identifica con su pueblo: «Si te dignas perdonar su pecado... y si no, bórrame del libro que has escrito». Por así decir, se pone del lado de los que merecen ser castigados -cuya culpa no excusa ni justifica- haciéndose uno con ellos. Vemos ya aquí esbozada la actitud de Pablo: «Siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón, pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza...» (Rom 9,23). Más aún, anticipa la postura del mismo Cristo haciéndose uno de tantos, pasando por un pecador y un maldito (Gal 3,13), poniéndose del lado de los pecadores, pidiendo al Padre su perdón, dando la vida por ellos...

Capítulos 33-34

El amigo de Dios

Estos dos capítulos están cuajados de relatos que nos subrayan la gran intimidad del mediador con su Dios. La intimidad de Moisés con el Señor es asombrosa y es precisamente debido a esa intimidad por lo que es mediador entre Dios y el pueblo: parece que Moisés no hace más que subir al monte y bajar de él, y lo que transmite a su pueblo es lo que ha recibido en la presencia de Dios (comparar, por ejemplo, 34,4-5 con 34,29-32).

Es sobre todo en el monte -lugar donde parecen encontarse el cielo y la tierra- donde Moisés trata con el Señor. Yahveh baja «en forma de nube» (34,5), es decir, envuelto en su misterio. Allí o en la Tienda del Encuentro «Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (33,11). El Señor, sin dejar de ser el invisible, establece con Moisés una comunicación profunda y una comunión de vida -«amigo»- insospechadamente íntima.

El autor sagrado no encuentra palabras para conjugar esta experiencia real y vivísima de Dios con el hecho de que Dios es «siempre más», más de lo que el hombre puede concebir, entender o experimentar. A la audaz petición de Moisés («déjame ver tu gloria»: 33,18), Dios le responde: «Mi rostro no podrás verlo» (33,20), y de hecho sólo ve su espalda (33,23). Dios se deja ver y sin embargo nunca del todo. Dios «hace pasar» ante la vista de Moisés toda su bondad (33,19) y Moisés tiene experiencia real de Dios. El salmista exclamará: «Gustad y ved qué bueno es el el Señor» (Sal 34,9). Pero Dios es inagotable.

Además, es en esta inefable experiencia de Dios donde se apoya la intercesión de Moisés por el pueblo pecador, por el pueblo que ha roto la alianza. Al contemplar al «Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado» (34,6-7: Notar que es Dios el que se da a conocer a sí mismo; Moisés sólo puede «invocar») encuentra la base sólida para interceder por el pueblo y alcanzar el perdón de su iniquidad y pecado (34,8-9). Y gracias a esta intercesión Dios devuelve al pueblo las tablas de la ley que habían sido destruidas, y restaura la alianza que había sido rota (34,10-28).

Más aún, la experiencia de la intimidad divina se refleja incluso en su rostro: cuando Moisés sale de hablar con el Señor su rostro irradia con el resplandor y la luminosidad propios de Dios (34,29). El pueblo mismo percibe en el rostro de Moisés algo de la bondad inagotable de Dios que él ha contemplado «cara a cara».

Para nosotros, hombres del Nuevo Testamento, hay esperanza de llegar a esa misma intimidad, -o mayor-, pues lo que antiguamente se dió sólo a Moisés ahora se ofrece a todo el que acepta dejarse introducir en la amistad de Dios: «Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos» (2Cor 3,18). A diferencia de Moisés, reflejamos la gloria divina de manera permanente y no pasajera, además de que esta gloria es incomparablemente superior a la de la antigua alianza (2Cor 3,6-11).

Finalmente, los capítulos 35-40 nos indican que las normas sobre el culto dadas por Yahveh se han cumplido: «Moisés hizo todo cuanto el Señor le había ordenado» (40,16). Más aún, todo lo realiza «según el modelo mostrado en el monte» (25,40). Así, una vez restaurada la alianza por la intercesión de Moisés (34,10-28), el pueblo dispone de un lugar de culto para encontrarse con su Dios (40,34-38) y de unos ritos que recuerdan y actualizan las acciones salvíficas de Dios y su perdón. En el centro y en lo más sagrado del templo y del culto está el arca (37,1-9) que contiene el documento de la alianza, recordando el permanente compromiso de Dios con su pueblo y del pueblo con su Dios.