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LA ESPERANZA, VIRTUD TEOLOGAL

 

La tercera virtud teologal es la Esperanza. 
a) La virtud de la Esperanza hace cristiformes la fuerza y la actitud 
humanas orientadas hacia el futuro; esto implica su interna 
transformación y su conversión a Cristo. Todo hombre vive de cara al 
futuro; así lo exige su esencial historicidad. 
Según los griegos, la Esperanza es inseparable del hombre; es la 
expresión anímico-espiritual de la temporalidad del hombre. En la 
Esperanza, el hombre, que vive en el presente -sellado por el pasado- 
y camina hacia el futuro, capta ese futuro con las potencias del 
espíritu. E1 hombre que existe temporalmente, vive esencialmente en 
la espera del futuro alegre o doloroso; la Esperanza es una 
consoladora del presente. 

b) En el Antiguo Testamento, la Esperanza no es espera de 
cualquier futuro, sino espera del bien futuro; es a la vez paciente y 
confiada esperanza y anhelante hacia el futuro. Mientras tiene vida, el 
hombre tiene esperanza (Ecl. 9, 4). La Esperanza se dirige a Dios 
tanto en la necesidad como en la dicha; siempre está el hombre 
orientado hacia Dios, que es su única seguridad; los consejos de Dios 
le son desconocidos, pero está seguro de su amor y protección, obre 
Dios como obre, lo mismo si le manda alegrías que si le regala tristeza 
y dolores. El hombre que espera en Dios no pone su confianza en las 
seguridades que él mismo se crea; son siempre poco decisivas; el 
hombre que edifica sobre ellas, debe esperar que Dios las destruya y 
convierta la seguridad humana en angustia y miedo (Am. 6, 1; Is. 32, 
9-11; Prov. 14, 16) Ningún hombre debe poner su esperanza en las 
riquezas (Ps. 52, 9; lob. 31, 24), ni en su justicia (Ez. 33, 13), ni en otro hombre (ler. 17, 5). Las reflexiones y cálculos humanos son humo (Ps. 94 11); Dios las aniquila (Ps. 33, 10; ls. 19, 3; Prov. 16, 9). Sólo la 
esperanza en Dios, el Insondable, de quien el hombre no dispone 
como de sus medios terrenos de fuerza, puede liberarnos de la 
angustia (ls. 7, 4; 12, 2; Ps. 46, 3; Prov. 28, 1). Esta confianza es un 
estar en silencio ante Dios, que va de la mano con el miedo y temblor 
(Is. 32, 11; Ps. 33, 18; Prov. 14, 16). En definitiva, la Esperanza tiende 
a terminar con todas las necesidades gracias aI Mesías futuro y 
esperado. 

c) Cristo venció realmente los poderes malignos del pecado, de la 
muerte y del demonio; en El se cumplió la esperanza del Antiguo 
Testamento; pero ese cumplimiento no tiene todavía su estructura 
definitiva. Los cristianos han sido sacados del mundo, del que Cristo 
dice que ha sido condenado y que está abandonado a la muerte y 
caducidad. A los cristianos les ha sido dada la existencia celestial, pero 
sólo en germen; están santificados, pero sólo de raíz; la figura de este 
mundo está pasando, pero no ha terminado aún (I Cor. 7, 31; 15, 32, 
49; Rom. 8, 18; 8, 29; Phii. 3, 21). Somos hijos de Dios (Rom. 6, 1-23; 
8, 13; Eph. 6, 12-20), pero no hemos sido revelados como tales (Rom. 
8, 19, 28). Dura la lucha y no ha llegado la última victoria (Rom. 6, 
1-23; 8, 13; Eph. 6., 12-30); todavía amenaza el pecado. Su poder ha 
recibido golpe de muerte, pero no ha perdido su fuerza tentadora; 
estamos caminando hacia el estado en que la santidad se revelará en 
todo su esplendor y dominará todos los corazones. Caminamos hacia 
la meta, pero no hemos llegado a ella. Vivimos en el reino intermedio 
que se alarga desde la Resurrección hasta la segunda venida de 
Cristo. Nuestro estado de cristianos tiene carácter escatológico. A este 
hecho responde la Esperanza; en ella "realizamos", espiritual y 
anímicamente, nuestra existencia de peregrinos. 

d) La Esperanza es la actitud propia y característica del cristiano 
mientras dura su vida de peregrinación; quien capta a Cristo en la Fe y 
le afirma en la Caridad, tiende hacia el estado en que logrará ver a 
Cristo en su gloria. La Esperanza nace de la Fe y de la Caridad. Y, por 
su parte, reacciona animando y vivificando h Caridad (cfr. I Thess. 1, 3; 
5, 8; Col. 1, 4-5; Gal. 5-6; I Cor. 13, 13). San Pablo asegura a los 
tesalonicenses que hace sin cesar memoria de la perseverante 
esperanza en Nuestro Señor Jesucristo (1 Thess. 1, 3). E1 cristiano 
está revestido de la coraza de la fe, del yelmo de la caridad y de la 
esperanza de la Salvación (I Thess. 5, 8; cfr. I Cor. 13, 13; Tit. 1, 1). En 
esta esperanza están todos los cristianos unidos entre sí (Eph. 4, 4). 

e) EP/TRES-MOMENTOS: La Esperanza tiene tres momentos: 
espera del futuro, confianza en Dios y paciencia en la espera de lo 
venidero; no es sólo un estado de ánimo, una Stimmung o un 
indefinido esperar que el futuro sea bueno y que las cosas se hagan 
por sí mismas. Quien espera no se parece al que navega en un bote y 
al ver que se aproxima una catarata se consuela pensando que podrá 
resistir la caída. La Esperanza es una fuerza del corazón que Dios 
despierta gracias a la cual el yo humano tiende hacia los invisibles 
bienes del futuro con paciencia y confianza. Lo venidero es ya 
presente, pero no está revelado; estamos seguros de ello, no porque 
lo veamos, sino porque lo creemos. "Es la Fe la firme seguridad de lo 
que esperamos, la convicción de lo que no vemos; pues por ella 
adquirieron gran nombre los antiguos. Por la Fe conocemos que los 
mundos han sido dispuestos por la palabra de Dios, de suerte que de 
lo invisible ha tenido origen lo visible" (/Hb/11/01-03; cfr. Il Cor. 4, 18).
La Salud y la Salvación están ya ahí, existen, pero tenemos que 
esperar a que nos sean reveladas. "Porque en Esperanza estamos 
salvos; que la esperanza que se ve, no es Esperanza. Porque lo que 
uno ve, ¿cómo esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, en 
paciencia esperamos" (/Rm/08/24-25).
La esperanza del cristiano no se apoya en el mundo de lo visible, 
que incluso habla contra su Esperanza, y parece que continuamente 
demuestra que la Esperanza del cristiano es una ilusión. Y un 
autoengaño. El cristiano espera "contra toda esperanza", contra todos 
los poderes y sucesos que parecen desenmascarar su Esperanza y 
convertirla en sueño (/Rm/04/18). Justamente por eso, su confianza es 
imperturbable; no se apoya en poderes terrestres, sino en Dios, que 
resucita a los muertos, "que nos sacó de tan mortal peligro y nos 
sacará. En El tenemos puesta la esperanza de que seguirá 
sacándonos, cooperando vosotros con la oración a favor nuestro, a fin 
de que la gracia que por las plegarias de muchos se nos concedió, sea 
de muchos agradecida por nuestra causa" (/2Co/01/10-11). San Pablo 
escribe a los filipenses: "Porque sé que esto redundará en ventaja mía 
por vuestras oraciones y por la donación del Espíritu de Jesucristo. 
Conforme a mi constante esperanza, de nada me avergonzaré; antes, 
con entera libertad, como siempre; también ahora, Cristo será 
glorificado en mi cuerpo, o por vida, o por muerte" (Phil. 1, 19-20; cfr. 
también Hebr. 3, 6; 10, 23; I Pet. 1, 21; Rom. 15, 4).

f) Lo que el cristiano espera es la revelación de la gloria de 
Cristo, que implica la revelación de la gloria del cristiano en la 
resurrección de los muertos (Jn 17, 24). "Porque se ha manifestado la 
gracia salutífera de Dios a todos los hombres, enseñándonos a negar 
la impiedad y los deseos del mundo, para que vivamos sobria, justa y 
piadosamente en este siglo, con la bienaventurada esperanza en la 
venida gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Cristo Jesús, que se 
entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y adquirirse 
un pueblo propio, celador de obras buenas" (Tit. 2, 11-14; I Tim. 4, 10; 
T,t. 3, 7; Hebr. 6, 18-19- 7 19; I Pet. 1, 3, 13). La esperanza del 
cristiano se dirige, por tanto, a la existencia celestial (Col. 1, 5), a la 
vida eterna (Tit. 3. 7); incluye la resurrección de los muertos. En medio 
de este eón, dominado por la muerte, ve el cristiano una época nueva 
del mundo en la que impera la vida (Act. 23; 6; 24, 15; I Cor. 15, 19).
La Esperanza se dirige también a la protección de Dios en esta vida 
terrena; pero el cristiano debe dejar en manos de Dios lo que quiera 
hacer; tal vez quiera liberarle de los dolores o tal vez quiera que 
perezca para este mundo. Lo importante es que Dios sea glorificado. 
La Esperanza no nos hace la vida más fácil; quien pone su esperanza 
en Dios, no cuenta con sucesos fantásticos, de cuentos de hadas, que 
le liberen de las necesidades y de los dolores; con digna sobriedad 
acepta las cargas de la vida y su dureza y está incluso dispuesto a 
morir, con la certeza de que su gloria consiste en eso y está siempre 
más allá. La Esperanza le da, por tanto, una nueva relación con el 
dolor. En ella vive la tensión entre el ahora y el después, entre la 
peregrinación y la patria. En virtud de la Esperanza, se eleva y soporta 
el dolor hasta la hora en que Dios quiera quitárselo. San Pablo escribe 
a los corintios, después de haberles recordado la alegría alcanzada en 
Cristo: /2Co/04/07-05/10; cfr. Il Cor. 6, 4-10; I Tim. 4, 10, Phil. 1, 
12-26).

EP/MU:La Esperanza da, pues, sosiego y seguridad, paz y alegría 
en todas las situaciones apuradas (Rm 15, 13; 12, 12); en virtud de la 
Esperanza, se gloría San Pablo hasta en las tribulaciones (Rom. 5, 4); 
la Esperanza es también señora sobre el gran poder de la muerte, 
contra el que nada pueden las fuerzas de este mundo. La muerte es la 
prueba de la inanidad de todas las cosas de este mundo y demuestra 
la caducidad de todas las formas terrestres de vida; el olor de la 
muerte lo envenena todo. Quien no es capaz de aceptar la muerte 
dentro de su vida, no tiene más que esperanzas transitorias y 
penúltimas, en último término, no tiene Esperanza, por muchas 
alegrías que espere del futuro. San Pablo dice que los paganos no 
tienen esperanza (/1Ts/04/13); en definitiva, todo lo encuentra absurdo 
y nada. La esperanza del cristiano abarca también la muerte y ve en 
ella al poder transformador que le llevará a la gloria eterna y definitiva. 
En la Esperanza muere, por tanto, la angustia existencial. Al cristiano 
no le atormenta la cuestión de qué vendrá después (Phil. 1, 20).

g) La vida tiene extraordinaria importancia por ser un caminar hacia 
el estado de la gloria definitiva, preparado ya en esta vida de 
peregrinación. La eternidad está presente en el tiempo. En la 
Esperanza, en la venida del Señor, hay una continua exigencia de 
santificación y de conversión, conforme a la vocación que los cristianos 
han recibido de Dios (I lo. 3, 3; Eph. 4, 14; I Tim. 5, 5; Tit. 2, 11-12, I 
Pet. 1, 13-14).
La esperanza en el futuro no desvaloriza lo presente. El mundo es 
valorado por los cristianos como una realidad transitoria; a pesar de 
todo, lo toman más en serio que los mundanos; en las formas de este 
mundo se configura ocultamente el futuro definitivo ya presente; a ellas 
dedica todo su esfuerzo y atención; no se aparta de ellas resignado y 
resentido, sino que intenta configurarlas conforme a la voluntad de 
Dios, sin excluir ninguna de ellas. Pero no se pierde en esa tarea; al 
dedicarse al tiempo y al trabajar por él, nunca se deja tragar por el 
presente, sino que conserva su libertad y potencia para el último y 
definitivo futuro.
El cristiano se encuentra frente al mundo con una gran 
responsabilidad, y a la vez con una gran libertad interior. La esperanza 
en la forma definitiva de existencia le da fuerzas para la libertad y 
claridad en sus palabras y actos (2 Cor. 3, 12), hasta comprometer su 
vida por Cristo (Act. 7; Mt. 10, 28). Ahora se ve claramente que la 
Esperanza no es una sorda y aburrida espera, sino que es actividad 
viva (Col. 1, 23; Eph. 1, 18; I Pet. 3, 15).
VICIA/NEWMAN ·Newman-CARDENAL: llama a esa actitud 
vigilancia; intenta explicar de la manera siguiente qué es lo que 
entiende por vigilar con Cristo: 
"¿Sabéis lo que sentimos en las cosas de este mundo, lo que 
sentimos, cuando esperamos a un amigo, esperamos su llegada y él 
tarda? ¿Sabéis lo que es estar entre un grupo que nada le dice a uno? 
¿Sabéis como se espera que pase el tiempo y suene la hora que le 
ponga a uno de nuevo en libertad? ¿Sabéis lo que es tener angustia 
de si ocurrirá aquello que puede ocurrir o no? ¿Sabéis qué es la 
incertidumbre sobre un suceso importante, que hace que vuestro 
corazón golpee y que es el primer pensamiento de la mañana? 
¿Sabéis lo que es tener un amigo en un país extraño y esperar 
noticias de él y preguntarse día a día qué hace y si le va bien? 
¿Sabéis lo que es convivir la vida de un hombre de forma que vuestros 
ojos sigan sus miradas, que podáis leer en su alma, que veáis sus 
mínimas transformaciones, que os adelantéis a sus deseos, que riáis 
cuando él ríe y estéis tristes con su tristeza, que os sintáis deprimidos 
cuando él sufre y gocéis con sus éxitos? Esperar a Cristo es un 
sentimiento igual que todos esos, si es que los sentimientos de este 
mundo pueden ser imagen de los del otro. Espera al Señor quien 
tiende hacia El con anhelo angustiado, inflamado, intranquilo; quien 
está despierto y vigilante, está animado, con los ojos abiertos, 
incansablemente dispuesto a buscarle, a servirle, a verle en todo lo 
que ocurre" (Del Sermón sobre la vigilancia). 

h) ¿Cómo puede llegar el hombre a esperar eso, si la vida diaria, 
con sus trabajos y preocupaciones, con sus desengaños y aparentes 
absurdos parece ser un continuo argumento contra la esperanza en la 
gloria y en la plenitud? San Buenaventura dice una vez que el mundo 
está siempre lleno de noches. ¿Cómo se puede caminar en tinieblas 
hacia una meta, sin tener que temer a cada paso la caída ea el 
abismo? El hombre, de por sí, no podría llegar a esa esperanza; es 
Dios quien la despierta en su corazón. El Padre de Nuestro Señor 
Jesucristo, a quien por ello sean dadas las gracias y la alabanza, nos 
ha engendrado para la Esperanza, según su gran misericordia, al 
resucitar a Jesucristo de entre los muertos. El Padre despierta en 
nosotros la esperanza en la gloria, al engendrarnos para una vida 
nueva, en su Hijo Unigénito. 
EP/SUFRIMIENTO: El inflama la Esperanza por Jesucristo 
en el Espíritu Santo, presente en nosotros. Quien está en comunidad 
con Cristo, es incorporado al ritmo vital de Cristo. Cristo vive como 
quien, pasando por la cruz y por la muerte, ha llegado a la gloria; 
ahora vive glorificado, pero lleva en su cuerpo glorioso las señales de 
la muerte vencida por E1. Si estamos en comunidad con EI, mientras 
dure esta vida de peregrinación, sentiremos esa comunidad más como 
de muerte que como de gloria. Pero el paso por el dolor y por la 
muerte, ocurrido por Cristo y en Cristo, acaba en la gloria con Cristo. 
La vida del fiel unido a Cristo está sometida a la misma ley, que Cristo 
aseguró ser la de su vida: "¿No era preciso que el Mesías padeciese 
esto y entrase en su gloria?" (/Lc/24/26). 
La experiencia del dolor se convierte así para el cristiano en 
testimonio de que está lleno de la ley de Cristo. La Esperanza es por 
tanto, la realización de la unión con Cristo, tal como corresponde a la 
vida de peregrinos. Quien entra en comunidad con Cristo, camina con 
El y por El hacia el Padre (Col. 1, 25-27; I Tim. 1, 1; I Cor. 15, 17-28). 
Por eso no tienen los paganos esperanza (I Thess. 4, 13; Eph. 2, 12); 
esto no quiere decir que los paganos no tengan ninguna idea del 
futuro ni se hagan ilusiones respecto a él; tienen fines, pero dirigen su 
mirada a cosas pasajeras; la última realidad no les ha sido revelada. 
No tienen esperanzas últimas, y por eso, en definitiva, no tienen 
Esperanza porque las esperanzas intrahistóricas pasan todas con el 
mundo y el tiempo. Viceversa: los cristianos también tienen esperanzas 
intramundanas, pero todas están abrazadas por la "última" esperanza, 
que es su medida y su ley. 
Dios, y sólo Dios, es el fundamento de nuestra esperanza; Dios nos 
ha dado, además, una garantía de nuestra esperanza; pero esa 
garantía no es visible. No hay ninguna seguridad intramundana para Ia 
esperanza del cristiano. Cuando la esperanza de los cristianos se 
orienta a instituciones y estructuras terrenas, buscando en ellas 
seguridad y protección, Dios se dedica a destruir lo que los hombres 
construyen, para que no caigan en la tentación de conceder más 
honor y valor a sus propias seguridades que a la salvación del alma, 
para que no se olviden de que la gran tarea del cristiano es hacer que 
Cristo arraigue y crezca en los corazones, fomentar su honor y la 
salvación de los hombres, para que llegue el reinado de Dios (Mt. 6, 
33). 
La garantía de nuestra esperanza, la única válida entre todas es el 
Espíritu Santo enviado a nuestros corazones por el Padre y por el Hijo. 
"La Esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha 
derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que 
nos ha sido dado" (/Rm/05/05). En el Espíritu y en la virtud de la Fe, 
esperamos la Esperanza en la gloria futura gracias a la justificación, es 
decir, en la gloria que podemos esperar en razón de la justificación 
(Gal. 5, 5; cfr. Rom. 8, 24). 
El Espíritu Santo es el amor entre el Padre y el Hijo. Dios ha puesto, 
por tanto, su propio amor en nuestro coraz6n como garantía de 
nuestra esperanza. El amor es bienaventuranza; Dios ha puesto su 
bienaventuranza como prenda de la nuestra. Una esperanza que tiene 
tal garantía está inmunizada contra la desesperación. EI amor y 
felicidad infundidos en nosotros es la fuerza personal de resistencia 
contra la desesperación, que amenaza turbar nuestra esperanza a la 
vista del inagotable dolor del mundo y también es resistencia contra el 
pecado que amenaza paralizar la Esperanza. 
En virtud del Espíritu Santo, puede esperar el cristiano. El futuro 
hacia que camina, proyecta su luz clara sobre el presente. El cristiano 
y la comunidad de los creyentes en medio de la noche de este eón de 
muerte están ya a la luz del futuro reino de Dios, como el nocturno 
viajero de carretera que antes de encontrarse con un coche ve la luz 
de sus faros. El futuro está ya presente, que pertenece a la misma 
especie que el futuro; pero lo que ahora está oculto, será revelado. 
Quien camina hacia ese futuro en virtud del Espíritu Santo, sentirá este 
mundo como tránsito hacia el otro y no como cielo o como infierno. 

i) La Esperanza trasciende al individuo; al Cosmos le han sido 
infundidas fuerzas semejantes a las que han sido derramadas sobre el 
hombre, que trabajan en la glorificación de la Naturaleza. La 
Naturaleza extrahumana está incorporada al destino del hombre; cayó 
en la maldición por culpa del pecado del hombre; fue abandonada a la 
caducidad; también debe participar en la gloria de los hijos de Dios. 
"Pues sabemos que la Creación entera hasta ahora gime y siente 
dolores de parto..." (/Rm/08/22). La figura de este mundo es 
transitoria; ya están en obra las fuerzas del mundo futuro, presentes 
en el mundo; y actuarán hasta que se revele la gloria del mundo 
después de su transformación. 

TEOLOGIA DOGMATICA V
LA GRACIA DIVINA
RIALP. MADRID 1959.Págs. 210-216