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«Convertíos,
porque está cerca el «Reino de los cielos».
El
Bautista había usado ya las mismas palabras. En Juan, el acento recaía en la
palabra «convertíos» como corresponde a su función de precursor; ahora, se
recalca la segunda parte «el reino de Dios está cerca». Es una frase de
alegría, de felicidad rebosante: expresa la voluntad inquebrantable de Dios de
otorgar la salvación. «El Reino de Dios está cerca», viene y no puede ser
detenido, aunque no viene plenamente desarrollado, ni con toda su gloria.
«Está cerca» es decir, está delante de la puerta, ante las murallas del
mundo, ante el corazón de los hombres. No forzará al hombre ni a los pueblos.
Dios llega, pero no viene, si no es esperado ni aceptado por el hombre. A la
invitación de Dios, corresponde la respuesta del hombre.
«Convertíos».
La conversión nace como respuesta a esa Buena Noticia que debería ensancharnos
el corazón: en Jesús ha aparecido, en toda su profundidad, el amor increíble
y sorprendente de Dios al hombre, a cada uno de los hombres; el amor de Dios a
todos nosotros, a cada uno de nosotros.
Este
es el acontecimiento que tengo que aceptar, del que tengo que fiarme, y por el
que tengo que conducir toda mi vida.
Esto
es convertirse. No significa necesariamente que seamos grandes pecadores y
debamos hacer penitencia. Significa que debemos tomar en serio a Jesús en
nuestra vida, que debemos acoger sinceramente su evangelio y lo vayamos
asimilando en las actitudes fundamentales de la vida.
Plantearse
la conversión cristiana es preguntarse si uno ha elegido alguna vez
definitivamente a JC.
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Pedro
y sus compañeros son llamados aquí a ser cristianos, no a ser apóstoles. Lo
cual equivale a tener una función social: ser pescadores de hombres. Quiere
decir que ser cristiano incluye necesariamente una relación hacia los demás.
No somos cristianos para salvarnos. Para esto, basta cumplir los mandamientos.
Se es cristiano para que este mundo se vaya transformando con nuestra
colaboración en Reino de Dios.
Hay
que desguazar el concepto de conversión de todas sus escorias individualistas.
La conversión no es un acto espiritual-intimista, sino el acto por el que se
pone en práctica la conformidad con el contenido de la fe cristiana. No hay que
referirla principalmente al individuo, sino a la praxis de transformación del
mundo y de construcción del Reino de Dios. El mandamiento del amor se traduce
en el mandamiento de la transformación del mundo y de la provocación del
Reino.
Una
interpretación exclusivamente individualista del concepto de conversión ha
coincidido siempre con el quietismo social.
La
finalidad de la conversión es hacer de un hombre un discípulo de Xto. Y
convertirse en discípulo no significa realizar un acto individualista, sino
pasar a formar parte de aquellos que sirven a Xto. Y el nexo que une a éstos no
es una fe individual, sino el servicio a que se sienten llamados.
Convertirse
es, pues, participar en el dinamismo de la acción divina y transformadora del
mundo, provocadora del Reino.
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«Venid
conmigo». Llamada y respuesta personal.
Aquí
está el secreto. Es posible que hasta ahora nosotros hayamos recibido una
llamada que podríamos calificar de «sociológica». Hemos nacido en una
nación, en una familia, en las que fatalmente teníamos que ser cristianos. Lo
hemos heredado como hemos heredado los apellidos paternos. Pero nos ha faltado
ese enfrentamiento personal con la llamada al cristianismo. Nos ha faltado la
respuesta concreta, consciente, madura, reflexiva.
Venid
conmigo. Esta es la invitación que hay que atender. Procurar estar cada día un
rato con Jesús. Ver lo que Jesús hace. Escuchar lo que Jesús dice y entablar
con él una relación personal de amistad. Dejarse cautivar por Jesús. Poco a
poco nos iremos dando cuenta -en la medida en que nos dejemos contagiar por él-
de que con Jesús es posible una nueva forma de ser y de vivir.

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