SAN AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA

 

1 Cor 2,1-5: ¡Cuántas cosas encierra este tesoro!

Dice el Apóstol: También yo, hermanos, cuando vine a vosotros no lo hice presumiendo de mi palabra, o de mi sabiduría al anunciaros el misterio de Dios. Suyas son también estas otras palabras: ¿Acaso os dije estando entre vosotros que conocía alguna otra cosa a excepción de Jesucristo, y éste crucificado? (1 Cor 2,1-2). Aunque sólo supiera esto, nada le quedaba por saber. Gran cosa es el conocimiento de Cristo crucificado, pero ante los ojos de los pequeños lo presentó como un tesoro encubierto. A Cristo crucificado, dijo. ¡Cuántas cosas encierra en su interior este tesoro! Después, en otro lugar, ante el temor de que algunos se apartasen de Cristo seducidos por una filosofía vana y falaz, puso en Cristo el tesoro de la sabiduría y de la ciencia. Tened cuidado, dice, de que nadie os seduzca con filosofías y vanas falacias conformes a los elementos del mundo, pero no a Cristo, en quien están escondidos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2,8.3). Cristo crucificado: tal es el tesoro escondido de la sabiduría y de la ciencia.

No os dejéis engañar, pues, bajo el pretexto de la sabiduría. Juntaos ante la envoltura y orad para que se os desenvuelva. ¡Necio filósofo de este mundo, eso que buscas es nada! ¿De qué aprovecha el que tengas mucha sed, si pasas y pisas la fuente? Desprecias la humildad, porque no llegas a percibir la majestad. En efecto, si le hubiesen conocido, nunca hubiesen crucificado al rey de la gloria (1 Cor 2,8). A Jesucristo crucificado, dijo. Estando en medio de vosotros dije no conocer otra cosa a excepción de Jesucristo y éste crucificado; es decir, su humildad, de la que se mofan los soberbios, para que se cumplan en ellos estas palabras: Increpaste a los soberbios; malditos quienes se apartan de tus preceptos (Sal 118,21). Y ¿cuál es su precepto, sino que creamos en él y nos amemos mutuamente? ¿Creer en quién? En Cristo crucificado.

Escuche la sabiduría lo que no quiere oír la soberbia. Su precepto es que creamos en él. ¿En quién? En Cristo crucificado. Éste es su mandato: que creamos en Cristo crucificado. Éste es, sin duda; pero el hombre soberbio, erguida su cerviz, hinchada su garganta, con lengua orgullosa y carrillos inflados se mofa de Cristo crucificado. Malditos, pues, quienes se apartan de tus preceptos. ¿Por qué se mofan, sino porque ven solamente el andrajoso vestido exterior y no el tesoro que esconde dentro? Ve la carne, el hombre, la cruz y la muerte, cosas todas que desprecia. Detente, no pases adelante, no muestres desprecio, no insultes. Espera, considera atentamente; quizá dentro se esconda algo que te causará sumo agrado. Puede que encuentres lo que ni el ojo vio ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre (1 Cor 2,9). El ojo ve la carne; pero debajo de la carne está lo que el ojo no ve. Tu oído oye la voz, pero allí hay algo que el oído no oyó. Asciende hasta tu corazón, pero desde pensamientos terrenos, un hombre crucificado y muerto, pero allí hay algo que no llega al corazón del hombre. Suben a vuestro corazón los pensamientos de siempre. Subió al corazón de Moisés (el deseo) de visitar a sus hermanos (Éx 2,1 I). Es fruto de la condición humana...

Si nos es posible, no busquemos algo que pueda subir a nuestro corazón, sino algo a donde pueda subir nuestro corazón. En efecto, merecerá ser glorificado con Cristo como rey quien haya aprendido a poner su gloria en el crucificado. El Apóstol no sólo vio adónde subir, sino también el por dónde. Muchos hubo que vieron el adónde, pero no el por dónde; amaron la patria excelsa, pero desconocieron el camino de la humildad. Precisamente porque el Apóstol conocía el adónde y el por dónde, a ciencia y conciencia dijo: Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Podía haber dicho: «En la sabiduría de nuestro Señor Jesucristo», y hubiese dicho verdad. O también: «En la majestad», y hubiese dicho verdad. O igualmente: «En el poder», siendo también verdad; pero dijo: En la cruz.

Donde el filósofo del mundo encontró motivo para ruborizarse, allí encontró el Apóstol un tesoro; debido a que no despreció la vil cáscara, llegó al precioso fruto. Lejos de mí -dijo- el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Gran peso soportaste sin buscar ninguna otra cosa, y así mostraste cuán grande era lo que se ocultaba dentro. ¿Quién fue tu ayuda? Por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Gál 6,14). ¿Cuándo iba a estar crucificado el mundo para ti, si no hubiese sido crucificado por ti el autor del mundo? Por tanto, quien se gloríe, que se gloríe en el Señor (1 Cor 1,31). ¿En qué Señor? En Cristo crucificado. Donde está la humildad, está también la majestad; donde la debilidad, allí el poder; donde la muerte, allí también la vida. Si quieres llegar a la segunda parte, no desprecies la primera.

Sermón 160,3-4