4. LA CRUZ COMO HISTORIA TRINITARIA
¿Cómo hablar de Dios después
de Auschwitz?,
os preguntáis vosotros,
ahí, al otro lado del mar, en la abundancia.
¿Cómo hablar de Dios dentro de
Auschwitz?,
se preguntan aquí los compañeros,
cargados de razón, de llanto y sangre,
metidos en la muerte diaria de millones...
(Pere Casaldáliga)
Muchos contextos de pobreza y marginación no son creyentes, y andan lejos de cualquier dimensión religiosa. Ya no hay referencia alguna de sentido. El lenguaje "Padre-Hijo-Espíritu" anda vacío, son palabras sin contenido. Y dado que signifiquen algo, y esto es peor, están repletas de rencor, violencia, agresión y olvido.
En estos lugares, donde no se puede pronunciar la palabra "Dios" porque se ahoga en la garganta, solo queda la posibilidad de un gesto. Andar al lado del marginado y con el marginado, en silencio, y empeñados en aliviar el sufrimiento. Sólo es posible acceder a ellos, acogiendo su misma historia, desde la propia experiencia de sentirse agraciado. Con el respeto profundo por el dolor de los otros, compartir dinámicas de solidaridad, sin saborear fruto alguno, palpando más bien el fracaso, como si la misma realidad, desquiciada y rota, preguntara: «¿Quién te mete a ti en esto, Jesús, Hijo del Altísimo?» (Lc 8,28). Pero es precisamente en este sin-sentido donde, bajo la fuerza del Espíritu, se empieza a comprender el dolor del Padre, la pasión del Hijo y el don del Espíritu.
El silencio del PadreDios calla, pero su silencio está lleno de misericordia, de compasión. "No nos abandonó al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendió la mano a todos, para que le encuentre el que le busca". «¿Por qué, si Dios es tan bueno, permite estos males?» Pero el Padre no quiere estos males. No puede evitarlos. Desde que concedió la libertad al hombre, dejó de ser "todopoderoso". Puso el mundo en nuestras manos y ahora son los creyentes quienes, amando como el Padre y compadeciéndose con Él, luchan para re-crear el mundo según su Proyecto. Por esto, en la Cruz de Jesús, el Padre se ofrece como "Padre de la misericordia". "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1Jn 4,9-10). No se trata de un Dios sádico que se regodea en la muerte de su hijo. Dios-Padre no quiere la muerte de su Hijo.
En un pueblo, Canaán, cuyos dioses exigían el sacrificio de los primogénitos, Yahvéh impide a Abraham que sacrifique al suyo (Gn 22,12). No es que Jesús sea enviado a la muerte por exigencias de un Padre justiciero, en compensación por el pecado del hombre. Más bien a la inversa, el Padre sufre por el hombre descarriado y, a pesa de todo, le ama tanto que es capaz de entregar a su Hijo hasta la muerte. En este sí al Crucificado, está diciendo "sí" a todos los crucificados de la tierra. El Padre demuestra que sufre con su Hijo por amor a todos los condenados del mundo. "La piedad de Dios es grande, e inmenso su amor hacia nosotros. Muertos como estábamos en razón de nuestras culpas, Dios nos hizo revivir a una con Cristo, vuestra salvación es pura generosidad de Dios" (Ef 2,4-6). "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros" (Rm 5,8). De esta forma, nos permite mirar con confianza el futuro. Se manifiesta como el Dios fiel que mantiene su alianza. Garantiza el triunfo final. "Si Dios está por nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros? Si, lejos de escatimar a su propio Hijo, lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no habrá de darnos todas las cosas con Él? Si Dios es el que salva, ¿quién podrá condenar? Dios, que nos ama, nos hace salir victoriosos de todas las pruebas. Nada será capaz de separarnos de este amor que Dios nos ha mostrado en Cristo" (cf. Rm 8,32-39)
La pasión del HijoY la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn1, 12). Se anonadó, se anihiló, se hizo uno de tantos (Ef 2,7). La divinidad se abaja, como si se autodestruyera, para compartir la vida y la miseria del hombre. ¿Os imagináis que yo me convirtiera en hormiga? Haciéndose hombre para salvar a todo hombre, no pudo disimular su preferencia para los más débiles. Desde su nacimiento hasta su muerte, la historia de Jesús está íntimamente ligada a la historia de los más pobres. Comparte idénticas vivencias de desamparo, inseguridad, carencias, exclusión. No es momento de hacer un análisis pormenorizado de estas situaciones. Basta recordarlo. Jesús de Nazaret, confesado como Hijo encarnado del Padre, es la prueba de que Dios nos ama. Y como no hay mayor prueba de amor que dar la Vida (Jn 15,13), Él la da libremente (Jn 10,18)19,11). En medio de tanto dolor, Jesús es una Buena Noticia. Desde su ser Hijo, hace hijos de Dios a cada una de las personas que el mundo arrincona como indeseables. En Jesús recuperan su dignidad perdida, son los hijos preferidos del Padre. Así, el Dios que se revela en los contextos de marginación es un Dios-sufriente-liberador, encarnado en la vida y la historia de los mismos oprimidos. Jesús es el perseguido y el crucificado que continúa su pasión en todos los crucificados de la tierra. Pero también es el resucitado, el vencedor del sufrimiento injusto y de la muerte violenta, el liberador desde la raíz de toda opresión.
La fuerza del Espíritu"E, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu" (Jn 19,20). La entrega suprema del Hijo en la cruz es, al mismo tiempo, la ofrenda sacrificial del Espíritu. El Crucificado entrega al Padre, en la hora de la cruz, el Espíritu que el Padre mismo le había dado, y que le volverá a dar en plenitud el día de la Resurrección. Ahora, el Espíritu es entregado por el Hijo al Padre y, así, el Crucificado queda solo, desvalido, indefenso, marginado con los marginados: "Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46). La entrega del Espíritu al Padre equivale al supremo destierro del Hijo, su hacerse "maldición" en la tierra de los malditos; el hacerse "pecado" con los pecadores; el hacerse totalmente "hombre" entre los hombres. El Calvario representa así el destierro, la noche oscura. De esta forma, Cristo se hace totalmente cercano al hombre, uno de tantos, cualquiera de los nuestros.
Luego vendrá la Resurrección. De nuevo el Padre apostará por el Hijo. "Éste, a quien creíais muerto, vive; a quien creíais fracasado, triunfa". De nuevo irrumpirá el Espíritu en Pentecostés. Esta vez sobre todos... La promesa se hace realidad... Bajo la luz del Espíritu, el cristiano afinará su mirada hasta descubrir al Dios hecho carne en los contextos de humillación, vejación y crimen, del llamado cuarto mundo, basurero del primero. Con la fuerza del Espíritu, se mantendrá firme junto al más necesitado, aun cuando, en la noche oscura, sin ver y sin entender nada, muchas veces grite como Job: ¿Por qué, por qué?..., porque aparentemente Dios no da respuesta a ninguno de los por qué surgidos de nuestra impotencia. Y con la sabiduría del Espíritu, el cristiano irá aprendiendo a encarnar las teorías de escuela en praxis comprometida, y apostar por la Vida que el Padre quiere avivar en tantos lugares de muerte, donde sigue presente la cruz de su Hijo Jesús.
Por Sebastián Fuster Perelló,