TIEMPO DE MISERICORDIA

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Por Sor Ana María Primo Yúfera, o.p.

Casi todos los textos de la Liturgia de Cuaresma tienen un denominador común: la ¡misericordia!, porque, si nos invitan a la conversión, es porque hay Alguien que acogerá misericordiosamente nuestra indigencia.

Dice Isaías: «Sin embargo, aguardará Yahveh para haceros gracia y así se levantará para compadeceros, porque Dios de equidad es Yahvéh ¡dichosos los que en Él esperan!» (30,18).

La misericordia de Dios es la esencia de toda la Historia de la Salvación, el por qué de todos los hechos salvíficos. Dios es misericordioso, y ese divino atributo es como el motor que guía y hace la historia del hombre.

«Siervo mío eres tú, te he escogido y no te he rechazado. No temas, que contigo estoy; y no receles, que yo soy tu Dios» (Is 14,8-10).

Santo Tomás de Aquino escribe: «la misericordia es lo propio de Dios y en ella se manifiesta de forma máxima de su omnipotencia». No recuerdo bien a qué santa se lo reveló con estas sencillas palabras: «Carecerás de ayuda cuando, mi Corazón carezca de poder».

Alguien que anduvo 30 años a la búsqueda de Dios, nos cuenta: «Cuando al final lo encontré, abrí los ojos y descubrí que era Él quien me esperaba». Y comenta Cabodevilla: «Mientras el arrepentimiento anda a su lento paso, la misericordia corre, vuela, precipita las etapas, anticipa el perdón, manda delante, como heraldo, la alegría».

El campo de la misericordia es tan grande como la miseria humana que se trata de remediar, pues la misericordia es un aspecto del amor que, viendo en el otro la indigencia, impulsa a actuar para aliviarle. Dios es esencialmente amor misericordioso, volcado con impulso vehemente sobre nuestra pobreza... Canta el Salmista: «Tú, Yavé, no contengas tus ternuras para conmigo, que tu amor y tu verdad incesantes me guarden» (Sal 39).

«No contengas...» Intuye el corazón humano que es incontenible el amor, que Dios no se puede aguantar más y desciende como huracán sobre el polvo desvalido. «Tú eres un cobijo para mí» (Sal 31).

Es la debilidad atrapada por la misericordia, refugio único del pecador. «No hay otra Roca, yo no la conozco» (Is 44,8). Y San Agustín comenta en uno de sus sermones: «¿Dónde me esconderé de Dios?... ¿Dónde te esconderás, hermano?... En su misericordia. Nadie puede huir de Dios más que refugiándose en su misericordia».

Y es que Dios Padre, el Abbá, es más grande y más atractivo cuando es débil por amor. De ello nos da la razón la cruz, pues la medida de su misericordia nos la mostró de modo tangible e inequívoco en su Hijo. La misericordia de Jesús tuvo su máxima eficacia, porque en El habitaba la misma potencia de Dios.

Juan Pablo II, en la encíclica «Dives in misericordia» dice: «Este es el Hijo de Dios que en su resurrección ha experimentado, de manera radical en sí mismo, la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte. Y es también el mismo Cristo, Hijo de Dios, quien al término de su misión mesiánica, se revela a sí mismo como fuente inagotable de la misericordia».

¡Inagotable! Todo el evangelio es un chorro de misericordia. Jesús se da prisa en buscar la centésima oveja que se había perdido... Y comenta San Bernardo: «¡Maravillosa condescendencia de Dios que así busca al hombre; dignidad grande la del hombre que así es buscado!».

Inabarcables los gestos de Jesús: curó enfermos, se inclinó hacia ellos con su omnipotencia y devolvió la alegría de vivir a cuantos encontró en su camino. Ninguno fue despedido sin haber sido escuchado. Jesús sabe llorar con los que lloran, le da pena ver sufrir y el corazón se le va, hecho lástima encarnada, detrás de cuantos padecen. Y la bondad florece en milagro... Le conmueve la debilidad humana y concede el perdón aunque no se lo pidan... «Yo tampoco te condeno, vete y no peques más» dijo a la mujer sorprendida en adulterio.

El podía y quería sanar. «Caña quebrada no partirá y mecha mortecina no apagará» había profetizado Isaía (Is 42). Jesús sabía hacer renacer la llama de la ilusión en cualquier corazón abatido.

En nosotros, la misericordia es siempre proporcionada a nuestra unión real con Él, pues sólo eso puede darnos la valentía de renunciar a nosotros mismos para subvenir a las necesidade de los demás.

Nuestra caridad debe revestirse de misericordia y ser revelación, no sólo de su bondad, sino de ayuda concreta que devuelva las fuerzas, las energías y, sobre todo, la esperanza en la vida, que es don de Dios...

De nuestro Padre Santo Domingo se ha escrito: «Desde niño la compasión crecía con él y cargando sobre sus espaldas las desgracias de los demás, hacía suyo todo dolor ajeno. Su corazón era un hospital de desdichas; sus entrañas no estaban cerradas a la misericordia...»

«Hospital de desdichas...» Allí aparcaban toda suerte de desgracias y eran acogidas cálidamente, desde el hambre de los pueblos y los errores de las gentes, hasta cualquier tribulación de un fraile tentado. Y no quedaba en un mero sentimiento de compasión. Nuestro Padre descendía siempre al alivio concreto, a cubrir la necesidad a cualquier precio. Sería interminable recordar aquí la trayectoria de su misericordia.

Y es que no es tema para bella literatura, sino para hacer surcos en el corazón, hasta que duela de verdad y haga perder la tranquilidad, mientras haya miembros débiles en el cuerpo místico que padezcan miseria de cualquier clase. Decía San Pedro Crisólogo: «Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará tu granero, para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir. Al dar al pobre, te haces limosma a ti mismo, porque lo que dejes de dar a otro, no lo tendrás tampoco tú».

Jesús es exigente; el evangelio es tajante: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Ternura que debe hacernos prójimos del necesitado. Como el buen samaritano, encontrar tiempo para pararse... mirar... fijarse en la hondura de las heridas... curarlas... cargar con el desvalido y... que pongan a nuestra cuenta cuanto necesiten.

Toda comunidad humana tiene, sin duda, sus miembros más débiles; la humanidad está llagada por los cuatro costados... La misericordia debe ser, pues, una actitud permanente, porque «el amor de Dios no mora sino en los que practican la misericordia».