REFLEXIONES
1.
La luz es fuente de vida, es alegría, es posibilidad de moverse, capacidad para saber por dónde nos movemos; la sal da sabor a las comidas, las conserva, las hace perdurar. Ser luz o ser sal, de forma real o de forma simbólica, es algo importante; tan importante que el propio Jesús llegará a decirnos que tenemos que ser luz y sal. Pero hay sal en condiciones y hay "sal tonta", como dice literalmente el Evangelio de hoy; y también hay luces y luces.
Hay hombres que se sienten llamados a ser luz para las vidas del prójimo, y tratan de transmitir su convicción a los demás... por las buenas o por las malas; personas que, ciertamente cualificadas para desempeñar ciertas misiones, empiezan realizando un servicio (social, político, económico, ideológico...) a la sociedad, para terminar, en no pocas ocasiones, subyugándola, sometiéndola, tiranizándola. La luz que aportaron en un primer momento acaba por volverse cegadora, deslumbradora, un incendio de opresión que lo arrasa todo para terminar en un fuego fatuo, pero mortal.
Sin embargo, no todas las luces son iguales; hay otras que no siempre son reconocidas como tales; luces que alumbran sencillez, desde vidas muchas veces anónimas e ignoradas; luces que no ciegan ni deslumbran, sino que iluminan cálidamente el sendero de la vida, de sus propias vidas y de las de aquéllos que les rodean; luces que son frecuentemente paradójicas: luces que dan sentido a la vida desde el propio sacrificio, como los seis jesuitas y las dos colaboradoras recién martirizados en El Salvador; luces que iluminan el oscuro anonimato de personas que mueren tiradas en la calle, como el caso de Teresa de Calcuta y sus misioneras de la Caridad; luces que no se presentan como la única luz, sino que se saben y se sienten mediadoras de la única Luz que realmente puede iluminar a los hombres, como es el caso de tantos catequistas, de tantos agentes de la Palabra, de tantos evangelizadores... que se sienten llamados a proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios.
Todos ellos, y otros muchos, sienten que sus vidas han sido iluminadas por la Luz de Cristo; y saben que su única posibilidad es convertirse en transmisores de esa Luz; una Luz de la que no son propietarios ni únicos administradores; una Luz que es inagotable en sí misma, inabarcable por solo un hombre, inapresable en moldes, instituciones y jerarquías. La Luz de Cristo, como todo lo de Dios, es paradójica: es la Luz de la fe que siempre se teje sobre la incertidumbre, la Luz de la vida que nace con más fuerza justo en el momento de la muerte, la Luz del amor que se hace pleno cuando es capaz de la renuncia total, la Luz de la confianza que se apoya en un salto en el vacío, la Luz de la esperanza que se mantiene contra toda esperanza, la Luz de la convicción nacida en el corazón de las apariencias adversas, la Luz de la bienaventuranza descubierta en la pobreza o en la persecución, la Luz del Dios Rey encontrada en la cruz en la que muere.
Quizás es por eso que muchos, pasando de la paradojas, prefieren una luz "prêt-à-porter" y se encandilan con la primera luz que encuentran: luces de colores, luces de escaparates, luces de escenario, luces artificiales..., con tal que alumbren un poco, ¿qué más da?; pero, a la larga, antes o después, esas luces se debilitan, se apagan, acaban por no iluminar suficientemente al hombre; y entonces el hombre tiene que buscar por otros sitios...
Afortunadamente nunca es demasiado tarde para encontrar la Luz de Dios; quien la busca sinceramente y sin querer ponerle condiciones, acaba por encontrarla; quien acepta que esa Luz ilumine su vida para verla con toda claridad, para verla tal y como es, con sus grandezas y sus miserias -porque cuando la Luz de Dios ilumina la vida del hombre, no hay posibilidad de engaño-, acaba por encontrarla.
Pero, para que ese encuentro se produzca, hacen falta testigos, hacen falta hombres y mujeres que ya hayan encontrado esa Luz, se dejen inundar por ella y se conviertan en transmisores de esa Luz para los demás.
Hace pocas semanas hemos escuchado al profeta Isaías anunciar que el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran Luz; y también hemos escuchado al evangelista San Juan lamentarse de que la luz vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron. El problema es serio: La Luz se hizo presente en el mundo, pero las tinieblas no se han disipado totalmente; aunque será más exacto decir que las tinieblas no han querido disiparse; las tinieblas han preferido quedarse cómodamente instaladas en sus privilegios, en sus tesoros, en sus cuentas de ahorro, en sus palacios, en su "jet-set", en sus partidos, en sus negocios, en su "beautiful people".
Y, sin embargo, las palabras de Jesús siguen sonando, claras y rotundas: "Nosotros somos la sal de la tierra, la luz del mundo".
¿Vamos a responder a las expectativas de Jesús?; ¿vamos a estar a la altura de las circunstancias?; ¿vamos a ser capaces de dar auténtica luz y verdadero sabor al mundo?; ¿vamos a ser capaces de resistir la tentación de volvernos "sal tonta" o "luz fatua"?
LUIS
GRACIETA
DABAR 1990/13
Muchos se presentan como la luz de nuestro mundo. No son pocos los que pretenden darse a sí mismos esa condición de sal y luz de los hombres. Políticos con vocación de salvadores, científicos con complejo de creadores; médicos con pretensiones de ser amos y señores de la vida y de la muerte, pensadores que se tienen por conocedores de todos los misterios del hombre, teólogos y hombres de Iglesia que se sienten poseedores y administradores de los misterios de Dios..., todos pretenden saber la verdad sobre todo lo humano y lo divino y, por tanto, creen estar capacitados para iluminar al resto de la humanidad.
-Un mundo iluminado por la conveniencia personal...
Nuestro mundo está iluminado por la conveniencia personal. Todo lo que a uno le conviene, es bueno; lo que no le conviene, es malo; y éste se convierte en uno de los máximos criterios de discernimiento: la propia conveniencia, el propio interés, lo que me vaya bien a mí. El yo, en definitiva, por encima de todo y de todos. Y, además, elevado a nivel de categoría, de valor fundamental. Desde esta óptica, claro, todo está permitido, todo es bueno con tal de que me convenga; ése es el criterio de discernimiento, eso es lo que se invoca a la hora de escoger, de valorar, de tomar decisiones.
- ...por el exigir derechos, sin cumplir deberes...
Nuestro mundo también está iluminado por la exigencia de los derechos. Hablar de deberes no es conveniente. Sí de los derechos y sólo de ellos. Hay derecho a la huelga, pero no hay deber de unos servicios mínimos, o de respetar que otros no quieran realizar una huelga. Hay derecho de usar libremente del propio cuerpo; pero no existe el deber de ser responsable con las consecuencias que esto pueda traer -las consecuencias "inconvenientes" se eliminan-. Hay derecho a expresarse libremente; pero no hay deber de respetar al prójimo. Hay derecho de ejercer libremente las tareas informativas; pero no hay deber de hacerlo responsablemente...
- ...por una moral en la que es bueno lo mayoritario...
DEMOCRACIA/MORAL : Y también ilumina a nuestro mundo el supuesto valor moral de lo mayoritario. Si la mayoría lo hace, es bueno; si la mayoría lo dice, así será. Si la masa acepta tal cosa, tal cosa necesita. Si los políticos consensúan una cosa, ésa es la buena. Si todos piensan así, ése es el pensamiento adecuado. Si la mayoría lo rechaza, es malo. Si a nadie le gusta, no es bueno. Si nadie lo quiere, es rechazable. Ahora pensemos en lo fácil que es manipular la opinión pública y las consecuencias que podemos sacar son de pesadilla. Nada es definitivamente bueno o malo; todo depende del sentir de la mayoría, o lo que es lo mismo, de la moda, de lo que se lleve (y, en el fondo, de lo que algunos espabilados manipuladores quieran que esté de moda, que se lleve, que sea opinión de la mayoría).
LUIS
GRACIETA
DABAR 1987/14
3.
Hoy lo dice el evangelio y los hemos oído miles de veces: Vosotros sois la luz del mundo, vosotros sois la sal de la tierra. Veinte siglos han pasado desde que Cristo pronunció esta frase dirigida, a través del tiempo, a todos sus discípulos y el mundo ha sido y es un brusco contraste de luces y sombras y un espectáculo a veces impresionante de corrupción.
Lo innegable es que, en demasiadas ocasiones, la zona oscura la hemos ocupado los cristianos tan ricamente, y el espectáculo de la corrupción lo hemos prodigado con gran generosidad. No es evidente que hayamos entendido cómo y cuándo se es luz y sal. Pero las dudas, si las tenemos, las disipa hoy Isaías con unas frases que son un auténtico detonante, con una página que parece, por su vigor y su tono incisivo y directo, arrancada de la propaganda de cualquier movimiento reivindicativo al uso.
Ser luz es sólo esto: compartir el pan, y el techo y el vestido.
Ser sal es desterrar la opresión, el gesto amenazante y la maledicencia. No se puede decir más en menos. Y, naturalmente, añadimos. Es hacer todo esto por Dios.
Y ahora viene una sarta de preguntas que se le pueden ocurrir a cualquiera: ¿Almacenamos los cristianos el pan en la alacena mientras cientos de manos carecen de él? ¿Cerramos los cristianos con abundantes llaves nuestro techo mientras otros hombres viven en chabolas o viviendas miserables donde apenas pueden ser hombres? ¿Consideramos los cristianos al hombre, a cualquier hombre, como a nuestra propia carne y lo miramos y lo queremos y lo atendemos como si de nosotros mismos se tratara? ¿Hemos sido los cristianos capaces de decir al mundo, con gesto amable y alegre, el contenido del mensaje cristiano, sin tratar de imponerlo con la espada? ¿Vivimos los cristianos codo a codo con los hombres sus diarios problemas y participamos activamente de ese entramado de gozo y dolor que es la vida de todo ser humano? Evidentemente almacenamos, cerramos, poseemos, despreciamos e imponemos. Luego no somos luz ni sal.
Evidentemente hemos estado lejos, en muchas ocasiones, de ser luz y sal, porque la luz y la sal debe estar en la fábrica, en el despacho, en la oficina, en el tajo, en la tienda. La luz y la sal tienen que estar en la diversión, en el paseo, en el problema concreto, en la cuenta corriente, en el sistema fiscal justo, en la política honestamente concebida y realizada, en la política que busca el bien común por encima del sillón y del escaño. La luz y la sal está en el trato sencillo y amable, en las manos que se tienden con comprensión, sin imposición y sin esperar nada a cambio.
La luz y la sal no pueden ser para el cristiano sólo el culto; no es luz y sal el hombre rezador aislado de sus semejantes; el hombre que ha compaginado, extrañamente, el llamar a Dios Padre y no tener a los hombres por auténticos hermanos.
Algo ha pasado con los cristianos cuando hemos sido capaces de que otras manos y otras ideologías nos hayan arrebatado la antorcha y quieren iluminar el mundo con unas ideas que hace veinte siglos dijo Cristo con la mayor sencillez y con la máxima autenticidad, porque las rubricó con su propia sangre. Algo ha pasado cuando la sal la ponen, en demasiadas ocasiones, hombres que no parten de Cristo, ni pretenden llevar la humanidad hacia Dios. Si los cristianos no nos hubiésemos cerrado tan ostentosamente a nuestra propia carne nadie hubiera podido arrebatarnos la bandera de la liberación ni de la justicia.
Nadie nos hubiera arrebatado la antorcha ni hubiera derramado en el mundo la sal con más eficacia que nosotros. El problema es serio. Conviene meditarlo.
DABAR 1978/13
4. SAL/LUZ:
Hay comparaciones o pequeñas parábolas en el evangelio que son muy expresivas y están cargadas de sentido. Son muy buenas para entender a Jesús y saber lo que es el Reino/de/Dios que predica.
Existe cierto peligro de que queden algo ensombrecidas por las grandes parábolas y las enseñanzas de alto nivel ético del evangelio. Junto a la luz y a la sal se me ocurre recordar en este momento, y sólo a título de ejemplo, lo del grano de mostaza y la levadura. Está claro que Jesús predicaba el Reino de Dios con un lenguaje expresivo y, al mismo tiempo, al alcance del pueblo. ¿Quién no entiende lo que es la sal y la luz? Pues, eso tienen que ser los cristianos en medio de la sociedad.
Hay en el texto dos cosas a destacar y ambas son importantes. La primera es el sentido absoluto de las palabras de Jesús. VERDAD-DOGMATICA Vosotros, dice, sois la sal y la luz, la verdadera sal y la verdadera luz, la única sal y la única luz. Al hombre de nuestros días le pueden sonar estas palabras a dogmatismo. Pero, tal vez, la verdad siempre es dogmática. El marxista, el anarquista y el mismo liberal piensan que su camino es el verdadero. Y hasta el que piensa que existen varios caminos verdaderos considera a esa pluralidad de caminos como el único camino verdadero. O sea, que el hombre que sincera y lealmente está convencido de la rectitud de su camino, tiene que considerar que el suyo es el verdadero camino y, aunque debe respetar los caminos de los demás, no los considera igualmente buenos y verdaderos. El cristiano, por lo tanto, está plenamente convencido de que su fe, siempre que sea auténtica, es la verdadera sal y luz del mundo.
Nos damos cuenta, en segundo lugar, que el valor de la luz y de la sal están en función de algo, son o sirven para algo. Tiene un marcado sentido funcional y social. Calientan, alumbran, sazonan y preservan de la corrupción. La fe no es sólo para salvarse uno, sino que entraña siempre una misión para los demás como la luz y la sal.
DABAR 1978/13
5.
VISIÓN GLOBAL
1 El evangelio habla de los discípulos ante el mundo: han de ser sal y luz. La gente debe poder ver nuestras buenas obras y glorificar al Padre del cielo. Así nuestra vida es puesta en cuesti6n e interpelada.
2 Las imágenes -la sal, la luz- son suficientemente expresivas. Y nos recuerdan que no podemos vivir encerrados en nuestro interior: "Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero". Con lenguaje actual podríamos hablar de Iglesia abierta proyectada hacia afuera, misionera; que no tiene el centro de gravedad en ella misma, sino en Jesucristo -su vida su palabra- y en el mundo. También se nos previene del peligro de esconder la luz en lugar de hacerla resplandecer.
3 El mal puede venir, también, porque la sal pierde su sabor y la luz no alumbra, sino que ahúma. Es otra interpelación: cada discípulo, cada comunidad, la Iglesia entera, ¿somos verdaderamente sal?, ¿damos verdaderamente luz?; ¿la gente puede ver nuestras buenas obras? Si no, ¿cómo queremos que glorifiquen al Padre del cielo, que descubran el rostro de Jesús y que éste les atraiga?
4 La sal y la luz son nuestra vida, nuestras obras (no, simplemente, nuestras buenas palabras). Y éstas deben remitir a Jesús. San Pablo lo decía a los cristianos de Corinto: "Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado'' (2. Iect.). Entre tanta elocuencia y tanta sabiduría, entre tantas palabras que se oyen en los periódicos, en la radio,en la televisión, en las revistas de gran difusión; en boca de políticos, periodistas, de gente importante... y que acaban produciendo desconfianza, decepción, cansancio y sensación de vacío, nuestras obras (en coherencia con nuestras palabras) deben remitir a Jesucristo, y éste crucificado: no tenemos otro maestro de sabiduría, otro modelo, otro camino. El evangelio, junto con la segunda lectura, nos invitan, pues, a examinarnos sobre la fidelidad y la realidad cristiana de nuestra vida. Si lo hacemos así, podremos contar con "el poder convincente del Espíritu" y fundamentaremos nuestra obra "en el poder de Dios". De otro modo, no valemos para nada, sino para ser tirados fuera.
5 Ser sal y luz quiere decir, aún, como nos recuerda la primera lectura, "parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo". Son las "obras de misericordia corporales" del catecismo, que brotan de un corazón tierno, compasivo, sensible, poroso a los demás, "que es tu propia carne". Así es Dios con nosotros: tiene entrañas de misericordia. Y así es Jesús: "Siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza" (2C 8,9). Si nos comportamos así, Dios nos dirá: "Aquí estoy", "brillará tu luz en las tinieblas", y seremos para los demás luz que brilla en las tinieblas (cf. Salmo).
JOSEP
M. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1993/02
6.
Señor,
las cosas claras:
ni soy sal ni soy luz.
En realidad, soy un cristiano rutinario y soso.
Como cristiano, ni siquiera ando por mí mismo.
Son otros, más militantes los que me tienen que remolcar.
Yo dejo que me lleven y,
para mayor ironía,
tengo la sensación de que les estoy haciendo un favor.
Muchas veces, mi cristianismo es tan poco sentido que me aburre.
Tú me pides que sirva de ejemplo
para que los demás sepan cómo seguirte.
Quieres que te siga de forma moderna
con un estilo joven y atractivo.
La verdad es que, en el fondo me gustaría ser así.
Pero me falta motor y me sobra pereza.
De todos modos, esta semana,
voy a intentar vivir como sal y como luz.
Te lo prometo.
EUCARISTÍA 1993/08
N-8. CR/MINORIAS
Algunos cristianos sufren a veces al considerarse una minoría en medio del mundo, como si Cristo no hubiese estado solo en la cruz, y los apóstoles no hubiesen sido una pequeña porción en el mundo pagano. Este sentimiento de minoría infunde en algunos la obsesión del número y nace en ellos una noción multitudinaria de la Iglesia: se querría que muchos hombres fuesen cristianos, incluso a costa de una desvirtualización de la fe; para persuadirse de que la Iglesia reúne a la multitud de los hombres —en el fondo se trata inconscientemente de salvar una situación de cristiandad ya caducada—, gusta demasiado hablar de "cristianos anónimos". Se da así un asalto a la libertad humana, todo lo espiritual que se quiera si se compara con el brazo secular de la edad media, pero que no por eso deja de ser una obsesión de número y de unidad a cualquier precio.
Sin embargo, Cristo no nos ha prometido la conversión del mundo tal y como es, ni ha pedido al cristiano que se haga de tal manera todo para todos que le induzca a pensar que se puede encontrar el camino de Dios tan fácilmente en el mundo como en la Iglesia, en la fraternidad humana como en el evangelio.
"Vosotros sois la sal de la tierra, nos dice Cristo; pero si la sal pierde su sabor, Con qué se salará?" Estamos llamados a ser la sal, no la tierra. Y el sabor de la sal que nosotros somos es la fe. No encontraremos este sabor en la tierra, sino en la sal; no es en el mundo donde discerniremos el mensaje de Cristo, sino en el evangelio. Y si es lícito pensar que podemos ver a Cristo actuando también entre los hombres que no tienen fe, si podemos discernir su rostro en el de nuestro prójimo no cristiano, es porque primeramente lo hemos contemplado en el evangelio, que nos ha revelado su amor.
Los cristianos sin sabor que minimizan la fe para hacerla más aceptable se asemejan a veces a "los hijos de papá", hartos y saturados desde su infancia no solamente de un cristianismo confortable, sino por todas las facilidades de una sociedad de consumición. ¿Tendrían los mismos problemas "filosóficos" si no estuvieran cansados por su bienestar cristianizado?
Algunos querrían invitarnos a adoptar un cierto minicristianismo al alcance de cualquier hombre, poco exigente en lo referente a la fe y a la vida, pero sin duda mucho más universal. ¿Qué sería esta sal desleída, sin sabor y de tal modo mezclada con el mundo que no le serviría en manera alguna de ayuda? La tierra tiene una necesidad vital de que nosotros seamos verdadera sal. Será imprescindible que estemos poseídos por el deseo de proclamar el evangelio hasta los confines de la tierra; es lícito también que estemos preocupados por la descristianización del mundo. Pero no es de nuestra incumbencia numerar los fieles de Cristo, enumerar a los que él salva en su misericordia, más allá de las fronteras de la Iglesia, hacer el empadronamiento del pueblo de Dios. Lo que se nos pide a nosotros en cuanto servidores es permanecer fieles. Y no hay otra fidelidad para el cristiano que la fe total en el evangelio. Nuestro mundo no necesita de un cristianismo sin el sabor de la fe; tiene necesidad de verdaderos cristianos que confiesan la fe total, sal de la tierra, entre buenos paganos cuyo destino sólo Dios conoce y a los que conduce a su verdad y a su salvación por los caminos secretos que él solo ha trazado
(·MAX-THURIAN-1. Pág. 34 ss.)
N-9. HPT/DO-05A
DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO 7 FEBRERO 1999
EL SABOR Y LA LUMINOSIDAD CRISTIANA
La sal y la luz, el sabor y la luminosidad transforman respectivamente la masa de una comida y la espesura de las tinieblas. Desde el Evangelio de este quinto domingo ordinario a los creyentes se nos recuerda que debemos conservar el sabor genuino del Credo sin atenuarlo en la indiferencia; y que nuestro empeño misionero debe ser brillante sin ocultaciones cobardes.
La sal se aplica a las heridas, en una medicina rudimentaria, para cauterizarlas o desinfectarlas; eliminando los microbios, preserva los alimentos de la descomposición. Si el creyente es la sal de la tierra debe poseer esta inalterada fuerza de transformación y de purificación que conduce a la humanidad a las esencias y valores genuinos, pues aporta al mundo el sabor de fe, la purificación de esperanza, la fuerza del amor transformante.
La sal es sustancia que no se puede comer por si sola, pero que da gusto a los alimentos y solo es menester una pequeña cantidad para hacer agradable toda la comida. Su gusto es irremplazable, por eso si pierde su sabor nada existe que pueda dar a la sal el gusto salado. De ahí que sea fácil concluir que el discípulo de Jesús ha de dejarse impregnar de la sal del Evangelio para encontrar el gusto por la vida y el sabor de la eternidad. ¿Qué es la sal sin sabor? Es el hombre que ignora los 'porqués' fundamentales de la existencia humana, el cristiano que ha perdido la sabiduría (sabor) del Evangelio. Hay que recuperar siempre el sabor del saber cristiano.
Hoy vuelve a cobrar actualidad el pasaje de Isaías: "El pueblo que caminaba en tinieblas, vió una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló". Desde que la luz de Dios habita entre nosotros, desde la iluminación que estalló en la noche de Belén, todos los caminos de los hombres se han iluminado. Ya no hay que dar pasos titubeantes por sendas tenebrosas. Si nacer es "ver la luz del mundo, renacer en el bautismo es haber visto la luz de Dios".
·Pardo-Andrés
Para orar con la liturgia
Oh Dios, luz verdadera, autor y dador de la luz eterna, infunde en el corazón de los fieles la luz que no se extingue, para que cuantos son iluminados en el templo por la luz de los cirios puedan llegar felizmente al esplendor de tu gloria.
Bendición de los cirios, 2 febrero
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