TIEMPO DE ADVIENTO
DÍA 24
1-1.
VER DOMINGO 4º DE ADVIENTO, CICLO B
1-2.
Hoy, víspera de Navidad, leemos la célebre profecía de Natán. Esa es la página que ha dado origen a la corriente llamada el «mesianismo real». Muchos pasajes de la Biblia han repetido ese tema, en particular los salmos 132 y 89.
El evangelio subrayará que Jesús nace en Belén, ciudad de David (Lc 2, 4).
El ángel Gabriel anuncia su nacimiento a María y lo califica como Hijo de David (Lucas 1, 32).
Dios cumple sus promesas.
Mirad esos versos del salmo 132 que repite la profecía de Natán: «Señor, acuérdate, acuérdate de David, acúerdate de tu promesa, acuérdate.
«Tú le dijiste: el fruto de tu seno,
asentaré en el trono que te he preparado.
«Bendeciré a los justos en su júbilo, a los pobres, hartaré de pan.
«Secaré las lágrimas de todos los que lloran, todos mis amigos darán gritos de júbilo.
«David, te lo prometo, glorificaré tu raza, el Mesías será luz de las naciones... entre vosotros.
-Cuando el rey David se estableció en su casa, en Jerusalén, el Señor le concedió días de paz.
Después de un largo periodo de guerrillas contra los filisteos, David se encontraba, por fin, en paz. Se había hecho construir un palacio real, sobre la colina de Sión, en Jerusalén, su nueva capital; pero se sentía algo avergonzado porque Dios no tenía todavía una Casa.
El arca de la Alianza continuaba estando en Silo. Tuvo pues intención de construir un Templo para Dios.
-Mira, ¡yo habito en una casa de cedro, mientras que el arca de Dios habita en una tienda!
Pero el profeta Natán fue a ver al rey y le hizo esta sorprendente promesa:
-¿Eres tú quien vas a edificarme una casa para que la habite? Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo.
He estado «contigo» en todas tus empresas.
Dios tiene empeño en conservar la iniciativa. David no era más que un muchacho campesino, pastor de un rebaño, cuando Dios lo escogió. No era descendiente de familia real. Todo ello fue una elección gratuita de Dios.
-Voy a hacerte un nombre grande como el de los más grandes de la tierra. El Señor te anuncia que te edificará una casa. Tu reino y tu casa permanecerán para siempre ante mí, tu trono estará firme eternamente.
David quería ofrecer una "casa" a Dios. ¡Y es Dios el que le promete darle una! La casa de David, es en primer lugar Salomón, su primer hijo -que construirá el Templo-... y es sobre todo Jesús, el Mesías. Es pues Dios el que conserva la iniciativa.
¡Hay que permanecer humilde delante de Dios... incluso cuando se es el rey David!
No somos nosotros quienes damos a Dios, ¡Dios es el que nos da!
Jesús a su vez, rechazará el Templo. ¡Destruid ese Templo y dentro de tres días lo reconstruiré! El Cuerpo de Cristo pasa a ser el único templo, el único lugar de culto a Dios.
La verdadera «casa de Dios» es Jesús, Presencia de Dios.
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 3
PRIMERAS LECTURAS PARA ADVIENTO - NAVIDAD
CUARESMA Y TIEMPO PASCUAL
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 56 s.
2.- Lc 1, 67-79
2-1.
En el nacimiento de Juan Bautista, Zacarías, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo...
Aquí tenemos a un padre feliz. Su alegría es desbordante: ¡Tiene un hijo inesperado!
Pero, es también la afirmación profética del "sentido de la historia", enteramente dirigida por el amor de Dios.
Sería suficiente dejar que resonase en nosotros ese maravilloso cántico parándonos en cada frase, para que nuestros corazones se desentumecieran de esa rutina que se une desgraciadamente a los textos demasiado conocidos y a las plegarias repetidas muy a menudo.
-Bendito sea el Señor, Dios de Israel...
Habla bien del Señor. Es una fórmula tradicional de bendición que se encuentra a lo largo de toda la Escritura; Mi oración, ¿se acopla a menudo a ese molde? bendito seas, Señor, por esto... bendito seas, Señor, por aquello...?"
-Porque ha visitado a su pueblo...
Dios está en el centro de la vida. El es quien ha tomado la iniciativa de toda esa aventura. Se ha acercado, ha visitado a la humanidad...
-Y la ha redimido, la ha liberado.
Para salvar. Para salir de la desgracia y de toda esclavitud.
-Y nos ha suscitado un Poderoso salvador...
¡Oh, sí! ¡Haznos más fuertes, sálvanos!
-Para librarnos de nuestros adversarios y de las manos de nuestros enemigos.
Mis adversarios. No principalmente de los hombres, de las fuerzas contrarias, sino de mis pecados, de mis malos hábitos.
Líbranos, Señor del mal.
-Ejerciendo su misericordia con nuestros padres.
El "amor misericordioso".
Esto lo explica todo.
Dios ama. Cualquier miseria le atrae.
Un día, cuando su plan estará terminado, ya no habrá "ni lágrimas, ni gritos, ni dolor ni sufrimiento (Ap 21, 4)
-Y teniendo presente su alianza santa Conforme al juramento a nuestro padre Abraham que seríamos liberados de las manos de nuestros enemigos.
La fidelidad de Dios a sus promesas, a su Alianza.
Incluso si nosotros, por nuestra parte no somos fieles.
Gracias, Señor. Cuento con esta fidelidad tuya.
Ayúdame a corresponderte con la mía.
-Y nos otorgaría servirle sin temor, con santidad y justicia ante su acatamiento, rindiéndole culto.
Mi vida, un culto delante de Dios... en su presencia, bajo su mirada.
Todo lo que hago... ofrecido.
-Todos los días de mi vida.
Sin paros, sin negligencias.
-Y tú, niño, irás delante del Señor, a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.
Ciertamente es esta la liberación esencial. Un corazón libre.
Un corazón sin pecado.
-Tal es la ternura de corazón de nuestro Dios...
Un astro guiará nuestros pasos por el camino de la paz...
¿Cuál es mi alegría? ¿Exulta y canta mi alma?
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 1
EVANG. DE ADVIENTO A PENTECOSTÉS
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 56 s.
2-2.
La promesa a David de una dinastía eterna, y el cántico del Benedictus en labios de Zacarías, nos preparan a celebrar esta noche el nacimiento del Mesías, Cristo Jesús.
1. El rey David, una vez consolidada la situación militar y política del pueblo, lleno de buena intención religiosa, quiere construir un Templo para el Arca de la Alianza, o sea, una casa para Dios, dando por finalizada la etapa de la inestabilidad y de las peregrinaciones.
Natán le anuncia de parte de Dios que no será él, David, quien regale una casa a Dios, sino Dios quien le asegura a David una casa y una descendencia duradera, que en primer término es su hijo Salomón, pero que se entendió siempre como un anuncio del rey mesiánico futuro. Dios, que le ha ayudado hasta ahora en sus empresas, le seguirá ayudando a él y a sus sucesores. La palabra «casa» juega así con su doble sentido de edificio material y de dinastía familiar. Son los planes de Dios, y no los nuestros, los que van conduciendo la marcha de la historia.
El salmo nos hace cantar nuestro agradecimiento a la fidelidad de Dios: «cantaré eternamente las misericordias del Señor». Y recuerda expresamente: «sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: te fundaré un linaje perpetuo. Le mantendré eternamente mi favor y mi alianza con él será estable».
2. Nosotros leemos estas expresiones con la convicción de que se han cumplido en Cristo a la perfección. Jesús es llamado muchas veces en el evangelio «hijo de David», o sea, que pertenece, incluso literalmente, a la casa de David, aunque política y socialmente muy venida a menos.
Ayer el cántico del Magnificat, en boca de María, resumía la historia de salvación conducida por Dios. Hoy es el cántico del Benedictus, que probablemente era también de la comunidad, pero que Lucas pone en labios de Zacarías, el que nos ayuda a comprender el sentido que tiene la venida del Mesías. Los nombres de la familia del Precursor son todo un programa: Isabel significa «Dios juró», Zacarías, «Dios se ha acordado», y Juan, «Dios hace misericordia». En el Benedictus cantamos que todo lo anunciado por los profetas se ha cumplido «en la casa de David, su siervo», con la llegada de Jesús. Que Dios, acordándose de sus promesas y su alianza, «ha visitado y redimido a su pueblo», nos libera de nuestros enemigos y de todo temor, y que por su entrañable misericordia «nos visitará el sol que nace de lo alto».
En el nacimiento de Jesús es cuando definitivamente se ha mostrado la fidelidad y el amor de Dios.
3. a) Es un hermoso cántico que la comunidad eclesial ha hecho suyo desde hace dos mil años, y lo canta con más motivos aún que Zacarías.
Cada día se reza en la oración matutina de Laudes, y ciertamente con coherencia, recordando «el sol que nace de lo alto», que para nosotros es Cristo Jesús, que quiere iluminar a todos los que caminamos en la tiniebla o en la penumbra, y comprometiéndonos a servirle «en santidad y justicia en su presencia todos nuestros días», y «guiar nuestros pasos en el camino de la paz» a lo largo de la jornada.
Pero hoy, víspera de la Navidad, tras la preparación de las cuatro semanas de Adviento, este himno nos llena particularmente de alegría, pregustando ya la celebración del nacimiento del Señor esta próxima noche.
b) Como David, tenemos que recordar que no somos nosotros los que le hacemos un favor o un homenaje a Dios celebrando la Navidad, sino que es él quien nos envuelve en su amor, quien nos visita y nos redime, haciéndonos objeto de sus promesas y su fidelidad. Es Dios quien en primer lugar piensa en nosotros, y no nosotros en él. Todo lo que se nos anunciaba a lo largo del Adviento se cumple sacramentalmente en la Navidad que está a punto de iniciarse.
c) Vale la pena que aprendamos de Zacarías a entonar cantos de alabanza a Dios, porque continuamente estamos recibiendo sus dones, y a vivir nuestros días, nuestros años, en su presencia, llenos de confianza y fidelidad también por nuestra parte.
En torno al año 2000, cuando celebramos el Jubileo de los dos mil años del nacimiento de Jesús, todavía se hace más entrañable cada año la fiesta de la Navidad. Y nos debe llenar cada vez más de alegría y de consciente optimismo. Hace dos mil años que el Hijo de Dios ha querido encarnarse en nuestra familia y en nuestra historia.
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 1
Adviento y Navidad día tras día
Barcelona 1995 . Págs. 95-97
2-3.
2 S 7, 1-5.8b-11.16: Profecía de Natán ante David
Sal 88, 2-5.27-29
Lc 1, 67-79: el Benedictus
Durante mucho tiempo la profecía de Natán sostuvo la esperanza de Israel en la llegada de un rey bueno. La realidad histórica, por el contrario, fue muy amarga, pues los reyes hicieron verdaderas tropelías para con el pueblo. La esperanza, sin embargo, se mantuvo, a pesar de todo.
La Navidad debe recordarnos hoy lo mismo: pese a las malas experiencias históricas, la utopía se mantiene, y se mantiene la esperanza. Sólo con saber que ya está en camino el precursor, Zacarías prorrumpe en agradecimiento gozoso y da ya por hecho lo que todavía está por venir: porque ha visitado y redimido a su pueblo.
"Esta noche es nochebuena... y mañana Navidad". Estamos en el día y la noche del año en que más desahogamos nuestra ternura. Las familias se reúnen, los recuerdos nos unen a los que tenemos más lejos... Hoy sacamos al niño (el "principito" que diría saint-Exupéry) que todos llevamos dentro y le dejamos manifestarse, dar y recibir ternura y amor, sin miedos, sin la inhibición con que habitualmente lo reprimimos. Hoy, en lo más central de la Navidad, está permitido ser niño y despedir temporalmente a nuestro adulto...
No todo el año va a ser así... Volverán los días "normales", con los códigos de conducta "normal". Hoy, y todos estos días de Navidad, son una excepción: aprovechémosla. Demos rienda suelta al corazón y experimentemos aunque sea brevemente cómo sería un mundo utópicamente lleno de ternura. Navidad no deja de ser una utopía...
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
2-4.
2 Sam 7, 1-5.8b-12.14. La profecía de Natán: La esperanza de Israel durante mucho tiempo se sostuvo en esta profecía. Ellos esperaban un rey justo que acogiera la voluntad divina y diera testimonio de que es posible una sociedad digna y justa. Sin embargo, la historia les dio lecciones amargas. Los reyes dividieron el país, usurparon las tierras de los pobres y se mantuvieron el poder por la violencia.
Pero la esperanza de Israel nunca cayó entre el fango. En medio del caos creado por los malos gobernantes, sabios y profetas inspiraron al pueblo y le señalaron una luz en medio de la oscuridad. Esa luz no era otra que la esperanza irrevocable en un mundo mejor. Mientras el pueblo no perdiera la utopía era posible criticar la nefasta realidad y proponer alternativas de cambio.
Hoy enfrentamos una experiencia similar. Algunos nos quieren expropiar de nuestra utopía cambiándola por cualquier ilusión pasajera. Pero nosotros, como pueblo de Dios, nos mantenemos firmes porque sabemos que el Señor está con nosotros.
Lc 1, 67-79. Zacarías rompió el silencio de su obstinación para entonar un himno a la esperanza y a la alegría. La expectativa, durante tantos años contenida, se hacía realidad precisamente en el momento en que todos pensaban que era el fin de Israel.
Las promesas de Dios se hacían realidad en la humildad de un acontecimiento cotidiano: nacía un niño, revivía una esperanza. Dios irrumpía en el silencio del hogar con el canto jubiloso de un recién nacido. La legión de profetas que desde antiguo animaban la fe de Israel, hoy tenía una nueva voz. Una voz que lucharía en el desierto de la desidia y la obstinación humana. Una voz, que sin embargo, estaba destinada a anunciar la irrupción del Reinado de Dios de la mano de un hombre íntegro: Jesús de Nazaret.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
2-5.
2 Sam 7,1-5.8-12.14-16: La profecía de Natán.
Lc 1,67-79: El canto de Zacarías (Benedictus).
Lucas es en verdad un gran teólogo de la historia. Su obra está planteada como una historia de la salvación. El tiempo de Juan el Bautista pertenece al final del tiempo de los profetas, el tiempo de Jesús es el cumplimiento de las profecías y la realiz ación del Reino, y por último el tiempo de la iglesia es el tiempo de la continuidad del mensaje de Jesús, es nuestro tiempo.
Todos estos tiempos están animados por la presencia misteriosa y constante del Espíritu Santo.
En el relato de esta lectura, Zacarías canta movido por la presencia del Espíritu. Y su canto es una teología de la historia, una memoria de lo acontecido en el Pueblo desde una mirada de fe.
Zacarías reconoce que la historia ha llegado a su punto culminante. Ha llegado el tiempo de la visita de Dios. La idea de visita de Dios, para la Biblia, tiene dos significados. Se trata de una visita de salvación, para los pobres, oprimidos, pe rseguidos, los fieles a Dios, y a la vez una visita de condenación, para los corruptos, los que atentaron contra sus hijos. Zacarías se alegra de esa visita, porque por fin se establecerá la justicia en la tierra. Ya cada uno ocupará el lugar que verdaderamente le corresponde.
Y en este canto la historia, la memoria, es fundamental para analizar el presente de este niño (Juan) y del futuro de salvación (Jesús).
Todo estaba preparado desde tiempos de David y de Abraham, Dios había prometido todo esto a los profetas y a todo el Pueblo, Dios habría de liberar de la opresión y de la esclavitud al Pueblo (¡estaba en la Escritura!). Esta memoria sirve para descubri r el presente que ya emerge y despunta.
El tiempo de Navidad que ya se aproxima no puede quedar en la celebración de un acontecimiento histórico. Es un punto desde el cual ha de leerse el presente, un presente de pobreza y de dolor, y por lo tanto, un presente que exige la visita de Dios, "como lo había prometido a nuestros padres...".
Y un presente que se abre a un futuro esperanzador: "él nos librará de nuestros enemigos..."; "iluminará a los que viven en tinieblas..."; guiará nuestros pasos por los caminos de la paz..."
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
2-6.
LA TERNURA ENTRAÑABLE DE NUESTRO DIOS
1. La profunda religiosidad del rey David se demuestra en 2 Samuel 7,1. No puede resistir que él esté viviendo en un palacio de cedro y que el Arca viva en una tienda. El verbo vivir no se está refiriendo al arca material, aunque en ella se conserven las tablas de la Ley, la Torah, el maná y la vara prodigiosa de Moisés, sino a la presencia viva de Yahvé, que vive en el arca.
2. También al profeta Natán le pareció muy bien la idea de David de construirle un templo al Señor, de lo que se deduce que los profetas no conocen los pensamientos de Dios hasta que Dios no se los revela. Por la noche el Espíritu visitó a Natán y le descubrió los planes entrelazados en toda la historia de David, elegido del Señor. También nosotros hemos sido elegidos: "No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino yo soy el que os he elegido" (Jn 15,16).
3. El Señor quiere mantener su iniciativa siempre pero sobre todo en los grandes acontecimientos. A Dios el hombre no le da, sino que es Dios el que da y el que se nos da. Yo te he elegido, te saqué de los apriscos, de ir tras la ovejas, para que fueras el jefe de mi pueblo Israel, pero no serás tú quien me construya un templo, sino que yo te edificaré una casa, y te haré famoso en toda la tierra como Abraham (Gn 12,2). Estaré contigo en todas tus empresas. La casa de David es en sentido literal Salomón, y en sentido típico Cristo. Eco de este oráculo son las palabras del ángel a María: "Le dará el trono de David, su padre", en el que encuentra la profecía de Natán a David, su sentido pleno.
4. El Salmo 88 canta las misericordias del Señor eternamente y repite la promesa bajo juramento hecha a David de fundarle una dinastía perpetua y edificarle un trono que dure por todas las edades.
5. "Zacarías, lleno del Espíritu Santo, cantó el Benedictus" Lucas 1,67, como un padre viejo feliz con un hijo inesperado, cuando ya había muerto en él la esperanza. Es la afirmación profética del sentido de la historia dirigida por el amor y la misericordia de Dios. Profundizar esas frases hasta que pierdan el polvo de la monotonía y la rutina. "Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado a su pueblo". Pidamos al Señor que nos visite, que aumente sus visitas, que nos llene de su paz en ellas, para librarnos de toda desgracia, para concedernos que le sirvamos con santidad y justicia en su presencia. Que nos libre de nuestros adversarios, no los hombres, sino las fuerzas del mal y de nuestros pecados y de nuestros hábitos malos. Por la entrañable misericordia. Dios ama y es atraido por las miserias, es corazón de los miserables, que se inclina a los pecadores y a los más degraciados, como el corazón de una madre que cifra su mayor entrega en el hijo subnormal y más discapacitado. Dios, que es fiel a sus promesas, nos librará de nuestros pecados e iluminará nuestros pasos como un sol que nace de lo alto, por el camino de la paz, según la ternura de nuestro Dios que nos debe llenar de alegría.
J. MARTI BALLESTER
2-7. CLARETIANOS 2002
Desde hace días me están legando a través del correo ordinario y, sobre todo, del correo electrónico muchas felicitaciones de Navidad. Ante ellas experimento un sentimiento doble: por una parte me encanta recibir mensajes de las personas queridas; por otra, me siento un poco agobiado porque no puedo responder a todos como me gustaría. En ocasiones me limito a enviar una frase tópica del “almacén navideño”: feliz navidad, que pases unos buenos días, etc. Pero estas frases son un sucedáneo. Lo que realmente quisiera es poder compartir toda la esperanza que se encierra en el “Benedictus”, ese precioso himno de Lucas que la liturgia nos ofrece todos los años en un día como hoy. También nosotros, en vísperas de la navidad, podemos decir: Bendito sea el Señor porque ha visitado y redimido a su pueblo. ¡Hay tantas historias de visitación de Dios! Hoy, sin ir más lejos, después de la eucaristía, ha venido a hablar conmigo una señora que había perdido a su hijo de 18 años en accidente de tráfico. Llevaba ya más de diez años “enfadada” con Dios. Pero sin saber por qué, Él se ha ido acercando a ella. Ahora ve las cosas de otra manera. Se atreve a “entregar” su hijo a Quien puede cuidarlo para siempre. Me lo decía con lágrimas en los ojos. ¿No es ésta una Navidad más valiosa que todas las que nos meten por los ojos los que ganan dinero vendiéndonos felicidad?
Por cierto, hablando de compras y ventas, caigo en la cuenta de que estos días son días de intercambios. Quién no recibe o hace algún regalo durante la Navidad? Os invito a entrar en una tienda muy especial en la que se encuentran regalos hermosos que no se exhiben en televisión y que, además, quieren ser expresión de un comercio justo.
Permitidme que hoy transcriba entero el cántico
del Benedictus. Podemos tomarnos un tiempo para leerlo con calma y convertirlo
en oración.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con
nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.
Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días
Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestro pasos
por el camino de la paz
Gonzalo Fernández cmf (gonzalo@claret.org)
2-8. 2001
COMENTARIO 1
ZACARÍAS, DE «SACERDOTE» INCRÉDULO
A «PADRE» PROFETA
«Zacarías, su padre, se llenó de Espíritu Santo y profetizó» (1,67). Lucas había
empezado el relato concerniente a Juan presentando «cierto sacerdote», en
representación de la casta sacerdotal judía, envejecido por su contacto con los
ritos sin contenido que observaba en sus más mínimos detalles, sin dar crédito a
la posibilidad de cambio y de ruptura. Ahora, una vez que Zacarías ha tomado
conciencia de su condición de «padre» del niño, respetando que los planes de
Dios sobre él no coincidían con los de su estirpe ('Se llamará Juan'), se llena
de Espíritu Santo y se pone a profetizar sobre el futuro del niño. Este cambio
tan radical ha sido posible gracias al hecho de no encontrarse ya en el templo,
sino en su casa; de no actuar como sacerdote, sino como padre.
SALVACION NACIONAL DE ISRAEL
Y CULTO AL DIOS VERDADERO
El cántico de Zacarías, a la inversa del de María, empieza con la promesa de
salvación predicha por los profetas y la alianza que Dios juró a Abrahán.
En esta primera estrofa (1,68-75), cuyo horizonte -como en el cántico de María-
queda limitado a Israel, aparece de nuevo como ya realizada (tres aoristos
proféticos) la liberación del pueblo de Israel. A diferencia del cántico de
María, sin embargo, en cuya estrofa central Dios se ponía de parte del pueblo
humillado y hambriento, destronando a los poderosos y arrogantes, a los
dirigentes del pueblo que se habían enriquecido a costa de los pobres, en el de
Zacarías se habla de la salvación de Israel como un todo.
Del hecho que Zacarías hable ahora proféticamente no se debe esperar que haya
cambiado la perspectiva desde la cual considera la historia de la salvación. Por
su condición de sacerdote, por muy numerosa que fuese su casta, está
suficientemente separado del pueblo como para no ver que la salvación de Israel
deberá implicar una subversión del orden social establecido, y para Zacarías,
como para cualquier israelita, la liberación del pueblo vendrá de la casa de
David, cuando Dios suscite una «fuerza (lit. "cuerno", como signo de fuerza)
salvadora en la casa de David», el Mesías davídico (1Sm [= 1Re LXX] 2,10; Sal
132 [131 LXX],17).
Sin embargo, los enemigos son aquí los de fuera, los pueblos paganos «que nos
odian» (Sal 106 [105 LXX],10; 111 [110 LXX],9, etc.), no los de dentro, como en
el himno de María. Se habla, pues, de una salvación nacional en términos épicos.
El efecto de esta salvación será el restablecimiento del culto verdadero:
«santidad y rectitud». Zacarías sigue siendo sacerdote y buen observante de la
Ley: en el fondo, no puede menos que encuadrar la salvación de Israel, que
proféticamente ve como ya realizada («ha visitado, rescatado, suscitado»),
dentro de los estrechos moldes de su condición social y religiosa. Se trata de
la realización de la promesa que Dios había hecho a los patriarcas de Israel
sellando una alianza con Abrahán, promesa que ha ido recordando por medio de los
profetas (los dos incisos parentéticos sirven para dar relieve a la promesa y a
la alianza). Pero la salvación/liberación material que Dios ofrece a su pueblo
tiene -según Zacarías- fines eminentemente religiosos: para que Israel sirva al
Dios único con santidad y rectitud, sin temor a la persecución de los enemigos.
«Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor preparando sus caminos,
para conceder a su pueblo una experiencia de salvación
mediante el perdón de sus pecados» (1,76-77).
El estilo del himno cambia en la estrofa central, cuando Zacarías, retomando
palabras textuales del ángel (cf. 1,17) e inspirándose al mismo tiempo en los
profetas (Is 40,3; Mal 3,1), se dirige directamente al niño anticipando que su
misión como profeta y precursor tendrá como objetivo borrar las injusticias
pasadas, a fin de que el pueblo experimente la salvación. Zacarías espera que
Israel sea liberado de los enemigos exteriores; ve al pueblo entero como pecador
y espera su conversión, pero no considera la injusticia social que existe en su
interior.
«Por la entrañable misericordia de nuestro Dios
nos visitará un astro que nace de lo alto,
para que brille ante los que viven en tinieblas y en sombra de muerte
y guíe nuestros pasos por el camino de la paz» (1, 78-79).
COMENTARIO 2
El "Benedictus" de Zacarías hace pareja con el "Magnificat" de María. Ambos son
cánticos de acción de gracias a Dios por las maravillas de su salvación en
Jesucristo. Ambos se cantan diariamente en el oficio divino de la iglesia, el 1º
en la mañana y el 2º en la tarde. Ambos nos invitan en esta Navidad a que
también nosotros demos gracias a Dios. Seguramente serán muchos los motivos que
tengamos para exponer ante él confiadamente nuestras necesidades. Pero serán
también muchas las razones para agradecerle en esta víspera del nacimiento de su
Hijo en carne humana: agradecerle por el mismo Jesucristo, por sus palabras en
el Evangelio, por su predilección por los pobres, los humildes y los sencillos,
por habernos liberado de leyes religiosas opresoras y habernos enseñado los
caminos que más agradan a Dios: el del amor a los hermanos y el del perdón. Por
habernos convocado en la Iglesia para ser hermanos y darle al mundo un
testimonio de fraternidad. Por entregarnos su Palabra, en las Sagradas
Escrituras y en las palabras de nuestros hermanos los pobres que nos enseñan y
nos ayudan a entenderlas. Y muchos más motivos de acción de gracias a Dios. Para
cantarlas como María y como Zacarías en estos días de Navidad que ya mañana
comienzan y para los cuales nos estábamos preparando hasta hoy.
Zacarías saluda en su cántico a "el sol que nace de lo alto", al mismo
Jesucristo, de quien Juan Bautista, el hijo de Zacarías, será precursor. Dicho
sol brillará sobre "los que viven en tinieblas y en sombras de muerte", es decir
sobre todos aquellos que hasta ahora se han visto privados, a causa de sus
pecados, de la amistad con Dios; y sumidos en un mundo de violencia e
injusticia, de mentira y opresión, enfermedad y muerte, que son los frutos del
pecado. Pero este sol anunciado por Zacarías disipará todas las sombras, "a su
luz caminarán las naciones", como decía Isaías. "Guiará nuestros pasos por el
camino de la paz". Este sol es Jesús cuyo nacimiento estaremos celebrando dentro
de pocas horas.
1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
2-9.
1. Habiendo llegado al final del largo itinerario de los salmos y de los cánticos de la liturgia de Laudes, queremos detenernos en la oración que, cada mañana, marca el momento orante de la alabanza. Se trata del Benedictus, el cántico entonado por el padre de san Juan Bautista, Zacarías, cuando el nacimiento de ese hijo cambió su vida, disipando la duda por la que se había quedado mudo, un castigo significativo por su falta de fe y de alabanza.
Ahora, en cambio, Zacarías puede celebrar a Dios que salva, y lo hace con este himno, recogido por el evangelista san Lucas en una forma que ciertamente refleja su uso litúrgico en el seno de la comunidad cristiana de los orígenes (cf. Lc 1, 68-79).
El mismo evangelista lo define como un canto profético, surgido del soplo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 67). En efecto, nos hallamos ante una bendición que proclama las acciones salvíficas y la liberación ofrecida por el Señor a su pueblo. Es, pues, una lectura "profética" de la historia, o sea, el descubrimiento del sentido íntimo y profundo de todos los acontecimientos humanos, guiados por la mano oculta pero operante del Señor, que se entrelaza con la más débil e incierta del hombre.
2. El texto es solemne y, en el original griego, se compone de sólo dos frases (cf. vv. 68-75; 76-79). Después de la introducción, caracterizada por la bendición de alabanza, podemos identificar en el cuerpo del cántico como tres estrofas, que exaltan otros tantos temas, destinados a articular toda la historia de la salvación: la alianza con David (cf. vv. 68-71), la alianza con Abraham (cf. vv. 72-76), y el Bautista, que nos introduce en la nueva alianza en Cristo (cf. vv. 76-79). En efecto, toda la oración tiende hacia la meta que David y Abraham señalan con su presencia.
El ápice es precisamente una frase casi conclusiva: "Nos visitará el sol que nace de lo alto" (v. 78). La expresión, a primera vista paradójica porque une "lo alto" con el "nacer", es, en realidad, significativa.
3. En efecto, en el original griego el "sol que nace" es ÇnatolÕ, un vocablo que significa tanto la luz solar que brilla en nuestro planeta como el germen que brota. En la tradición bíblica ambas imágenes tienen un valor mesiánico.
Por un lado, Isaías, hablando del Emmanuel, nos recuerda que "el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló" (Is 9, 1). Por otro lado, refiriéndose también al rey Emmanuel, lo representa como el "renuevo que brotará del tronco de Jesé", es decir, de la dinastía davídica, un vástago sobre el que se posará el Espíritu de Dios (cf. Is 11, 1-2).
Por tanto, con Cristo aparece la luz que ilumina a toda criatura (cf. Jn 1, 9) y florece la vida, como dirá el evangelista san Juan uniendo precisamente estas dos realidades: "En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres" (Jn 1, 4).
4. La humanidad, que está envuelta "en tinieblas y sombras de muerte", es iluminada por este resplandor de revelación (cf. Lc 1, 79). Como había anunciado el profeta Malaquías, "a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en sus rayos" (Ml 3, 20). Este sol "guiará nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1, 79).
Por tanto, nos movemos teniendo como punto de referencia esa luz; y nuestros pasos inciertos, que durante el día a menudo se desvían por senderos oscuros y resbaladizos, están sostenidos por la claridad de la verdad que Cristo difunde en el mundo y en la historia.
Ahora damos la palabra a un maestro de la Iglesia, a uno de sus doctores, el británico Beda el Venerable (siglo VII-VIII), que en su Homilía para el nacimiento de san Juan Bautista, comentaba el Cántico de Zacarías así: "El Señor (...) nos ha visitado como un médico a los enfermos, porque para sanar la arraigada enfermedad de nuestra soberbia, nos ha dado el nuevo ejemplo de su humildad; ha redimido a su pueblo, porque nos ha liberado al precio de su sangre a nosotros, que nos habíamos convertido en siervos del pecado y en esclavos del antiguo enemigo. (...) Cristo nos ha encontrado mientras yacíamos "en tinieblas y sombras de muerte", es decir, oprimidos por la larga ceguera del pecado y de la ignorancia. (...)
Nos ha traído la verdadera luz de su conocimiento y, habiendo disipado las tinieblas del error, nos ha mostrado el camino seguro hacia la patria celestial. Ha dirigido los pasos de nuestras obras para hacernos caminar por la senda de la verdad, que nos ha mostrado, y para hacernos entrar en la morada de la paz eterna, que nos ha prometido".
5. Por último, citando otros textos bíblicos, Beda el Venerable concluía así,
dando gracias por los dones recibidos: "Dado que poseemos estos dones de la
bondad eterna, amadísimos hermanos, (...) bendigamos también nosotros al Señor
en todo tiempo (cf. Sal 33, 2), porque "ha visitado y redimido a su
pueblo". Que en nuestros labios esté siempre su alabanza, conservemos su
recuerdo y, por nuestra parte, proclamemos la virtud de aquel que "nos ha
llamado de las tinieblas a su luz admirable" (1 P 2, 9). Pidamos
continuamente su ayuda, para que conserve en nosotros la luz del conocimiento
que nos ha traído, y nos guíe hasta el día de la perfección" (Omelie sul
Vangelo, Roma 1990, pp. 464-465).
(©L'Osservatore Romano - 3 de octubre de 2003)
2-10. DOMINICOS 2003
A María le llegó el tiempo de dar a luz a su Hijo primogénito
Esas son palabras, antífona, que hoy se cantan o rezan en el Oficio de Laudes para anunciarnos anticipadamente la gran noticia que acontecerá en la próxima noche. El tiempo está cumplido. La esperanza se hace realidad. El Mesías por quien clamábamos va a estar con nosotros. La mesa y la fiesta están servidas.
María, doncella elegida, dará a luz al Salvador. ¿Cómo lo vamos a celebrar? Hagámoslo preparando con amor nuestro corazón, como se prepara el templo para el sacrificio, la mesa para el banquete, la boda para el amor, la cuna para el niño.
Así nos lo sugiere la Liturgia en sus lecturas bíblicas de gratitud y acción de gracias, recordando a David y el Arca, y a Zacarías con su ‘Benedictus’
“Cuando David se estableció en su palacio y el Señor le dio paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán : mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, pero el arca de Dios {arca de la Alianza} vive en una tienda. Natán respondió : ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.
Y en aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor : ve y dile a mi siervo David : ¿eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?... Pues yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos... Te pondré en paz con todos los enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre...”
“Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian, realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán...”
Habíamos comenzado las reflexiones de Adviento dando especial relevancia al profeta Isaías, quien, en sus oráculos, cantos, himnos, poemas, nos preanunciaba la historia y vida del Mesías, Hijo de Dios, entre nosotros.
Hoy, al concluir el ciclo, el libro de Samuel otorga a David un puesto de privilegio, dado que en su descendencia estaba vaticinado que surgiría el Salvador de Israel.
En el acontecimiento que narra el texto sagrado, el rey David, conquistador de la ciudad santa, Jerusalén, y señor de los reinos del Norte y del Sur, Israel-Judá, quiere agradecer a Yhavé sus dones dedicándole con especial amor un templo digno y noble en el corazón de la ciudad santa.
Su deseo era bueno, pero no conseguirá dar alcance a tamaña obra, construir el templo. Será su hijo Salomón quien logrará realizarla.
¡Pero qué bien valoró Dios los nobles propósitos de David!
Nosotros, a su imagen, tratemos de preparar hoy en nuestra más profunda intimidad una morada digna al Hijo, al Padre y al Espíritu, pues, al tiempo de nacer Jesús en Belén quiere nacer también en nosotros, y digamos con Zacarías:
Bendito seas, Señor, que hoy vienes a nuestra casa y a nuestro corazón. Haz que todos , te sintamos muy dentro y obremos como santos a partir de la Natividad.
2-11. CLARETIANOS 2003
La
Visita de la entrañable misericordia
Esta noche celebramos la Natividad del Señor. Una cierta impaciencia se apodera
ya de nosotros. Pero, antes, la liturgia nos vuelve la mirada hacia el anciano
sacerdote Zacarías. Él tuvo su peculiar navidad. El demonio mudo que lo habitaba
fue superado por el Espíritu Santo que se apoderó de él. Escuchemos el relato
evangélico.
Cada persona tiene su gran oportunidad en la vida. Es como un tiempo adecuado
para nacer de nuevo. Eso le sucedió al viejo e incrédulo sacerdote Zacarías,
padre de Juan el Bautista. Él se había acostumbrado a su actividad religiosa y a
la soledad de una pareja sin familia. Recibió la visita de Dios y al principio
le retiró totalmente su confianza. Hoy nos muestra el Evangelio cómo al fin se
abrió a la gracia. Y esa fue su oportunidad para nacer de nuevo. El Espíritu
Santo se apoderó de él, como antes se había apoderado de las dos mujeres que
había en su casa: María e Isabel. También él comenzó a profetizar, habiendo
recuperado antes la palabra.
El himno que proclamó la Iglesia lo ha recitado siglo tras siglo. Hoy lo decimos
todos los días en la liturgia de los Laudes.
El himno canta, ante todo, la Visita liberadora de Dios . Reconoce Zacarías que
el pueblo, su pueblo, ha estado sometido a miedos, horrores, esclavitudes y
odios por parte de sus enemigos. Pinta el pasado del pueblo como un vivir en
sombras de muerte. Sin embargo, Dios, movido por su entrañable misericordia, ha
visitado a su Pueblo y lo ha liberado. Se ha acordado de su alianza, ha sido
fiel a sus promesas, ha cumplido sus predicciones. Abraham no se sentiría
defraudado de la lealtad de Dios.
¿Y qué está haciendo Dios con su pueblo? En primer lugar ha enviado un niño que
será llamado profeta del Altísimo, que irá delante para preparar los caminos y
anunciará la salvación y el perdón. Ese niño es precisamente su hijo Juan. Y,
después del profeta vendrá la salvación que libra de los enemigos, que realiza
la misericordia y hace posible el servicio en santidad y justicia. Tendrá lugar
la visita del Sol que nace de lo alto y que ilumina a quienes están en tinieblas
y guía los pasos por el camino de la paz
A cualquier edad podemos renacer de nuevo. ¿No es ésta la auténtica Navidad
interior? Decía Unamuno que una nueva idea de Dios es como un nuevo nacimiento.
Nace quien descubre a Dios en su vida, como lo descubrió el incrédulo Zacarías.
Este persona se oculta en cada uno de nosotros, en nuestras desconfianzas y
escepticismos. Pero podemos nacer de nuevo, especialmente en esta Noche en que
celebraremos el nacimiento más insospechado de Dios en medio de nosotros.
José Cristo Rey García Paredes (jose_cristorey@yahoo.com)
2-12. 2003
LECTURAS: 2SAM 7, 1-5. 8-12. 14-16; SAL 88; LC 1, 67-79
2Sam. 7, 1-5. 8-12. 14-16. David quiere construirle una casa al Señor. Pero el
Señor le muestra a David cuáles son los planes que tiene sobre él: Dios le
construirá una casa eterna a aquel que fue sacado de los apriscos y de andar
tras las ovejas. Nos encontramos ante la promesa que Dios hizo a David de que su
reino y su trono permanecerían ante Él eternamente. Y esta promesa Dios la
cumplirá en Jesús y en su descendencia, que somos nosotros, su Iglesia. Dios,
que hizo una alianza con su Pueblo comprometiéndose con estas palabras: Yo seré
tu Dios y tú serás mi pueblo, ahora, por medio de su Hijo ha hecho con nosotros
una nueva y definitiva alianza en que Él se compromete a ser nuestro Padre y
nosotros a ser sus hijos por nuestra unión a Jesús, su único Hijo. Ha llegado el
momento en que el Señor, hecho uno de nosotros, une nuestra humanidad a Él para
presentarnos, libres de toda mancha, ante su Padre para que sea Padre nuestro.
Que esta promesa amorosa de Dios llegue en nosotros a su plenitud.
Sal. 88. El Señor nunca olvida sus promesas. Lo que Dios
nos da jamás nos lo retira. Nosotros podemos disminuir el don de Dios o perderlo
a causa de nuestras rebeldías a Él. Sin embargo Dios se manifestará con nosotros
siempre como un Dios lleno de misericordia. Por eso procuremos no sólo llamarnos
hijos de Dios, sino serlo en verdad. Que Él nos fortalezca con la presencia de
su Espíritu Santo, de tal forma que, aceptando en nosotros el amor de Dios,
seamos en verdad un signo de Él en el mundo hasta que, consolidados en la Verdad
alcancemos en nosotros el cumplimiento de las promesas divinas: ser, en Cristo,
hijos de Dios eternamente.
Lc. 1, 67-79. Juan preparará el camino al Señor que visita a su pueblo en Cristo
Jesús. Ha llegado, así, el cumplimiento de las antiguas promesas que Dios hizo a
Abraham y a su descendencia. El Señor viene para perdonarnos nuestros pecados,
pues es el Dios lleno de misericordia para quienes sabe que somos frágiles y
fácilmente inclinados hacia la maldad. Pero el Señor no sólo ha venido a salvar
a los Judíos. Las promesas de salvación han de llegar en su cumplimiento hasta
el último rincón de la tierra para que todos vean y disfruten de la salvación de
Dios. Así el Señor, como un Luz venida de lo alto, ha llegado para iluminar a
todos los que viven en tinieblas y en sombras de muerte. Quien escuche al Señor
y se comprometa a vivir con Él en una auténtica fidelidad a sus enseñanzas, se
estará dejando guiar por el Señor, quien encaminará los pasos del creyente por
el camino de la paz, que, finalmente culminará en la paz eterna. Abramos las
puertas de nuestra vida al Redentor que se acerca a todo hombre de buena
voluntad.
En esta Eucaristía bendecimos al Señor que se ha presentado a nosotros como
Aquel que nos libra de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos
odian. Mediante su Misterio Pascual, cuyo Memorial estamos celebrando, el Señor
nos ha sacado de nuestras prisiones, nos ha rescatado de nuestras esclavitudes y
nos ha dado la libertad de los hijos de Dios. Quienes lo hemos aceptado en
nuestra vida, quienes somos su Templo Santo, tenemos la seguridad del amor
protector de Aquel que nos ama y a quien amamos con lealtad. Dios nos ama con un
amor siempre fiel y más firme que los mismos cielos. Ese amor le llevó a hacerse
uno de nosotros y a dar su vida, con tal de que fuésemos hechos hijos de Dios.
Este momento tan importante en que vivimos nuestra comunión de vida con el Señor
nos ha de recordar que también nosotros le hemos de ser fieles al Señor, no sólo
amándolo a Él, sino amando a nuestro prójimo como el Señor nos ha enseñado, no
sólo con sus palabras, sino con la entrega de su vida misma.
El Señor quiere que no sólo disfrutemos de su Vida, de su Amor, de su Paz, sino
que vayamos a todas las naciones y le preparemos corazones dispuestos a
recibirlos. No vamos nosotros para brillar y apoderarnos de la gloria que sólo a
Dios le pertenece. Ante el Señor no somos dignos, ni siquiera, de desatarle la
correa de sus sandalias. Si en verdad queremos ser grandes, importantes ante Él,
convirtámonos en servidores de todos; así como el Hijo del Hombre no vino a ser
servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos. No tengamos miedo
de acercarnos a quienes han desvalagado como ovejas sin pastor. Dios quiere que
su luz, su salvación llegue a quienes viven atrapados por la oscuridad de sus
maldades. Pero el Señor no nos quiere cómplices de la maldad, ni indiferentes
ante las pobrezas y sufrimientos de nuestro prójimo. Él encendió en nosotros su
Luz para que seamos motivos de paz, de alegría, de misericordia y de amor
fraterno para nuestro prójimo. Si cumplimos con esta misión, estaremos
preparando el camino al Señor no sólo con bellos discursos, sino con actitudes y
obras venidas de Dios.
Que el Señor nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra
Madre, la gracia de vivir totalmente comprometidos en dar a conocer al Señor a
todos mediante una vida íntegra, brotada de la presencia del Señor, a quien
hemos acogido en nuestros corazones. Amén.
www.homiliacatolica.com
2-13.
Comentario: Rev. D. Ignasi Fabregat i Torrents (Terrassa-Barcelona, España)
«Harán que os visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan
en tinieblas»
Hoy, el Evangelio recoge el canto de alabanza de Zacarías después del nacimiento
de su hijo. En su primera parte, el padre de Juan da gracias a Dios, y en la
segunda sus ojos miran hacia el futuro. Todo él rezuma alegría y esperanza al
reconocer la acción salvadora de Dios con Israel, que culmina en la venida del
mismo Dios encarnado, preparada por el hijo de Zacarías.
Ya sabemos que Zacarías había sido castigado por Dios a causa de su
incredulidad. Pero ahora, cuando la acción divina es del todo manifiesta en su
propia carne —pues recupera el habla— exclama aquello que hasta entonces no
podía decir si no era con el corazón; y bien cierto que lo decía: «Bendito sea
el Señor, Dios de Israel...» (Lc 1,68). ¡Cuántas veces vemos oscuras las cosas,
negativas, de manera pesimista! Si tuviésemos la visión sobrenatural de los
hechos que muestra Zacarías en el Canto del Benedictus, viviríamos con alegría y
esperanza de una manera estable.
«El Señor ya está cerca; el Señor ya está aquí». El padre del precursor es
consciente de que la venida del Mesías es, sobre todo, luz. Una luz que ilumina
a los que viven en la oscuridad, bajo las sombras de la muerte, es decir, ¡a
nosotros! ¡Ojalá que nos demos cuenta con plena conciencia de que el Niño Jesús
viene a iluminar nuestras vidas, viene a guiarnos, a señalarnos por dónde hemos
de andar...! ¡Ojalá que nos dejáramos guiar por sus ilusiones, por aquellas
esperanzas que pone en nosotros!
Jesús es el “Señor” (cf. Lc 1,68.76), pero también es el “Salvador” (cf. Lc
1,69). Estas dos confesiones (atribuciones) que Zacarías hace a Dios, tan
cercanas a la noche de la Navidad, siempre me han sorprendido, porque son
precisamente las mismas que el Ángel del Señor asignará a Jesús en su anuncio a
los pastores y que podremos escuchar con emoción esta misma noche en la Misa de
Nochebuena. ¡Y es que quien nace es Dios!
2-14.Dios
ha redimido a su pueblo
Reflexión
Hemos llegado a la hora cero, la noche santa, la Nochebuena. ¡Qué nombre tan
bello se le ha puesto!Noche en la que todos nos hacemos niños, y dejamos que
hable el corazón, qu e se haga villancico, luz, ternura, amor familiar, bondad e
ingenuidad. Noche en la que sale fuera el niño que somos por dentro, y hablan el
Niño del pesebre, la mula y el buey, los ángeles y los pastores....narraciones
simbóloicas que revelan lo más hondo de nosotros mismos y del sentido de nuestra
existencia.
Vivamos con intencidad estos días. Detengámonos -¡como sea!- para encontrar un
tiempo de paz, de sabor, de oración..ante el misterio: el misterio de Dios, el
de Jesús, el de los seres humanos, el mio..
El tiempo de Navidad es un tiempo de amnesia. Se nos invita a olvidar todo
aquello que nos disminuye y enferma. En toda comunidad hay roces y malos
entendidos. Todospasamos por muy malos ratos, con reacciones tan injustas como
crueles hacia los demás. Todos somos heridos y heridores. Todos necesitamos
olvidar. No solo perdonar desde lo alto de nuestra dignidad herida, cuando
alimentamos con el recuerdo de nuestro perdón el recuerdo de la ofensa. Hagamos
en este tiempo un esfuerzo definido y sistemático para expulsar de nuestra
memoria la convicción de que somos víctimas.
Todos nos regocijamos hoy por el nacimiento de Jesucristo en la tierra. “¡Un
Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado!” –canta alegremente la Iglesia en la
misa de Nochebuena, con las palabras del profeta Isaías. Sí, Jesús ha nacido, y
en Él “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los
hombres” –nos dice san Pablo en la lectura de la carta a Tito–. Y en el
Evangelio escuchamos el mensaje jubiloso que el ángel anuncia a los pastores:
“Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: ¡el Mesías, el Señor! Y
aquí tenéis la señal: encontraréis a un Niño envuelto en pañales y acostado en
un pesebre”.
¡Dios se ha hecho hombre! ¡El Verbo eterno del Padre se ha hecho carne para
redimirnos del pecado, para abrirnos las puertas del cielo y darnos la
salvación! Es un misterio insondable, incapaz de ser abarcado ni comprendido
suficientemente por nuestra pobre y oscura razón humana. El Dios infinito se
hace un ser pequeñísimo; el Dios eterno se hace hombre temporal y mortal; el
Dios omnipotente se hace un niño frágil, impotente e indefenso; el Dios creador
de todo cuanto existe y a quien no puede contener el universo entero, se hace
una creatura capaz de ser contenida en el vientre de María y luego envuelta en
pañales... ¡Sí, este Niño es Dios! Y nace en la más absoluta pobreza, en la más
profunda humildad, silencio, desprendimiento, obediencia al Padre... ¿Por qué?
Por amor a cada uno de nosotros. ¿Para qué? Para darnos la vida eterna. Como
bellamente nos dice san Ireneo, “el Hijo de Dios se hizo hijo del Hombre para
que el hombre llegara a ser hijo de Dios”.
Ojalá que en esta Navidad meditemos hondamente en el significado y en el sentido
profundo de lo que estamos celebrando, y no nos ocurra como la historia del
sueño de la Virgen María.
P. José Rodrigo Escorza
2-15.
En
aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo,
profetizó diciendo: "Bendito esa el Señor, Dios de Israel, porque ha
visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación de la
casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de
sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y
de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia con
nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a
nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la
mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su
presencia, todos nuestros días. Y a ti niño, te llamarán profeta del
Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciado a
su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable
misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para
iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar
nuestros pasos por el camino de la paz"
El
cántico de Zacarías es uno de mis favoritos en la mañana cuando hago
laúdes. Ya lo recito de memoria. He aprendido a hacerlo mío. A
saborearlo, a disfrutarlo. A sentirme tan llena del Espíritu Santo como se
sintió Zacarías en ese momento que profetizó sobre la venida de nuestro
Señor Jesucristo. Nuestro Dios, por su infinita misericordia, nos ha
concedido ser libres. Libres de todo temor, de toda angustia, de todo
poder. No hay nadie que pueda contra nosotros una vez que hemos aceptado a Jesús
como nuestro salvador. Dios, lo único que quiere es que podamos
servirle con santidad y justicia por todos nuestros días. Él ha cumplido su
promesa. Nos ha librado de todas nuestras culpas y espera guiarnos por el
camino de la paz. Hoy es un buen día para abrir nuestros corazones al
nacimiento de esa fuerza de salvación que Dios nos ha suscitado de la casa
de David, su siervo.
Pidamos a Dios que nos haga sentir, tal y como dijera Zacarías, que Él nos
ha visitado por medio de su Hijo Jesús, y que nos ha dado la salvación, que
somos totalmente libres para servirle.
Miosotis
2-16.
EL ESTUPOR.
Quedan pocas horas para que comencemos el tiempo de Navidad, los días de
Adviento llegan a su fin y es la hora del silencio.
“María, Madre por excelencia, nos ayuda a comprender las palabras claves del misterio del nacimiento de su Hijo divino: “humildad, silencio, estupor, alegría”. Son palabras de Juan Pablo II para estas navidades.
Hemos caminado con María y con José estos últimos días de Adviento, hemos escuchado sus conversaciones, les hemos contado nuestras penas y alegrías, luchas y éxitos, fracasos y proyectos. Seguramente a veces nos hemos despistado de su camino y hemos vuelto a retomar sus pasos después de una sincera confesión y unos momentos de oración frente al Sagrario.
“Humildad, silencio, estupor, alegría”, mientras terminamos de colocar los últimos adornos, damos un “toque” especial a la cena y esperamos a la familia que se vaya reuniendo, dejemos resonar en nuestro corazón esas palabras: humildad, silencio, estupor, alegría.
Humildad pues nos visita “el sol que nace de lo alto” y lo hace desde un pesebre, donde se alimenta a las bestias, Él que será el alimento que lleva a la vida eterna. Sólo los ojos de María y José contemplarían ese momento crucial para la vida de la humanidad, para cada uno de nosotros.
Silencio pues no hay palabras que puedan definir el acontecimiento que esperamos. Ante la Palabra hecha carne sobran todas las demás palabras. “¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?”, desde luego que no, es Dios mismo quien se ha preparado esa casa, las entrañas purísimas de María y un cuerpo “a imagen y semejanza de Dios” que contiene en sí la salvación de los hombres.
Estupor ante el insondable misterio de la encarnación, asombro de hombres y ángeles ante Dios hecho niño, pasmo de toda la naturaleza que ha sido visitada por su Señor y creador. Si alguna vez perdemos la capacidad de asombro ante las acciones de Dios es que estamos enfermos del alma y habrá que acudir al médico de los cuerpos y las almas, al Espíritu Santo que ilumina nuestro entendimiento.
Y
alegría, sin duda una de las palabras más repetidas en estos días y que nace de
la humildad, del silencio del estupor ante “la entrañable misericordia de
nuestro Dios”. “Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano
de todos los que nos odian”. La muerte y el pecado han sido vencidas en el
silencio de un pesebre, preludio del silencio de la Cruz, ante los testigos que
se van uniendo a contemplar el acontecimiento. También tú y yo tendremos que
hacernos presentes mañana junto a la Sagrada Familia, pero hoy vamos a quedarnos
humildemente y en silencio, asombrados ante la cercanía del Misterio. Tendremos
la alegría de ayudar a la Virgen Madre a colocar cada detalle del portal- cada
detalle de tu vida-, porque aunque te parezca poco importante, sin
trascendencia, ayudará a que sea más cómodo ese lugar escogido por el “sol que
nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte”.
Nos encontramos a medianoche.
ARCHIMADRID
2-17. SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO
Is 9,2-7: Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha
sido dado
Sal 95,1-3.11-13
Tit 2,11-14: Esperamos el día feliz en que se manifieste nuestro Dios y
Salvador.
Lc 2,1-14: Nacimiento del Niño Jesús en Belén
Para comprender el repentino destello de luz del himno de Isaías que escuchamos
hoy, es necesario contraponerlo a la oscuridad de la sección precedente, es
decir, Is 8,21-23. En una superficie desierta y bajo un cielo sombrío y
amenazador, una caminante desesperado y anónimo, encarnación de Judá, humillado
bajo el yugo asirio, avanza fatigosamente, maldiciendo “a su rey y a su Dios”.
Alza la mirada al cielo todo es “angustia y tinieblas”, se inclina a la tierra y
todo es “aprieto y oscuridad sin salida”. El cielo contemplado y la tierra
pisoteada por los pies cansados son los polos de un universo sin vida ni
esperanza. Pero el cuadro resulta invadido de repente por la luz, en todas
direcciones, de norte (tierra de Zabulón y Neftalí, territorio de los gentiles,
o sea Galilea) a sur (el camino del mar) y oriente (al otro lado del Jordán).
Se eleva entonces un solemne coral de gloria, de luz de gozo (9,2). La luz pone fin a las tinieblas, símbolo del caos (Gn 1,2) y la muerte, dando comienzo así a una nueva creación. La luz es vida, es una realidad que actúa; el libro de Isaías gusta de poner con frecuencia a las tinieblas la irrupción liberadora de la luz (5,20; 42,16; 58,10; 59,9). El gozo que de ello brota se dibuja pintado en dos imágenes vigorosas, el segar y la victoria militar. Es una alegría primitiva, elemental que resume toda la existencia de una nación recogiendo los momentos de paz y los momentos bélicos.
Las expresiones de gozo y alegría que utiliza el profeta, van apuntando al centro y motivo del himno, al versículo 5: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado; es su nombre: Maravilla de consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz” . Es el hecho cumbre que justifica tanta alegría: “a nosotros” (Dios con nosotros, Emmanuel) nos ha dado Dios esta criatura real. A las escenas tumultuosas precedentes sucede ahora un ritmo dulce y suave. La entronización de este rey niño se describe en dos fases fundamentales: la imposición del cetro y las insignias reales y la atribución del nuevo nombre dinástico. En Egipto se acostumbraba imponer cinco nombres al nuevo faraón en la ceremonia de coronación. A este hijo real se le confieren en cambio cuatro títulos reales. Valiosos todos para comprender la esperanza de Isaías que se dilata más allá de la figura concreta del soberano que ahora sube al trono.
El punto de partida es siempre muy inmediato y realista. Los títulos indican, en efecto, cuatro oficios cortesanos: “consejero” para la política interna, “guerrero” que mejor se traduciría por “general”, para la defensa de la nación: “padre”, apelativo honorífico y social del soberano, “príncipe”, por ser el soberano hebreo siempre y solamente lugarteniente respecto del Señor, el único y verdadero rey.
Pero a los cuatro títulos humanos acompañan cuatro especificaciones excepcionales, más aún, divinas. La mirada pasa entonces de Ezequías al rey mesiánico ideal que será “consejero”, pero “admirable”, como YHWH mismo según Is 28,29; será guerrero, pero poderoso como “Dios”; será “padre” pero “para siempre, participando en la eternidad de Dios que supera la corta duración de un reino, será “príncipe”, pero en la “paz” mesiánica, signo de los tiempos perfectos y definitivos.
El evangelio de Lucas nos narra el nacimiento de Jesús, promesa del Padre hecha realidad. San Lucas se cuida de rodear este nacimiento con otros acontecimientos que le dan un especial realce, no sólo por el anuncio hecho a María, sino por la narración de nacimiento de Juan Bautista. El nacimiento de Jesús está rodeado de las coordenadas históricas que le dan el carácter de hombre histórico. Lucas no quiere que a pesar de las cosas extraordinarias que rodean este nacimiento, sus destinatarios se vayan a confundir. Aquí está el inicio de un ser humano que viene al mundo en un tiempo concreto. En cuanto a la coordenada espacial también el evangelista lo ubica en un lugar específico: Belén, lugar en donde debería cumplirse todo lo anunciado por los profetas. Pero más allá de la constatación del lugar, está la descripción de las condiciones prácticamente infrahumanas en las cuales nace Jesús. Es que en línea con todo el proceder de Dios a lo largo del Antiguo Testamento, su lugar y su presencia se concreta en el lugar y en las circunstancias menos esperadas. El Dios de los pobres no podía nacer en un palacio; el salvador no podía tener su cuna entre quienes se creían ya salvados o creían tener su vida asegurada. El origen humilde de Jesús en medio de los humildes es el acto que sella definitivamente esa opción de Dios por los empobrecidos, por los ignorados de la tierra.
El anuncio del nacimiento no se hace al estilo “normal” de los grandes e importantes anuncios; esto es, comenzando por los influyentes y poderosos. La noticia del nacimiento se dirige primero que todo a aquellos que nunca habían sido tenidos en cuenta para anunciarles buenas noticias, porque para el pobre, el desclasado no hay buenas noticias... Pues aquí logra Lucas en su narración un impacto extraordinario, el anuncio del nacimiento del Mesías esperado se dirige primero a quienes representan los posteriores destinatarios de la obra y misión de Jesús: los pobres, sólo ellos podrán ver a su Mesías. Sólo en un corazón de pobre puede sentirse el impacto celestial, la esperanza en un niño apenas venido al mundo. Cualquier poderoso se reiría de semejante despropósito: en momento en que Israel espera un Mesías fuerte, poderoso, con autoridad, unos pastores adoran a un niño recién nacido, y para rematar en una pesebrera!
El cuadro de la adoración de los pastores en Belén es la imagen plástica del sentimiento veterotestamentario de los temerosos de YHWH, de los anawin, que en su sencillez y limpieza de corazón supieron ver esa cercanía y amor materno de Dios.
Esta noche, quizás dormido, paraliza el mundo; hace sentir en muchos corazones la ternura más diáfana y profunda, ¿cuántos seremos capaces de adorarlo con corazón de pobre al estilo de los pastores? ¿Cuántos seremos capaces de escapar del ruido y el bullicio en el que se ha convertido la Navidad para volver a encontrar en el pesebre el cumplimiento de las promesas de Dios? Ojalá que María la del silencio, la que guardaba todas esas cosas en su corazón, nos aleccione esta noche, y que José el “varón justo” nos enseñe también esa virtud de la fe; que nuestra alegría no se confunda con las estridencias de esta noche y que más bien salga desde lo más íntimo de nuestro corazón ese “gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres y mujeres de buena voluntad...”, himno que cada vez se hace menos perceptible a los oídos de nuestro mundo.
2-18. DOMINICOS 2004
24 de diciembre, viernes: A María le llegó el
tiempo de dar a luz a su Hijo primogénito.
Esas palabras, tomadas de la antífona que hoy se canta o reza en el Oficio de
laudes nos anuncian anticipadamente la gran noticia que acontecerá en la próxima
noche.
El tiempo está cumplido. La esperanza se hace realidad. El Mesías por quien
clamábamos va a estar con nosotros. La mesa y la fiesta están servidas. María,
doncella elegida, dará a luz al Salvador.
¿Cómo lo vamos a celebrar? Hagámoslo preparando con amor nuestro corazón, como
se prepara el templo para el sacrificio, la mesa para el banquete, la boda para
el amor, la cuna para el niño. Así nos lo encarece la Liturgia matutina en sus
lecturas bíblicas de gratitud y acción de gracias..
Palabra de Dios, palabra de esperanza
Segundo libro de Samuel 7, 1-5.8.11.16:
“Cuando David se estableció en su palacio y el Señor le dio paz con todos los
enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: mira, yo estoy viviendo
en casa de cedro, pero el arca de Dios vive en una tienda. Natán respondió: ve y
haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.
Y en aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: ve y dile a mi
siervo David: ¿eres tú quien me va a construir una casa para que habite en
ella?.... Pues yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus
enemigos. Te pondré en paz con todos los enemigos, te haré grande y te daré una
dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre.....”
Evangelio según san Lucas 1, 67-79:
“Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: ‘Bendito
sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según
había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación
que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian,
realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa
alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán....”
Urgidos por la palabra
Del preanuncio a la presencia.
Durante estas cuatro semanas de adviento, el profeta Isaías nos ha ido
ofreciendo oráculos, himnos, poemas, que pre-anunciaban la historia y vida del
Mesías (Hijo de Dios) que vendría hasta nosotros. Hoy, al concluir el ciclo, el
libro de Samuel nos anuncia que el Salvador de Israel vendrá en la descendencia
de David. Y el sacerdote Zacarías, por su parte, rompiendo su silencio y mudez,
anuncia que su hijo, trabajosamente logrado, se llamará Juan al precursor, que
significa Dios-ha-tenido-misericordia.
El Antiguo Testamento se acerca a su meta.
Cantemos con Zacarías himnos de gratitud porque el Dios de Israel visita a su
pueblo. Es Navidad. Que Dios se haga presente, como Niño, en todos los hogares
del mundo: En Irak, Paquistán, Chechenia, Ruanda, Burundi, Somalia..., y nos
traiga amor y paz !
2-19.
Comentario: Rev. D. Ignasi Fabregat i Torrents
(Terrassa-Barcelona, España)
«Harán que os visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan
en tinieblas»
Hoy, el Evangelio recoge el canto de alabanza de Zacarías después del nacimiento
de su hijo. En su primera parte, el padre de Juan da gracias a Dios, y en la
segunda sus ojos miran hacia el futuro. Todo él rezuma alegría y esperanza al
reconocer la acción salvadora de Dios con Israel, que culmina en la venida del
mismo Dios encarnado, preparada por el hijo de Zacarías.
Ya sabemos que Zacarías había sido castigado por Dios a causa de su
incredulidad. Pero ahora, cuando la acción divina es del todo manifiesta en su
propia carne —pues recupera el habla— exclama aquello que hasta entonces no
podía decir si no era con el corazón; y bien cierto que lo decía: «Bendito sea
el Señor, Dios de Israel...» (Lc 1,68). ¡Cuántas veces vemos oscuras las cosas,
negativas, de manera pesimista! Si tuviésemos la visión sobrenatural de los
hechos que muestra Zacarías en el Canto del Benedictus, viviríamos con alegría y
esperanza de una manera estable.
«El Señor ya está cerca; el Señor ya está aquí». El padre del precursor es
consciente de que la venida del Mesías es, sobre todo, luz. Una luz que ilumina
a los que viven en la oscuridad, bajo las sombras de la muerte, es decir, ¡a
nosotros! ¡Ojalá que nos demos cuenta con plena conciencia de que el Niño Jesús
viene a iluminar nuestras vidas, viene a guiarnos, a señalarnos por dónde hemos
de andar...! ¡Ojalá que nos dejáramos guiar por sus ilusiones, por aquellas
esperanzas que pone en nosotros!
Jesús es el “Señor” (cf. Lc 1,68.76), pero también es el “Salvador” (cf. Lc
1,69). Estas dos confesiones (atribuciones) que Zacarías hace a Dios, tan
cercanas a la noche de la Navidad, siempre me han sorprendido, porque son
precisamente las mismas que el Ángel del Señor asignará a Jesús en su anuncio a
los pastores y que podremos escuchar con emoción esta misma noche en la Misa de
Nochebuena. ¡Y es que quien nace es Dios!
2-20. Reflexión
Dios, nos dice hoy la Escritura por boca de Zacarías, ha visitado y redimido a
su pueblo. De nuevo este cántico nos invita a reflexionar en lo importante que
es la conciencia histórica de la salvación. Pensemos por unos momentos que el
mismo Dios ha visitado nuestra tierra, nuestra vida, nuestras propias casas. La
Navidad no es simplemente una fiesta, sino un ACONTECIMIENTO SALVÍFICO DE DIOS,
que tiene que ser parte de nuestra propia historia. Dios nos visita para darnos
el verdadero sentido de la vida, del amor, del trabajo… para sacarnos de las
tinieblas del pecado, del consumismo, de nuestro propia egoísmo que nos cierra y
que nos impide darnos cuenta de lo importante que es aquél que también camina
conmigo. La Navidad es la celebración de la luz que hoy hay en nuestros
corazones, y que hace que la vida sea TOTALMENTE DISTINTA. Dentro de lo agitado
que puede ser este día, démonos unos momentos para hacer consciente en nosotros
este paso de Dios en nuestra vida, busquemos en nuestro corazón esta luz,
démonos cuenta que Dios verdaderamente, a lo largo de nuestra vida, ha HECHO
HISTORIA en nosotros y en nuestra familia.
Que pases un día lleno de amor y de paz, y que la Noche Buena sea una verdadera
experiencia de amor, alegría y fraternidad en el Señor para ti y todos los de tu
familia..
Pbro. Ernesto María Caro
2-21. 24 de Diciembre
230. Esperando a Jesús
I. De modo muy especial y extraordinario, la vida de la Virgen está centrada en
Jesús. Lo está singularmente en esta víspera del nacimiento de su Hijo. Apenas
podemos imaginar el recogimiento de su alma. Así estuvo siempre, y así debemos
aprender a estar nosotros, ¡tan dispersos y tan distraídos por cosas que carecen
de importancia! Una sola cosa es verdaderamente importante en nuestra vida:
Jesús, y cuanto a Él se refiere. La Virgen vive ese recogimiento interior en el
que es posible valorar y guardar los acontecimientos, grandes y pequeños, de su
vida. En su alma todo es armonía, enriquecida por la presencia de la Santísima
Trinidad. María está siempre en oración, porque todo lo hace referencia a su
Hijo. Su recogimiento interior fue constante. Su oración se fundía con su misma
vida, con el trabajo y la atención a los demás. Su silencio interior era
riqueza, plenitud, y contemplación. Pidamos a la Virgen este recogimiento
interior necesario para ver y tratar a Dios.
II. La Virgen nos alienta en esta víspera del Nacimiento de su Hijo a no dejar
jamás la oración, el trato con el Señor. Sin oración estamos perdidos, y con
ella somos fuertes y sacamos adelante nuestras tareas. No encontraremos a lo
largo de nuestra vida a nadie que nos escuche con tanto interés y con tanta
atención como Jesús. La oración es siempre enriquecedora. Incluso en ese diálogo
“mudo” ante el Sagrario en el que no decimos palabras: basta mirar y sentirse
mirados. ¡Qué diferencia de la frecuente palabrería de muchos hombres, que nada
dicen porque nada tienen que comunicar! De la oración salimos siempre con más
luz, con más alegría, con más fuerza. ¡Hablar y ser escuchado por nuestro
Creador! Este es uno de los dones más grandes del hombre.
III. En la oración es importante la perseverancia, la fe y la humildad;
procurando que no sea un monólogo en el que nos damos vueltas a nosotros mismos.
El Señor nos pide sencillez, que reconozcamos nuestras faltas, y le hablemos de
nuestros asuntos y de los Suyos. “Orar es hablar con Dios: de Él, de ti:
alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones
diarias..., ¡flaquezas!: y hacimiento de gracias y peticiones: Y Amor y
desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte, a hacerte una lumbre viva
que dé calor y luz “ (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino). Ninguna persona de este
mundo ha sabido tratar a Jesús como su Madre y, después de su Madre, San José..
Contemplamos a José muy cerca de María, lleno de delicadezas con Ella. Jesús va
a nacer. Él ha preparado lo mejor que ha podido aquella gruta. Le pedimos
nosotros que nos ayude a preparar nuestra alma cuando tenemos tan cerca de
Jesús.
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra. Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre