Tema 47. LA IGLESIA, PUEBLO CARISMÁTICO. VOCACIÓN. VIDA RELIGIOSA

 

OBJETIVO CATEQUÉTICO

Que el preadolescente descubra:

 

En el grupo, cada uno tiene su función

119. En un grupo humano bien conjuntado, cada miembro tiene una función propia en relación con los otros. No es un número más. Todos necesitan de todos. Cada uno tiene su papel y en él sirve a los demás. Sin embargo, cuando cada cual se busca a sí mismo y no pone sus cualidades al servicio de los otros, sino que prescinde de ellos, el grupo se divide, se deteriora o desaparece.

En la comunidad de fe cada miembro tiene su función

120. La Iglesia vive su fe en forma comunitaria, a veces en comunidades humanas pequeñas y siempre en comunión con la Iglesia universal. En la comunidad eclesial, como en un cuerpo, cada miembro tiene una función particular y propia, necesaria para el conjunto: "El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Si el pie dijera: no soy mano, luego no formo parte del cuerpo, ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: no soy ojo, luego no formo parte del cuerpo, ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: no te necesito, y la cabeza no puede decir a los pies: no os necesito" (1 Co 12, 14-21).

Comunidad y carismas

121. En la comunidad de Corinto, la acción del Espíritu, Don de Dios por excelencia, había suscitado una abundante profusión de dones (carismas), que manifestaban la vitalidad de la Iglesia. Sin embargo, la actitud individual y exhibicionista de algunos miembros traía el peligro de sembrar la anarquía en la comunidad. Esto motiva la intervención de San Pablo en su primera carta a los Corintios (12-14).

Todo carisma procede del Espíritu

122. Ante este problema, San Pablo da unos criterios que tienen valor permanente. En primer lugar, recuerda que todo carisma procede del Espíritu, como de su fuente: "Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu: hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien por el mismo Espíritu recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le han concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece." (1 Co 12, 4-11.)

Para el bien de la comunidad

123. Los carismas no se dan para poder etiquetarlos, catalogarlos, evaluarlos como un haber del que se tiene asegurada la posesión celosa. No se dan para uno mismo, sino para los demás: "En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común" (1 Co 12, 7; cfr. 14, 12).

La importancia del carisma en relación con el servicio que presta

124. La importancia del carisma se establece según el servicio que presta a la comunidad. Así, por ejemplo, Pablo, supuesta la caridad, muestra especial preferencia por la profecía, proclamación de la Palabra de Dios: "Esmeraos en el amor mutuo; ambicionad también los dones del Espíritu, sobre todo el de profetizar. Mirad, el que habla en lenguas extrañas no habla a los hombres, sino a Dios, ya que nadie lo entiende; llevado del Espíritu dice cosas misteriosas. En cambio, el que profetiza habla a los hombres, construyendo, exhortando y animando. El que habla en lenguaje extraño se construye él solo, mientras que el que profetiza, construye la iglesia" (1 Co 14, 1-4).

La caridad supera a todos los carismas

125. El más alto de los dones comunicados por el Espíritu es el amor cristiano, la caridad. No ,se trata de una primacía relativa entre distintos dones que tienen todos ellos un determinado valor. Es la primacía de lo absoluto. Ese amor es el que hace que cualquier otro don, carisma, vocación, actividad o compromiso, tenga valor o sea nada: "Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no' soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará" (1 Co 13, 1-8).

El carisma es fruto de la vida de fe

126. El cárisma es fruto de la vida de fe: nace cuando un miembro determinado de la Iglesia acoge la acción del Espíritu. "El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (Cfr. 1 Co 3, 16; 6, 19), y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (Cfr. Ga 4, 6; Rin 8, 15-16.26). Guía la Iglesia a toda la verdad (Cfr. In 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (Cfr. Ef 4, 11-12; 1 Co 12, 4; Ga 5, 22). Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su esposo" (LG 4). Los carismas, "tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia" (LG 12).

Acción carismática del Espíritu en la Iglesia

127. Los Santos Padres recogen, de muchas maneras, la acción carismática del Espíritu Santo en la Iglesia. Así San Ireneo, que relaciona la presencia eficaz del Espíritu con la maternidad de la Iglesia, comunidad de gracia: "Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios y donde está el Espíritu de Dios allí está la Iglesia y la Comunidad de gracia. El Espíritu es la verdad. Por eso no participan de El quienes no son alimentados al pecho de la madre ni reciben nada de la pura fuente que mana del Cuerpo de Cristo" (S. Ireneo).

Diversidad de carismas

128. La vitalidad de la Iglesia se manifiesta en la plenitud de sus carismas. Donde el Espíritu actúa, brota la vida de fe en una constante actividad creadora. La Escritura no pretende darnos ,una enumeración exhaustiva de los carismas, aunque se refiere a ellos repetidamente (1 Co 12, 8 ss, 28 ss; Rm 12, 6 ss; Ef 4, 11; cfr. 1 P 4, 11). Sin embargo, es posible reconocer su diversidad a través de los diferentes servicios surgidos en el seno de la comunidad. Así ciertos carismas se refieren a distintos ministerios: apóstoles, profetas, doctores, evangelistas, pastores (1 Co 12, 28; Ef 4, 11). Otros se refieren a diversas actividades útiles a la comunidad: servicio, exhortación, obras de misericordia... Existen también carismas extraordinarios. El Nuevo Testamento atestigua su presencia llamativa en los comienzos de la Iglesia: expulsiones de demonios, curaciones, hablar en lenguas...

Discernimiento de espíritus, carisma importante

129. Ante la diversidad de carismas o dones del Espíritu, es necesario el carisma de discernimiento de espíritus (1 Co 12, 10) a fin de probarlo todo y quedarse con lo bueno (1 Ts 5, 12. 19-21). Deben los pastores de la Iglesia "reconocer los servicios y carismas de los fieles" (LG 30); "el juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia" (LG 12). Los criterios de discernimiento son fundamentalmente dos, como indica San Pablo: La fe en Jesucristo Resucitado, como Señor.. "Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, si no es bajo la acción del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3; 1 In 4, 2-3). Y también: El carácter de "servicio" que debe acompañar a todo carisma auténtico. Se trata de edificar la Iglesia, crear comunidad (1 Co 12, 7; 14, 1-33).

Carisma y vocación

130. Con frecuencia el don del Espíritu, o carisma, tiene todos los caracteres de una llamada. Es lo que dentro de la Iglesia entendemos por vocación: una llamada de Dios que invita al hombre a un género de vida especial, y de una manera permanente. La respuesta a la vocación exige una entrega total. Son ejemplos típicos de vocación, la vocación para la vida religiosa o para el ministerio sacerdotal. Pero no se debe restringir la realidad de la vocación a esos casos clásicos: "La vida de todo hombre es una vocación dada por Dios para una misión concreta" (Pablo VI, Populorum Progressio, n. 15). Nuestro Dios es esencialmente un Dios vivo que llama, que inicia el diálogo con el hombre, que escoge a personas para hacer avanzar la historia de la salvación con su actividad, su testimonio y su estilo de vida.

En el pueblo de Israel Dios llama a una misión concreta

131. Dios llama a Israel desde los límites de la tierra (Is 41, 8). Suscita en medio del pueblo a diversos enviados suyos; los llama para una misión que transforma su persona hasta lo más profundo del ser. Por eso se dice que los llama por su nombre o que les cambia el nombre (Gn 17, 5; 32, 29). Así son llamados los patriarcas, como Abrahán (Gn 12, 1); los reyes como Saúl y David (1 S 10, 1; 16, 12); los sacerdotes, como Aarón (Hb 5, 4; cfr. Ex 28, 1); los profetas, como Moisés (Ex 3, 10.16), Amós (Am 7, 15), Isaías (Is 6, 9), Jeremías (Jr 1, 7), Ezequiel (Ez 3, 1.4). Así es llamado, de algún modo, el pueblo entero, a quien se invita a permanecer a la escucha de Dios (Dt 4, 1; 5, 1; 6, 4; 9, 1; Sal 49, 7; Is 7, 13; Os 2, 16; 4, 1).

Misión única de Jesús

132. Jesús tiene una misión única, por la cual el Padre sencillamente le presenta al mundo. Su destino no es propiamente efecto de una vocación, sino de su mismo Ser único. De todos modos, sobre El se derrama el Espíritu en plenitud (Lc 3, 22; 4, 16-22; Mt 3, 16-17; Mc 1, 10).

Jesús llama a anunciar el evangelio

133. Jesús llama a sus seguidores: los Doce (Mc 3, 13), otros discípulos (Lc 9, 59-62), las multitudes. Sus invitaciones son claras: "El que quiera seguirme..." (Mt 16, 24; Jn 7, 17), pero no siempre correspondidas: "Muchos son llamados, mas pocos escogidos." Hay quienes se hacen sordos, a pesar de la insistencia (Mt 22, 1-14). Estas llamadas comportan, en determinados casos, una misión especialmente responsable sobre el mundo entero: es la misión apostólica (Mt 28, 18-20).

La vida cristiana es una vocación

134. La Iglesia primitiva comprendió inmediatamente que la existencia cristiana era una vocación. Pedro llama "vocación" a la nueva fe en Jesús (Hch 2, 39). Pablo se siente llamado (Hch 9, 1-19) y trata de responder conscientemente a esa vocación (Rm 1, 1; 1 Co 1, 1; Ga 1, 11-24). Los cristianos serán "los santos por vocación" (Rm 1, 7) a la cual deben corresponder con una vida en el Espíritu (Rm 8, 1-17). Toda la Comunidad cristiana es "llamada", "elegida" (2 Jn 1, 1) y todos sus miembros deben unir sus voces en la respuesta al Esposo, aguardando su vuelta: ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22, 20). La vocación es radicalmente comunitaria (Col 3, 15; Ef 4, 1-2), nace en la Comunidad y se ordena a edificarla (1 Co 12).

Vocación de todo cristiano

135. El Concilio Vaticano II señala la vocación general de los cristianos: vocación a formar parte de su Iglesia, Nuevo Pueblo de Dios (LG 2; 13); a la unidad en Cristo (LG 3; UR 2); a ejercer su sacerdocio común, que se actualiza tanto por medio de los sacramentos como a través de las virtudes (Cfr. LG 11); a dar testimonio de su fe y esperanza por doquier (LG 10); a la acción apostólica y misionera (AA 1; AG 23); a la santidad, según su estado (LG 39-41); a la renovación interior bajo la acción del Espíritu (AG 15; UR 7; LG 4; AG 4).

La vocación sacerdotal

136. Particularmente, el Concilio habla también de vocaciones específicas: el ministerio sacerdotal, la vida religiosa y la acción propia del laicado. Por lo que a la vocación sacerdotal se refiere, "es menester que en las predicaciones, en la catequesis, en la prensa, se expliquen claramente las necesidades de la Iglesia tanto local como universal; póngase a viva luz el sentido y excelencia del ministerio sacerdotal, como quiera que en él se aúnan tan grandes goces con tan grandes cargas y, sobre todo, como enseñan los Padres, en él puede darse a Cristo el testimonio máximo de amor" (PO 11).

La vocación religiosa

137. La vocación religiosa recuerda, de modo especial, que estamos en este mundo de paso y que "el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas" (LG 31). "La profesión de los consejos evangélicos aparece como signo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a cumplir sin desfallecimiento los deberes de la vocación cristiana. Porque, al no tener el Pueblo de Dios una ciudadanía permanente en este mundo, sino que busca la futura, el estado religioso, que deja más libres a sus seguidores frente a los cuidados terrenos, manifiesta mejor a todos los creyentes los bienes celestiales —presentes ya en esta vida— y sobre todo da un testimonio de la vida nueva y eterna conseguida por la redención de Cristo y anuncia de antemano la resurrección futura y la gloria del Reino Celestial" (LG 44).

La vocación propia de los seglares

138. "A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor" (LG 31).

Vocación de los seglares al apostolado

139. Los seglares tienen una vocación misionera en el mundo. Están llamados, como miembros vivos, a contribuir al crecimiento de la Iglesia (LG 33). Su responsabilidad inmediata arranca del Bautismo, y especialmente de la Confirmación, sello del Espíritu. Ser cristiano es una sola cosa con ser apóstol (AA 1-3). Para esta acción apostólica, el Espíritu distribuye sus dones libremente, dones que han de ser utilizados para edificación de la Iglesia entera (AA 3-4). Los seglares pueden ser llamados a una colaboración más directa con la jerarquía, como los que ayudaban a San Pablo (F1p 4, 3; Rm 16, 3-4), incluso de manera asociada (AA 18-21).

"Negociad hasta que vuelva" (Lc 19, 13)

140. En la comunidad cristiana todos los hermanos son responsables. Cada uno aporta la contribución de sus propios dones y talentos. Los cristianos son aquellos a quienes Jesús confía el hacer fructificar sus dones para el desarrollo de su Reino. El Reino de los Cielos "es como un hombre que al irse llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó" (Mt 25, 14-15).